paces con su ropa, hijos, y mujeres, y en la patente hinchió el nombre
de Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, ordenándole con
seiscientos hombres de guarda llevar cuasi mil y doscientas personas
que serian los reducidos, hasta dejallos en Illora; para que juntos
fuesen á Castilla con otros de la Vega de Granada. Era ya entrado el
mes de noviembre, con el frio y las aguas en mayor cuantidad; los
enemigos creyendo que por ir los rios mayores, y las avenidas en las
montañas dificultar mas los pasos, ellos podian extenderse por la
tierra, y nuestra gente ocupada en labrar la suya, se juntaban con
dificultad: en todas partes y á todas horas desasosegaban la tierra de
Ronda y Marbella, cautivando labradores, llevando ganados, y salteando
caminos hasta cuasi las puertas de Ronda: acogíanse en las vertientes
de Rioverde, á quien los antiguos llamaban Barbesola, del nombre de la
ciudad que agora llamamos Marbella, y de allí en las cumbres y contorno
de sierra Blanquilla. El duque por el menudear de los avisos, y por
excusar los daños, que aunque no fuesen señalados eran continuos, por
castigar los enemigos que habian en Rioverde y en la sierra del Alborno
muerto nuestra gente: porque de la Alpujarra por una parte, y por otra
con la vecindad de Berbería no se criase en aquella montaña nido;
determinó rematar la empresa, combatir los enemigos, y desarraigallos
ó acaballos del todo; salió de Ronda con mil y quinientos arcabuceros
de la guardia de ella, y gente de señores, y mil de sus vasallos,
y con la caballería que pudo juntar improvisamente: mas antes que
llegase, entendió por avisos de espías, y algunos que se pasaron de
los enemigos, que el número poco mas ó menos era de tres mil; los
dos mil de ellos arcabuceros gobernados por el Melqui, hombre entre
ellos diligente, animoso, y ofendido, ido y venido á Tituan; que
tenian atajados los pasos con grandes piedras, árboles atravesados;
que estaban resolutos de morir defendiendo la sierra: ordenó á Pedro
de Mendoza que con seiscientos arcabuceros caminase derecho á la boca
del Rioverde, por el pie de la sierra; y á Lope Zapata, con otros
seiscientos á Gaimon, á la parte de las viñas de Monda: iban estos dos
capitanes el uno del otro media legua, y entre ambos iba el duque con
el resto de la infantería y caballería; ordenó á Pedro Bermudez, y á
Cárlos de Villegas que estaba á la guarda de Istan y Hojen, con dos
compañías y cincuenta caballos, que se saliesen á un mismo tiempo y con
doscientos arcabuceros tomasen lo alto de la sierra, y las espaldas
de los enemigos; que Arévalo de Suazo partiese de Málaga, y con mil y
doscientos soldados y cincuenta caballos acudiese á la parte de Monda.
Todos á un tiempo partieron á la noche para hallarse á la mañana con
los enemigos; mas ellos avisados por un golpe de arcabuz que habian
oido entre la gente de Setenil, mudáronse del lugar, mejorándose á la
parte de Pedro de Mendoza que era el postrero, por tener la salida mas
abierta comenzó á subir el duque, y Pedro de Mendoza que estaba mas
cerca á pelear con igualdad, y ellos á mejorarse. El duque, aunque
algo apartado, oyendo los golpes de arcabuz, y visto que se peleaba
por aquella parte de Pedro de Mendoza se mejoró; y por la ladera
descubriendo la escaramuza, con la caballería y con lo que pudo de
arcabucería, acometió los enemigos; llevando cerca de sí á su hijo,
mozo cuasi de trece años, D. Luis Ponce de Leon, cosa usada en otra
edad en aquella casa de los Ponces de Leon, criarse los muchachos
peleando con los moros y tener á sus padres por maestros: porfiaron
algun tanto los enemigos; mas no pudiendo resistir, tomaron lo alto de
la sierra, y de allí se repartieron á unas y otras partes. Murieron
mas de cien hombres y entre ellos el Melqui su capitan; y si Pedro
Bermudez y Villegas salieran á la hora que se les ordenó, hiciérase
mayor efecto. Habido este buen suceso, repartió el duque la gente que
pudo por cuadrillas para seguir el alcance; cautivaron á las mujeres, y
niños, y ropa que les habia quedado; mataron en este seguimiento otros
ochenta. Quedaron los moros tan escarmentados, que ni por engaño ni por
fuerza los pudieron hallar juntos en parte de la montaña, y buscaron
tambien la sierra que llaman de Daidin, y el mismo duque repartió el
campo en cuadrillas, pero tampoco se hallaron personas juntas: con
esto, él se tornó á Ronda, y aquella guerra quedó acabada, la tierra
libre de los enemigos, parte muertos, y parte esparcidos, ó idos á
Berbería.
