Sevilla es en nuestro tiempo de las célebres, ricas y populosas

ciudades del mundo: concurren á ella mercaderes de todo poniente,

especialmente del nuevo mundo que llamamos Indias, con oro, plata,

piedras, esmeraldas, poco menores que las que maravillaba la antigüedad

en tiempo de los reyes de Egipto: pero en gran abundancia, cueros y

azúcar, y la yerba que sucede en lugar de púrpura, ó (por usar del

vocablo arábigo y comun) carmesí; cochinilla la llaman los indios,

donde ella se cria. Fue Sevilla la segunda escala que pobladores

de España hicieron, cuando con el gran rey y capitan Baco (á quien

llamaban Libero por otro nombre) vinieron á conquistar el mundo. La

ocasion nos convida tratando de tan gran ciudad á declarar nuestra

opinion, como en cosa tan dudosa por su antigüedad, acerca de la

fundacion de ella, y del nombre de toda España. Dese la autoridad á

los escritores, y el crédito á las conjeturas. Marco Varron, autor

gravísimo, y diligente en buscar los principios de los pueblos, dice

(segun Plinio refiere) que en España vinieron los persas, iberos y

fenices, todas naciones de oriente, con Baco. Por este se entiende

tambien haber sido hecha la empresa de la India, segun los escritos

de Nono, poeta griego, que compuso de los hechos de Baco, y llamó

Dionysiaca, porque se llamaba, demás del nombre de Baco, y Libero,

Dionysio. Dice tambien Salustio en sus historias haber él mismo pasado

en Berbería, y dado principio á muchas naciones: con este Baco vinieron

capitanes hombres señalados, y mujeres que celebraban su nombre, uno

de los cuales se llamó Luso; y una de las mujeres Lyssa, que dice el

mismo Marco Varron haber dado el nombre á la parte de Portugal, que

antiguamente llamaban Lusitania. Tuvo Baco un lugarteniente que dijeron

Pan, hombre áspero y rústico, á quien la antigüedad honró por Dios de

los pastores, ó quizá eran conformes en el nombre; pero por intervenir

en las procesiones ó fiestas de Baco el Pan, se puede creer ser el

mismo: este Pan, dice Varron que dió nombre á toda España, y lo mismo

Appiano Alejandrino en sus historias, en el libro que llaman Español,

y en griego Iberice. _Panios_ quiere decir cosa de Pan; y el _hi_, que

tiene delante, dice el artículo, que juntado con el _panios_, dirá

la tierra ó provincia de Pan[55]: quedó á los españoles el vocablo

griego, ni mas ni menos que los griegos lo pronuncian, ambiciosos de

dar nombre en su lengua á las naciones hispánicas; y pronunciámoslo

nosotros España: de aquí vino á decirse que Hispan, ó el Pan que los

griegos llaman lugarteniente, fue sobrino de Hércules, y que dió el

nombre á España. Lo cierto es que Baco dejó por aquella comarca lugares

del nombre de los que le seguian; y que dos veces vino el que llamaron

Hércules, ó fuesen dos Hércules en aquella parte de España. El nombre

pudo venir á Sevilla de haber sido poblada, cuando la segunda vez

Hércules, ó fuese Baco, ó fuese Hércules tebano vino en España; y si

así fue, presupuesto que en la lengua griega _palin_ quiere decir otra

vez, y _hi_, la, el nombre de Hispalis querrá decir la de otra vez,

porque los griegos son fáciles en acabar en la letra _s_. Demás del

concurso de mercaderes y extranjeros, moran en Sevilla tantos señores

y caballeros principales, como suele haber en un gran reino; entre

ellos hay dos casas ambas venidas del reino de Leon, ambas de grande

autoridad y grande nobleza, y en que unos, ó otros tiempos no faltaron

grandes capitanes: una la casa de Guzman duques de Medina Sidonia, que

en tiempo antiguo fue poblacion de los de Tiro, poco despues de poblada

Cádiz, destruida por los griegos y gente de la tierra, restaurada por

los moros segun el nombre lo muestra; porque en su lengua _medina_

quiere decir lo que en la nuestra puebla; como si dijésemos la puebla

de Sidonia: este linaje moró gran tiempo en las montañas de Leon, y

vinieron con el rey D. Alonso el VI á la conquista de Toledo, y de allí

con el rey D. Fernando el III á la de Sevilla, dejando un lugar de su

nombre, de donde tomaron el nombre con otros treinta y ocho lugares

de que entonces eran ya señores. El fundador de la casa fue el que,

guardando á Tarifa, echó el cuchillo con que degollaron á su hijo que

tenia por hostaje, por no rendir él la tierra á los moros. La otra

casa es de los Ponces de Leon, descendientes del conde Hernan Ponce

que murió en el portillo de Leon, cuando Almanzor, rey de Córdoba,

la tomó; dicen traer su orígen de los romanos que poblaron á Leon, y

su nombre de la misma ciudad; duques en otro tiempo de Cádiz hasta

el que escaló á Alhama, y dió principio á la guerra de Granada, y

despues que sus nietos fueron en tutorías despojados del estado por

los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, se llamaron duques de Arcos, que

