Habia costumbre en el Alhambra de salir los capitanes generales y

alcaides cuando se ofrecia necesidad, dejando en la guardia de ella

personas de su linaje y suficientes. Mostraba el conde de Tendilla

títulos suyos, de su padre, abuelo, y bisabuelo, de capitanes generales

de la ciudad sin el cargo del reino, y pretendia salir con la gente

de ella. Pero Juan Rodriguez de Villafuerte, que entonces era tenido

por enemigo suyo declarado, pretendia que como corregidor le tocase:

traía ejemplo de Málaga donde el corregidor tenia cargo de la gente,

no obstante que el alcaide tuviese título de capitan de la ciudad; mas

ó fuese mandamiento expreso, ó inclinacion á otros, ó desabrimiento

particular con la casa ó persona del conde, no obstante las cédulas, y

que la profesion de Juan Rodriguez fuese otra que armas, hizo D. Juan

una manera de pleito de la pretension del conde, y remitió el negocio

al consejo del rey; quitándole el uso de su oficio, y dándole á Juan

Rodriguez, que aquel dia llevó cargo de la gente de la ciudad y le tuvo

otros muchos. Partió á los veinte y tres de diciembre con nueve mil

infantes, seiscientos caballos, ocho piezas de campo. Habia dos caminos

de Granada á Guejar; uno por la mano izquierda y los altos, y este

llevó él con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos: llevaba Luis

Quijada la vanguardia con dos mil, donde iba su persona; á D. García

Manrique encomendó la caballería; y la retaguardia con la artillería,

municion y vitualla (donde iba su guion) al licenciado Pedro Lopez de

Mesa y á D. Francisco de Solis, ambos caballeros cuerdos, pero sin

ejercicio de guerra: lo cual dió ocasion á pensar, que la empresa

fuese fingida, y D. Juan cierto que el lugar estaba desamparado; pues

encomendaba á personas pacíficas lugar adonde podia haber peligro y

era menester experiencia; dando al duque el camino del rio mas breve

con cuatro mil infantes y trescientos caballos, en que iba la gente de

la ciudad. Aquella noche se aposentó en Veas, dos leguas de Granada,

y otras tantas de Guejar, con órden que juntos por diversas partes

llegasen á un tiempo, y combatiesen los enemigos, para que los que del

uno escapasen diesen en el otro; pero quedóles abierto el camino de la

sierra. D. Diego de Quesada, á quien tenia por plático de la tierra,

iba por guia del campo de D. Juan, aunque otros hubiese en la compañía

tan soldados, criados en aquella tierra, y mas pláticos en ella, segun

lo mostró el suceso. Estaban á la guardia del lugar ciento y veinte

turcos y berberíes con Caravajal que estuvo en Galera, cuatrocientos

y treinta de la tierra, todos arcabuceros; la cabeza era Joaibi, los

capitanes Cholon, Macox, y Rendati, y el Partal por sarjento mayor;

venidos, segun se entendió, solo por la ganancia de las presas, con

la seguridad de la montaña, y mudábanse por meses; muchas mujeres,

muchachos y viejos de los lugares vecinos, que no querian apartarse

de sus casas, proveidos de pan y carne en abundancia; y dicen ellos,

que nunca hubo mas gente ordinaria. Entendieron dias antes la ida de

D. Juan, y tuvieron tiempo de salvar lo mejor de su ropa, sus personas

y ganados. El dia antes que D. García y Tello de Aguilar fueron á

reconocer avisando la gente, partieron los turcos á la Alpujarra; y de

los moros, el dia antes que D. Juan llegase, salieron cuatrocientos

hombres con Partal, y el Macox, y Rendati á la Vega en ocasion de

correr nuestras espaldas, y hicieron daño el mismo dia que llegó D.

Juan: quedaron en Guejar ochenta hombres con Joaibi para retirar el

removiente de la gente inútil, y ropa. Partieron á un tiempo de Granada

el duque, y D. Juan de Veas al amanecer: hay pocos hombres del campo

que sepan caminar bien de noche la tierra que han visto de dia; esta

era toda de un color igual aunque doblada, que dió causa á la guia de

engañarse cuasi en la salida del lugar, y á D. Juan de gastar tiempo.

