Vista mi inocencia, dejáronme dándome por libre: y el alguacil y el

escribano piden al hombre y á la mujer sus derechos, sobre lo cual

tuvieron gran contienda y ruido; porque ellos alegaron no ser obligados

á pagar, pues no habia de qué, ni se hacia el embargo. Los otros

decian, que habian dejado de ir á otro negocio que les importaba mas

por venir á aquel. Finalmente despues de dadas muchas voces, al cabo

carga un porqueron con el viejo alfamar de la vieja, y aunque no iba

muy cargado, allá iban todos cinco dando voces: no sé en que paró. Creo

yo que el pecador alfamar pagara por todos; y bien se empleaba, pues

al tiempo que habia de reposar y descansar de los trabajos pasados, se

andaba alquilando.

Así como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer

mi ruin dicha: pues señalándose todo lo que podia contra mi, hacia

mis negocios tan al revés, que los amos que suelen ser dejados de los

mozos, en mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mi.

Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced,

y de lo que le acaeció con él.

Hube de buscar el cuarto, y este fue un fraile de la Merced, adonde las

mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas llamaban pariente:

gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar

fuera, amicísimo de negocios seglares y visitas; tanto que pienso que

rompia él mas zapatos que todo el convento. Este me dió los primeros

zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho dias, ni yo pude

con su trote durar mas. Y por esto y por otras cosillas que no digo,

salí de él.

Como Lázaro se asienta con un bulero,

y de las cosas que con él pasó.

En el quinto por mi ventura di, que fue un bulero, el mas desenvuelto,

y desvergonzado, y el mayor echador de ellas que jamás yo vi ni ver

espero, ni pienso, ni nadie vió: porque tenia y buscaba modos y

maneras, y muy sutiles invenciones. En entrando en los lugares do

habian de presentar la bula, primero presentaba á los clérigos ó curas

algunas cosillas no de mucho valor ni substancia. Una lechuga murciana,

si era por el tiempo; un par de limas ó naranjas, un melocoton, un par

de duraznos, ó á cada uno sus sendas peras verdiñales. Así procuraba

tenerlos propicios, porque favoreciesen su negocio y llamasen á sus

feligreses á tomar la bula, ofreciéndole á él las gracias. Informábase

de la suficiencia de ellos: si decian que entendian no hablaba palabra

en latin, por no dar tropezon: mas aprovechábase de un gentil y bien

cortado romance y desenvueltísima lengua. Y si sabia que los dichos

clérigos eran de los reverendos, digo, que mas con dineros que con

letras y con reverendas se ordenan, hacíase entre ellos un Santo Tomás,

y hablaba dos horas en latin, á lo menos que lo parecia, aunque no lo

era. Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba como por mal se

las tomasen, y para aquello hacia molestias al pueblo, y otras veces

con mañosos artificios. Y porque todos los que veía hacer, seria largo

de contar, diré uno muy sutil y donoso, con el cual probaré bien su

suficiencia. En un lugar de la Sagra de Toledo habia predicado dos

ó tres dias, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habian

tomado bula, ni á mi ver tenian intencion de tomársela; y él estaba

dado al diablo con aquello. Y pensando que hacer se acordó de convidar

al pueblo á otro dia de mañana para despedir la bula. Y esa noche

despues de cenar pusiéronse á jugar la colacion él y el alguacil, y

sobre el juego vinieron á reñir y á haber palabras. Sobre esto el señor

comisario, mi señor, tomó un lanzon que en el portal do jugaban estaba.

El alguacil puso mano á su espada, que en la cinta tenia. Al ruido y

voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos, y métense en

medio; y ellos muy enojados, procurándose desembarazar de los que en

medio estaban, para matarse. Mas como la gente al gran ruido cargase,

y la casa estuviese llena de ella, viendo que no podian afrentarse con

las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil

dijo á mi amo, que era falsario, y las bulas que predicaba eran falsas.