los antiguos españoles decian Arcobrica, poblacion de las primeras de

España, antes que viniesen los de Tiro á poblar Cádiz. Los señores

de aquestas dos casas siempre fueron émulos de aquella ciudad, y aun

cabezas á quien se arrimaban otras muchas de la Andalucía: de la de

Medina era señor D. Alonso de Guzman, mozo de grandes esperanzas; de

la de Arcos D. Luis Ponce de Leon, hombre que en la empresa de Durlan

habia seguido sin sueldo las banderas del rey D. Felipe, inclinado y

atento á la arte de la guerra: á estos dos grandes encomendó el rey

el sosiego y pacificacion de la sierra de Ronda, por tener á ella

vecinos sus estados. Grandes llaman en España los señores á quien el

rey manda cubrir la cabeza, sentar en actos y lugares públicos, y la

reina se levanta del estrado á recibir á ellos y á sus mujeres, y

les manda dar por honra cojin en que se sienten, ceremonias que van

y vienen con los tiempos y voluntades de los príncipes; pero firmes

en España en solas doce casas[56], entre las cuales estas dos son y

fueron de grande autoridad. Despues que creció el favor y la riqueza,

por merced de los reyes han acrecentádose muchas. Dió poder el rey á

estos dos príncipes, para que en su nombre concertasen y recogiesen

los moriscos, y les volviesen las mujeres, hijos y muebles, y los

enviasen por España la tierra adentro; pues no habian sido partícipes

en la rebelion, y lo sucedido habia sido mas por culpa de ministros

que por la suya. Tenia el duque de Arcos una parte de su estado en la

serranía de Ronda, que hubo su casa por desigual recompensa de Cádiz,

en tiempo de tutorías; parecióle por aprovechar llegarse á Casares,

lugar suyo, y dende mas cerca tratar con los moros: envió una lengua

que fue y volvió no sin peligro; lo que trajo es, que á ellos les

pesaba de lo acontecido; que por personas suyas vendrian á tratar con

el duque, donde y como él mandase, y se reducirian y harian lo que

se les ordenase con ciertas condiciones. Esto afirmaron en nombre de

todos el Alarabique y el Ataifar, hombres de gran autoridad y por quien

ellos se gobernaban; bajó el Alarabique y el Ataifar á una hermita

fuera de Casares, y con ellos una persona en nombre de cada pueblo

de los levantados. Mas el duque, por escandalizarlos menos y mostrar

confianza, vino con pocos: osadía de que suelen suceder inconvenientes

á las personas de tanta calidad. Hablóles, persuadióles con eficacia,

y ellos respondieron lo mismo, dando firmados sus capítulos; y con

decir que daria aviso al rey, se partió de ellos; mas antes que la

respuesta del rey volviese, le vino mandamiento, que juntando la gente

de las ciudades de la Andalucía vecinas á Ronda, estuviese á punto para

hacer la guerra, en caso que los moros no se quisiesen reducir: mandó

apercibir la gente de Andalucía y de los señores de ella, de á pie y de

á caballo, con vitualla para quince dias, que era lo que parecia que

bastase para dar fin á esta guerra: en el entretanto que la gente se

juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui en

sierra Bermeja[57], que los moros llaman Gebalhamar, adonde en tiempos

pasados se perdieron D. Alonso de Aguilar y el conde de Ureña; D.

Alonso señalado capitan, y ambos grandes príncipes entre los andaluces:

el de Ureña abuelo suyo de parte de su madre; y D. Alonso bisabuelo de

su mujer. Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la

montaña; provision necesaria por la poca seguridad en acontecimientos

de guerra, y poca certeza de la fortuna. Comenzaron á subir la sierra,

donde se decia que los cuerpos habian quedado sin sepultura: triste

y aborrecible vista y memoria: habia entre los que miraban nietos y

descendientes de los muertos, ó personas que por oidas conocian ya

los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la

vanguardia con su capitan por la escuridad de la noche, lugar harto

extendido y sin mas fortificacion que la natural, entre el pie de la

montaña y el alojamiento de los moros; blanqueaban calaveras de hombres

y huesos de caballos amontonados, desparcidos, segun, como, y donde

habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas

adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas, y

bajas, y aportilladas: iban señalando los pláticos de la tierra donde

habian caido oficiales, capitanes, y gente particular: referian como

y donde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de

Ureña y D. Pedro de Aguilar, hijo mayor de D. Alonso: en que lugar y

donde se retrajo D. Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida

que el Ferí, cabeza de los moros le dió primero en la cabeza y despues

en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos:

