Tormes, hijo de Tomé Gonzalez y de Antonia Perez, naturales de Tejares,
aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del rio Tormes, por la
cual causa tomé el sobrenombre, y fue de esta manera. Mi padre (que
Dios perdone) tenia cargo de proveer una molienda de una aceña que está
ribera de aquel rio, en la cual fue molinero mas de quince años: y
estando mi madre una noche en la aceña preñada de mi, tomóla el parto y
parióme allí, de manera que con verdad me puedo decir nacido en el rio.
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron á mi padre ciertas sangrías
mal hechas en los costales de los que allí á moler venian, por lo
cual fue preso, confesó y no negó, y padeció persecucion de justicia.
Espero en Dios que está en gloria, pues el evangelio los llama
bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra los moros,
entre los cuales fue mi padre, que á la sazon estaba desterrado por el
desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue,
y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como
sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse á los buenos por
ser uno de ellos, y vínose á vivir á la ciudad, y alquiló una casilla,
y metíase á guisar de comer á ciertos estudiantes, y limpiaba la ropa
á ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera
que frecuentando las caballerizas, ella y un hombre moreno de aquellos
que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces
se venia á nuestra casa, y se iba á la mañana. Otras veces de dia
llegaba á la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en la
casa. Yo al principio de su entrada pesábame de ella, y hacíame miedo,
viendo el color y mal gesto que tenia; mas de que vi que con su venida
mejoraba el comer, fuíle queriendo bien; porque siempre traía pan,
pedazos de carne, y en el invierno leña con que nos calentábamos;
de manera que continuando la posada y conversacion, mi madre vínose
á darme un negrito, el cual yo brincaba y ayudaba á calentar. Y
acuérdome que estando el negro de mi padrastro trabajando con el
mozuelo, como el niño veía á mi madre y á mi blancos, y á él no, huía
de él con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decia: madre,
coco; respondiendo él riendo, hideputa. Yo, aunque muy muchacho, noté
aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mi: cuantos debe haber
en el mundo que huyen de otros, porque no se ven á sí mismos. Quiso
nuestra fortuna que la conversacion del Zayde (que así se llamaba)
llegó á oidos del mayordomo; y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por
medio de la cebada que para las bestias le daban, hurtaba; y salvados,
leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos
hacia perdidas: y cuando otra cosa no tenia, las bestias desherraba;
y con todo esto acudia á mi madre para criar á mi hermanico. No nos
maravillamos de un clérigo ni de un fraile, porque el uno hurta de
los pobres y el otro de su casa para sus devotas y para ayuda de otro
tanto, cuando á un pobre esclavo el amor le animaba á esto. Y probósele
cuanto digo y aun mas; porque á mi con amenazas me preguntaban, y
como niño respondia y descubria cuanto sabia con miedo, hasta ciertas
herraduras que por mandado de mi madre á un herrero vendí. Al triste
de mi padrastro azotaron y pringaron, y á mi madre pusieron pena por
justicia sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho
comendador no entrase, ni al lastimado Zayde en la suya acogiese. Por
no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la
sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue á
servir á los que al presente vivian en el meson de la Solana, y allí
padeciendo mil importunidades acabó de criar á mi hermanico hasta que
supo andar: y á mi hasta ser buen mozuelo, que iba á los huéspedes por
vino, candelas y por lo demás que me mandaban.
En este tiempo vino á posar al meson un ciego, el cual pareciéndole que
yo seria para adestrarle, me pidió á mi madre, y ella me encomendó á
él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar
la fe, habia muerto en la batalla de los Gelves; y que ella confiaba
en Dios que no saldria peor hombre que mi padre, y que le rogaba me
tratase bien y mirase por mi, pues era huérfano. Él respondió que
así lo haria y que me recibia, no por mozo, sino por hijo; y así le
comencé á servir y adestrar á mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en
Salamanca algunos dias, pareciéndole á mi amo que no era la ganancia á
su contento, determinó irse de allí. Y cuando nos hubimos de partir,
yo fuí á ver á mi madre, y ambos llorando, me dió su bendicion y dijo:
hijo, ya sé que no te veré mas; procura ser bueno, y Dios te guie.
