ciudades del mundo: concurren á ella mercaderes de todo poniente,
especialmente del nuevo mundo que llamamos Indias, con oro, plata,
piedras, esmeraldas, poco menores que las que maravillaba la antigüedad
en tiempo de los reyes de Egipto: pero en gran abundancia, cueros y
azúcar, y la yerba que sucede en lugar de púrpura, ó (por usar del
vocablo arábigo y comun) carmesí; cochinilla la llaman los indios,
donde ella se cria. Fue Sevilla la segunda escala que pobladores
de España hicieron, cuando con el gran rey y capitan Baco (á quien
llamaban Libero por otro nombre) vinieron á conquistar el mundo. La
ocasion nos convida tratando de tan gran ciudad á declarar nuestra
opinion, como en cosa tan dudosa por su antigüedad, acerca de la
fundacion de ella, y del nombre de toda España. Dese la autoridad á
los escritores, y el crédito á las conjeturas. Marco Varron, autor
gravísimo, y diligente en buscar los principios de los pueblos, dice
(segun Plinio refiere) que en España vinieron los persas, iberos y
fenices, todas naciones de oriente, con Baco. Por este se entiende
tambien haber sido hecha la empresa de la India, segun los escritos
de Nono, poeta griego, que compuso de los hechos de Baco, y llamó
Dionysiaca, porque se llamaba, demás del nombre de Baco, y Libero,
Dionysio. Dice tambien Salustio en sus historias haber él mismo pasado
en Berbería, y dado principio á muchas naciones: con este Baco vinieron
capitanes hombres señalados, y mujeres que celebraban su nombre, uno
de los cuales se llamó Luso; y una de las mujeres Lyssa, que dice el
mismo Marco Varron haber dado el nombre á la parte de Portugal, que
antiguamente llamaban Lusitania. Tuvo Baco un lugarteniente que dijeron
Pan, hombre áspero y rústico, á quien la antigüedad honró por Dios de
los pastores, ó quizá eran conformes en el nombre; pero por intervenir
en las procesiones ó fiestas de Baco el Pan, se puede creer ser el
mismo: este Pan, dice Varron que dió nombre á toda España, y lo mismo
Appiano Alejandrino en sus historias, en el libro que llaman Español,
y en griego Iberice. _Panios_ quiere decir cosa de Pan; y el _hi_, que
tiene delante, dice el artículo, que juntado con el _panios_, dirá
la tierra ó provincia de Pan[55]: quedó á los españoles el vocablo
griego, ni mas ni menos que los griegos lo pronuncian, ambiciosos de
dar nombre en su lengua á las naciones hispánicas; y pronunciámoslo
nosotros España: de aquí vino á decirse que Hispan, ó el Pan que los
griegos llaman lugarteniente, fue sobrino de Hércules, y que dió el
nombre á España. Lo cierto es que Baco dejó por aquella comarca lugares
del nombre de los que le seguian; y que dos veces vino el que llamaron
Hércules, ó fuesen dos Hércules en aquella parte de España. El nombre
pudo venir á Sevilla de haber sido poblada, cuando la segunda vez
Hércules, ó fuese Baco, ó fuese Hércules tebano vino en España; y si
así fue, presupuesto que en la lengua griega _palin_ quiere decir otra
vez, y _hi_, la, el nombre de Hispalis querrá decir la de otra vez,
porque los griegos son fáciles en acabar en la letra _s_. Demás del
concurso de mercaderes y extranjeros, moran en Sevilla tantos señores
y caballeros principales, como suele haber en un gran reino; entre
ellos hay dos casas ambas venidas del reino de Leon, ambas de grande
autoridad y grande nobleza, y en que unos, ó otros tiempos no faltaron
grandes capitanes: una la casa de Guzman duques de Medina Sidonia, que
en tiempo antiguo fue poblacion de los de Tiro, poco despues de poblada
Cádiz, destruida por los griegos y gente de la tierra, restaurada por
los moros segun el nombre lo muestra; porque en su lengua _medina_
quiere decir lo que en la nuestra puebla; como si dijésemos la puebla
de Sidonia: este linaje moró gran tiempo en las montañas de Leon, y
vinieron con el rey D. Alonso el VI á la conquista de Toledo, y de allí
con el rey D. Fernando el III á la de Sevilla, dejando un lugar de su
nombre, de donde tomaron el nombre con otros treinta y ocho lugares
de que entonces eran ya señores. El fundador de la casa fue el que,
guardando á Tarifa, echó el cuchillo con que degollaron á su hijo que
tenia por hostaje, por no rendir él la tierra á los moros. La otra
casa es de los Ponces de Leon, descendientes del conde Hernan Ponce
que murió en el portillo de Leon, cuando Almanzor, rey de Córdoba,
la tomó; dicen traer su orígen de los romanos que poblaron á Leon, y
su nombre de la misma ciudad; duques en otro tiempo de Cádiz hasta
el que escaló á Alhama, y dió principio á la guerra de Granada, y
despues que sus nietos fueron en tutorías despojados del estado por
los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, se llamaron duques de Arcos, que
los antiguos españoles decian Arcobrica, poblacion de las primeras de