Finalmente los del pueblo viendo que no bastaban para ponerlos en paz,

acordaron de llevar al alguacil de la posada á otra parte; y así quedó

mi amo muy enojado. Y despues que los huéspedes y vecinos le hubieron

rogado que perdiese el enojo y se fuese á dormir, así nos echamos todos.

La mañana venida mi amo se fue á la iglesia, y mandó tañer á misa y

al sermon para despedir la bula: y el pueblo se juntó, el cual andaba

murmurando de las bulas, diciendo como eran falsas, y que el mismo

alguacil riñendo lo habia descubierto: de manera que tras que tenian

mala gana de tomarla, con aquello del todo la aborrecieron. El señor

comisario se subió al púlpito, y comienza su sermon, y á animar la

gente á que no quedasen sin tanto bien é indulgencia como la santa bula

traía. Estando en lo mejor del sermon entró por la parte de la iglesia

el alguacil; y luego que hizo oracion, levantóse, y con voz alta y

pausada cuerdamente comenzó á decir:

Buenos hombres, oidme una palabra, que despues oireis á quien

quisiéreis. Yo vine aquí con este echacuervos que os predica, el cual

me engañó y dijo que le favoreciese en este negocio, y que partiríamos

la ganancia. Y ahora visto el daño que haria á mi conciencia y á

vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho os declaro claramente que

las bulas que predica son falsas, y que no le creais ni las tomeis,

y que yo _directè_ ni _indirectè_ no soy parte en ellas, y que desde

ahora dejo la vara y doy con ella en el suelo: y si en algun tiempo

este fuese castigado por la falsedad, que vosotros me seais testigos

como yo no soy con él, ni le doy á ello ayuda, antes os desengaño y

declaro su maldad, y acabó su razonamiento.

Algunos hombres honrados que allí estaban, se quisieron levantar, y

echar al alguacil fuera de la iglesia por evitar escándalo, mas mi amo

les fue á la mano, y mandó á todos que so pena de excomunion no le

estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese; y así él

tambien tuvo silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.

Como calló, mi amo le preguntó si queria decir mas, que lo dijese. El

alguacil dijo: harto mas hay que decir de vos y de vuestra falsedad,

mas por ahora basta.

El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito, y puestas las

manos y mirando al cielo dijo así: Señor Dios, á quien ninguna cosa

es escondida, antes todas manifiestas, y á quien nada es imposible,

antes todo posible; tu sabes la verdad, y cuan injustamente yo soy

afrentado. En lo que á mi toca, yo le perdono, porque tu, Señor, me

perdones. No mires aquel, que no sabe lo que hace ni dice: mas la

injuria á ti hecha, te suplico y por justicia te pido, no disimules,

porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa

bula, dando crédito á las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará

de hacer. Y pues es con tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo,

Señor, no le desimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta

manera, que si es verdad lo que aquel dice y que yo traigo maldad y

falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de

tierra, do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo, y

aquel persuadido por el demonio (por quitar y privar á los que están

presentes de tan gran bien) dice maldad, tambien sea castigado, y de

todos conocida su malicia.

Apenas habia acabado su oracion el devoto señor mio, cuando el negro

alguacil cae de su estado, y da tal golpe en el suelo, que la iglesia

toda hizo resonar; y comenzó á bramar y echar espumarajos por la boca

y torcerla, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano,

revolviéndose por aquellos suelos á una parte y á otra. El estruendo y

voces de la gente era tan grande, que no se oían unos á otros. Algunos

estaban espantados y temerosos. Unos dicen: el Señor le socorra y

valga; otros: bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.

Finalmente algunos que allí estaban, y á mi parecer no sin harto temor,

se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes

puñadas á los que cerca de él estaban. Otros le tiraban por las piernas

y tenian reciamente, porque no habia mula falsa en el mundo que tan

recias coces tirase: y así le tuvieron un gran rato; porque mas de

quince hombres estaban sobre él, y á todos daba las manos llenas, y si

se descuidaban, en los hocicos.