_yo soy D. Alonso_; las que el Ferí le respondió cuando le heria: _tú

eres D. Alonso, mas yo soy el Ferí de Benastepar_, y que no fueron

tan desdichadas las heridas que dió D. Alonso, como las que recibió.

Lloráronle amigos y enemigos, y en aquel punto renovaron los soldados

el sentimiento; gente desagradecida, sino en las lágrimas. Mandó el

general hacer memoria por los muertos, y rogaron los soldados que

estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos

ó por extraños; y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente

contra quien tomar venganza.

[55] Sus dudas les quedan á los peritos en el griego, mas no es

este el lugar de disputarlas.

[56] Ojalá nombrara los doce grandes de España firmes como nombró

solos estos dos, porque han crecido ya tanto los que dice haberse

acrecentado con el favor y la riqueza, que apenas los distinguimos

de aquellos originarios.

[57] Calaluz le llama Zurita, p. 5, lib. IV, cap. XXXII.

Vista la importancia del lugar, si los enemigos le ocupasen, envió

dende á poco el duque una bandera de infantería, que entrase en

el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolucion del rey

que concedia á los moros cuasi todo lo que le pedian que tocaba al

provecho de ellos, y comenzaron algunos á reducirse; pero con pocas

armas, diciendo, que los que en su campo quedaban no se las dejaban

traer. Habia entre los moros uno llamado el Melqui, hombre atrevido

y escandaloso, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la

inquisicion ido y vuelto á Tituan: este, ó que le parecia que perdia el

crédito de hasta entonces, ó que fuese obligado al príncipe de Tituan,

juntó el pueblo, que ya estaba resoluto á reducirse, disuadiéndole, y

afirmando lo que con ellos trataba el Alarabique ser engaño y falsedad,

haber recibido del duque nueve mil ducados, vendido por precio su

tierra, su costa, y los hijos, mujeres y personas de su ley: venidas

las galeras á Gibraltar, la gente levantada, las cuerdas en las manos

á punto, con que los principales habian de ser ahorcados: y el pueblo

atado y puesto perpetuamente al remo, para sufrir hambre, frio y

azotes, y seguir forzados la voluntad de sus enemigos, sin esperanza

de otra libertad sino la muerte. Tuvieron estas palabras y la persona

tanta fuerza, que se persuadió el pueblo ignorante, y tomando las armas

hicieron pedazos al Alarabique, y á otro compañero suyo berberí, que

era de la misma opinion: con esto mudaron de propósito, y quedaron mas

rebeldes que estaban: algunos que quisieran reducirse, estorbados por

el Melqui con guardas, y espantados con amenazas, dejaron de hacello:

los de Benahabiz, lugar de importancia en aquella montaña, enviaron por

el perdon del rey con propósito de reducirse; llevólo un moro llamado

el Barcoquí, juntamente con carta del duque para Marbella, y los que

guardaban el fuerte de Montemayor, que tuviesen cuenta con él y sus

compañeros, acompañándolos hasta dejarlos en lugar seguro: mas la gente

ó por codicia de algo (si lo llevaban) ó por estorbar la reduccion,

con que cesaria la guerra, hiciéronlo tan al contrario, que mataron al

Barcoquí: esta desórden mudó á los de Benahabiz, y confirmó la razon

del Melqui de manera, que no fue parte el castigo que el duque hizo

de ahorcar y echar en galeras los culpados, para estorbar el motin

general. Apercebida la gente, vino el duque á Ronda, donde hizo su

masa, y salió con cuatro mil infantes y ciento cincuenta caballos, á

ponerse algo mas camino que dos leguas de la sierra de Istan, donde los

enemigos le esperaban fortificados; lugar asperísimo y dificultoso de

subir, las espaldas á la mar; dejando en Ronda á Lope Zapata, hijo de

D. Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros

que viniesen á reducirse: vinieron pocos ó ningunos escandalizados del

caso del Barcoquí, y espantados, porque en Ronda y Marbella el pueblo

habia rompido la salvaguardia del duque y fe del rey, matando cuasi

cien moros al salir de los lugares. No le pareció al duque detenerse á

hacer el castigo; pero envió por juez al rey, que castigó los culpados

como convenia; y él caminó á la Fuenfria, donde se encendió fuego en

el campo, que puso en cuidado, ó fuese echado por los enemigos, ó por

descuido de alguno: el autor y el fuego cesó por industria y diligencia

del duque.