España, antes que viniesen los de Tiro á poblar Cádiz. Los señores
de aquestas dos casas siempre fueron émulos de aquella ciudad, y aun
cabezas á quien se arrimaban otras muchas de la Andalucía: de la de
Medina era señor D. Alonso de Guzman, mozo de grandes esperanzas; de
la de Arcos D. Luis Ponce de Leon, hombre que en la empresa de Durlan
habia seguido sin sueldo las banderas del rey D. Felipe, inclinado y
atento á la arte de la guerra: á estos dos grandes encomendó el rey
el sosiego y pacificacion de la sierra de Ronda, por tener á ella
vecinos sus estados. Grandes llaman en España los señores á quien el
rey manda cubrir la cabeza, sentar en actos y lugares públicos, y la
reina se levanta del estrado á recibir á ellos y á sus mujeres, y
les manda dar por honra cojin en que se sienten, ceremonias que van
y vienen con los tiempos y voluntades de los príncipes; pero firmes
en España en solas doce casas[56], entre las cuales estas dos son y
fueron de grande autoridad. Despues que creció el favor y la riqueza,
por merced de los reyes han acrecentádose muchas. Dió poder el rey á
estos dos príncipes, para que en su nombre concertasen y recogiesen
los moriscos, y les volviesen las mujeres, hijos y muebles, y los
enviasen por España la tierra adentro; pues no habian sido partícipes
en la rebelion, y lo sucedido habia sido mas por culpa de ministros
que por la suya. Tenia el duque de Arcos una parte de su estado en la
serranía de Ronda, que hubo su casa por desigual recompensa de Cádiz,
en tiempo de tutorías; parecióle por aprovechar llegarse á Casares,
lugar suyo, y dende mas cerca tratar con los moros: envió una lengua
que fue y volvió no sin peligro; lo que trajo es, que á ellos les
pesaba de lo acontecido; que por personas suyas vendrian á tratar con
el duque, donde y como él mandase, y se reducirian y harian lo que
se les ordenase con ciertas condiciones. Esto afirmaron en nombre de
todos el Alarabique y el Ataifar, hombres de gran autoridad y por quien
ellos se gobernaban; bajó el Alarabique y el Ataifar á una hermita
fuera de Casares, y con ellos una persona en nombre de cada pueblo
de los levantados. Mas el duque, por escandalizarlos menos y mostrar
confianza, vino con pocos: osadía de que suelen suceder inconvenientes
á las personas de tanta calidad. Hablóles, persuadióles con eficacia,
y ellos respondieron lo mismo, dando firmados sus capítulos; y con
decir que daria aviso al rey, se partió de ellos; mas antes que la
respuesta del rey volviese, le vino mandamiento, que juntando la gente
de las ciudades de la Andalucía vecinas á Ronda, estuviese á punto para
hacer la guerra, en caso que los moros no se quisiesen reducir: mandó
apercibir la gente de Andalucía y de los señores de ella, de á pie y de
á caballo, con vitualla para quince dias, que era lo que parecia que
bastase para dar fin á esta guerra: en el entretanto que la gente se
juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui en
sierra Bermeja[57], que los moros llaman Gebalhamar, adonde en tiempos
pasados se perdieron D. Alonso de Aguilar y el conde de Ureña; D.
Alonso señalado capitan, y ambos grandes príncipes entre los andaluces:
el de Ureña abuelo suyo de parte de su madre; y D. Alonso bisabuelo de
su mujer. Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la
montaña; provision necesaria por la poca seguridad en acontecimientos
de guerra, y poca certeza de la fortuna. Comenzaron á subir la sierra,
donde se decia que los cuerpos habian quedado sin sepultura: triste
y aborrecible vista y memoria: habia entre los que miraban nietos y
descendientes de los muertos, ó personas que por oidas conocian ya
los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la
vanguardia con su capitan por la escuridad de la noche, lugar harto
extendido y sin mas fortificacion que la natural, entre el pie de la
montaña y el alojamiento de los moros; blanqueaban calaveras de hombres
y huesos de caballos amontonados, desparcidos, segun, como, y donde
habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas
adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas, y
bajas, y aportilladas: iban señalando los pláticos de la tierra donde
habian caido oficiales, capitanes, y gente particular: referian como
y donde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de
Ureña y D. Pedro de Aguilar, hijo mayor de D. Alonso: en que lugar y
donde se retrajo D. Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida
que el Ferí, cabeza de los moros le dió primero en la cabeza y despues
en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos:
_yo soy D. Alonso_; las que el Ferí le respondió cuando le heria: _tú
eres D. Alonso, mas yo soy el Ferí de Benastepar_, y que no fueron
tan desdichadas las heridas que dió D. Alonso, como las que recibió.
