no me podia tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ya en
la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis
mañas no tenia aparejo, por no tener en que darle asalto: y aunque
algo hubiera, no pudiera cegarle, como hacia al que Dios perdone, si
de aquella calabazada feneció: que todavía aunque astuto, con faltarle
aquel preciado sentido, no me sentia. Mas estotro, ninguno hay que tan
aguda vista tuviese, como él tenia. Cuando al ofertorio estábamos,
ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada. El un
ojo tenia en la gente, y el otro en mis manos. Bailábanme los ojos en
el cajo, como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecian, tenia por
cuenta. Acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta, y la ponia
sobre el altar. No fuí yo señor de asirle una blanca, todo el tiempo
que con él viví, ó por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje
una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda habia metido en
su arca, compasaba de tal forma que le duraba toda la semana. Y por
ocultar su gran mezquindad, decíame: mira mozo, los sacerdotes han
de ser muy templados en su comer y beber; por esto yo no me desmando
como otros. Mas el lacerado mentia falsamente, porque en cofradías y
mortuorios que rezábamos á costa ajena, comia como lobo, y bebia mas
que un saludador. Y porque dije mortuorios, Dios me perdone, que jamás
fuí enemigo de la naturaleza humana sino entonces: y esto era, porque
comíamos bien y me hartaba. Deseaba y aun rogaba á Dios que cada dia
matase el suyo. Cuando dábamos sacramento á los enfermos, especialmente
la extremauncion, como manda el clérigo rezar á los que están allí,
yo cierto no era el postrero de la oracion; y con todo mi corazon y
buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase á la parte que mas
servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de este mundo. Y
cuando alguno de estos escapaba, (Dios me lo perdone) mil veces le daba
al diablo, y el que se moria, otras tantas bendiciones llevaba de mi
dichas.
En todo el tiempo que allí estuve, que serian cuasi seis meses, solas
veinte personas fallecieron, y estas bien creo que las maté yo, ó por
mejor decir, murieron á mi recuesta: porque viendo el Señor mi rabiosa
y continua muerte, pienso que se holgaba de matarlos por darme á mi
vida. Mas de lo que al presente padecia, remedio no hallaba, que si
el dia que enterrábamos, yo vivia, los dias que no habia muerto, por
quedar bien vezado de la hartura, tornando á mi cotidiana hambre, mas
lo sentia; de manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte,
que yo tambien para mi como para ellos otros deseaba algunas veces. Mas
no la veía, aunque estaba siempre en mi.
Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo
dejaba. La primera por no atraverme á mis piernas, por temor de la
flaqueza que de pura hambre me tenia; y la otra, consideraba y decia:
yo he tenido dos amos; el primero traíame muerto de hambre, y dejándole
topé con estotro que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de
este desisto y doy en otro mas bajo, ¡qué será sino fenecer! Con esto
no me osaba menear, porque tenia por fe que todos los grados habia de
hallar mas ruines, y á bajar otro punto, no soñara Lázaro ni se oyera
en el mundo.
Pues estando en tal afliccion, que le plegue al Señor librar de ella
á todo fiel cristiano; y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal
en peor; un dia que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo habia ido
fuera del lugar, llegó acaso á mi puerta un calderero, el cual yo creo
que fue ángel enviado á mi por la mano de Dios en aquel hábito, y
preguntóme si tenia algo que adobar.
En mi tenias bien que hacer; y no haríais poco, si me remediáseis,
dije paso que no me oyó. Mas como no era tiempo de gastarlo en decir
gracias, alumbrado por el Espíritu santo, le dije, tio una llave de
esta arca he perdido, y temo mi señor me azote: por vuestra vida veais,
si en estas que traeis, alguna hay que le haga, que yo os lo pagaré.
Comenzó á probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que
de ellas traía, y yo á ayudarle con mis flacas oraciones: cuando no me
cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del
arca: y abierta, díjele: yo no tengo dinero que daros por la llave, mas
tomad de ahí el pago. El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le
pareció; y dejándome mi llave, se fue muy contento, dejándome mas á mí.
Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida;
y aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se
me osaba llegar.
Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el
ángel habia llevado; y otro dia saliendo de casa, abro mi paraiso
panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le
hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta: y comienzo á barrer
la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar de
allí en adelante la triste vida, y así estuve con ello aquel dia y otro
gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso,
porque luego al tercero dia me vino la terciana derecha, y fue que
veo á deshora al que mataba de hambre sobre nuestra arca, volviendo y
revolviendo y tornando contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta
oracion, devociones y plegarias decia san Juan y ciégale.
Despues que estuvo un gran rato echando la cuenta, por dias y dedos
contando, dijo: si no tuviera á tan buen recaudo esta arca, yo dijera
que me habian tomado de ella panes; pero de hoy mas, solo por cerrar
puerta á la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos, nueve quedan
y un pedazo. Nuevas malas te dé Dios, dije entre mí; parecióme con
lo que dijo, pasarme el corazon con saeta de montero, y comenzóme el
estómago á escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue
fuera de casa, y yo por consolarme abro el arca, y como vi el pan,
comencéle á adorar (no osando recibirle), contélos, si á dicha el
lacerado se errara; y hallé su cuenta mas verdadera que yo quisiera. Lo
mas que yo pude hacer, fue dar en ellos mil besos: y lo mas delicado
que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con
aquel pasé aquel dia, no tan alegre como el pasado.
Mas como la hambre creciese, mayormente que tenia el estómago hecho
á mas pan aquellos dos ó tres dias ya dichos, moria de mala muerte;
tanto que otra cosa no hacia en viéndome solo, sino abrir y cerrar el
arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas
el mismo Dios que socorre á los afligidos, viéndome en tal estrecho,
trajo á mi memoria un pequeño remedio, que considerando entre mi,
dije: este arcon es viejo, grande y roto por algunas partes; aunque
con pequeños agujeros, puédese pensar que ratones entrando en él hacen
daño á este pan. Sacarlo enteramente, no es cosa conveniente, porque
verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre. Y
comienzo á desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que
allí estaban, tomo uno y dejo otro: de manera que en cada cual de tres
ó cuatro desmigajo su poco, y despues como quien toma grajea, lo comí
y algo me consolé. Mas él como viniese á comer y abriese el arca, vió
el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habian
hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos le suelen
hacer. Miró toda el arca de un cabo á otro, y vióla ciertos agujeros
por do sospechaba habian entrado, llamóme diciendo: Lázaro, mira que
persecucion ha venido aquesta noche por nuestro pan. Yo híceme muy
maravillado, preguntándole qué seria. ¿Qué ha de ser? dijo él; ratones
que no dejan cosa á vida. Pusímonos á comer, y quiso Dios que aun en
esto me fue bien; que me cupo mas pan que la laceria que me solia dar,
porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:
cómete eso, que el raton cosa limpia es. Y así aquel dia añadiendo
la racion del trabajo de mis manos ó de mis uñas, por mejor decir,
acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro
sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de paredes
y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros
de la vieja arca. ¿O señor mio? dije yo entonces; ¡á cuánta miseria,
fortuna y desastres estamos expuestos los nacidos! ¡y cuán poco duran
los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba,
con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba
ya cuanto que alegre y de buena aventura. Mas no quiso mi desdicha,
despertando á este lazaredo de mi amo, y poniéndole mas diligencia de
la que él de suyo se tenia (pues los míseros por la mayor parte nunca
de aquella carecen), ahora cerrando los agujeros del arca, cerrase la
puerta á mi consuelo y la abriese á mis trabajos.
Así lamentaba yo en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos
y tablillas dió fin á sus obras, diciendo: ahora, dueños traidores
ratones, os conviene mudar propósito que en esta casa mala medra teneis.
De que salió de su casa, voy á ver la obra, y hallé que no dejó en
la triste y vieja arca agujero ni aun por donde pudiese entrar un
mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar
provecho; y vi los dos ó tres panes comenzados, los que mi amo creyó
ser ratonados; y de ellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy
lijeramente á uso de esgrimidor diestro.
Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta hambre,
noche y dia estaba pensando la manera que tenia para sustentar el
vivir: y pienso para hallar estos negros remedios que me era luz la
hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario
con la hartura; y así era por cierto en mi. Pues estando una noche
desvelado en este pensamiento, pensando como me podria valer y
aprovechar del arca, sentí que mi amo dormia, porque lo mostraba con
roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.
Levantéme muy quedito, y habiendo en el dia pensado lo que habia de
hacer, y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le
hallase, voyme á la triste arca, y por do habia mirado tener menos
defensa, la acometí con el cuchillo, que á manera de barreno de él usé:
y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin
fuerza y corazon, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y
consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho,
abro muy paso la llagada arca, y al tiento de pan que hallé partido,
hice segun de suso está escrito. Y con aquello algun tanto consolado,
tornando á cerrar me volví á mis pajas, en las cuales reposé y dormí un
poco, lo cual yo hacia mal, y echábalo al no comer: y así seria, porque
cierto en aquel tiempo no me debian de quitar el sueño los cuidados del
rey de Francia.
Otro dia fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del
agujero que yo habia hecho, y comenzó á dar al diablo los ratones y
decir: ¿qué diremos á esto? nunca haber sentido ratones en esta casa
sino ahora. Y sin duda debia de decir verdad, porque si casa habia de
haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquella de razon
habia de ser, porque no suelen morar donde no hay que comer. Torna á
buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas para taparlos.
Venida la noche y su reposo, luego era puesto en pie con mi aparejo, y
cuantos él tapaba de dia, destapaba yo de noche.
En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se
debió de decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente
parecíamos tener á destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejia
de dia, rompia yo la noche. Y en pocos dias y noches pusimos la pobre
dispensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar,
mas coraza vieja de otro tiempo que no arca la llamara, segun la
clavazon y tachuelas que sobre sí tenia. De que vió no aprovecharle
nada su remedio, dijo: esta arca está tan maltratada, y es de madera
tan vieja y flaca, que no habrá raton de quien se defienda, y va ya tal
que si andamos mas con ella, nos dejará sin guarda; y aun lo peor es,
que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa
de otros tres ó cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de
hasta aquí no aprovecha, es armar por dentro á estos ratones malditos.
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que á los
vecinos pedia, continuo el gato estaba armado dentro del arca: lo
cual era para mi singular ausilio, porque puesto el caso que yo no
habia menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las
cortezas de queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba
el ratonar del bodigo. Como hallase el pan ratonado y el queso comido,
y no cayese el raton que lo comia, dábase al diablo y preguntaba á los
vecinos que podria ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no
caer ni quedar dentro el raton, y hallar caida la trampilla del gato.
Acordaron los vecinos no ser el raton el que este daño hacia, porque no
podria menos de haber caido alguna vez. Díjole un vecino: en nuestra
casa yo me acuerdo que solia andar una culebra, y esta debe de ser
sin duda; y lleva razon, que como es larga, tiene lugar de tomar el
cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro,
tórnase á salir. Cuadró á todos lo que aquel dijo, y alteró mucho á mi
amo; y de allí en adelante no dormia tan á sueño suelto, que cualquier
gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que
le roia el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que á la
cabecera (desde que aquello le dijeron) ponia, daba en la pecadora del
arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. Á los vecinos
despertaba con el estruendo que hacia, y á mi no dejaba dormir. Íbase á
mis pajas y trastornábalas y á mi con ellas, pensando que se iba para
mi, y se envolvia en mis pajas ó en mi sayo, porque le decian que de
noche acaecia á estos animales buscando calor irse á las cunas donde
están criaturas, y aun morderlas y hacerlas peligrar. Yo las mas veces
hacia del dormido, y en la mañana decíame él: ¿esta noche, mozo, no
sentiste nada? pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir
para ti á la cama, que son muy frias y buscan calor. Plegue á Dios que
no me muerda, decia yo, que harto miedo la tengo. De esta manera andaba
tan elevado y levantado del sueño, que la culebra, ó el culebro por
mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca: mas de dia
mientras estaba en la iglesia ó por el lugar, hacia mis saltos.
Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podia poner,
andaba de noche, como digo, hecho trasgo. Yo hube miedo que con
aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas
tenia, y parecióme lo mas seguro meterla de noche en la boca, porque ya
desde que viví con el ciego, la tenia tan hecha bolsa, que me acaeció
tener en ella doce ó quince maravedís todo en medias blancas, sin que
me estorbase el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca
que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remedio
que no me buscaba muy á menudo. Pues así como digo, metia cada noche la
llave en la boca, y dormia sin recelo que el brujo de mi amo cayese con
ella.
Quisieron mis hados, ó por mejor decir, mis pecados, que una noche
que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta
debia tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que ya
durmiendo echaba, salia por lo hueco de la llave que de cañuto era,
y silbaba (segun mi desastre quiso) muy recio: de tal manera que el
sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la
culebra; y cierto lo debia parecer. Levantóse muy paso con su garrote
en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó á mi con mucha
quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vió, pensó
que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mio se habia
venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo, y darle tal
garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descarga en la cabeza
tan gran golpe, que sin ningun sentido y muy mal descalabrado me dejó.
Como sintió que me habia dado, segun yo debia hacer gran sentimiento
con el fiero golpe; contaba él que se habia llegado á mi, y dándome
grandes voces y llamándome procuró recordarme. Mas como me tocase con
las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que
me habia hecho; y con mucha priesa fue á buscar lumbre; y llegando con
ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la
desamparé, la mitad fuera, bien que de aquella manera que debia estar
al tiempo que silbaba con ella. Espantado el matador de culebras que
podria ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y
vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba.
Fue luego á probarla, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el
cruel cazador: el raton y culebra que me daban guerra y me comian mi
hacienda, he hallado.
De lo que sucedió en aquellos tres dias siguientes ninguna seña daré,
porque los tuve en el vientre de la ballena; mas esto que he contado,
oí (despues que en mi torné) decir á mi amo, el cual á cuantos allí
venian, lo contaba por extenso. Al cabo de tres dias, yo torné en mi
sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada, y llena
de aceites y ungüentos, y espantado dije: ¿qué es esto? Respondióme el
cruel sacerdote: á fe que los ratones y culebras que me destruían, ya
los he cazado. Y miré por mi, y vime tan maltratado que luego sospeché
mi mal. Á esta hora entró una vieja que ensalmaba y los vecinos, y
comiénzanme á quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo; y como
me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y dijeron: pues
ha tornado en su acuerdo, placerá á Dios no será nada. Tornaron de
nuevo á contar mis cuitas y á reirlas, y yo pecador á llorarlas. Con
todo esto diéronme de comer que estaba transido de hambre, y apenas me
pudieron remediar: y así de poco en poco á los quince dias me levanté y
estuve sin peligro, mas no sin hambre y medio sano. Luego otro dia que
fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta
fuera, y puesto en la calle díjome: Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no
mio; busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan
diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego,
y santiguándose de mi, como si yo estuviera endemoniado, se volvió á
meter en casa y cerrar su puerta.
Como Lázaro se asentó con un escudero,
y de lo que le acaeció con él.
De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco
con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de
Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me
cerró la herida.
Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que
estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca
un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si
Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?
Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio
(porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba
por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en
órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije:
si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced
en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando
gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito
y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi
tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos
por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y
aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era
propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido
paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento,
decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.
De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró
en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa
y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente
ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos
á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que
no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia
ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida
estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este
tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa
ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la
capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su
puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega,
de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban,
aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De
que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia
las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando
un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de
ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido
á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me
parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la
olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo
luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de
comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada
la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona
por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella
silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras.
Finalmente ella parecia casa encantada.
Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no
eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.
Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como
algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como
pudieres, que despues cenaremos.
Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer
de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo
la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis
fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria
la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo
que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con
otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana
muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije:
señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso
me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así
fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud
es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de
los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien
te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como
aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.
Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que
me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven
acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él
un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida
que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí
á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No
sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así
plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó
á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan
está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa,
porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á
ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á
sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los
pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba,
y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido,
convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo
vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro
y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.
Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en
la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate
allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí
adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en
la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos
un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar
muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con
harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de
ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer
blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que
puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo
propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon
pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude
alcanzar.