Con todo se detuvo, esperando el dia, incierto del camino que haria el

duque, y avisando las atalayas de los moros con fuegos á los suyos de

lo que ambos hacian. Mas el duque caminó por derecho: envió delante á

D. Juan de Mendoza, que halló la trinchea desamparada sino de diez ó

doce viejos, que de pesados escogieron quedar á morir en ella, estos

fueron acometidos y degollados. Entrado y saqueado el lugar por la

gente que D. Juan de Mendoza llevaba de vanguardia, vieron subir por

la sierra mujeres y niños, bagajes cargados, con espaldas de sesenta

arcabuceros y ballesteros, que haciendo vuelta sobre los nuestros

en defensa de su ropa, se salvaron de espacio, aunque seguidos poco

trecho y detenidamente; pero lo que se pudo, y con mas daño nuestro

que suyo: murieron entre hombres y mujeres sesenta personas, y fueron

cautivas otras tantas; la demás gente por la sierra fueron á parar en

Valor y Poqueira y otros lugares de la Alpujarra: húbose mucho trigo

y ganado mayor; de nuestra gente murieron cuarenta soldados, porque

los moros en lo áspero de la tierra y entre las matas cubiertos con

las tocas de las mujeres, esperaban á nuestros soldados que pensando

ser mujeres llegasen á cautivallas, y los arcabuceasen. Entre ellos

murió el capitan Quijada siguiendo el alcance, desatinado de una

pedrada que una mujer le dió en la cabeza. D. Juan apartándose del

lugar dos leguas, ora acercándose á menos de un cuarto por camino que

todo se podia correr, se halló pasado mediodia sobre Guejar, dentro

de la trinchea de los enemigos en el cerro que llaman la Silla: llevó

la gente ordenada; y á los que nos hallamos en las empresas del

emperador, parecia ver en el hijo una imágen del ánimo y provision del

padre, y un deseo de hallarse presente en todo, en especial con los

enemigos. Descubrió de lo alto á la gente del duque delante del lugar

en escuadron, y tan de improviso que Luis Quijada envió con D. Gomez

de Guzman de mano en mano á pedir artillería, pensando que fuesen

enemigos, ó dando á entender que lo pensaba. Esta voz se continuó con

mucha priesa; y caminando con dos pezezuelas, llegó D. Luis de Córdoba

de parte del duque con el aviso, que los enemigos iban rotos y los

nuestros estaban dentro en el lugar. Quedamos espantados como Luis

Quijada no conoció nuestras banderas y órden de escuadron dende tan

cerca, hombre plático en la guerra, y de buena vista; y como el duque

enviaba á decir que los enemigos iban rotos, no habiendo enemigos.

Mostró D. Juan contentamiento del buen suceso, y queja del agravio de

que le hubiesen guiado por tanto rodeo que no alcanzase á ver enemigos.

Pero D. Diego de Quesada se excusaba, con que en consejo se le mandó

que guiase por parte segura; y Luis Quijada le dijo, que por donde

no peligrase la persona de D. Juan; que él no sabia como cumplir su

comision mas á la letra que guiando siempre cubierto y dos leguas de

los enemigos. Tuvo la toma de Guejar mas nombre lejos, que cerca; mas

congratulaciones, que enemigos. Volvieron la misma noche á Granada D.

Juan y el duque de Sesa; mandó quedar á D. Juan de Mendoza en Guejar

con gruesa guardia por algunos dias, y despues á D. Juan de Alarcon con

las banderas de su cargo; dende á pocos dias á D. Francisco de Mendoza,

reparado y trincheado un fuerte, pero con poca gente. Decian que si

cuando los moros desampararon el lugar y D. Juan fue á reconocelle, se

hubiera hecho el fuerte (que podia en una noche) y puesto en él una

pequeña guardia, como se hizo en Tablate, se salvaran pasadas de tres

mil personas, que murieron á manos de los enemigos, mucha pérdida de

ganado, reputacion y tiempo, el nombre de guerra, desasosiego de noche

y dia; todo hecho por mano de poca gente.