Lloráronle amigos y enemigos, y en aquel punto renovaron los soldados
el sentimiento; gente desagradecida, sino en las lágrimas. Mandó el
general hacer memoria por los muertos, y rogaron los soldados que
estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos
ó por extraños; y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente
contra quien tomar venganza.
[55] Sus dudas les quedan á los peritos en el griego, mas no es
este el lugar de disputarlas.
[56] Ojalá nombrara los doce grandes de España firmes como nombró
solos estos dos, porque han crecido ya tanto los que dice haberse
acrecentado con el favor y la riqueza, que apenas los distinguimos
de aquellos originarios.
[57] Calaluz le llama Zurita, p. 5, lib. IV, cap. XXXII.
Vista la importancia del lugar, si los enemigos le ocupasen, envió
dende á poco el duque una bandera de infantería, que entrase en
el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolucion del rey
que concedia á los moros cuasi todo lo que le pedian que tocaba al
provecho de ellos, y comenzaron algunos á reducirse; pero con pocas
armas, diciendo, que los que en su campo quedaban no se las dejaban
traer. Habia entre los moros uno llamado el Melqui, hombre atrevido
y escandaloso, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la
inquisicion ido y vuelto á Tituan: este, ó que le parecia que perdia el
crédito de hasta entonces, ó que fuese obligado al príncipe de Tituan,
juntó el pueblo, que ya estaba resoluto á reducirse, disuadiéndole, y
afirmando lo que con ellos trataba el Alarabique ser engaño y falsedad,
haber recibido del duque nueve mil ducados, vendido por precio su
tierra, su costa, y los hijos, mujeres y personas de su ley: venidas
las galeras á Gibraltar, la gente levantada, las cuerdas en las manos
á punto, con que los principales habian de ser ahorcados: y el pueblo
atado y puesto perpetuamente al remo, para sufrir hambre, frio y
azotes, y seguir forzados la voluntad de sus enemigos, sin esperanza
de otra libertad sino la muerte. Tuvieron estas palabras y la persona
tanta fuerza, que se persuadió el pueblo ignorante, y tomando las armas
hicieron pedazos al Alarabique, y á otro compañero suyo berberí, que
era de la misma opinion: con esto mudaron de propósito, y quedaron mas
rebeldes que estaban: algunos que quisieran reducirse, estorbados por
el Melqui con guardas, y espantados con amenazas, dejaron de hacello:
los de Benahabiz, lugar de importancia en aquella montaña, enviaron por
el perdon del rey con propósito de reducirse; llevólo un moro llamado
el Barcoquí, juntamente con carta del duque para Marbella, y los que
guardaban el fuerte de Montemayor, que tuviesen cuenta con él y sus
compañeros, acompañándolos hasta dejarlos en lugar seguro: mas la gente
ó por codicia de algo (si lo llevaban) ó por estorbar la reduccion,
con que cesaria la guerra, hiciéronlo tan al contrario, que mataron al
Barcoquí: esta desórden mudó á los de Benahabiz, y confirmó la razon
del Melqui de manera, que no fue parte el castigo que el duque hizo
de ahorcar y echar en galeras los culpados, para estorbar el motin
general. Apercebida la gente, vino el duque á Ronda, donde hizo su
masa, y salió con cuatro mil infantes y ciento cincuenta caballos, á
ponerse algo mas camino que dos leguas de la sierra de Istan, donde los
enemigos le esperaban fortificados; lugar asperísimo y dificultoso de
subir, las espaldas á la mar; dejando en Ronda á Lope Zapata, hijo de
D. Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros
que viniesen á reducirse: vinieron pocos ó ningunos escandalizados del
caso del Barcoquí, y espantados, porque en Ronda y Marbella el pueblo
habia rompido la salvaguardia del duque y fe del rey, matando cuasi
cien moros al salir de los lugares. No le pareció al duque detenerse á
hacer el castigo; pero envió por juez al rey, que castigó los culpados
como convenia; y él caminó á la Fuenfria, donde se encendió fuego en
el campo, que puso en cuidado, ó fuese echado por los enemigos, ó por
descuido de alguno: el autor y el fuego cesó por industria y diligencia
del duque.