Á todo esto el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos

y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que

el planto y ruido y voces que en la iglesia habia, no eran parte para

apartarle de su divina contemplacion. Aquellos buenos hombres llegaron

á él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer á

aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase á las cosas pasadas

ni á sus dichos malos, pues ya de ellos tenia el pago; mas si en algo

podia aprovechar para librarle del peligro y pasion que padecia, por

amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado

y la verdad y bondad suya, pues á su peticion y venganza el Señor no

alargó el castigo.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró,

y miró al delincuente y á todos los que al rededor estaban, y muy

pausadamente les dijo: buenos hombres, vosotros nunca habíais de

rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado.

Mas pues él nos manda, que no volvamos mal por mal y perdonemos las

injurias, con confianza podremos suplicar, que le cumpla lo que nos

manda, y su Magestad perdone á este que le ofendió, poniendo en su

santa fe obstáculo. Vamos todos á suplicarle. Y así bajó del púlpito y

encomendóles, que muy devotamente suplicasen á nuestro Señor tuviese

por bien de perdonar á aquel pecador, y volverle en su salud y sano

juicio, y lanzar de él el demonio, si su Magestad habia permitido que

por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y

delante del altar con los clérigos comenzaban á cantar con voz baja una

letanía, y viniendo él con la cruz y agua bendita, despues de haber

sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los

ojos, que casi nada se le parecia sino un poco de blanco, comienza una

oracion no menos larga que devota, con la cual hizo llorar á toda la

gente, como suelen hacer en los sermones de la pasion de predicador y

auditorio devoto; suplicando á nuestro Señor, pues no queria la muerte

del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que á aquel encaminado por

el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y

dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.

Y esto hecho, mandó traer la bula y puso en la cabeza, y luego el

pecador del alguacil comenzó poco á poco á estar mejor y tornar en

sí. Y luego que fue bien vuelto en su acuerdo, echóse á los pies del

señor comisario, y demandóle perdon, confesó haber dicho aquello por

la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer el daño y vengarse

del enojo, lo otro y mas principal, porque el demonio recibia mucha

pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo le

perdonó, y fueron hechas las amistades; y á tomar la bula hubo tanta

priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella; marido y

mujer, hijos é hijas, mozos y mozas.

Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos: y cuando

á ellos llegábamos, no era menester sermon ni ir á la iglesia; que á

la posada la venian á tomar, como si fueran peras que se dieran de

balde: de manera que en diez ó doce lugares de aquellos alrededores

donde fuímos, echó el Señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar

sermon. Cuando hizo el ensayo, confieso mi pecado que tambien fuí de

ello espantado, y creí que así era como otros muchos. Mas con ver

despues la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacian

del negocio, conocí como habia sido industriado por el industrioso é

inventivo de mi amo; y aunque muchacho, cayóme mucho en gracia, y dije

entre mi: ¿cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la

inocente gente?

Finalmente estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los

cuales pasé tambien hartas fatigas.

Como Lázaro se asentó con un capellan,

y lo que con él pasó.

Despues de esto asenté con un maestro de pintar panderos, para molerle

los colores; y tambien sufrí mil males.

Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un dia en la Iglesia

mayor, un capellan de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un

buen asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé á echar agua por la

ciudad.

Este fue el primer escalon que yo subí para venir á alcanzar buena

vida, porque mi boca era medida. Daba cada dia á mi amo treinta

maravedís ganados, y los sábados ganaba por mi, y todo lo demás entre

semana de treinta maravedís. Fueme tan bien en el oficio, que al cabo

de cuatro años que le usé, con poner en la ganancia buen recaudo,

ahorré para vestirme muy honradamente de la ropa vieja, de la cual

compré un jubon de fustan viejo, y un sayo raido de manga tranzada y

puerta, y una capa que habia sido frisada, y una espada de las viejas

primeras de Cuellar. Luego que me vi en hábito de hombre de bien, dije

á mi amo se tomase su asno que no queria mas seguir aquel oficio.

Como Lázaro asienta con un alguacil,

y de lo que le acaeció con él.