Dende este dia parece que D. Juan alumbrado comenzó á pensar en las

gracias de vitoria tan fácil, y buscadas las causas para conseguilla,

hacer y proveer por su persona lo que se ofrecia, con mayor beneficio

y mas breve despacho. Extendióse por España la fama de su ida sobre

Galera, y movióse la nobleza de ella con tanto calor, que fue necesario

dar el rey á entender que no era con su voluntad ir caballeros sin

licencia á servir en aquella empresa. Enviaron las ciudades nueva

gente de á pie y de caballo: crecieron algunas (que no tenian propios)

los precios á las vituallas, para gastos de la guerra; otras entre

cinco vecinos mantenian un soldado. Entraron el tiempo que duró la

masa pasadas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de

sus pueblos, personas calificadas, sin la gente que vino al sueldo

pagado por el rey, que fue la tercia parte: tanta reputacion pudo dar

á los enemigos la voluntad de venganza. Mandó D. Juan (que ya era

señor de sí mismo, y de todo) que una parte de la masa se hiciese en

el mismo campo del marqués de Velez, pasando la gente por Guadix; y

otra, pasando por Granada en las Albuñuelas, donde estuviese D. Juan

de Mendoza á recogella, y hacer provision de vitualla. Ordenó que el

duque de Sesa quedase su lugarteniente en Granada, pasase á posar en el

mismo aposento que él tenia en la chancillería; y que formado su campo,

partiese por Orgiba contra el Alpujarra, á un mismo tiempo que él para

Galera, por divertir las fuerzas de los enemigos.

Mas Abdalá Abenabó, indignado del suceso de Guejar, quiso recompensar

la fortuna y la reputacion, procurando ocupar algun lugar de nombre

en la costa. Escogió tres mil hombres, y en un tiempo con escalas y

como pudo acometieron de noche á Almuñecar, que los antiguos llamaban

Manoba, y á Salobreña, que llamaban Selambina: pero el capitan de

Almuñecar resistió retenidamente por ser de noche, y con algun daño

de los enemigos, que dejando las escalas se acogieron á la sierra,

donde corrian de continuo la comarca; lo mismo hicieron los que iban

á Salobreña, que rebotados por D. Diego Ramirez, alcaide de ella, con

dificultad, por aguardarse con menos gente, se retiraron juntándose

con la compañía. Visto Abenabó que sus empresas le salian inciertas,

y que las fuerzas de España se juntaban contra él, envió de nuevo al

alcaide Hoceni á Argel solicitando gente para mantener, ó navíos para

desamparar la tierra y pasarse; y juntamente con él un moro suyo á

Constantinopla. Dicen que llegados á Argel hallaron órden del señor de

los turcos, para que fuese socorrido.

En el mismo tiempo batia el marqués á Galera con poco efecto,

defendíanse los vecinos, y reparaban el daño facilmente; saltaban

algunas veces fuera; y entre ellas, trabando una gruesa escaramuza,

cargaron nuestra gente de manera, que matando al capitan Leon y veinte

soldados, cuasi pusieron en rota el cuartel; pero retiráronse cargados

sin daño: colgaron de la muralla la cabeza del capitan y otras, y el

marqués partió á Guescar un dia por rehacerse de gente; volviendo

trajo consigo pocos soldados. Mas D. Juan partió de Granada con tres

mil infantes y cuatrocientos caballos á juntarse con el marqués; vino

á Guadix, que los antiguos llamaban Acci, pueblo en España grande, y

cabeza de provincia como agora lo es: adoraban los moradores al sol en

forma de piedra redonda y negra; aun hoy en dia se hallan por la tierra

algunas de ellas con rayos en torno. La nobleza y gente de la ciudad

han mantenido el lugar, viéndose á menudo con los moros, y partiéndose

de ellos con ventaja. De Guadix vino de espacio á Baza, que llamaban

los antiguos como los moros Basta, cabeza de una gran partida de la

Andalucía, que del nombre de la ciudad decian Bastetania, en que habia

muchas provincias. Y de allí á Guescar, donde el marqués estaba con

su gente, la cual junta con la de la ciudad y tierra hicieron gran

recibimiento y salva, mostrando mucha alegría con la venida de D.