El dia siguiente con mil infantes y alguna caballería reconoció el
fuerte de los enemigos desde la sierra de Arboto puesta en frente de
él, juntamente con el alojamiento y el lugar de la agua: y aunque
se mostraron los enemigos algo mas abajo fuera de su fuerte, no
fueron acometidos; ansí por ser cerca de la noche, como por esperar á
Arévalo de Suazo con la gente de Málaga. Entretanto puso su guardia
en la sierra de Arboto con harta contradiccion de los enemigos;
porque juntamente acometieron el alojamiento del duque, y trabaron
una escaramuza tan larga que duró tres horas, no muy apriesa, pero
bien extendida: eran ochocientos hombres arcabuceros y ballesteros,
y algunos con armas enhastadas: mas visto que con dos banderas de
arcabuceros les tomarian la cumbre, se retiraron á su fuerte con poco
daño de los nuestros, y alguno de los suyos. Reforzóse la guardia de
aquel sitio, por ser de importancia, con otras dos banderas; y era
ya llegado Arévalo de Suazo con dos mil infantes de Málaga y cien
caballos, con que se tomó resolucion de combatir los enemigos en su
fuerte al otro dia: á la parte del norte que la subida era mas difícil,
envió el duque á Pedro Bermudez con ciento y cincuenta infantes,
que tomase las dos cumbres, que suben al fuerte con dos banderas de
arcabuceros, haciéndoles espaldas con el rostro á la mano derecha Pedro
de Mendoza con otra tanta gente y la mesma órden, dejando entre sí y
Pedro Bermudez una parte de la montaña que los moros habian quemado,
porque las piedras que desde arriba se tirasen corriesen por mas
descubierto, y con menos estorbo: Arévalo de Suazo con la gente de su
cargo se seguia á la mano derecha, y con dos banderas de arcabucería
delante: mas á mano derecha de Arévalo de Suazo, Luis Ponce de Leon
con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino menos embarazado que
los otros. El duque escogió para sí con el artillería y caballería y
mil y quinientos infantes, el lugar entre Pedro de Mendoza y Arévalo
de Suazo, como mas desembarazado, así mas descubierto: mandó á Pedro
de Mendoza con mil infantes y algun número de gastadores, que fuese
adelante aderezando los pasos para la caballería, y que todos al pasar
se cubriesen con la falda de la montaña y quebrada hácia el arroyo,
que á un tiempo comenzasen á subir igualmente y á pequeño paso,
guardando el aliento para su tiempo; quedaba con esta órden la montaña
cercada, sino por la parte de Istan, que no podia con la aspereza
recibir gente. Víanse unos á otros, y todos se podian cuasi dar las
manos: quedó resoluto combatir los enemigos otro dia á la mañana. Mas
los moros viendo que Pedro de Mendoza estaba mas desviado, y en parte
donde no podia con tanta diligencia ser socorrido, acometiéronle al
caer de la tarde con poca gente y desmandada, trabando una escaramuza
de tiros perdidos. Pedro de Mendoza, confiado de sí mismo, soldado
de mucho tiempo y no tanta experiencia, pudiendo guardar la órden y
contentarse con estar quedo y sin peligro, saltó á la escaramuza con
demasiado calor. Deshízose la gente por la montaña arriba sin órden,
sin guardar unos á otros: y los moros unas veces retirándose, otras
reparándose, parecian ir cerrando á los nuestros: visto el peligro y no
pudiéndolo ya estorbar Pedro de Mendoza (ó fuese recelo ó desconfianza
de su poca autoridad con la gente, aunque la habia tenido para meterla
delante), envió á avisar al duque, pero á tiempo que puesto que hubiese
enviado á retirarla tres capitanes, fue necesitado á tomar lo alto
para reconocer el lugar: el duque con los que con él se hallaban y
los que pudo retirar, atravesó donde estaban los que subian, y valió
tanto su autoridad, que la gente desmandada se detuvo, y los moros que
ya habian comenzado á desemboscarse y se mostraban á los enemigos,
vista la determinacion del duque se recogieron á su fuerte, en ocasion
de que estaba cerca la noche, y la gente de Pedro de Mendoza cansada
y desordenada, y se temian de algun desastre, especialmente los que
traían á la memoria el acontecimiento de D. Alonso de Aguilar por los
mismos términos.