Criado te he, y con buen amo te he puesto, válete por ti. Y así me fuí
para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y llegando á la puente, está á la entrada de ella
un animal de piedra que casi tiene forma de toro; y el ciego mandóme
que llegase cerca del animal, y allí puesto dijo: Lázaro, llega el oido
de este toro, y oirás gran ruido dentro de él. Yo simplemente llegué,
creyendo ser así; y como sintió que tenia la cabeza á par de la piedra,
afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro,
que mas de tres dias me duró el dolor de la cornada; y díjome: necio,
aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo, y
rió mucho de la burla.
Parecióme que en aquel instante disperté de la simpleza en que, como
niño, dormido estaba, y dije entre mi: verdad dice este, que me cumple
avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar como me sepa valer.
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos dias me mostró jerigonza.
Y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decia: yo oro ni
plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir, muchos te mostraré. Y
fue así, que despues de Dios este me dió la vida, y siendo ciego, me
alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar á vuestra
merced estas niñerías, para mostrar, cuanta virtud sea saber los
hombres subir siendo bajos; y dejarse bajar, siendo altos, cuanto vicio.
Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced
sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó mas astuto ni
sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabia
de coro, un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacia resonar la
iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen
continente ponia cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni
ojos, como otros suelen hacer. Allende de esto tenia otras mil formas
y maneras para sacar el dinero. Decia saber oraciones para muchos y
diversos efectos; para mujeres que no parian; para las que estaban de
parto; para las que eran mal casadas, que sus maridos las quisiesen
bien. Echaba pronósticos á las preñadas, si traían hijo ó hija; pues
en caso de medicina decia que Galeno no supo la mitad que él; para
muelas, desmayos, males de comadre. Finalmente nadie le decia padecer
alguna pasion, que luego no le decia: haced esto, hareis estotro, coced
tal yerba, tomad tal raiz. Con esto andábase todo el mundo tras él,
especialmente mujeres, que, cuanto les decia, creían. De estas sacaba
él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba mas en un mes
que cien ciegos en un año. Mas tambien quiero que sepa vuestra merced,
que con todo lo que adquiria y tenia, jamás tan avariento ni mezquino
hombre no vi; tanto que me mataba á mi de hambre, y así no me remediaba
de lo necesario. Digo verdad: si con mi sutileza y buenas mañas no me
supiera remediar, muchas veces me finara de hambre. Mas con todo su
saber y aviso le contraminaba de tal suerte, que siempre ó las mas
veces me cabia lo mas y mejor. Para esto le hacia burlas endiabladas,
de las cuales contaré algunas, aunque no todas á mi favor. Él traía el
pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se
cerraba con una argolla de hierro y su candado y llave; y el meter de
las cosas y sacarlas, era con tanta vigilancia y tan por contadero,
que no bastara todo el mundo á hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba
aquella laceria que el me daba, la cual en menos de dos bocados era
despachada: y despues que cerraba el candado y se descuidaba, pensando
que yo estaba entendiendo en otras cosas; por un poco de costura que
muchas veces de un lado del fardel descosia y tornaba á coser, sangraba
el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos,
torreznos y longanizas. Y así buscaba conveniente tiempo para rehacer,
no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podia sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le
mandaban rezar y le daban blancas, como él carecia de vista, no habia
el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenia lanzada en la
boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba
de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el
mal ciego, porque al tiento luego conocia y sentia, que no era blanca
entera, y decia: ¿qué diablo es esto, que despues que conmigo estais,
no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí
hartas veces me pagaban? en ti debe de estar esta desdicha.
Tambien él abreviaba el rezar y la mitad de la oracion no acababa,
porque me tenia mandado, que en yéndose el que le mandaba rezar, le
tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia, y luego él tornaba á dar
voces, diciendo mandan rezar tal y tal oracion, como suelen decir.
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos; yo muy de
presto le asia y daba un par de besos callados, y tornábale á su lugar;
mas duróme poco, que en los tragos conocia la falta: y por reservar
su vino á salvo, nunca despues desamparaba el jarro; antes le tenia
por el asa asido. Mas no habia piedra iman, que así trajese a sí como
yo con una paja de centeno que para aquel menester tenia hecha; la
cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, le dejaba á
buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me
sintió; y dende en adelante mudó de propósito, y asentaba su jarro
entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebia seguro. Yo como
estaba hecho al vino, moria por él; y viendo que aquel remedio de la
paja no me aprovechaba ni valia, acordé en el suelo del jarro hacerle
una fuentecilla y agujero sutil, y delicadamente con una muy delgada
tortilla de cera taparle.
