á la plaza hay un gran trecho: tambien en esta ciudad andan muchos
ladrones, que siendo de noche capean, pasemos como podamos, y mañana
viniendo el dia, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy
proveido, antes he comido estos dias por allí fuera; mas ahora hacerlo
hemos de otra manera. Señor, de mi, dije yo, ninguna pena tenga vuestra
merced, que bien sé pasar una noche y aun mas, si es menester, sin
comer. Vivirás mas sano, me respondió; porque, como decíamos hoy, no
hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco. Si por esa
via es, dije entre mi, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa
regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenerla toda mi vida.
Acostóse en la cama, poniendo por cabezera las calzas y el jubon, y
mandóme echar á sus pies; lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo
dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron
de risar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso
que en mi cuerpo no habia libra de carne: y tambien como aquel dia no
habia comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no
tenia amistad. Maldíjeme mil veces (Dios me lo perdone) y á mi ruin
fortuna allí lo mas de la noche; y lo peor, no osándome revolver por no
despertarle, pedia á Dios muchas veces la muerte.
La mañana venida levantámonos, y comienza á limpiar y sacudir sus
calzas y jubon, sayo y capa, y yo que le servia de pelillo, y vísteseme
muy á su placer despacio, echéle aguamanos. Peinóse, y púsose su espada
en el talabarte, y al tiempo que la ponia, díjome, ¡ó si supieses,
mozo, que pieza es esta! no hay marco de oro en el mundo por el que yo
la diese: mas así ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó á ponerle
los aceros tan prestos como esta los tiene: y sacóla de la vaina, y
tentóla con los dedos, diciendo, vesla aquí, yo me obligo con ella á
cercenar un copo de lana. Y yo, dije entre mí, con mis dientes, aunque
no son de acero, un pan de cuatro libras.
Tornóla á meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del
talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él
y con la cabeza gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el
hombro y á veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado,
salió por la puerta, diciendo: Lázaro, mira por la casa en tanto que
voy á oir misa, y haz la cama, y vé por la vasija de agua al rio que
aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y
ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.
Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente,
que quien no le conociera, pensara ser muy cercano pariente al Conde
de Arcos, ó á lo menos camarero que le daba de vestir. ¿Á quién no
engañara aquella buena disposicion y razonable capa y sayo? ¿y quién
pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el dia con aquel
mendrugo de pan, que su criado Lázaro trajo un dia y noche en el arca
de su seno, do no se le podia pegar mucha limpieza? ¿y hoy lavándose
las manos y cara, á falta de paño de manos, se hacia servir de la
halda del sayo? nadie por cierto lo sospechara. ¡O señor, y cuántos de
aquestos debeis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la
negra que llaman honra lo que por vos no sufririan!
Así estaba yo á la puerta, mirando y considerando estas cosas, hasta
que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Tornéme á entrar
en casa, y en un _credo_ la anduve toda alto y bajo sin hacer represa
ni hallar en qué.
Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro y doy conmigo en el rio,
donde en una huerta vi á mi amo en gran requesta con dos rebozadas
mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta; antes
muchas tienen por estilo de irse á las mañanicas del verano á refrescar
y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza
que no ha de faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta
costumbre aquellos hidalgos de lugar. Y como digo, él estaba entre
ellas hecho un Macías, diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió.
Pero como sintieron de él que estaba bien enternecido, no se les
hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él,
sintiéndose tan frio de bolsa cuanto caliente del estómago, tomóle
tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó á turbarse en
la plática, y á poner excusas no válidas. Ellas que debian ser bien
instituidas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que
era. Yo que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales
me desayuné con mucha diligencia como mozo nuevo, sin ser visto de mi
amo, torné á casa, de la cual pensé barrer alguna parte que bien era
menester, mas no hallé con qué.
