Alpujarra, repartió su campo y la gente de vecinos que traía consigo;
puso ochocientos hombres entre el duque y Orgiba, para estorbar las
escoltas de Granada; envió mil con Mojajar á la sierra de Gador, y á
lo de Andarax, Adra, y tierra de Almería: seiscientos con Garral á la
sierra de Bentomiz, de donde habia salido D. Antonio de Luna, dejando
proveido el fuerte de Competa, para correr tierra de Velez; envió
parte de su gente á la sierra Nevada y el Puntal, que corriesen lo
de Granada: quedó él con cuatro mil arcabuceros y ballesteros, y de
estos traía los dos mil sobre el campo del duque, que con la pérdida
de la escolta estaba en necesidad de mantenimientos: pero entretúvose
con fruta seca, pescado y aceite, y algun refresco que Pedro Verdugo
le enviaba de Málaga, hasta que viendo por todas partes ocupados los
pasos: mandó al marqués de la Favara, que con mil hombres y cien
caballos, y gran número de bagajes atravesase el puerto de la Ravaha,
y cargase de vitualla en la Calahorra: porque fuese dos veces nombrada
con hambre y hierro en daño nuestro; adonde habia hecha provision, y
tan poco camino que en un dia se podia ir y venir. Dicen que el marqués
rehusó la gente que se le daba, por ser la que vino de Sevilla, pero
no la jornada; y siendo asegurado que fuese cual convenia, partió
antes de amanecer con las compañías de Sevilla, y sesenta caballos
de retaguardia: y él con trescientos infantes y cuarenta caballos de
vanguardia; los embarazos de bagajes, y bagajeros, enfermos, esclavos
en medio; la escolta guarnecida de una y otra parte con arcabucería.
Mas porque parece que en la gente de Sevilla se pone mácula, siendo de
las mas calificadas ciudades que hay en el mundo, hase de entender, que
en ella como en todas las otras se juntan tres suertes de personas:
unas naturales, y estos cuasi así la nobleza como el pueblo son
discretos, animosos, ricos, atienden á vivir con sus haciendas ó de
sus manos; pocos salen á buscar su vida fuera, por estar en casa bien
acomodados: hay tambien extranjeros, á quien el trato de las Indias, la
grandeza de la ciudad, la ocasion de ganancia ha hecho naturales, bien
ocupados en sus negocios, sin salir á otros; mas los hombres forasteros
que de otras partes se juntan al nombre de las armadas, al concurso de
las riquezas, gente ociosa, corrillera, pendenciera, tahura, hacen de
las mujeres públicas ganancia particular, movida por el humo de las
viandas; estos como se mueven por el dinero que se da de mano á mano,
por el sonido de las cajas, listas de las banderas; así facilmente las
desamparan, con el temor de ellas en cualquier necesidad apretada, y á
veces por voluntad: tal era la gente que salió en guardia de aquella
escolta. El marqués, sin noticia de los enemigos ni de la tierra, sin
ocupar lugares ventajosos, y confiado que la retaguardia haria lo
mismo, como quien llevaba en el ánimo la necesidad en que dejaba el
campo, y no que la diligencia fuera de tiempo es por la mayor parte
dañosa comenzó á caminar aprisa con la vanguardia: pero los últimos
que aun sin impedimento suelen de suyo detenerse y hacer cola, porque
el delantero no espera, y estorba á los que le siguen, y el postrero
es estorbado, y espera; abrieron mucho espacio entre sí, y la escolta
hizo lo mismo entre sí y la vanguardia. Mas Abenabó, incierto por donde
caminaria tanto número de gente, mandó al alcaide Alarabi, á cuyo cargo
estaba la tierra del Zenette, que siguiese con quinientos hombres
(Zenette llaman aquella provincia, ó por ser áspera, ó por haber sido
poblada de los Zenettes; uno de cinco linajes alárabes que conquistaron
á África y pasaron en España, que es lo mas cierto). Partió el Alarabi
su gente en tres partes, él con cien hombres quiso dar en la escolta:
al Piceni de Guejar con doscientos ordenó que acometiese la retaguardia
por la frente: y al Martel del Zenette con otros doscientos la rezaga
de la vanguardia, entrando entre la escolta y ella, al tiempo que
él diese en la escolta; y en caso que no le viesen cargar con toda
la gente, que estuviesen quedos y emboscados, dejándola pasar. Los
nuestros parándose á robar pocas vacas y mujeres, que por ventura
los enemigos habian soltado para dividirlos y desordenarlos, fueron