Juan. Solo el marqués salió descontento á recibirle, por ver que habia

de obedecer, siendo poco antes obedecido y temido. Mas D. Juan le

recibió con alegre y blando acogimiento, y aunque sintió su disgusto,

le saludó y abrazó con mucha serenidad, diciéndole: «Marqués ilustre,

vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo á buena suerte

haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto, que mi autoridad

no acortará la vuestra; pues quiero que os entretengais conmigo, y

que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo yo asimismo como

hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparándome en todas

ocasiones de vuestros consejos.» Á estas ofertas respondió el marqués

por los términos extraños que siempre usó, aunque medido con su

grandeza, diciendo: «Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un

tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe;

mas si respondo á lo que siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues

no conviene á mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra.» Fue la

respuesta muy notada, así de sentenciosa y grave, cuanto aguda, y

así el marqués fue breve en su jornada, porque tarde ó nunca mudó de

consejo. Entró D. Juan en consejo sobre lo de Galera, y despues de

haberla reconocido, se determinó de ir sobre ella y ponerle cerco.

LIBRO IV.

Luego que D. Juan salió de Granada, fue á posar el duque en casa del

presidente, conforme á la órden que tenia de D. Juan. Comenzóse á

entender en la provision de vitualla en Guadix, Baza y Cartagena,

lugares de Andalucía, y la comarca, para proveer el campo de D.

Juan; y en Granada y su tierra el del duque: pero de espacio, y con

alguna confusion, por la poca plática, y desórdenes de comisarios

y tenedores, inclinados todos á hacer ganancias, y extorsiones con

el rey y particulares: y aunque Francisco Gutierrez fue parte para

atajar la corrupcion, no lo era él ni otro para remedialla del todo.

Salió el duque de Granada á 21 de hebrero de 1570, quedando por cabeza

y gobierno de paz y guerra el presidente; y por ser eclesiástico,

quedó D. Gabriel de Córdoba para el de guerra, y ejecutar lo que el

presidente mandase, que daba el nombre; y hacia el oficio de general un

consejo formado de tres oidores, auditor general, Francisco Gutierrez

de Cuellar, el corregidor de Granada; quedaron á la guarda de la ciudad

cuatro mil infantes: hacíase con la misma diligencia con el Albaicin

despoblado, Guejar en presidio nuestro, guardada la Vega, con las

mismas centinelas, las postas, los cuerpos de guarda, los presidios en

Cenes y Pinillos, que cuando la Vega estaba sospechosa, el Albaicin

lleno de enemigos, Guejar en su poder: y duró esta costa y recato hasta

la vuelta de D. Juan, ó fuese por olvido, ó por otras causas el guardar

contra los de dentro y los de fuera. ¡Qué cosa para los curiosos que

vieron al Sr. Antonio de Leiva teniendo sobre sí el campo de la liga,

cuarenta mil infantes, nueve mil caballos, y la ciudad enemiga; él con

solos siete mil infantes enfrenalla, resistir los enemigos, sitiar

el castillo, y al fin tomallo, echar y seguir los enemigos, fuertes,

armados, unidos, la flor de Italia soldados y capitanes! Vino al Padul

el mismo dia que salia de Granada, donde en Acequia se detuvo muchos

dias esperando gente y vituallas; y haciendo reducto en Acequia y

las Albuñuelas para asegurarse las espaldas, y asegurar á Granada

en un caso contrario ó furia de enemigos, y el paso á las escoltas

que partiesen de la ciudad á su campo: otro fuerte en las Guajaras,

para asegurar aquella tierra y los peñones, donde otra vez los echó

el marqués de Mondejar; y por dar tiempo á Don Juan para que juntos

entrasen en el rio de Almanzora y Alpujarra. Allí le fue á visitar el

presidente, y dar priesa á su salida: tomó el camino de Orgiba con ocho

mil infantes y trescientos y cincuenta caballos. Iban con él muchos

caballeros de la Andalucía, muchos de Granada, parte con cargos, y

parte por voluntad. Llegó sin que los enemigos le diesen estorbo,

aunque se mostraron pocos y desordenados al paso de Lanjaron y de Cañar.