Despedido del capellan, asenté por hombre de justicia con un alguacil,

mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso, mayormente

que una noche nos corrieron á mi y á mi amo á pedradas y á palos

unos retraidos; y á mi amo que esperó, trataron mal, mas á mi no me

alcanzaron.

Con esto renegué del trato. Y pensando en qué modo de vivir haria mi

asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios

alumbrarme, y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que

tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces

pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio

real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen: en el

cual el dia de hoy yo vivo y resido á servicio de Dios y de vuestra

merced. Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad

se venden, y en almonedas y cosas perdidas; acompañar á los que padecen

persecuciones por justicia, y declarar á voces sus delitos: pregonero,

hablando en buen romance. Hame sucedido tan bien y yo le he usado tan

facilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi

mano; tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino á vender ó

algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar

provecho.

En este tiempo viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de

mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor

y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró

casarme con una criada suya. Y visto por mi que de tal persona no podia

venir sino bien y favor, acordé de hacerlo, y así me casé con ella;

y hasta ahora no estoy arrepentido, porque fuera de ser buena hija,

diligente y servicial, tengo en mi señor Arcipreste todo favor y ayuda:

y siempre en el año le da en veces al pie de una carga de trigo, por

las pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las calzas viejas

que deja, é hízonos alquilar una casilla á par de la suya. Los domingos

y fiestas casi todas las comíamos en su casa: mas malas lenguas que

nunca faltaron, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué: que ven á mi

mujer irle á hacer la cama y guisarle de comer. Y mejor les ayude Dios

que ellos dicen la verdad, porque además de no ser ella mujer que se

pague de estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá,

que el me habló un dia muy largo delante de ella, y me dijo: Lázaro de

Tormes, quien ha de mirar á dichos de malas lenguas, nunca medrará.

Digo esto, porque no me maravillaria, alguno viendo entrar en mi casa

tu mujer y salir de ella. Ella entra muy á tu honra y suya, y esto te

lo prometo. Por tanto no mires á lo que pueden decir, sino á lo que te

toca, digo, á tu provecho. Señor le dije, yo determiné de arrimarme

á los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo

de eso, y aun por mas de tres veces me han certificado, que antes

que conmigo casase habia parido tres veces, hablando con reverencia

de vuestra merced, porque está ella delante. Entonces mi mujer echó

juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros: y

despues tornóse á llorar y á echar mil maldiciones sobre quien conmigo

la habia casado: en tal manera que quisiera ser muerto, antes que se

me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi

señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con

juramento que le hice de nunca mas en mi vida mentarle nada de aquello,

y que yo holgaba y habia por bien de que ella entrase y saliese de

noche y de dia, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos

todos tres bien conformes. Hasta el dia de hoy nunca nadie nos oyó

sobre el caso; antes cuando alguno siento que quiere decir algo de

ella, le atajo y le digo: mira, si sois mi amigo, no me digais cosa que

me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar, mayormente si

me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo mas

quiero, y la amo mas que á mi, y me hace Dios con ella mil mercedes y

mas bien que yo merezco, que yo juraré sobre la hostia consagrada, que

es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo, y quien

otra cosa me dijere, me mataré con él. De esta manera no me dicen nada,

y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mismo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne

ciudad de Toledo entró y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes

regocijos y fiestas, como vuestra merced habrá oido.

Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo

con unos tudescos, y lo que con ellos pasaba.