acometidos del Alarabi con solos cuatro arcabuceros por la escolta,
cargados de otros treinta que les hacian espaldas, y puestos en
confusion: tras esto cargó el resto de la gente del Alarabi, que
rompió del todo la escolta, sin hacer resistencia los que iban á la
defensa. Dió el Piceni en la caballería, que era de retaguardia, la
cual rompió, y ella la infantería; lo mismo hizo Martel con los últimos
de la vanguardia del marqués al arroyo de Vayarzal, lo uno y lo otro
tan callando, que no se sintió voz ni palabra. Iba el Piceni ejecutando
la retaguardia de manera, que parecia á los nuestros que lo vian ir
ejecutando al Martel. Siguieron este alcance sin volver la caballería,
ni rehacerse la infantería hasta cerca de la Calahorra, todos á una,
matando el Alarabi enfermos y bagajeros, y desviando bagajes; llegó el
arma con el silencio y miedo de los nuestros al marqués tan tarde, que
no pudo remediar el inconveniente, aunque con veinte caballos y algunos
arcabuceros procuró llegar: murieron muchos enfermos que iban en la
escolta, muchos de los moros y bagajeros; entre estos y soldados cuasi
mil personas: quitaron setenta moriscas cautivas, y lleváronse mas de
trescientas bestias sin las que mataron; cautivaron quince hombres,
no perdieron uno, aconteció esta desgracia en 16 de abril. Llevó el
marqués las sobras de la gente rota y lo demás de lo que pudo salvar á
la Calahorra, y reformándose de gente en Guadix, salió adonde estaba D.
Juan. Los enemigos, habiendo puesto la presa en cobro, quedaron seis
dias en el paso y por la sierra.
Mas el duque entendiendo la desgracia, y el poco aparejo de proveerse
por la parte de Guadix, fiando poco de la gente, quiso acercarse mas
á la mar por haber vitualla de Málaga; y por ser el abril entrado, y
dar el gasto á los panes, quitar á los enemigos el paso para Berbería,
vino á Verja ya despues de haber talado la cogida en el Alpujarra:
y hizo lo mismo en el campo de Dalias, donde tenian las esperanzas
de cebada y grano. Al alojar en Verja hubo una pequeña escaramuza,
en que murieron de los nuestros algunos; de los moros segun ellos
cuarenta. Mas la hambre y poca ganancia, y el trabajo de la guerra,
y la costumbre de servir á su voluntad y no á la de quien los manda,
pudo con los soldados tanto, que sin respeto de que hubiesen sido bien
tratados de palabra, y ayudados de obra, con dinero, con vitualla,
quitando lo uno y lo otro á la gente de su casa, y á veces á su
persona, se desranchaban como habian hecho con el marqués de Velez:
pero acostumbrado á ver y sufrir semejantes vueltas en los soldados,
vino de Verja á Adra, donde tuvo mas vitualla, aunque no mas sosiego
con la gente: parecíales desacato culparle, y volvianse contra D. Juan
de Mendoza, y decian palabras sin causa; acriminábanle la muerte de
un soldado de quien hizo justicia como juez, porque debia ser loado;
amenazaban, protestaban de no quedar á su gobierno; excusábanse de D.
Juan que ya andaba entre ellos recatado: no dejaban de poner bolatines
(llaman ellos bolatines, las cédulas que de noche esparcen con las
quejas contra sus cabezas cuando andan en celo para amotinarse, en que
declaran su ánimo, y mueven los no determinados con quejas y causas
de sus cabezas); saliéronse de Adra trescientos arcabuceros, ó fuese,
segun ellos publicaban, haciendo escolta á un correo: y dando en los
enemigos fueron los doscientos y treinta muertos por el alcaide Alarabi
y el Mojajar, y cautivos setenta: no se supo mas de lo que los moros
refieren, y que entendiendo de uno de los cautivos como nuestro campo
habia desalojado de Ujijar con pérdida y desórden, y dejado municiones
escondidas, sacaron de un aljibe cantidad de plomo, municiones y
embarazos. En el mismo tiempo mataron los moros, que Abenabó enviaba
la vuelta de Bentomiz, gente de sus casas que iban á Salobreña, y
entre ellos mercaderes italianos y españoles, tomándoles el dinero:
y los que envió hácia Granada cautivaron peleando con muchas heridas
á D. Diego Osorio, que venia con despachos del rey para D. Juan y el
duque, en que se trataba la resolucion de la guerra, y concierto que se
habia platicado con los moros y turcos por mano del Habaqui; matáronle
veinte arcabuceros de escolta, y él tuvo manera como soltarse; y aunque
herido, vino sin las cartas á Adra.