Mientras el duque se ocupaba en esto, salió D. Juan de Austria de Baza

con su campo para Galera, adonde puso su cerco enviando á reconocella;

y considerando primero el daño que de un castillo que estaba en la

parte alta les podia venir, se trató de minalla, y habiendo hecho

algunas minas, les pusieron fuego, con que cayó un gran pedazo del

muro con muerte de algunos de los moros cercados. Algunos soldados de

los nuestros, de ánimos alboratados, arremetieron luego por medio del

humo y confusion sin aguardar tiempo ni órden conveniente, á los cuales

siguieron otros muchos y al fin gran parte del ejército, procurando

embestir la fortaleza por el destrozo que las minas habian hecho, todo

sin hacer efecto, por estar un peñon delante. Los enemigos estaban

puestos en arma, y haciendo á su salvo mucho daño en los cristianos con

muchas rociadas de arcabuces y flechas, sin ser necesaria la puntería,

porque no echaban arma que diese en vacío, sin que esto fuese parte

para hacer retirar los ánimos obstinados de los soldados, ni ninguna

prevencion ni diligencia de oficiales y capitanes. Tanto que necesitó

á D. Juan de Austria á ponerse con su persona al remedio del daño, y

no con poco peligro de la vida; porque andando con suma diligencia y

valor persuadiendo á los soldados que se retirasen sin olvidarse de

las armas, fue herido en el peto con un balazo, que aunque no hizo

daño en su persona, escandalizó mucho á todo el campo, particularmente

á su ayo Luis Quijada que nunca le desamparaba, cuyas persuasiones

obligaron á D. Juan á retirarse por el inconveniente que se sigue en

un ejército del peligro de su general. Mas ordenó al capitan D. Pedro

de Rios y Sotomayor que con diligencia hiciese retirar la gente porque

no se recibiese mas daño; el cual entró por medio de los nuestros con

una espada y rodela, á tiempo que se conocia alguna mejoría de nuestra

parte, diciendo: _Afuera, soldados, retirarse afuera, que así lo manda

nuestro príncipe_. Habia ya cesado algun tanto el alarido y voces, de

suerte que se oían claro las cajas á recoger, y todo junto fue parte

para que tuviese fin este asalto tan inadvertido. Aquí se mostró buen

caballero D. Gaspar de Sámano y Quiñones; porque habiendo con grande

esfuerzo y valentía subido de los primeros en el lugar mas alto del

muro, y sustentado con la mano el cuerpo para hacer un salto dentro,

le fueron cortados los dedos por un turco que se halló cerca de él,

sin que esto le perturbase nada de su valor echó la otra mano y porfió

á salir con su intento, y saltar del muro adentro, mas no dándole

lugar los enemigos, le fue resistido de manera que dieron con él del

muro abajo. No fue parte este daño para que á los nuestros les faltase

voluntad de continuarle segunda vez otro dia, y así lo pidieron á D.

Juan: el cual pareciéndole no ser bien poner su gente en mas riesgo

con tan poco fruto, y tratádose en consejo mandó que hiciesen un par

de minas para que en este tiempo se entretuviesen y descansasen los

soldados. Los enemigos considerando su peligro cercano y la tardanza

de socorro, despacharon á Abenabó pidiéndole favor, á lo cual Abenabó

cumplió con solas esperanzas, porque la diligencia del duque en lo del

Alpujarra le traía sobre aviso, temeroso y puesto en armas. Acabadas

las minas mandó D. Juan que se encendiesen la una una hora antes que

la otra. Hízose, y la primera rompió catorce brazas de muralla, aunque

con poco daño de los cercados, por estar prevenidos en el hecho; y

así seguros de mas ofensa se opusieron á la defensa de lo que estaba

abierto, unos trayendo tierra, madera y fagina para remediarlo, y otros

procurando ofender con mucha priesa de tiros continuos: y estando en

esto sucedió luego la otra mina que derribando todo lo de aquella parte

hizo gran estrago en los enemigos, y tras esto cargando la artillería

de nuestra parte se comenzó el asalto muy riguroso; porque no teniendo

los moros defensa que los encubriese y amparase, eran forzados á dejar

el muro con pérdida de muchas vidas: adonde se mostró buen caballero

por su persona D. Sancho de Avellaneda herido del dia antes, haciendo

muchas muestras de gran valor entre los enemigos, hasta que de un

flechazo y una bala todo junto murió. Siguióse la victoria por nuestra

parte hasta que del todo se rindió Galera, sin dejar en ella cosa

que la contrastase que todo no lo pasasen á cuchillo. Repartióse el

despojo y presa que en ella habia, y púsose el lugar á fuego, y así por

no dejar nido para rebelados, como porque de los cuerpos muertos no

resultase alguna corrupcion: lo cual todo acabado ordenó D. Juan que el

ejército marchase para Baza adonde fue recibido con mucho regocijo.

Hallábase Abenabó en Andarax resoluto de dejar al duque el paso de

la Alpujarra, combatille los alojamientos, atajarle las escoltas,

cierto que la gente cansada, hambrienta, sin ganancia, le dejaria.