Al tiempo de comer, fingiendo haber frio, entrábame entre las piernas
del triste ciego á calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos; y
al calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba
la fuentecilla á destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponia,
que maldita la gota que se perdia. Cuando el pobrete iba á beber, no
hallaba nada: espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el
vino, no sabiendo que podia ser. No direis tio, que os lo bebo yo,
decia, pues no le quitais de la mano. Tantas vueltas y tientos dió al
jarro, que se halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló
como si no lo hubiera sentido; y luego otro dia, teniendo yo rezumando
mi jarro como solia, no pensando el daño que me estaba aparejado, ni
que el mal ciego me sentia, sentéme como solia, estando recibiendo
aquellos dulces tragos, mi cara puesta hácia el cielo, un poco cerrados
los ojos, por mejor gustar el sabroso licor. Sintió el desesperado
ciego que ahora tenia tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su
fuerza alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer
sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder; de manera que
el pobre Lázaro, que á nada de esto se aguardaba, antes si, como otras
veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente le pareció, que el
cielo con todo lo que en él hay, le habia caido encima. Fue tal el
golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande,
que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por
muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy dia me
quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego: y aunque me queria y
regalaba y me curaba, bien vi que se habia holgado del cruel castigo.
Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me habia
hecho, y sonriéndose decia: que te parece, Lázaro, lo que te enfermó,
te sana y da salud, y otros donaires que á mi gusto no lo eran. Ya que
estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que á
pocos golpes tales el cruel ciego ahorraria de mi, quise yo ahorrar de
él: mas no lo hice tan presto, por hacerlo mas á mi salvo y provecho.
Aunque yo quisiera asentar mi corazon y perdonarle el jarrazo, no daba
lugar el mal tratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacia;
que sin causa ni razon me heria, dándome coscorrones y repelándome. Y
si alguno le decia, por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento
del jarro, diciendo: ¿pensais que este mi mozo es algun inocente?
pues oid si el demonio ensayara otra tal hazaña. Santiguándose los
que le oían, decian: mira, quien pensara de un muchacho tan pequeño
tal ruindad, y se reían mucho del artificio, y decíanle: castigadle,
castigadle, que de Dios lo habreis. Y él con aquello nunca otra cosa
hacia: y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y
adrede por hacerle mal y daño. Si habia piedras, por ellas; si lodo,
por lo mas alto: que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame
de quebrarme un ojo, por quebrar dos al que ninguno tenia. Con esto
siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual
siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo
juraba no hacerlo con malicia, sino por no hallar mejor camino, no
me aprovechaba, ni me creía; mas tal era el sentido y el grandísimo
entendimiento del traidor.
Y porque vea vuestra merced á cuanto se extendia el ingenio de este
astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el
cual me parece dió bien á entender su grande astucia. Cuando salimos de
Salamanca, su motivo fue venir á tierra de Toledo, porque decia ser la
gente mas rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase á este refran: _mas
da el duro que el desnudo_. Y vinimos á este camino por los mejores
lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde
no, al tercero dia hacíamos San Juan. Acaeció que llegando á un lugar
que llaman _Almorox_, al tiempo que cogian las uvas, un vendimiador
le dió un racimo de ellas en limosna; y como suelen ir los cestos
maltratados, y tambien porque la uva en aquel tiempo está muy madura,
desgranábasele el racimo en la mano. Al echarle en el fardel, tornábase
mosto; y de lo que á él se llegaba, acordó de hacer un banquete, así
por no poder llevarlo, como por contentarme; en aquel dia me habia
dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar, y dijo:
ahora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas de él tanta parte como yo. Partir lo
hemos de esta manera: tu picarás una vez, y yo otra, con tal que me
prometas no tomar cada vez mas que una, y yo haré lo mismo hasta que
le acabemos, y de esta suerte no habrá engaño. Hecho así el concierto
comenzamos, mas luego al segundo lance el traidor mudó propósito, y
comenzó á tomar de dos en dos, considerando que yo deberia hacer lo
mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté con ir á la
par con él, mas aun pasaba adelante, dos á dos y tres á tres, y como
podia las comia. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en
la mano, y meneando la cabeza, dijo: Lázaro, engañado me has: juraré yo
á Dios que has tu comido las uvas tres á tres. No comí, dije yo: ¿mas
porqué sospechais eso? Respondió el sagacísimo ciego, ¿sabes en qué veo
que las comiste tres á tres? en que comia yo dos á dos, y callabas.