En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena

fortuna: y como yo siempre anduviese acompañado de una buena galleta,

de unos buenos frutos que en esta tierra se crian para muestra de

lo que pregonaba, cobré tantos amigos y señores así naturales como

extranjeros, que do quiera que llegaba, no habia para mi puerta

cerrada, y en tanta manera me vi favorecido, que me parece si entonces

matara á un hombre, ó me acaeciera algun caso recio, hallara todo

el mundo de mi bando y tuviera en aquellos mis señores todo favor

y socorro. Mas yo nunca los dejaba boquisecos, queriéndolos llevar

conmigo á lo mejor que yo habia echado en la ciudad, en donde hacíamos

la buena y espléndida vida. Allí nos aconteció muchas veces entrar en

nuestros pies y salir en ajenos: y lo mejor de esto es que todo este

tiempo maldita la blanca Lázaro de Tormes gastó ni se la consentian

gastar. Antes si alguna vez yo de industria echaba mano á la bolsa

fingiendo quererlo pagar tomábanlo por afrenta, y mirábanme con alguna

ira, y decian: _nite_, _nite_, _asticot_, _lanz_; reprendiéndome y

diciendo: que donde ellos estaban, nadie habia de pagar blanca. Yo con

aquello moríame de amores de tal gente, porque no solo esto, mas de

perniles de tocino, pedazos de piernas de carnero, cocidas en aquellos

cordiales vinos, con mucha de la fina especie, y de sobras de cecinas

y de pan me henchian la falda y los senos cada vez que nos juntábamos,

que tenia en mi casa de comer yo y mi mujer hasta hartar una semana

entera. Acordábame en estas harturas de mis hambres pasadas, y alababa

al Señor y dábale gracias, que así andan las cosas y tiempos.

Mas como dice el refran: _quien bien te hará, ó se te irá, ó se

morirá_. Así me acaeció, que se mudó la gran corte como hacer suele,

y al partir fuí muy requerido de aquellos mis grandes amigos me

fuese con ellos, y que me harian y acontecerian. Mas acordándome del

proverbio que dice: _mas vale el mal conocido que el bien por conocer_,

agradeciéndoles su buena voluntad, con muchos abrazos y tristeza me

despedí de ellos. Y cierto, si casado no fuera, no dejara su compañía,

por ser gente hecha muy á mi gusto y condicion: y es vida graciosa la

que viven, no fantásticos ni presuntuosos, sin escrúpulo ni asco de

entrarse en cualquier bodegon la gorra quitada, si el vino lo merece:

gente llana y honrada, y tal y tan bien proveida, que no me la dé Dios

peor, cuando buena sed tuviere. Mas el amor de la mujer y de la patria,

que ya por mia tengo, pues como dicen; _¿de dó eres, hombre?_ tiraron

por mi. Y así me quedé en esta ciudad, aunque muy conocido de los

moradores de ella, con mucha soledad de los amigos y vida cortesana.

Estuve muy á mi placer, con acrecentamiento de alegría y linaje por el

nacimiento de una hermosa niña, que en estos medios mi mujer parió,

y que aunque yo tenia alguna sospecha, ella me juró que era mia:

hasta que á la fortuna le pareció haberme mucho olvidado, y ser justo

tornarme á mostrar su airado y severo gesto cruel, y aguarme estos

pocos años de sabrosa y descansada vida con otros tantos de trabajos

y amarga muerte. ¡O gran Dios! y ¡quién podrá escribir un infortunio

tan desastrado, y acaecimiento tan sin dicha, que no deje holgar el

tintero, poniendo la pluma á sus ojos!

FIN DEL LAZARILLO DE TORMES.

ÍNDICE.

_Pág._

EL EDITOR. I

LUIS TRIBALDOS DE TOLEDO AL LECTOR. V

NOTICIAS DE LA VIDA DE D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA. IX

Libro I. 1

Libro II. 43

Libro III. 88

Libro IV. 141

DISCURSO DEL CONDE DE PORTALEGRE. 178

LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES.

PRÓLOGO DEL AUTOR. 185

Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre. 187

Como Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él

pasó. 198

Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció

con él. 209

Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le

acaeció con él. 225

Como Lázaro se asienta con un bulero, y de las cosas que con él

pasó. 226

Como Lázaro se asentó con un capellan, y lo que con él pasó. 231

Como Lázaro asienta con un alguacil, y de lo que le acaeció

con él. 232

Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo con unos

tudescos y lo que con ellos pasaba. 234

FIN DEL ÍNDICE.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 21 / 21 段