He querido tratar tan particularmente de esta guerra de Ronda; lo uno
porque fue varia en su manera, y hecha con gran sufrimiento del capitan
general, y con gente concejil, sin la que los señores enviaron, y la
mayor parte del mismo duque de Arcos: y aunque en ella no hubo grandes
rencuentros, ni pueblos tomados por fuerza, no se trató con menos
cuidado y determinacion, que las de otras partes de este reino; ni
hubo menos desórdenes que corregir cuando el duque la tomó á su cargo:
guerra comenzada, y suspendida por falta de gente, de dineros, de
vitualla, tornada á restaurar sin lo uno y sin lo otro: pero sola ella
acabada del todo, y fuera de pretensiones, emulaciones, ó envidias. Lo
otro por haberse en tiempos antiguos recogido en aquellas partes las
fuerzas del mundo, y competido César, y los hijos de Pompeyo, cabezas
de él, sobre cual quedaria con el señorío de todo, hasta que la fortuna
determinó por César, dos leguas de donde está agora Ronda, y tres de
la que llamamos Monda, en la gran batalla cerca de Monda la vieja,
donde hoy dia, como tengo dicho, se ven impresas señales de despojos,
de armas y caballos; y ven los moradores encontrarse por el aire
escuadrones; óyense voces como de personas que acometen: estantiguas
llama el vulgo español á semejantes apariencias ó fantasmas, que
el vaho de la tierra cuando el sol sale ó se pone forma en el aire
bajo, como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y
semejanzas.
Estaba D. Juan en Granada con el duque[58] y el comendador mayor,
acudiendo á lo que se ofrecia, y por dar remate á cosas, y fin de los
enemigos que quedaban, ordenó que el comendador mayor con la gente que
se pudo juntar, parte de la propia ciudad, y parte de los que se habian
venido de su campo, y del campo del duque, que por todos serian siete
mil personas, llevasen delante, y ante todas las cosas bastimento y
municion que bastase para dos meses, y que esto se guardase en Orgiba;
y con esta prevencion partió el campo la vuelta de la Alpujarra.
Llegados á Lanjaron, por mandado del general se dió un rebato falso,
porque la gente no estuviese descuidada; otro dia llegaron á Orgiba,
y en ella reposó el campo tres dias, tomando la órden que se habia
de tener para hallar los enemigos, porque andaban esparcidos por la
tierra. El cuarto dia salió la gente hechas dos mangas de á mil hombres
cada una, con órden que la una, de la otra fuese desviada cuatro
leguas, guiando la una á la mano derecha y la otra á la siniestra, y
el resto del campo por medio: de esta suerte corrieron la tierra hasta
llegar á Pitres de Ferreira, y dejando allí presidio de quinientos
hombres, pasaron adelante hasta Portugos, y allí dejaron cien hombres,
y en Cadiar trescientos con el capitan Berrío. Aquí tuvo nuevas el
comendador mayor que los moros se habian retirado al Cehel, costa de la
mar, por ser tierra áspera y de muchos jarales: mandó á D. Miguel de
Moncada que con mil y doscientos hombres corriese aquella tierra; halló
parte de ellos, y matando siete moros, cautivó doscientas personas
entre moras y muchachos, y ropa y despojos: perdió solo un soldado que
engañado de una mora le hizo entender que en una choza tenia mucha
riqueza, y al entrar en ella le dió con una almarada por debajo del
brazo, y lo mató. Volvió D. Miguel con la cabalgada á Cadiar donde
quedó el campo; de aquí envió el comendador mayor mil hombres á Ujijar
de la Alpujarra, para que en ella hiciesen presidio, y dejando en él
trescientos soldados fuesen á Donduron, y dejasen allí una compañía
de cien hombres con su capitan, y en Ayator otros ciento, y en Berja
otros ciento, con órden que todos corriesen la tierra cada dia, dejando
guarda en los presidios. Mandó á D. Lope de Figueroa, que con mil y
quinientos infantes y algunos caballos corriese el rio de Almería y
toda aquella sierra, con el Bolodui y tierra de Gueneja, y que juntando
consigo la gente que salia de Almería: corriese la tierra de Jerez
á Fiñana, y rio de Almanzora: volvió á Granada, dejando presidio en
las Guajaras altas y bajas, y en Velez de Benaudalla, y en todos los
presidios bastimento y municion para algunos dias.