Púseme á pensar que haria, y parecióme esperar á mi amo hasta que el
dia demediase, y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos;
mas en vano fue mi esperanza. Desde que vi ser las dos y no venia, y
la hambre me aquejaba, cierro la puerta y pongo la llave do mandó y
tórnome á mi menester con baja y enferma voz; é inclinadas mis manos en
los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo
á pedir pan por las puertas y casas mas grandes que me parecia. Mas
como yo este oficio le hubiese mamado en leche, quiero decir que con el
gran maestro el ciego le aprendí, tan suficiente discípulo salí, que
aunque en este pueblo no habia caridad, ni el año fuese muy abundante,
tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo
tenia otras tantas libras de pan enfiladas en el cuerpo, y mas de
otras dos en las mangas y senos. Volvíme á la posada, y al pasar por
la tripería, pedí á una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña
de vaca con otras pocas de tripas cocidas. Cuando llegué á casa, ya el
bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo,
y él paseándose por el patio. Como entré, vínose para mi, y pensé que
me queria reñir la tardanza; mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme de
do venia; yo le dije: señor, hasta que dieron las dos, estuve aquí;
y desde que vi que vuestra merced no venia, fuíme por esa ciudad á
encomendarme á las buenas gentes, y hanme dado esto que veis. Mostréle
el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía. Á lo cual él
mostró buen semblante, y dijo: pues esperado te he á comer, y desde que
vi que no veniste, comí, mas tu haces como hombre de bien en eso, que
mas vale pedirlo por Dios que no hurtarlo, y así él me ayude como ello
me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives conmigo,
por lo que toca á mi honra; aunque bien creo que será secreto, segun
lo poco que en este pueblo soy conocido; nunca á él yo hubiera de
venir. De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo; que maldito aquel
que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de darla. Ahora pues,
come pecador, dijo él, que si á Dios place, presto nos veremos sin
necesidad, aunque te digo que despues que en esta casa entré, nunca
bien me ha ido, debe de ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y
de mal pie, que á los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe
de ser sin duda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede
en ella, aunque me la den por mia.
Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por gloton, callé
la merienda, y comienzo á cenar y morder en mis tripas y pan.
Disimuladamente miraba al desventurado señor mio, que no partia sus
ojos de mis faldas, que á aquella sazon servian de plato. Tanta lástima
haya Dios de mi, como yo habia de él, porque sentí lo que sentia, y
muchas veces habia por ello pasado, y pasaba cada dia. Pensaba si
seria bien convidarle, mas por haberme dicho que habia comido, temíame
no acetaria el convite. Finalmente yo deseaba que el pecador ayudase
á su trabajo del mio y se desayunase, como el dia antes hizo; pues
habia mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso
Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé á
comer, él se andaba paseando. Llegóse á mí, y díjome, dígote, Lázaro
que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi á hombre, y que
nadie te lo ve hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga. La muy
buena que tu tienes (dije yo entre mi) te hace parecer la mia hermosa.
Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abria camino para
ello, y díjele; señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan
está sabrosísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada,
que no habrá á quien no convide con su sabor. ¿Uña de vaca es? preguntó
él. Si señor, le dije yo. Dígote, dijo él, que es el mejor bocado del
mundo, y que no hay faisan que así me sepa. Pues pruebe, señor, dije
yo, y verá que tal está. Póngole en las uñas la otra y tres ó cuatro
raciones de pan de lo mas blanco. Asentóseme al lado, y comienza á
comer, como aquel que lo habia ganado, royendo cada huesecillo de
aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
Con almodrote, decia, es este singular manjar. Con mejor salsa lo comes
tu, respondí yo paso. Por Dios, dijo él, que me ha sabido, como si no
hubiera hoy comido bocado. Así me vengan los buenos años como es ello,
dije yo entre mi. Pidióme el jarro del agua, y díselo como lo habia
traido. Es señal, que pues no le faltaba el agua, que le habia á mi amo
sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuímos á dormir, como
la noche pasada. Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho
ó diez dias, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso
contado á papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una
cabeza de lobo.
Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos
ruines que habia tenido, y buscando mejoría, viniese á topar con quien
no solo no me mantuviese, mas á quien yo habia de mantener.