Hallóse el duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas, y
los moros puestos en órden de cargar á la gente que subia, y que era
imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desórden; y con
la gente que traía consigo y la que habia recogido, todo á un tiempo
acometió á los enemigos, y pegóse con el fuerte de manera, que fue de
los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu
de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era
luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos á Rioverde, otros
á la vuelta de Istan, otros á la de Monda, y otros á la de sierra
Blanquilla; dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas:
embarazo de guerra, y gente inútil que les comian los bastimentos,
quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas:
todavía envió á seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche
y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa
ni vitualla; y visto que todos se habian esparcido, y que la montaña
quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia á la gente de
Málaga con órden de correr la tierra á una y otra parte, pasó con la
resta de su campo á Istan, y envió cuatro compañías sin banderas: el
efecto que hicieron las tres, fue quemar dos barcas grandes que tenian
fabricadas para pasar á Tituan: la cuarta con su capitan Morillo, á
quien el duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la órden,
dió en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la
tierra llaman Alborno, á vista de Istan; y seguido, y rota la gente se
retiró: era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de
arcabuces, y con sospecha de lo que podia ser, se ordenó al capitan
Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente. Mas llegando á vista
de los enemigos contentóse con solo recoger algunos que huían, y
estuvo sin pasar adelante, ó fuese temiendo alguna emboscada (aunque
el lugar era gran trecho descubierto), ó arrepentido de la demasiada
diligencia del dia antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de
la compañía y su capitan peleando. El mismo dia, los moros que andaban
repartidos encontraron con el alcaide de Ronda, y capitan Ascanio,
que con ciento y cincuenta soldados y otra gente habia salido sin
órden y sabiduría del duque, como hombres que no estaban á su cargo;
matáronlos con la mayor parte de la compañía: el mismo acometimiento
hicieron contra un correo, que partió del campo para Granada con
escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en
Monda. Entendiendo pues el duque que por la sierra andaba cuantidad
de moros, envió órden á Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga
tornase á Monda; y á D. Sancho de Leiva, general de las galeras de
España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba á su
cargo; y á Pedro Bermudez que viniese con la de Ronda, y él con la que
habia quedado se vino á esperarlos á Monda: de donde junta la gente
partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró
D. Alonso de Leiva, hijo de D. Sancho, con ochocientos soldados de
Galera. Entendíase que los moros esperaban á una legua, y con este
presupuesto ordenó el duque á Pedro Bermudez, que con mil arcabuceros
de los de su cargo tomase la mano izquierda, y á D. Alonso con la
gente que habia tenido fuese derecho á Hojen por un monte que dicen
el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachin,
tierra de grande aspereza: con esta órden se llegó á un tiempo al lugar
donde los enemigos habian estado, y de allí bajando hasta llegar á
vista de la Fuengirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente, y
sobras de comida (porque los moros recelándose que serian descubiertos
se habian esparcido como es su costumbre, y extendido por todas las
montañas) dió el duque licencia á D. Alonso que tornase á embarcarse;
y á Arévalo de Suazo á Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió
á Monda y de allí á Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman
Barbesola: mas el que agora llamamos Monda, pienso que fue poblado de
los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen
señas y muestras mas claras de haber sido la antigua Monda, siguiendo
los moros que conquistaron á España su antigua costumbre, de pasar los
moradores de unos lugares á otros con el nombre del lugar que dejaban:
en Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traidos de Monda la
vieja; y en torno de ella, la campaña, atolladeros, y pantanos en el
arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.
Habia ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran
obligados á servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra
para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que
los moros ponian en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa,
mujeres y niños, en esparcirse pocos á pocos en las montañas, y gran
parte de ellos pasar á Berbería, donde con cualquier aparejo tenian
la traviesa corta y mas segura, no podian ser seguidos con ejército
formado, y el que habia se iba poco á poco deshaciendo: pareció
consejo de necesidad enviar la gente á sus casas, y el duque volver á
Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos
pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras de ellos
en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte; mas detuvo la
gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servian á su costa,
sin sueldo, ni raciones, dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox,
Guaro, Cartagima, Jubrique, y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Habia
ya el rey avisado al duque como se determinaba á un tiempo sacar los
moros de Granada á poblar Castilla, y que estuviese apercebido para
cuando le llegase la órden de D. Juan de Austria. Cuando esto pasaba,
llegaron las cartas de D. Juan en que decia como la salida de los moros
de todo el reino seria el postrero dia de octubre; encomendábale el
secreto hasta el dia que el bando se publicase, apercebíale para la
ejecucion en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que
el duque hinchiese la persona que le pareciese mas á propósito.