[58] Este duque es necesariamente el de Sesa, porque el de Arcos
no se vió con D. Juan.
Luego que llegó á Granada, proveyó D. Juan otros capitanes de
cuadrillas, que fueron Juan Carrillo Paniagua, Camacho, Reinaldos,
y otros; y hecho esto, D. Juan con el duque y el comendador mayor
se partió á Madrid; y de allí á la armada de la liga, dejando á D.
Pedro de Deza, presidente de Granada, con título de capitan general,
y en Almería por general de la infantería á D. Francisco de Córdoba,
descendiente de aquella cama de Leones del conde D. Martin. Corrian
la tierra á menudo las cuadrillas, metian en Granada moros y moras, y
no habia semana que no hubiese cabalgada. Al entrar en la puerta de
las Manos, hacian salva subiendo por el Zacatin arriba, hasta llegar
á la chancillería; daban noticia al presidente para que viese lo que
traían, y entregaban los moros en la cárcel, y de cada uno les daban
veinte ducados, como está dicho: atenazaban y ahorcaban los capitanes y
moros señalados, y los demás llevaban á galeras, que sirviesen al remo
esclavos del rey.
Entre estos trujeron un moro natural de Granada llamado Farax: este
como supiese la voluntad de Gonzalo el Jeniz, alcaide sobre los
alcaides, y de sus sobrinos Alonso y Andrés el Jeniz, y otros muchos,
que era de entregarse y reducirse, si se les concediese perdon, llamó á
Francisco Barredo, dándole parte de la voluntad y propósito que muchos
moros tenian, y aun de matar á su rey si no se quisiese reducir con
ellos; para lo cual convenia que procurase verse con Gonzalo el Jeniz,
que era uno de los que mas lo deseaban: sabido esto, Francisco Barredo
se fue á las Alpujarras, y en llegando al presidio de Cadiar[59], sacó
de una bóveda del castillo un moro que tenian preso, y le dió una carta
para Gonzalo el Jeniz, en que le hacia saber la causa de su venida; que
viese la órden que habia de tener para verse con él: recibida la carta
respondió, que otro dia al amanecer, se viniese á un cerro media legua
de Cadiar, y que adonde viese una cruz en lo alto le aguardase soltando
la escopeta tres veces por contraseña: fue, y hecha la seña llegó el
Jeniz, sus sobrinos, y otros moros, mostrando mucha alegría de velle:
lo que trataron fue, que si le traía perdon del rey para él, y los
que se quisiesen reducir, que les entregaria á Abenabó su rey muerto
ó vivo: con esto se despidió, prometiéndoles de hacello y ponello por
obra, y avisallos de la voluntad del rey: vino á Granada Francisco
Barredo, dió cuenta al presidente de lo que habia pasado con Gonzalo
el Jeniz, y lo que le habia prometido: dió el presidente aviso al rey;
que visto lo que prometia el Jeniz le concedió perdon á él, y á todos
los que con él viniesen: vino la cédula real al presidente, que visto
que no habia quien con veras lo pudiese hacer, hizo llamar á Barredo,
y entregándole la cédula le pidió con las veras y recato que en tal
negocio convenia lo hiciese.