Reíme entre mí, y aunque muchacho, noté la discreta consideracion
del ciego. Mas por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas así
graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron; y
quiero decir el despidiente, y con él acabar. Estábamos en Escalona,
villa del duque della, y dióme un pedazo de longaniza que le asase.
Ya que la longaniza habia pringado, y comídose las pringadas, sacó un
maravedí de la bolsa, y mandóme que fuese por vino á la taberna. Púsome
el demonio el aparejo delante los ojos, el cual (como suelen decir)
hace el ladron: y fue que habia cabe el fuego un nabo pequeño larguillo
y ruinoso, y tal que por no ser para la olla, debió de ser echado
allí. Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me
vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la
longaniza, del cual solamente sabia que habia de gozar, no mirando que
me podria suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en
tanto que él sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza, y muy
presto metí el sobredicho nabo en el asador: el cual mi amo, dándome el
dinero para el vino, tomó y comenzó á dar vueltas al fuego, queriendo
asar al que de ser cocido por sus deméritos habia escapado. Yo fuí por
el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza: y cuando vine,
hallé al pecador del ciego que tenia entre dos rebanadas apretado el
nabo, el cual aun no habia conocido, por no haber tentado con la mano.
Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas, pensando tambien llevar
parte de la longaniza, hallóse frio con el frio nabo, alteróse y dijo:
¿qué es esto, Lazarillo? Lazaredo de mi, dije yo, si quereis á mi echar
algo ¿no vengo yo de traer el vino? alguno estaba ahí, y por burlarse
haria esto. No, no, dijo él, que yo no he dejado el asador de la mano;
no es posible. Yo torné á jurar y perjurar que estaba libre de aquel
trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues á las astucias del maldito
ciego nada se le escondia. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse á
olerme, y como debió sentir el huelgo á uso de buen podenco, por mejor
satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome
con las manos, abrióme la boca mas de su derecho, y desatentadamente
metia la nariz, la cual él tenia luenga y afilada, que en aquella sazon
con el enojo se habia aumentado un palmo, con el pico de la cual me
llegó á la gulilla. Con esto y con el gran miedo que tenia, y con la
brevedad del tiempo, la negra longaniza aun no habia hecho asiento en
el estómago; y lo mas principal, con el destiendo de la cumplidísima
nariz, medio casi ahogado me tuvo: todas estas cosas se juntaron y
fueron causa que el hecho y golosina se manifestase, y lo suyo fuese
vuelto á su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi
boca su trompa, tal alteracion sintió mi estómago, que le dió con el
hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza
á un tiempo salieron de mi boca. ¡O gran Dios, quién estuviera á
aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del
perverso ciego, que si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con
la vida.
Sacáronme dentre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos
cabellos que tenia, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la
garganta: y esto bien lo merecia, pues por su maldad me venian tantas
persecuciones. Contaba el mal ciego á todos cuantos allí se allegaban
mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro,
como de la del racimo, y ahora de lo presente. Era la risa de todos tan
grande, que toda la gente, que por la calle pasaba, entraba á ver la
fiesta. Mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas,
que aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecia que hacia
sin justicia en no se las reir. Y en cuanto esto pasaba, á la memoria
me vino una cobardía y flojedad que hice porque me maldecia, y fue no
dejarle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que la mitad
del camino estaba andado, que con solo apretar los dientes, se me
quedaran en casa, y con ser de aquel malvado por ventura lo retuviera
mejor mi estómago, que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas,
pudiera negar la demanda. Pluguiera á Dios que lo hubiera hecho, que
esto fuera así que así. Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí
estaban, y con el vino que para beber le habia traido, laváronme la
cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires,
diciendo: por verdad, mas vino me gasta este mozo en lavatorios al
cabo del año, que yo no bebo en dos. Y luego contaba cuantas veces me
habia descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba. Yo te
digo, dijo, que si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con
vino, que serás tu; y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque
yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y despues
acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre que sin duda debia tener
espíritu de profecía; y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque
bien se lo pagué, considerando, lo que aquel dia me dijo, salirme tan
verdadero como adelante vuestra merced oirá.
Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mi, determiné de
todo en todo dejarle, como lo traía pensado y lo tenia en voluntad:
con este postrer juego que me hizo afirmélo mas. Y fue así, que luego
otro dia salimos por la villa á pedir limosna, y habia llovido mucho
la noche antes, y el dia tambien llovia; y andaba rezando debajo de
unos portales que en aquel pueblo habia, donde no nos mojábamos. Mas
como la noche se venia y el llover no cesaba, díjome el ciego: Lázaro,
esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche mas cierra, mas recia:
acojámonos á la posada con tiempo. Para ir á allá habíamos de pasar
un arroyo que con la mucha agua iba grande, yo le dije: tio el arroyo
va muy ancho; mas si quereis, yo veo por donde travesemos mas aina
sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos á
pie enjuto. Parecióle buen consejo, y dijo: discreto eres, por esto
te quiero bien: llévame á ese lugar donde el arroyo se angosta, que
ahora es invierno y sabe mal el agua, y mas llevar los pies mojados.
Yo que vi el aparejo á mi deseo, saquéle debajo los portales y llevéle
derecho de un pilar ó poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el
cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y díjele: tio,
este es el paso mas angosto que en el arroyo hay. Como llovia recio y
el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua
que encima nos caía, y lo mas principal porque Dios le cegó aquella
hora el entendimiento, fue por darme de él venganza. Creyóse de mi, y
dijo, ponme bien derecho, y salta tu el arroyo. Yo le puse bien derecho
en frente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como
quien espera tope de toro, y díjele: sus, saltad todo lo que podais,
porque deis de este cabo del agua. Aun apenas lo habia acabado de
decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabron, de toda su fuerza
arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto;
y da con la cabeza en el poste que sonó tan recio como si diera con
una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la
cabeza. ¿Cómo oliste la longaniza, y no el poste? pues oledle, dije yo.
Y dejéle en poder de mucha gente que le habia ido á socorrer, y tomé
la puerta de la villa en los pies de un trote; y antes que la noche
viniese, di conmigo en Torrijo. No supe mas lo que Dios de él hizo, ni
curé de saberlo.
Como Lázaro se asentó con un clérigo,
y de las cosas que con él pasó.
Otro dia no pareciéndome estar allí seguro, fuíme á un lugar que llaman
Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que llegando
á pedir limosna, me preguntó si sabia ayudar á misa. Yo dije que sí,
como era verdad; que aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el
pecador del ciego, y una de ellas fue esta. Finalmente, el clérigo me
recibió por suyo.
Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con
este un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado.
No digo mas, sino que toda la laceria del mundo estada encerrada en
este. No sé si de su cosecha era, ó lo habia añejado con el hábito
de clerecía. Él tenia una arca vieja cerrada con su llave, la cual
traía atada con una agujeta del paletoque: y en viniendo el bodigo de
la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornaba á cerrar
el arca. En toda la casa no habia ninguna cosa de comer, como suele
estar en otras algun tocino colgado al humero, algun queso puesto en
alguna tabla ó en el armario, algun canastillo con algunos pedazos de
pan que de la mesa sobran, que me parece á mi, que aunque de ello no
me aprovechara, con la vista de ello me consolara. Solamente habia
una horca de cebollas y debajo llave en una cámara en lo alto de la
casa. De estas tenia yo de racion una para cada cuatro dias; y cuando
le pedia la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba
mano al falsopeto, y con gran continencia la desataba y me la daba,
diciendo: toma, y vuélvela luego, no hagas sino golosinar, como si
debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber
en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas
colgadas de un clavo, las cuales él tenia tan bien por cuenta, que
si por mal de mis pecados me desmandara á mas de mi tasa, me costara
caro. Finalmente yo me finaba de hambre, pues ya que conmigo tenia poca
caridad, consigo usaba mas. Cinco blancas de carne era su ordinario
para comer y cenar; verdad es que partia conmigo del caldo: que de
la carne, como la hay en el ojo, sino un poco de pan: y pluguiera á
Dios que me demediara. Los sábados cómense en esta tierra cabezas de
carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquella la
cocia, y comia los ojos y la lengua, y el corazon y sesos, y la carne
que en las quijadas tenia: dábame todos los huesos roidos, y dábamelos
en el plato, diciendo: toma, come, triunfa, que para ti es el mundo:
mejor vida tienes que el papa. Tal te la dé Dios, decia yo paso entre
mi.