Ya D. Juan trataba con calor la reduccion de los moros, y la ida de los
turcos á Berbería: mas algunos de los ministros (ó que les pareciese
hacer su parte, y prevenir las gracias á D. Juan, ó que mas facilmente
se podia acabar, cuanto por mas partes se tratase con ellos) metiéronse
á platicar de conciertos (dicen que algunos sobresanadamente) y dejaban
de condenar la manera del trato que D. Juan traía, holgando que se
publicasen por concedidas las condiciones que los enemigos pedian,
aunque exorbitantes. Por otra parte en Granada cuanto á la guerra se
procedia con toda seguridad en el gobierno del presidente; pero cuanto
á la paz con licencia, en el tratamiento que se hacia á los moriscos
reducidos, y que venian á reducirse, y poniendo algunos impedimentos,
y mostrando celos de D. Alonso Menegas, enviaban moriscos á toda
Castilla: sacaban los ministros muchos para galeras, denostaban á los
que se iban á rendir, y por livianas causas los daban por cautivos, su
ropa perdida; trataban del encierro como perjudicial, ayudábanse por
vias indirectas del cabildo de la ciudad que estaba oprimido y sujeto
á la voluntad de pocos, todo en ocasion de estorbo: no dando cuenta
particular á D. Juan para que él la diese al rey, haciendo cabeza de
sí mismos, escribiendo primero por su parte con palabras sobresanadas,
tocaban á veces en su autoridad, ó fuese (segun el pueblo) para que
las armas no les saliesen de las manos, ó ambiciones de su opinion,
por excluir toda manera de medios, que no fuese sangre, ofendidos que
pasase algo sin darles cuenta particular. Los efectos manifiestos
daban licencia para que fuesen juzgados diversamente, y todos en daño
del negocio; y aun añadian que estando el rey en Córdoba, no faltaba
atrevimiento para escribir trocadamente, y hacer negociacion del
estorbo, sospechando él alguna cosa: atrevimiento que suele acontecer á
los que andan por las Indias, con los que desde España los gobiernan;
por donde hay mas que maravillar de la disimulacion que los reyes
tienen cuando siguen sus pretensiones, que pasan por los estorbos sin
dar á entender que son ofendidos.
Tenia el duque avisos ansí por espías como por cartas tomadas, que los
turcos se armaban para socorrer á Abenabó, por la parte de Castil de
Ferro, aunque pequeño, á propósito para desembarcar gente, y por el
aparejo de la Rambla juntarse seguramente con los enemigos. Parecíale
que si esto se hacia, deshaciéndose por horas de su gente, podia ser
ofendido, ó á lo menos encerrado con poca reputacion nuestra, y mucha
de ellos. Acordó combatir aquella plaza y los enemigos, si viniesen á
socorrerla; y trujo por mar de Almería piezas de batir, púsose sobre
ella, repartió los cuarteles, vinieron las galeras en ayuda y para
impedir el socorro de Argel, encomendó la batería al marqués de la
Favara, que puso diligencia en asentarla. Llegóse y combatió por mar
con las galeras, y por tierra con tanta priesa, que abrió portillo
para batalla. Murieron dentro algunos con la artillería, y entre
los principales Leandro; á cuyo cargo estaba el castillo, sin otro
daño nuestro mas del poco que sus piezas hicieron en una galera. Los
soldados turcos y moros que estaban á la defensa, que eran cincuenta y
dos, desconfiados del socorro de Berbería, sus armas en las manos y una
mujer consigo, salieron por la batería y nuestras centinelas, con la
escuridad de la noche y confusion de la arma, guiándolos Mevaebal, su
capitan, que dos dias antes habia entrado. Es fama (que de los nuestros
procedió) que de ellos murieron doce, pero no se vieron en nuestro
campo, y refieren los moros que todos llegaron al de Abenabó, algunos
de ellos heridos. Desamparado Castil de Ferro envió por la mañana á D.