[59] Zatabarile llama Mármol.
Recibida la cédula, se partió, y llegó á Cadiar con el moro que antes
habia llevado la carta: avisóle como tenia lo que pedia, que se viese
con él en el sitio y lugar que antes se habian visto: llegado el Jeniz,
y vista la cédula y perdon la besó, y puso sobre su cabeza: lo mismo
hicieron los que con él venian: y despidiéndose de él, fueron á poner
en ejecucion lo concertado. Francisco Barredo se volvió al castillo
de Verchul, porque allí le dijo el Jeniz que le aguardase; Gonzalo el
Jeniz y los demás acordaron para hacello á su salvo, que seria bien
que uno de ellos fuese á Abdalá Abenabó, y de su parte le dijese que
la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Verchul, porque
tenia que platicar con él cosas que convenian á todos. Sabido por
Abenabó, vino aquella noche á las cuevas solo con un moro de quien se
fiaba mas que de ninguno; y antes que llegase á las cuevas despidió
veinte tiradores que de ordinario le acompañaban, todo á fin de que no
supiesen adonde tenia la noche: saludóle Gonzalo el Jeniz diciéndole:
_Abdalá Abenabó, lo que te quiero decir es, que mires estas cuevas;
que están llenas de gente desventurada, así de enfermos, como de
viudas y huérfanos; y ser las cosas llegadas á tales términos, que si
todos no se daban á merced del rey, serian muertos y destruidos; y
haciéndolo, quedarian libres de tan gran miseria._ Cuando Abenabó oyó
las palabras del Jeniz, dió un grito que pareció se le habia arrancado
el alma, y echando fuego por los ojos le dijo: _¡Cómo, Jeniz! ¿para
esto me llamabas? ¿Tal traicion me tenias guardada en tu pecho? No me
hables mas, ni te vea yo_; y diciendo esto, se fue para la boca de la
cueva: mas un moro que se decia Cubayas, le asió los brazos por detrás,
y uno de los sobrinos del Jeniz le dió con el mocho de la escopeta en
la cabeza, y le aturdió; y el Jeniz le dió con una losa y le acabó de
matar: tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas le echaron
la cueva abajo, y esa noche le llevaron sobre un macho á Verchul,
adonde hallaron á Francisco Barredo y á su hermano Andrés Barredo: allí
le abrieron y sacaron las tripas, hinchiendo el cuerpo de paja. Hecho
esto, Francisco Barredo requirió á los soldados del presidio y á su
capitan, que le diese ayuda y favor para llevarle á Granada: visto el
requerimiento le acompañaron; y en el camino encontraron con doscientos
y cincuenta moros de paz, que sabida la muerte de Abenabó, y el nuevo
perdon que el rey daba, llegaron á reducirse. Vinieron á Armilla, lugar
de la Vega, y allí le pusieron caballero en un macho de albarda, y una
tabla en las espaldas, que sustentaba el cuerpo, que todos le viesen;
los moros de paz iban delante, y los soldados y Francisco Barredo
detrás. Llegados á Granada, al entrar de la plaza de Bibarrambla,
hicieron salva; lo propio en llegando á la chancillería; allí á
vista del presidente le cortaron la cabeza, y el cuerpo entregaron á
los muchachos, que despues de habello arrastrado por la ciudad, lo
quemaron: la cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad, la que
dicen puerta del Rastro, colgada de una escarpia á la parte de dentro,
y encima una jaula de palo, y un título en ella que decia:
ESTA ES LA CABEZA DEL
TRAIDOR DE ABENABÓ.
NADIE LA QUITE
SO PENA DE MUERTE.
Tal fin hizo este moro, á quien ellos tuvieron por rey despues de Aben
Humeya: los moros que quedaban, unos se dieron de paz, y otros se
pasaron á Berbería; y á los demás las cuadrillas, y la frialdad de la
sierra, y mal pasar los acabó; y feneció la guerra y levantamiento.