Con todo le queria bien, con ver que no tenia ni podia mas, y antes le
habia lástima que enemistad: y muchas veces, por llevar á la posada con
que él lo pasase, yo lo pasaba mal: porque una mañana levantándose el
triste en camisa, subió á lo alto de la casa á hacer sus menesteres,
y en tanto yo por salir de sospecha desenvolvíle el jupo y las calzas
que á la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso,
hecha cien dobleces, y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese
tenido mucho tiempo. Este, decia yo, es pobre, y nadie da lo que no
tiene: mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que
con dárselo Dios á ambos, al uno de mano besada, y al otro de lengua
suelta, me mataban de hambre. Aquellos es justo desamar, y aqueste es
de haber mancilla. Dios me es testigo, que hoy dia cuando topo con
alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar
si padece lo que á aquel le vi sufrir, al cual con toda su pobreza
holgaria de servir mas que á los otros, por lo que he dicho. Solo tenia
de él un poco de descontento; que quisiera yo que no tuviera tanta
presuncion, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subia
su necesidad. Mas segun me parece, es regla ya entre ellos usada y
guardada, que aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete
en su lugar: el Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
Pues estando yo en tal estado pasando la vida que digo, quiso mi mala
fortuna que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada
y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como aquel año esta tierra
fuese estéril de pan, acordó el Ayuntamiento, que todos los pobres
extranjeros se fuesen de la ciudad; con pregon, que el que de allí
adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así ejecutando la ley,
desde á cuatro dias que el pregon se dió, vi llevar una procesion
de pobres azotando por las cuatro calles: lo cual me puso tan gran
espanto, que nunca osé desmandarme á demandar. Aquí viera, quien verlo
pudiera, la abstinencia de mi casa, la tristeza y silencio de los
moradores de ella; tanto que nos acaeció estar dos ó tres dias sin
comer bocado ni hablar palabra. Á mi diéronme la vida unas mujercillas
hilanderas de algodon, que hacian botones y vivian á par de nosotros,
con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que la laceria que les
traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.
Y no tenia tanta lástima de mi como del lastimado de mi amo, que en
ocho dias maldito el bocado que comió; á lo menos en casa bien los
estuvimos sin comer: no sé yo como ó donde andaba, y que comia; y verle
venir á mediodia la calle abajo, con estirado cuerpo mas largo que
galgo de buena casta; y por lo que tocaba á su negra que dicen honra,
tomaba una paja de las que aun asaz no habia en casa, y salia á la
puerta escarbando los que nada entre sí tenian, quejándose todavía de
aquel mal solar, diciendo: malo está de ver, que la desdicha de esta
vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste y obscura, mientras aquí
estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo se acabe este mes por salir de
ella.
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecucion, un dia, no sé
por cual dicha ó ventura, en el poder de mi amo entró un real, con el
cual vino á casa tan ufano, como si tuviera el tesoro de Venecia, y
con gesto muy alegre y risueño me lo dió diciendo; toma, Lázaro, que
Dios ya va abriendo su mano: vé á la plaza, y merca pan, vino y carne;
quebremos el ojo al diablo. Y mas te hago saber, porque te huelgues,
que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar mas
en cumpliendo el mes. Maldita sea ella y el que en ella puso la primera
teja, que con mal en ella entré. Por nuestro Señor, cuanto ha que en
ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido
descanso ninguno, mas tal vista tiene, y tal obscuridad y tristeza. Vé
y ven presto, y comamos hoy como condes. Tomo mi real y jarro, y á los
pies dándoles priesa, comienzo á subir mi calle, encaminando mis pasos
para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha, si está
constituido en mi triste fortuna, que ningun gozo me venga sin zozobra?
Y así fue este, porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo
que le emplearia que fuese mejor y mas provechosamente gastado, dando
infinitas gracias á Dios que á mi amo habia hecho con dinero, á deshora
me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos,
y gente en unas andas traían. Arriméme á la pared por darles lugar, y
así que el cuerpo pasó, venia luego á par del féretro una que debia ser
la mujer del difunto, cargada de luto y con ella otras muchas mujeres;
la cual iba llorando á grandes voces, y diciendo: ¡marido y señor mio,
adónde me os llevan! ¡á la casa triste y desdichada, á la casa lóbrega
y obscura, á la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí,
juntóseme el cielo con la tierra, y dije: ¡ó desdichado de mi! para mi
casa llevan este muerto.
Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por
la calle abajo á todo el mas correr que pude para mi casa; y entrando
en ella, cierro á grande priesa, invocando el ausilio y favor de mi
amo, abrazándome de él, que me venga á ayudar y á defender la entrada.