Juan de Mendoza y al marqués de la Favara y otros, que se apoderasen de
él. Hallaron dentro algunos viejos, y berberíes, y turcos mercaderes,
hasta veinte hombres, y diez y siete mujeres de moriscos que las
tenian para embarcar, alguna ropa, veinte quintales de bizcocho, y la
artillería que antes estaba en el castillo poca y ruin. Entendióse por
uno de estos moros que estándole batiendo llegaron catorce galeras de
turcos con socorro, y se tornaron oyendo el ruido de la artillería.
Sonó la toma de Castil de Ferro, tanto por el aparejo y la importancia
del sitio, por haber sido perdido y recuperado, por ser en ocasion que
los enemigos venian á darle socorro, cuanto por la calidad del hecho.
En el mismo tiempo envió D. Juan á D. Antonio de Luna con mil y
quinientos infantes de la tierra, las compañías del duque de Sesa y
Alcalá, y la caballería de los duques de Medina Sidonia y Arcos, para
que asegurase la tierra de Velez Málaga contra los que en Frijiliana
se habian recogido. Salió de Antequera con esta gente, mas con poco
trabajo, escaramuzando á veces, unas con ventaja suya, otras de los
moros, comenzó un fuerte en Competa, legua y media de Frijiliana, lugar
que fue donde antiguamente se juntaban de la comarca en una feria, y
por esto le llamaban los romanos _Compita_, agora piedras y cimientos
viejos, como quedaron muchos en el reino de Granada: otro hizo en el
Saliar; y con haber enviado mil hombres á correr el rio de Chillar, y
tornado con poca presa y pérdida igual, dejando en los fuertes cada dos
compañías, volvió la gente á Antequera, y él á su casa con licencia.
Recogióse el duque con su campo en Adra esperando en que pararia la
plática que se traía con el Habaqui, donde fue proveido de Málaga por
Pedro Verdugo bastantemente, y con algun regalo. Pasaban seguras las
escoltas de su campo al de Don Juan; pero los soldados, gente libre y
disoluta, á quien por entonces la falta de pagas y vitualla habia dado
mas licencia, y quitado á los ministros el aparejo de castigarlos,
estaban con igual descontentamiento en la abundancia que en la hambre;
huían como, y por donde, y siempre que podian; de tantas compañías
quedaron solos mil y quinientos hombres, los mas de ellos particulares
y caballeros que seguian al duque por amistad; con ellos mantenia y
aseguraba mar y tierra. Tornó el rey á Córdoba por Jaen y por Ubeda y
Baeza, remitiendo la conclusion de las cortes para Madrid donde llegó.
No era negocio de menos importancia y peligro lo de la sierra de Ronda,
porque estaba cubierto, y los ánimos de los moriscos con la misma
indignacion que los de la Alpujarra y rio de Almería y Almanzora:
montaña áspera y difícil, de pasos estrechos, rotos en muchas partes,
ó atajados con piedras mal puestas, y árboles cortados y atravesados;
aparejos de gente prevenida. El consejo mas seguro pareció al rey,
antes que se acabasen de declarar, asegurarse, sacándolos fuera de la
tierra con sus familias como á los demás. Para esto mandó á D. Juan
que enviase á Don Antonio de Luna con la gente que le pareciese, y que
por halagos y con palabras blandas, sin hacerles fuerza ni agravio, ó
darles ocasion de tomar las armas, los pusiese en tierra de Castilla
adentro, enviando con ellos guarda bastante. Recibida la órden de D.
Juan partió D. Antonio de Antequera á 20 de mayo, llevando consigo dos
mil y quinientos infantes de guarda de aquella ciudad, y cincuenta
caballos. Era toda la gente que D. Antonio sacó de Ronda cuatro mil
y quinientos infantes, y ciento y diez caballos. El dia que partió,
envió á Pedro Bermudez, á quien el rey habia enviado á la guardia de
aquella ciudad, para que con quinientos infantes en Jubrique, pueblo
de importancia y lugar á propósito, estuviese haciendo espaldas á los
que habian de sacar los moriscos: juntamente repartió las compañías
por otros lugares de la tierra; dándoles órden que en una hora todos á
un tiempo comenzasen á sacar los moros de sus casas. Partieron el sol
levantado á las ocho horas de la mañana. Mas los moros, que estaban
sospechosos y recatados, como descubrieron nuestra gente, subiéronse
con sus armas á la montaña, desamparando casas, mujeres, hijos y
ganados: comenzaron á robar los soldados (como es costumbre), cargarse
de ropa, hacer esclavos toda manera de gente, hiriendo, matando sin
diferencia á quien daba alguna manera de estorbo. Vista por los
moros la desórden, bajaban por la sierra, mataban los soldados, que
codiciosos y embebidos con el robo desampararon la defensa de sí mismos
y de sus banderas: iba esta desórden creciendo con la escuridad de la
noche: mas Pedro Bermudez, hombre usado en la guerra, dejando alguna
gente en la iglesia de Jubrique á la guarda de las mujeres, niños y
viejos, que allí tenia recogidos, escogió fuera del lugar sitio fuerte
donde se recogiese: entraron los moros en el lugar, y combatiendo la
iglesia sacaron los que en ella estaban encerrados, quemándola con los
soldados sin que pudiesen ser socorridos: luego acometieron á Pedro
Bermudez, que perdió cuarenta hombres en el combate, y hubo algunos
heridos de una y otra parte, y con tanto se acogieron los enemigos á la
sierra.
Vista por D. Antonio la desórden, y lo poco se habia hecho, retiró
las banderas con hasta mil y doscientas personas; pero con muchos
esclavos y esclavas, ropa y ganado en poder de los soldados, sin ser
parte para estorbarlo: recogióse á Ronda, donde, y en la comarca la
gente públicamente vendia la presa, como si fuera ganada de enemigos.
Deshízose todo aquel pequeño campo, como suelen los hombres que han
hecho ganancia, y temen por ello castigo; pues enviando la gente
que sacó de Antequera á sus aposentos, y cuasi las mil y doscientas
personas á Castilla sin hacer mas efecto, partió para Sevilla á dar
al rey cuenta del suceso. Cargaban á D. Antonio los de Ronda y los
moros juntamente: los de Ronda, que habiendo de amanecer sobre los
lugares, habia sacado la gente á las ocho del dia, y que la habia
dividido en muchas partes; que habia dado confusa la órden dejando
libertad á los capitanes: los moros, que les habian quebrantado la
seguridad y palabra del rey que tenian como por religion ó vínculo
inviolable; que estando resueltos de obedecer á los mandamientos de su
señor natural, les habian por este acatamiento y sacrificio que hacian
de sus casas, mujeres y hijos, y de sí mismos, robado y dejado por
hacienda y libertad, las armas que tenian en las manos, y la aspereza
y esterilidad de la montaña, donde por salvar las vidas se habian
acogido, aparejados á dejarlo todo, si les restituían las mujeres y
hijos, y viejos cautivos, y ropa que con mediana diligencia pudiese
cobrarse. Habia tantos interesados, que por solo esto fueron tenidos
por enemigos; no embargante que se hallase haberse movido provocados y
en defension de sus vidas. Excusábase D. Antonio con haber repartido la
gente como convenia por tierra áspera y no conocida; poderse caminar
mal de noche; que partida la gente, á ciegas, deshilada, facilmente
pudiera ser salteada y oprimida de enemigos avisados, pláticos en los
pasos, y cubiertos con la escuridad de la noche; la gente libre, mal
mandada, peor disciplinada, que no conoce capitanes ni oficiales,
que aun el sonido de la caja no entendian; sin órden, sin señal de
guerra, solamente atentos al regalo de sus casas, y al robo de las
ajenas: fueron admitidas las razones de D. Antonio por ser caballero de
verdad y de crédito, y dada toda la culpa á la desórden de la gente,
confirmada ya con muchos sucesos en daño suyo.
Ido D. Antonio, salió la gente de la comarca, cristianos viejos, á
robar por los lugares, mujeres, niños, ganados; sobras de la de D.
Antonio que fue como he dicho creido, por tenerse buen crédito de
su persona, y por no tenerse bueno por entonces de los soldados en
comun. Mas los enemigos persuadidos de los que habian huido de la
Alpujarra, y libres de todos los embarazos, despojados de lo que
se suele querer bien y dar cuidado, comenzaron á hacer la guerra
descubiertamente, recoger las mujeres, hijos y vitualla que les habia
quedado; fortificarse en sierra Bermeja y sierra de Istan; tomar la
mar á las espaldas para recibir socorro de Berbería, y bajar hasta las
puertas de Ronda; desasosegar la tierra, robar ganados, cautivar, matar
labradores, no como salteadores, sino como enemigos declarados. Estaba
como tengo dicho á la sazon el rey D. Felipe en Sevilla, suplicado por
la ciudad, que viniese á recibir en ella servicio.