Quedó la tierra despoblada y destruida: vino gente de toda España á
poblarla, y dábanles las haciendas de los moriscos con un pequeño
tributo que pagan cada un año: á Francisco Barredo le hizo el rey
merced de seis mil ducados, y que estos se los diesen en bienes raices
de los moriscos, y una casa en la calle de la Águila, que era de un
mudejar echado del reino: despues pasó en Berbería algunas veces á
rescatar cautivos, y en un convite le mataron.
FIN DE LA GUERRA DE GRANADA.
DISCURSO
DEL CONDE DE PORTALEGRE,
con que suplió lo que faltaba en las primeras ediciones al fin del
libro tercero de esta historia.
Hemos llegado á un peligroso paso, donde D. Diego deja la historia
rota por desgracia, si no fue de industria, para ganar honra con la
comparacion del que la pretendiese continuar. Porque sea quien fuere,
lo añadido seria de estofa mucho menos fina: y aunque se hallarán
(cuando esto se escribe) testigos vivos y de vista, por cuya relacion
se pudiera proseguir cumplidamente lo que falta, será lo mas seguro
hacer sumario de esta quiebra, y no suplemento; imitando antes á Floro
con Livio, que á Hirtio con César: pues no le bastó ser tan docto, tan
curioso, testigo de sus empresas, y camarada (como dicen los soldados),
para que no se vea muy clara la ventaja que hace el estilo de los
Comentarios al suyo. En el trozo que se corta se contiene la segunda
salida del señor D. Juan en campaña, el sitio peligroso y porfiado de
la villa de Galera, la expugnacion de aquella plaza, la muerte de Luis
Quijada desgraciada y lastimosa, el suceso de Seron y de Tijola; cosas
todas de gran consecuencia y consideracion, si D. Diego las escribiera,
haciendo á su modo anatomía de los afectos de los ministros, y de las
obras de los soldados. Mas pues no se puede restaurar lo que se perdió
(si algun dia no se descubre) contentémonos con saber que:
De Baza fue el señor D. Juan á Guescar; de donde salió el marqués de
los Velez á encontrarle, y tornó acompañándole con muestras de mucha
cortesía y satisfaccion, hasta ponerle á la puerta de la posada donde
habia de alojar. De allí tomó licencia sin apearse, admirándose los
presentes; y con un trompeta delante y cinco ó seis gentiles hombres,
se retiró (sin detenerse) á su casa; de donde no salió despues; porque,
segun se decia, no se quiso acomodar á servir con cargo que no fuese
supremo.
De Guescar fue D. Juan á reconocer á Galera con Luis Quijada y el
comendador mayor: reconocida, hizo venir el ejército, sitióla por
todas partes, y alojóse en el puesto de donde el marqués se habia
levantado. El sitio de aquella villa la hace muy fuerte; porque está
en una eminencia sin padrastros, y estrechándose va bajando hasta el
rio, acabando en punta con la figura de una proa de galera, de que
toma el nombre, dejando en lo alto la popa. Están las casas arrimadas
á la montaña, y esta es su fortaleza, y la razon porque puede excusar
la muralla; porque siendo casamuro, la bala que pasa las casas sale y
métese en la montaña, y así viene á ser lo mismo batir aquella tierra,
que batir un monte. No se habia esto experimentado con la batería del
marqués, porque no tenia sino cuatro lombardas antiguas del tiempo del
rey D. Fernando (como se dijo atrás) que con balas de piedra blanda, no
hacian efecto ninguno. Por lo cual hizo D. Juan venir algunas piezas
gruesas de bronce de Cartagena, Sabiote y Cazorla. Atrincheróse con
gran cuantidad de sacas de lana; porque faltaba tierra, y sobraba lana
de los lavaderos, que tenian en Guescar los ginoveses que la compran
para llevar á Italia; no poniendo las sacas por costado sino de punta,
por hacer mas ancha la trinchea: sucedió con todo alguna vez penetrar
una bala de escopeta turquesa la saca, y matar al soldado que estaba
detrás, con seguridad á su parecer. Batióse Galera con poco efecto,
porque teniendo la muralla delgada, no hacian las balas ruina, sino
