Al cabo de tres semanas que estuve con él, vine á tanta flaqueza que

no me podia tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ya en

la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis

mañas no tenia aparejo, por no tener en que darle asalto: y aunque

algo hubiera, no pudiera cegarle, como hacia al que Dios perdone, si

de aquella calabazada feneció: que todavía aunque astuto, con faltarle

aquel preciado sentido, no me sentia. Mas estotro, ninguno hay que tan

aguda vista tuviese, como él tenia. Cuando al ofertorio estábamos,

ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada. El un

ojo tenia en la gente, y el otro en mis manos. Bailábanme los ojos en

el cajo, como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecian, tenia por

cuenta. Acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta, y la ponia

sobre el altar. No fuí yo señor de asirle una blanca, todo el tiempo

que con él viví, ó por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje

una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda habia metido en

su arca, compasaba de tal forma que le duraba toda la semana. Y por

ocultar su gran mezquindad, decíame: mira mozo, los sacerdotes han

de ser muy templados en su comer y beber; por esto yo no me desmando

como otros. Mas el lacerado mentia falsamente, porque en cofradías y

mortuorios que rezábamos á costa ajena, comia como lobo, y bebia mas

que un saludador. Y porque dije mortuorios, Dios me perdone, que jamás

fuí enemigo de la naturaleza humana sino entonces: y esto era, porque

comíamos bien y me hartaba. Deseaba y aun rogaba á Dios que cada dia

matase el suyo. Cuando dábamos sacramento á los enfermos, especialmente

la extremauncion, como manda el clérigo rezar á los que están allí,

yo cierto no era el postrero de la oracion; y con todo mi corazon y

buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase á la parte que mas

servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de este mundo. Y

cuando alguno de estos escapaba, (Dios me lo perdone) mil veces le daba

al diablo, y el que se moria, otras tantas bendiciones llevaba de mi

dichas.

En todo el tiempo que allí estuve, que serian cuasi seis meses, solas

veinte personas fallecieron, y estas bien creo que las maté yo, ó por

mejor decir, murieron á mi recuesta: porque viendo el Señor mi rabiosa

y continua muerte, pienso que se holgaba de matarlos por darme á mi

vida. Mas de lo que al presente padecia, remedio no hallaba, que si

el dia que enterrábamos, yo vivia, los dias que no habia muerto, por

quedar bien vezado de la hartura, tornando á mi cotidiana hambre, mas

lo sentia; de manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte,

que yo tambien para mi como para ellos otros deseaba algunas veces. Mas

no la veía, aunque estaba siempre en mi.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo

dejaba. La primera por no atraverme á mis piernas, por temor de la

flaqueza que de pura hambre me tenia; y la otra, consideraba y decia:

yo he tenido dos amos; el primero traíame muerto de hambre, y dejándole

topé con estotro que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de

este desisto y doy en otro mas bajo, ¡qué será sino fenecer! Con esto

no me osaba menear, porque tenia por fe que todos los grados habia de

hallar mas ruines, y á bajar otro punto, no soñara Lázaro ni se oyera

en el mundo.

Pues estando en tal afliccion, que le plegue al Señor librar de ella

á todo fiel cristiano; y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal

en peor; un dia que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo habia ido

fuera del lugar, llegó acaso á mi puerta un calderero, el cual yo creo

que fue ángel enviado á mi por la mano de Dios en aquel hábito, y

preguntóme si tenia algo que adobar.

En mi tenias bien que hacer; y no haríais poco, si me remediáseis,

dije paso que no me oyó. Mas como no era tiempo de gastarlo en decir

gracias, alumbrado por el Espíritu santo, le dije, tio una llave de

esta arca he perdido, y temo mi señor me azote: por vuestra vida veais,

si en estas que traeis, alguna hay que le haga, que yo os lo pagaré.

Comenzó á probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que

de ellas traía, y yo á ayudarle con mis flacas oraciones: cuando no me

cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del

arca: y abierta, díjele: yo no tengo dinero que daros por la llave, mas

tomad de ahí el pago. El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le

pareció; y dejándome mi llave, se fue muy contento, dejándome mas á mí.

Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida;

y aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se

me osaba llegar.

Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el

ángel habia llevado; y otro dia saliendo de casa, abro mi paraiso

panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le

hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta: y comienzo á barrer

la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar de

allí en adelante la triste vida, y así estuve con ello aquel dia y otro

gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso,

porque luego al tercero dia me vino la terciana derecha, y fue que

veo á deshora al que mataba de hambre sobre nuestra arca, volviendo y

revolviendo y tornando contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta

oracion, devociones y plegarias decia san Juan y ciégale.

Despues que estuvo un gran rato echando la cuenta, por dias y dedos

contando, dijo: si no tuviera á tan buen recaudo esta arca, yo dijera

que me habian tomado de ella panes; pero de hoy mas, solo por cerrar

puerta á la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos, nueve quedan

y un pedazo. Nuevas malas te dé Dios, dije entre mí; parecióme con

lo que dijo, pasarme el corazon con saeta de montero, y comenzóme el

estómago á escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue

fuera de casa, y yo por consolarme abro el arca, y como vi el pan,

comencéle á adorar (no osando recibirle), contélos, si á dicha el

lacerado se errara; y hallé su cuenta mas verdadera que yo quisiera. Lo

mas que yo pude hacer, fue dar en ellos mil besos: y lo mas delicado

que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con

aquel pasé aquel dia, no tan alegre como el pasado.

Mas como la hambre creciese, mayormente que tenia el estómago hecho

á mas pan aquellos dos ó tres dias ya dichos, moria de mala muerte;

tanto que otra cosa no hacia en viéndome solo, sino abrir y cerrar el

arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas

el mismo Dios que socorre á los afligidos, viéndome en tal estrecho,

trajo á mi memoria un pequeño remedio, que considerando entre mi,

dije: este arcon es viejo, grande y roto por algunas partes; aunque

con pequeños agujeros, puédese pensar que ratones entrando en él hacen

daño á este pan. Sacarlo enteramente, no es cosa conveniente, porque

verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre. Y

comienzo á desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que

allí estaban, tomo uno y dejo otro: de manera que en cada cual de tres

ó cuatro desmigajo su poco, y despues como quien toma grajea, lo comí

y algo me consolé. Mas él como viniese á comer y abriese el arca, vió

el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habian

hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos le suelen

hacer. Miró toda el arca de un cabo á otro, y vióla ciertos agujeros

por do sospechaba habian entrado, llamóme diciendo: Lázaro, mira que

persecucion ha venido aquesta noche por nuestro pan. Yo híceme muy

maravillado, preguntándole qué seria. ¿Qué ha de ser? dijo él; ratones

que no dejan cosa á vida. Pusímonos á comer, y quiso Dios que aun en

esto me fue bien; que me cupo mas pan que la laceria que me solia dar,

porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:

cómete eso, que el raton cosa limpia es. Y así aquel dia añadiendo

la racion del trabajo de mis manos ó de mis uñas, por mejor decir,

acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro

sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de paredes

y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros

de la vieja arca. ¿O señor mio? dije yo entonces; ¡á cuánta miseria,

fortuna y desastres estamos expuestos los nacidos! ¡y cuán poco duran

los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba,

con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba

ya cuanto que alegre y de buena aventura. Mas no quiso mi desdicha,

despertando á este lazaredo de mi amo, y poniéndole mas diligencia de

la que él de suyo se tenia (pues los míseros por la mayor parte nunca

de aquella carecen), ahora cerrando los agujeros del arca, cerrase la

puerta á mi consuelo y la abriese á mis trabajos.

Así lamentaba yo en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos

y tablillas dió fin á sus obras, diciendo: ahora, dueños traidores

ratones, os conviene mudar propósito que en esta casa mala medra teneis.

De que salió de su casa, voy á ver la obra, y hallé que no dejó en

la triste y vieja arca agujero ni aun por donde pudiese entrar un

mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar

provecho; y vi los dos ó tres panes comenzados, los que mi amo creyó

ser ratonados; y de ellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy

lijeramente á uso de esgrimidor diestro.

Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta hambre,

noche y dia estaba pensando la manera que tenia para sustentar el

vivir: y pienso para hallar estos negros remedios que me era luz la

hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario

con la hartura; y así era por cierto en mi. Pues estando una noche

desvelado en este pensamiento, pensando como me podria valer y

aprovechar del arca, sentí que mi amo dormia, porque lo mostraba con

roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.

Levantéme muy quedito, y habiendo en el dia pensado lo que habia de

hacer, y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le

hallase, voyme á la triste arca, y por do habia mirado tener menos

defensa, la acometí con el cuchillo, que á manera de barreno de él usé:

y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin

fuerza y corazon, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y

consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho,

abro muy paso la llagada arca, y al tiento de pan que hallé partido,

hice segun de suso está escrito. Y con aquello algun tanto consolado,

tornando á cerrar me volví á mis pajas, en las cuales reposé y dormí un

poco, lo cual yo hacia mal, y echábalo al no comer: y así seria, porque

cierto en aquel tiempo no me debian de quitar el sueño los cuidados del

rey de Francia.

Otro dia fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del

agujero que yo habia hecho, y comenzó á dar al diablo los ratones y

decir: ¿qué diremos á esto? nunca haber sentido ratones en esta casa

sino ahora. Y sin duda debia de decir verdad, porque si casa habia de

haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquella de razon

habia de ser, porque no suelen morar donde no hay que comer. Torna á

buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas para taparlos.

Venida la noche y su reposo, luego era puesto en pie con mi aparejo, y

cuantos él tapaba de dia, destapaba yo de noche.

En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se

debió de decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente

parecíamos tener á destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejia

de dia, rompia yo la noche. Y en pocos dias y noches pusimos la pobre

dispensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar,

mas coraza vieja de otro tiempo que no arca la llamara, segun la

clavazon y tachuelas que sobre sí tenia. De que vió no aprovecharle

nada su remedio, dijo: esta arca está tan maltratada, y es de madera

tan vieja y flaca, que no habrá raton de quien se defienda, y va ya tal

que si andamos mas con ella, nos dejará sin guarda; y aun lo peor es,

que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa

de otros tres ó cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de

hasta aquí no aprovecha, es armar por dentro á estos ratones malditos.

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que á los

vecinos pedia, continuo el gato estaba armado dentro del arca: lo

cual era para mi singular ausilio, porque puesto el caso que yo no

habia menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las

cortezas de queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba

el ratonar del bodigo. Como hallase el pan ratonado y el queso comido,

y no cayese el raton que lo comia, dábase al diablo y preguntaba á los

vecinos que podria ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no

caer ni quedar dentro el raton, y hallar caida la trampilla del gato.

Acordaron los vecinos no ser el raton el que este daño hacia, porque no

podria menos de haber caido alguna vez. Díjole un vecino: en nuestra

casa yo me acuerdo que solia andar una culebra, y esta debe de ser

sin duda; y lleva razon, que como es larga, tiene lugar de tomar el

cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro,

tórnase á salir. Cuadró á todos lo que aquel dijo, y alteró mucho á mi

amo; y de allí en adelante no dormia tan á sueño suelto, que cualquier

gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que

le roia el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que á la

cabecera (desde que aquello le dijeron) ponia, daba en la pecadora del

arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. Á los vecinos

despertaba con el estruendo que hacia, y á mi no dejaba dormir. Íbase á

mis pajas y trastornábalas y á mi con ellas, pensando que se iba para

mi, y se envolvia en mis pajas ó en mi sayo, porque le decian que de

noche acaecia á estos animales buscando calor irse á las cunas donde

están criaturas, y aun morderlas y hacerlas peligrar. Yo las mas veces

hacia del dormido, y en la mañana decíame él: ¿esta noche, mozo, no

sentiste nada? pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir

para ti á la cama, que son muy frias y buscan calor. Plegue á Dios que

no me muerda, decia yo, que harto miedo la tengo. De esta manera andaba

tan elevado y levantado del sueño, que la culebra, ó el culebro por

mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca: mas de dia

mientras estaba en la iglesia ó por el lugar, hacia mis saltos.

Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podia poner,

andaba de noche, como digo, hecho trasgo. Yo hube miedo que con

aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas

tenia, y parecióme lo mas seguro meterla de noche en la boca, porque ya

desde que viví con el ciego, la tenia tan hecha bolsa, que me acaeció

tener en ella doce ó quince maravedís todo en medias blancas, sin que

me estorbase el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca

que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remedio

que no me buscaba muy á menudo. Pues así como digo, metia cada noche la

llave en la boca, y dormia sin recelo que el brujo de mi amo cayese con

ella.

Quisieron mis hados, ó por mejor decir, mis pecados, que una noche

que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta

debia tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que ya

durmiendo echaba, salia por lo hueco de la llave que de cañuto era,

y silbaba (segun mi desastre quiso) muy recio: de tal manera que el

sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la

culebra; y cierto lo debia parecer. Levantóse muy paso con su garrote

en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó á mi con mucha

quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vió, pensó

que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mio se habia

venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo, y darle tal

garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descarga en la cabeza

tan gran golpe, que sin ningun sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me habia dado, segun yo debia hacer gran sentimiento

con el fiero golpe; contaba él que se habia llegado á mi, y dándome

grandes voces y llamándome procuró recordarme. Mas como me tocase con

las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que

me habia hecho; y con mucha priesa fue á buscar lumbre; y llegando con

ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la

desamparé, la mitad fuera, bien que de aquella manera que debia estar

al tiempo que silbaba con ella. Espantado el matador de culebras que

podria ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y

vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba.

Fue luego á probarla, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el

cruel cazador: el raton y culebra que me daban guerra y me comian mi

hacienda, he hallado.

De lo que sucedió en aquellos tres dias siguientes ninguna seña daré,

porque los tuve en el vientre de la ballena; mas esto que he contado,

oí (despues que en mi torné) decir á mi amo, el cual á cuantos allí

venian, lo contaba por extenso. Al cabo de tres dias, yo torné en mi

sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada, y llena

de aceites y ungüentos, y espantado dije: ¿qué es esto? Respondióme el

cruel sacerdote: á fe que los ratones y culebras que me destruían, ya

los he cazado. Y miré por mi, y vime tan maltratado que luego sospeché

mi mal. Á esta hora entró una vieja que ensalmaba y los vecinos, y

comiénzanme á quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo; y como

me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y dijeron: pues

ha tornado en su acuerdo, placerá á Dios no será nada. Tornaron de

nuevo á contar mis cuitas y á reirlas, y yo pecador á llorarlas. Con

todo esto diéronme de comer que estaba transido de hambre, y apenas me

pudieron remediar: y así de poco en poco á los quince dias me levanté y

estuve sin peligro, mas no sin hambre y medio sano. Luego otro dia que

fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta

fuera, y puesto en la calle díjome: Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no

mio; busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan

diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego,

y santiguándose de mi, como si yo estuviera endemoniado, se volvió á

meter en casa y cerrar su puerta.

Como Lázaro se asentó con un escudero,

y de lo que le acaeció con él.

De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco

con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de

Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me

cerró la herida.

Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que

estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca

un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si

Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?

Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio

(porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba

por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en

órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije:

si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced

en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando

gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito

y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi

tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos

por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y

aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era

propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido

paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento,

decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.

De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró

en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa

y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente

ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos

á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que

no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia

ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida

estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este

tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa

ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la

capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su

puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega,

de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban,

aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De

que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia

las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando

un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de

ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido

á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me

parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la

olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo

luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de

comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada

la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona

por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella

silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras.

Finalmente ella parecia casa encantada.

Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no

eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.

Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como

algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como

pudieres, que despues cenaremos.

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer

de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo

la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis

fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria

la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo

que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con

otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana

muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije:

señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso

me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así

fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud

es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de

los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien

te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como

aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.

Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que

me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven

acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él

un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida

que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí

á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No

sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así

plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó

á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan

está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa,

porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á

ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á

sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los

pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba,

y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido,

convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo

vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro

y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.

Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á

las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en

la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate

allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí

adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en

la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos

un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar

muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con

harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de

ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer

blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que

puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo

propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon

pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude

alcanzar.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 19 / 21 段