El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: ¿qué es
eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has, porqué cierras la puerta con tal
furia? O señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto. ¿Cómo
así, respondió él? Aquí arriba le encontré, dije yo, y venia diciendo
su mujer: ¡marido y señor mio, adónde os llevan! ¡á la casa lóbrega y
obscura, á la casa triste y desdichada, á la casa donde nunca comen ni
beben! acá, señor, nos le traen. Y ciertamente cuando mi amo esto oyó,
aunque no tenia porque estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato
estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenia ya yo echada el aldaba á
la puerta, y puesto el hombro en ella por mas defensa. Pasó la gente
con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habian de meter en
casa. Y luego que fue ya mas harto de reir que de comer, el bueno de mi
amo díjome: verdad es, Lázaro, segun la viuda iba diciendo, tu tuviste
razon de pensar lo que pensaste; mas pues Dios lo ha hecho mejor y
pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.
Dejadlos, señor, acaben de pasar la calle, dije yo. Al fin vino mi amo
á la puerta de la calle, y ábrela esforzándome; que bien era menester
segun el miedo y alteracion, y me tornó á encaminar.
Mas aunque comimos bien aquel dia, maldito el gusto yo tomaba en ello,
ni en aquellos tres dias torné en mi color; y mi amo muy risueño todas
las veces que se acordaba de aquella mi consideracion.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este
escudero, algunos dias, y en todos deseando saber la intencion de su
venida y estada en esta tierra, porque desde el primer dia que con él
asenté, le conocí ser extranjero por el poco conocimiento y trato que
con los naturales de ella tenia. Al cabo se cumplió mi deseo y supe
lo que deseaba; porque un dia que habíamos comido razonablemente y
estaba algo contento, contóme su historia, y díjome ser de Castilla la
Vieja, que habia dejado su tierra no mas de por no quitar el bonete á
un caballero, vecino suyo. Señor, dije yo, si él era lo que decis y
tenia mas que vos, no errábais en quitárselo primero, pues decis que
él tambien os lo quitaba. Si es, y si tiene, y tambien me le quitaba
él á mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo
comedirse él alguna y ganarme por la mano. Paréceme, señor, le dije
yo, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo, y que
tienen mas. Eres muchacho, me respondió, y no sientes las cosas de
la honra, en que el dia de hoy está todo el caudal de los hombres de
bien. Pues hágote saber, que yo soy, como ves, un escudero; mas vótote
á Dios, si al conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado
del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una
casa, fingiendo yo en ella algun negocio, ó atravesar otra calle, si
la hay antes que llegue á mi, por no quitársele: que un hidalgo no
debe á otro que á Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de
bien, se descuide de un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome
que un dia deshonré en mi tierra á un oficial, y quise poner en él las
manos, porque cada vez que le topaba, me decia: mantenga Dios á vuestra
merced. Vos, D. Villano Ruin, le dije yo, ¿porqué no sois bien criado?
manténgaos Dios, me habeis de decir, como si fuese quien quiera. De
allí adelante de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como
debia. ¿Y no es buena manera de saludar un hombre á otro, dije yo,
decirle que le mantenga Dios? Mira, mozo, dijo él, á los hombres de
poca arte dicen eso, mas á los mas altos como yo, no les han de hablar
menos de: beso las manos de vuestra merced: ó por lo menos, bésoos,
señor las manos, si el que me habla es caballero. Y así de aquel de mi
tierra que me atestaba de mantenimiento, nunca mas le quise sufrir,
ni sufriria á hombre del mundo del rey abajo, que manténgaos Dios,
me diga. Pecador de mi, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de
mantenerte, pues no sufre que nadie se lo ruegue. Mayormente, dijo, que
no soy tan pobre que no tenga en mi tierra un solar de casas, que á
estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací,
en aquella costanilla de Valladolid, valdrian mas de doscientos mil
maravedís, segun se podrian hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar
que á no estar derribado, como está, daria cada año mas de doscientos
palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba á mi
honra: y vine á esta ciudad, pensando que hallaria un buen asiento, mas
no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos
hallo, mas es gente tan limitada, que no les sacará de su paso todo el
mundo. Caballeros de media talla tambien me ruegan, mas servir á estos
es gran trabajo, porque de hombre os habeis de convertir en malilla,
y sino anda con Dios, os dicen: y las mas veces son los pagamentos á
largos plazos, y las mas ciertas comido por servido. Ya cuando quieren
reformar conciencia, y satisfaceros vuestros sudores, sois librado
en la recámara en un sudado jubon, ó raida capa ó sayo. Ya cuando
asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria; ¿pues
por ventura no hay en mi habilidad para servir y contentar á estos?
Por Dios si con él topase, muy gran privado suyo pienso que fuese, y
que mil servicios le hiciese, porque yo sabria mentirle tan bien como
otro, y agradarle á las mil maravillas; reirle mucho sus donaires y
costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo: nunca decirle cosa
que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su
persona en dicho y hecho; no matarme por no hacer bien las cosas que
él no habia de ver, y ponerme á reñir, donde él lo viese, con la gente
de su servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que á él
tocaba; si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos agudos para
encenderle la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien
de lo que bien le estuviese, y por el contrario ser malicioso mofador;
hablar mal de los de casa y de los de fuera; pesquisar y procurar saber
vidas ajenas, para contárselas, y otras muchas galas de esta calidad,
que hoy dia se usan en palacio, y á los señores de él parecen bien, y
no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrecen y
tienen en poco, y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni
con quien el señor se puede descuidar. Y con estos los astutos usan,
como digo, el dia de hoy de lo que yo usaria; mas no quiere mi ventura
que le halle.
De esta manera lamentaba tambien su adversa fortuna mi amo, dándome
relacion de su persona valerosa. Pues estando en esto, entró por la
puerta un hombre y una vieja; el hombre le pide el alquiler de la casa,
y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos meses le alcanzaron lo
que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce ó trece reales.
Y él les dió muy buena respuesta, que saldria á la plaza á trocar una
pieza de á dos, y que á la tarde volviesen. Mas su salida fue sin
vuelta; por manera que á la tarde ellos volvieron, mas fue tarde: yo
les dije, que aun no era venido.
Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino;
mas á estotra puerta. Las mujeres les responden: veis aquí su mozo,
y la llave de la puerta. Ellos me preguntaron por él, y díjeles que
no sabia adonde estaba, y que tampoco habia vuelto á casa, desde que
salió á trocar la pieza, y que pensaba que de mi y de ellos se habia
ido con el trueco. Luego que esto me oyeron, van por un alguacil y
un escribano, y he aquí que los dos vuelven luego con ellos, y toman
la llave y llámanme, y llaman testigos y abren la puerta, y entran
á embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda.
Anduvieron toda la casa, y halláronla desembarazada como he contado, y
dícenme: ¿qué es de la hacienda de tu amo? ¿sus arcas y paños de pared,
y alhajas de casa? No sé yo eso, les respondí. Sin duda, dicen ellos,
esta noche lo deben de haber alzado y llevado á alguna parte. Señor
alguacil, prended á este mozo, que él sabe donde está. En esto vino el
alguacil, y echóme mano por el collar del jubon, diciéndome; muchacho,
tu eres preso, si no descubres los bienes de este amo tuyo. Yo como
en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar, sí, habia
sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado, para que mostrase
el camino al que no veía; yo tuve mucho miedo, y llorando prometíle
decir lo que me preguntaban. Bien está, dicen ellos: pues dí lo que
sabes y no hayas temor. Sentóse el escribano en un poyo para escribir
el inventario, preguntándome que tenia. Señores, dije yo, lo que este
amo mio tiene, segun él me dijo, es un muy buen solar de casas, y un
palomar derribado. Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga,
hay para reintegrarnos de la deuda: ¿Y á qué parte de la ciudad tiene
eso, me preguntaron? En su tierra, les respondí. Por Dios que está
bueno el negocio, dijeron ellos, ¿y á dónde es su tierra? De Castilla
la Vieja me dijo que él era, les dije. Riéronse mucho el alguacil y
el escribano, diciendo: bastante relacion es esta para cobrar vuestra
deuda, aunque mejor fuese. Las vecinas que estaban presentes dijeron:
señores, este es un niño inocente, y ha pocos dias que está con ese
escudero, y no sabe de él mas que vuestras mercedes, sino cuanto el
pecadorcico se llega aquí á nuestra casa, y le damos de comer lo que
podemos por amor de Dios, y á la noche se va á dormir con él.