agujeros, pasando de claro, los cuales servian despues á los enemigos
de troneras. Diósele el asalto por dos partes, y fueron rebotados los
nuestros con notable daño en la superior, por no se haber hecho buena
batería; y en la mas baja, por la eminencia de los terrados, de donde
los ofendian los moros con gran ventaja, como tambien lo hicieron en
algunas salidas, que costaron mucha sangre nuestra y suya; y en una
degollaron cuasi entera la compañía de catalanes que traía D. Juan
Buil. Con estos sucesos pareció que no se podia ganar la plaza por
batería, y comenzóse á minar secretamente; pero no se les pudo esconder
á los enemigos la mina; la cual reconocieron, y la publicaban á voces
de la muralla; visto esto, se ordenó que se hiciese juntamente, por
consejo (segun dicen) del capitan Juan Despuche, con intento de hacer
demostracion que se arremetia, moviéndose los escuadrones hasta ciertas
señales que estaban puestas, para que volando la primera, se engañasen
los moros, creyendo que era pasado el peligro, y saliesen á la defensa.
Sucedió ni mas ni menos, y dióse fuego á la segunda; la cual hizo tanta
obra, que los voló hasta la plaza de armas, sin dejar hombre vivo
de cuantos estaban á la frente: subieron los nuestros con trabajo,
pero sin peligro, y plantaron las banderas en lo mas alto, que fue
la ocasion de desconfiarlos del todo, y de rendirse sin resistencia:
degolláronlos, sin excepcion de sexo ni edad, por espacio de dos horas.
Cansóse el señor D. Juan y mandó envainar la furia de los soldados,
y que cesase la sangre. Murieron sobre esta fuerza veinte y cuatro
capitanes, cosa no vista hasta entonces; despues dicen los de Flandes,
que compraron al mismo precio las villas de Harlen y Mastrich, con que
se confirma la opinion de los antiguos, que llaman á nuestra nacion
pródiga de la vida, y anticipadora de la muerte.
De Galera caminó el campo á Caniles la vuelta de Serona. Pasó Luis
Quijada con la vanguardia á reconocerle, y hallándole desamparado,
porque la gente se subió á la montaña, se desmandaron algunos de
los nuestros, y entraron sin órden á saquear la tierra; los moros
los vieron, y bajaron de lo alto, dieron sobre ellos, y pusiéronles
en huida, tomándolos de sobresalto ocupados en el saco. Llegó Luis
Quijada á recogerlos, y amparándolos, y metiéndolos en escuadron,
fue herido desde arriba de un arcabuzazo en el hombro, de que murió
en pocos dias. Era hijo de Gutierre Quijada, señor de Villa García,
famoso justador al modo castellano antiguo; sirvió al emperador de
paje, subiendo por todos los grados de la casa de Borgoña hasta ser su
mayordomo, y coronel de la infantería española, que ganó á Teruana,
plaza muy nombrada en Picardía; y solo este caballero escogió, cuando
dejó sus reinos, para que le sirviese y acompañase en el monasterio
de Yuste, haciendo el oficio de mayordomo mayor de pequeña casa y de
gran príncipe. Dejóle encargado secretamente á D. Juan de Austria
su hijo natural; crióle sin decirle que lo era, hasta el tiempo en
que quiso el rey su hermano que le descubriese, siendo entonces Luis
Quijada caballerizo mayor del príncipe D. Cárlos, y despues del consejo
de estado, y presidente de las Indias. La desgracia subió de punto
por no dejar hijos. Sintió y lloró su muerte el señor D. Juan, como
de persona que le habia criado, y á quien tanto debia. Detúvose en
aquel alojamiento algunos dias con muchas necesidades; los moros se
recogieron en Tijola y Purchena, y representáronse en este tiempo á
nuestro campo tres ó cuatro veces con cuatro mil peones y cuarenta
ó cincuenta caballos, extendiendo las mangas hasta tiro de escopeta
de los nuestros. Ordenóse, que so pena de la vida ninguno trabase
escaramuza con ellos, y así tornaron siempre sin hacer, ni recibir
daño; y el campo se movió para ir sobre Tijola, y ellos se retiraron
á Purchena, dejando á Tijola bien guarnecida de gente, y municionada.