Este dicen que fue parecer de los turcos, ó que le tuviesen por mas

seguro, ó que hubiesen comenzado á tratar con D. Juan de su tornada á

Berbería, como lo hicieron, y no quisiesen despertar ocasiones con que

se rompiese el tratado. Pero á quien considera la manera que en esta

guerra se tuvo de proceder por su parte desde el principio hasta el

fin, pareceránle hombres que procuraban detenerse, sin hacer jornada,

por falta de cabezas y gente diestra, ó con esperanza de ser socorridos

para conservarse en la tierra, ó de armada para irse á Berbería con

sus mujeres, hijos, y haciendas: y así teniendo muchas ocasiones, las

dejaron perder como irresolutos y poco pláticos. Partió de Orgiba

el duque, despues de haberse detenido en fortificarla y esperar la

entrada de D. Juan treinta dias, la vuelta de Poqueira: mas Abenabó,

teniendo aviso que el duque partia, y que de Granada pasara una gruesa

escolta al cargo del capitan Andrés de Mesa, con cuatrocientos soldados

de guarda y algunos caballos, púsose delante en el camino que va á

Jubiles por donde el duque habia de pasar, haciendo muestra de mucha

gente, y tener ocupadas las cumbres: trabó una gruesa escaramuza con la

arcabucería del duque, haciendo espaldas con cuasi seis mil hombres en

cuatro batallas. Reforzó el duque la escaramuza apartando los enemigos

con la artillería; y tomó el camino de Poqueira por el rodeo: los

enemigos creyendo que el duque les tomaba las espaldas, desampararon

el sitio: mas en el tiempo que duró la escaramuza acometieron á la

escolta de Andrés de Mesa, en la cuesta de Lanjaron, Dali capitan turco

y el Macox con mil hombres, y rompiéronla sin matar ó cautivar mas de

quince: solo se ocuparon en derramar vituallas, matar bagajes, escoger

y llevar otros cargados: pelearon al principio, pero poco; mataron

el caballo á D. Pedro de Velasco, que aquel dia fue buen caballero

y salvóse á las ancas de otro. Enviábale el rey á dar priesa en la

salida del duque, y llevar relacion del campo, y mandar lo que se

habia de hacer. Súpose de un moro á quien cautivaron tres soldados que

solo siguieron el campo de Abenabó, como su intento solo habia sido

entretener al duque: pero él luego que entendió el caso de Andrés de

Mesa, mas por sospechas que por aviso, envió caballería que le hiciese

espaldas, y llegaron á tiempo que hicieron provecho en salvar la gente

ya rota, y parte de la escolta. Hecho esto se siguió el camino de los

aljibes entre Ferreira y rio de Cadiar por el de Jubiles, y aquella

noche tarde hizo alojamiento en ellos. Tenia la guardia Joaibi con

quinientos arcabuceros, que viendo alojar los nuestros tarde y con

cansancio y por esto con alguna desórden, dió en el campo, y túvole

en arma gran parte de la noche, llegando hácia el cuerpo de guardia,

y matando alguna gente desmandada, pero fue resistido sin seguillo,

por no dar ocasion á la gente que se desordenase de noche. Dicen que

si los enemigos aquella noche cargaran, que se corria peligro; porque

la confusion fue grande, y la palabra entre la gente comun, viles,

que mostraba miedo: mas valió el ánimo y la resolucion de la gente

particular, y la provision del duque enderezada á deshacer los enemigos

sin aventurar un dia de jornada: en que parecian conformarse Abenabó y

él; porque cada uno pensaba deshacer al otro y rompelle con el tiempo

y falta de vitualla, y salieron ambos con su pretension. Envió Abenabó

á retirar al Joaibi, siguiendo el parecer de los turcos, y despues

por bando público mandó, que sin órden suya no se escaramuzase, ni

desasosegasen nuestro campo. Vino el duque á Jubiles por el camino de

Ferreira, adonde halló el castillo desamparado, y comenzado á reparar,

envió á D. Luis de Córdoba, y á D. Luis de Cardona, con cada mil

infantes, y ciento y cincuenta caballos, que corriesen la tierra á una

y otra parte, pero no hallaron sino algunas mujeres y niños: y llegó á

Ujijar, sin dejar los moros de mostrarse á la retaguardia, y de allí

sin estorbo á Valor, donde se alojaron.

Salió D. Juan de Baza la vuelta de Seron con intento de combatilla,

y llegando con su campo á vista de Caniles, recibió cartas del duque

pidiéndole con grande instancia la brevedad de su venida, proponiéndole

ser toda la importancia para que hubiese fin la guerra del Alpujarra,

dando por último remedio que se juntasen los dos campos, y cogiesen

en medio á Abenabó. Pareciéndole á D. Juan este buen medio, sin mas

detenerse caminó la vuelta del campo del duque, y marchando el suyo

llegaron á vista de Seron, donde algunos pocos soldados desmandados

viendo los moros tan puestos en defensa, no lo pudiendo sufrir, se

movieron á quererlos combatir (contra el presupuesto de D. Juan)

diciendo en alta voz: nuestro príncipe piensa vanamente, si pretende

pasar de aquí sin castigar esta desvergüenza, y diciendo: Cierra,

cierra, Santiago y á ellos, los siguieron otros muchos incitados de

su ejemplo, y tras ellos toda la demás gente sin que valiese ninguna

resistencia; y sin mas autoridad ni órden embistieron el lugar con tan

grande ímpetu, que aunque salieron los moros de Tijola, no fue parte

para que dejasen de allanar el lugar del primer asalto, y le metiesen

á sacomano: aunque no les salió á algunos tan barata esta jornada, la

cual lo poco que duró fue bien reñida, y adonde entre otros fue herido

Luis Quijada de un peligroso balazo que le quitó la vida con grande

sentimiento de D. Juan conforme al mucho amor que le tenia. No tuvo

aun casi lugar D. Juan de atender á este sentimiento, provocado de mil

moros que se metieron en Seron, y le dieron ocasion de mas batalla; y

no la rehusando, volvió sobre ellos con deseo de acabar esta ocasion

por acudir á las cosas del Alpujarra, lo cual hizo despues de algunas

dificultades livianas con un asalto que fue el remate de esta vitoria.

Este dia se señaló D. Lope de Acuña, mostrando bien el gran ser de que

siempre estuvo acompañado en muchas ocasiones.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 14 / 21 段