El dia siguiente con mil infantes y alguna caballería reconoció el

fuerte de los enemigos desde la sierra de Arboto puesta en frente de

él, juntamente con el alojamiento y el lugar de la agua: y aunque

se mostraron los enemigos algo mas abajo fuera de su fuerte, no

fueron acometidos; ansí por ser cerca de la noche, como por esperar á

Arévalo de Suazo con la gente de Málaga. Entretanto puso su guardia

en la sierra de Arboto con harta contradiccion de los enemigos;

porque juntamente acometieron el alojamiento del duque, y trabaron

una escaramuza tan larga que duró tres horas, no muy apriesa, pero

bien extendida: eran ochocientos hombres arcabuceros y ballesteros,

y algunos con armas enhastadas: mas visto que con dos banderas de

arcabuceros les tomarian la cumbre, se retiraron á su fuerte con poco

daño de los nuestros, y alguno de los suyos. Reforzóse la guardia de

aquel sitio, por ser de importancia, con otras dos banderas; y era

ya llegado Arévalo de Suazo con dos mil infantes de Málaga y cien

caballos, con que se tomó resolucion de combatir los enemigos en su

fuerte al otro dia: á la parte del norte que la subida era mas difícil,

envió el duque á Pedro Bermudez con ciento y cincuenta infantes,

que tomase las dos cumbres, que suben al fuerte con dos banderas de

arcabuceros, haciéndoles espaldas con el rostro á la mano derecha Pedro

de Mendoza con otra tanta gente y la mesma órden, dejando entre sí y

Pedro Bermudez una parte de la montaña que los moros habian quemado,

porque las piedras que desde arriba se tirasen corriesen por mas

descubierto, y con menos estorbo: Arévalo de Suazo con la gente de su

cargo se seguia á la mano derecha, y con dos banderas de arcabucería

delante: mas á mano derecha de Arévalo de Suazo, Luis Ponce de Leon

con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino menos embarazado que

los otros. El duque escogió para sí con el artillería y caballería y

mil y quinientos infantes, el lugar entre Pedro de Mendoza y Arévalo

de Suazo, como mas desembarazado, así mas descubierto: mandó á Pedro

de Mendoza con mil infantes y algun número de gastadores, que fuese

adelante aderezando los pasos para la caballería, y que todos al pasar

se cubriesen con la falda de la montaña y quebrada hácia el arroyo,

que á un tiempo comenzasen á subir igualmente y á pequeño paso,

guardando el aliento para su tiempo; quedaba con esta órden la montaña

cercada, sino por la parte de Istan, que no podia con la aspereza

recibir gente. Víanse unos á otros, y todos se podian cuasi dar las

manos: quedó resoluto combatir los enemigos otro dia á la mañana. Mas

los moros viendo que Pedro de Mendoza estaba mas desviado, y en parte

donde no podia con tanta diligencia ser socorrido, acometiéronle al

caer de la tarde con poca gente y desmandada, trabando una escaramuza

de tiros perdidos. Pedro de Mendoza, confiado de sí mismo, soldado

de mucho tiempo y no tanta experiencia, pudiendo guardar la órden y

contentarse con estar quedo y sin peligro, saltó á la escaramuza con

demasiado calor. Deshízose la gente por la montaña arriba sin órden,

sin guardar unos á otros: y los moros unas veces retirándose, otras

reparándose, parecian ir cerrando á los nuestros: visto el peligro y no

pudiéndolo ya estorbar Pedro de Mendoza (ó fuese recelo ó desconfianza

de su poca autoridad con la gente, aunque la habia tenido para meterla

delante), envió á avisar al duque, pero á tiempo que puesto que hubiese

enviado á retirarla tres capitanes, fue necesitado á tomar lo alto

para reconocer el lugar: el duque con los que con él se hallaban y

los que pudo retirar, atravesó donde estaban los que subian, y valió

tanto su autoridad, que la gente desmandada se detuvo, y los moros que

ya habian comenzado á desemboscarse y se mostraban á los enemigos,

vista la determinacion del duque se recogieron á su fuerte, en ocasion

de que estaba cerca la noche, y la gente de Pedro de Mendoza cansada

y desordenada, y se temian de algun desastre, especialmente los que

traían á la memoria el acontecimiento de D. Alonso de Aguilar por los

mismos términos.

Hallóse el duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas, y

los moros puestos en órden de cargar á la gente que subia, y que era

imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desórden; y con

la gente que traía consigo y la que habia recogido, todo á un tiempo

acometió á los enemigos, y pegóse con el fuerte de manera, que fue de

los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu

de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era

luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos á Rioverde, otros

á la vuelta de Istan, otros á la de Monda, y otros á la de sierra

Blanquilla; dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas:

embarazo de guerra, y gente inútil que les comian los bastimentos,

quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas:

todavía envió á seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche

y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa

ni vitualla; y visto que todos se habian esparcido, y que la montaña

quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia á la gente de

Málaga con órden de correr la tierra á una y otra parte, pasó con la

resta de su campo á Istan, y envió cuatro compañías sin banderas: el

efecto que hicieron las tres, fue quemar dos barcas grandes que tenian

fabricadas para pasar á Tituan: la cuarta con su capitan Morillo, á

quien el duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la órden,

dió en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la

tierra llaman Alborno, á vista de Istan; y seguido, y rota la gente se

retiró: era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de

arcabuces, y con sospecha de lo que podia ser, se ordenó al capitan

Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente. Mas llegando á vista

de los enemigos contentóse con solo recoger algunos que huían, y

estuvo sin pasar adelante, ó fuese temiendo alguna emboscada (aunque

el lugar era gran trecho descubierto), ó arrepentido de la demasiada

diligencia del dia antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de

la compañía y su capitan peleando. El mismo dia, los moros que andaban

repartidos encontraron con el alcaide de Ronda, y capitan Ascanio,

que con ciento y cincuenta soldados y otra gente habia salido sin

órden y sabiduría del duque, como hombres que no estaban á su cargo;

matáronlos con la mayor parte de la compañía: el mismo acometimiento

hicieron contra un correo, que partió del campo para Granada con

escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en

Monda. Entendiendo pues el duque que por la sierra andaba cuantidad

de moros, envió órden á Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga

tornase á Monda; y á D. Sancho de Leiva, general de las galeras de

España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba á su

cargo; y á Pedro Bermudez que viniese con la de Ronda, y él con la que

habia quedado se vino á esperarlos á Monda: de donde junta la gente

partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró

D. Alonso de Leiva, hijo de D. Sancho, con ochocientos soldados de

Galera. Entendíase que los moros esperaban á una legua, y con este

presupuesto ordenó el duque á Pedro Bermudez, que con mil arcabuceros

de los de su cargo tomase la mano izquierda, y á D. Alonso con la

gente que habia tenido fuese derecho á Hojen por un monte que dicen

el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachin,

tierra de grande aspereza: con esta órden se llegó á un tiempo al lugar

donde los enemigos habian estado, y de allí bajando hasta llegar á

vista de la Fuengirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente, y

sobras de comida (porque los moros recelándose que serian descubiertos

se habian esparcido como es su costumbre, y extendido por todas las

montañas) dió el duque licencia á D. Alonso que tornase á embarcarse;

y á Arévalo de Suazo á Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió

á Monda y de allí á Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman

Barbesola: mas el que agora llamamos Monda, pienso que fue poblado de

los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen

señas y muestras mas claras de haber sido la antigua Monda, siguiendo

los moros que conquistaron á España su antigua costumbre, de pasar los

moradores de unos lugares á otros con el nombre del lugar que dejaban:

en Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traidos de Monda la

vieja; y en torno de ella, la campaña, atolladeros, y pantanos en el

arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.

Habia ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran

obligados á servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra

para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que

los moros ponian en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa,

mujeres y niños, en esparcirse pocos á pocos en las montañas, y gran

parte de ellos pasar á Berbería, donde con cualquier aparejo tenian

la traviesa corta y mas segura, no podian ser seguidos con ejército

formado, y el que habia se iba poco á poco deshaciendo: pareció

consejo de necesidad enviar la gente á sus casas, y el duque volver á

Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos

pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras de ellos

en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte; mas detuvo la

gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servian á su costa,

sin sueldo, ni raciones, dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox,

Guaro, Cartagima, Jubrique, y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Habia

ya el rey avisado al duque como se determinaba á un tiempo sacar los

moros de Granada á poblar Castilla, y que estuviese apercebido para

cuando le llegase la órden de D. Juan de Austria. Cuando esto pasaba,

llegaron las cartas de D. Juan en que decia como la salida de los moros

de todo el reino seria el postrero dia de octubre; encomendábale el

secreto hasta el dia que el bando se publicase, apercebíale para la

ejecucion en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que

el duque hinchiese la persona que le pareciese mas á propósito.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 16 / 21 段