Sitióse á la redonda; mas la tierra es tan áspera, que hubo gran
dificultad en subir la artillería donde pudiese hacer efecto: en fin se
subió con grande industria, y se les quitaron las defensas con ella;
habíase de batir mas de propósito el dia siguiente, pero los moros no
lo esperaron, y saliéronse á las diez de aquella noche por diversas
partes, habiendo hurtado el nombre al ejército (cosa muy rara), y
dándole todos á las primeras postas á un mismo tiempo, rompieron
por los cuerpos de guardia, y salieron á la campaña. Perdiéronse
tantos en esta salida, que los menos se salvaron. Por la mañana se
siguió el alcance á los desmandados hasta Purchena, que se rindió sin
resistencia, porque la gente estaba ya fuera, y no habia sino mujeres,
pocos hombres, y alguna ropa. Algunos de los nuestros quedaron dentro,
los mas pasaron siguiendo á los enemigos hasta el rio de Macael. D.
Juan pasó de Tijola á Purchena, y guarnecióla; de allí fue dejando
presidios en Cantoria, Tavernas, Frejiliana y Almería, y llegó á
Andarax: donde se juntaron el duque de Sesa y el comendador mayor.
Venia el duque de hacer su jornada, que concurrió con la misma de
Galera que se ha referido en este sumario; tornando á atar el hilo de
la historia de D. Diego en el libro siguiente.
LA VIDA
DEL
LAZARILLO DE TORMES,
SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.
POR
D. Diego Hurtado de Mendoza.
PRÓLOGO.
Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oidas ni
vistas vengan á noticia de muchos, y no se entierren en la sepultura
del olvido; pues podria ser que alguno que las lea, halle algo que le
agrade, y á los que no ahondaren tanto, los deleite. Y á este propósito
dice Plinio: que no hay libro por malo que sea, que no tenga alguna
cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno
no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas en poco de
algunos, que de otros no lo son. Y por esto ninguna cosa se deberia
romper ni echar á mal (si muy detestable no fuese), sino que á todos
se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio, y pudiendo sacar de
ella algun fruto. Porque si así no fuese, muy pocos escribirian para
uno solo, pues no se hace sin trabajo; y quieren, ya que lo pasan, ser
recompensados, no con dineros, mas con que lean y vean sus obras, y si
hay de que, se las alaben. Y á este propósito dice Tulio: _la honra
cria las artes_. ¿Quién piensa que el soldado que es primero en la
escala, tiene mas aborrecido el vivir? no por cierto; mas el deseo de
la alabanza le hace ponerse al peligro; y así en las artes y letras
es lo mismo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea
mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten á su merced, si le pesa
cuando le dicen: ¡ó qué maravillosamente lo ha hecho V. R.ª! Justó muy
ruinmente el Sr. D. Fulano, y dió el sayete de armas al truhan, porque
le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera
verdad? Y todo va de esta manera: que confesando yo no ser mas santo
que mis vecinos, de esta nonada que en este grosero estilo escribo,
no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que
en ella algun gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas
fortunas, peligros y adversidades. Suplico á vuestra merced reciba el
pobre servicio de mano de quien le hiciera mas rico, si su poder y
deseo se conformaran. Y pues vuestra merced escribe se le escriba y
relate el caso muy por extenso, parecióme no tomarle del medio, sino
del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y tambien
porque consideren los que heredaron nobles estados, cuan poco se les
debe, pues fortuna fue con ellos parcial; y cuanto mas hicieron los
que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron á buen
puerto.
LA VIDA
DEL
LAZARILLO DE TORMES,
SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.
Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre.