pero atalayas por todo, que con señas contaban á los nuestros los
pasos, dándolas de una en otra hasta Orgiba, hicieron de sí dos partes:
una quedó sobre Orgiba, y otra de la demás gente salió con sus banderas
á esperar al duque. Estos fueron Hhusceni y Dali, encubriéndose parte
de la gente. Comenzó Dali capitan á mostrarse tarde, y entretenerle
escaramuzando. Entre tanto apartaron seiscientos hombres, cuatrocientos
con Rendati que se emboscó á las espaldas de Vilches, y Macox adelante
al entrar de lo llano tomando el camino de Acequia de las tres peñas
(llaman los moros á aquel lugar Calat el Hhajar en su lengua), cosa
pocas veces vista, y de hombres muy pláticos en la tierra, apartarse
tanta gente escaramuzando, y emboscarse sin ser sentida, ni de los
que estaban en la frente, ni de los que venian á las espaldas. Cayó
la tarde, y cargó Dali capitan reforzando la escaramuza á la parte
del barranco cerca de la agua; de manera que á los nuestros pareció
retirarse adonde entendian que venia el duque, pero con órden.
Descubrióse la primera emboscada, y fueron cargados tan recio que
hallándose lejos del socorro y que apuntaba la noche, cuasi rotos se
recogieron á un alto cerca del barranco, con propósito de esperar,
hechos fuertes; donde pudieran estar seguros, aunque con algun daño, si
el capitan Perea tuviera sufrimiento; pero viendo el socorro, echóse
por el barranco y la gente tras él; donde seguido de los moros fue
muerto peleando con parte de los que iban con él, y pasando adelante
cargaron hasta llegar á dar en el duque ya de noche, que los socorrió
y retiró: pero dando en la segunda emboscada de Macox, apretado por
una parte de los enemigos, por otra incierto del camino y de la tierra
con la escuridad, y confuso con el miedo que la gente llevaba, que le
iban faltando, fue necesitado á hacer frente á los enemigos por su
persona: quedaron con él D. Gabriel su tio, D. Luis de Córdoba, D. Luis
de Cardona, D. Juan de Mendoza, y otros caballeros y gente particular;
muchos de ellos apeados con la infantería dando cargas y siendo
seguidos hasta cerca del alojamiento; dicen que si los moros cargaran
como al principio, estuviera en peligro la jornada. Pero el daño estuvo
en que Pie de palo partiese á hora, que el dia no le bastó al duque
para llegar á Orgiba con sol, ni para socorrerle. Engaña el tiempo en
el reino de Granada á muchos hombres que no le miden por la aspereza
de la tierra, hondura de los barrancos, y estrecheza de los caminos.
Murieron de los nuestros cuatrocientos hombres, y perdieron muchas
armas, segun los moros, gente vana que acrecienta sus prosperidades;
mas segun nosotros (que en esta guerra nos mostramos á disimular, y
encubrir las pérdidas) solos sesenta; lo uno ó lo otro con daño de los
enemigos, y reputacion del duque. De noche sospechoso de la gente,
apretado de los enemigos, impedido de la persona, tuvo libertad para
poner en ejecucion lo que se ofrecia proveer á toda parte, resolucion
para apartar los enemigos, y autoridad para detener los nuestros que
habian comenzado á huir, recogiéndose á Acequia cuasi á media noche:
larga y trabajosa retirada de tres grandes leguas, dos siendo cargada
su gente.
Y considerando yo las causas, porque nacion tan animosa, tan aparejada
á sufrir trabajos, tan puesta en el punto de lealtad, tan vana de
sus honras (que no es en la guerra la parte de menos importancia),
obrase en esta al contrario de su valentía y valor, truje á la memoria
numerosos ejércitos disciplinados y reputados en que yo me hallé,
guiados por el emperador D. Cárlos, uno de los mayores capitanes que
hubo en muchos siglos; otros por el rey Francisco de Francia su émulo,
y hombre de no menos ánimo y experiencia. Ninguno mas armado, mas
disciplinado, mas cumplido en todas sus partes, mas plático, abundado
de dinero, de vitualla, de artillería, de municion, de soldados
particulares, de gente aventurera de corte, de cabezas, capitanes
y oficiales, me parece haber visto ni oido decir, que el ejército
que D. Felipe II rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique II de
Francia, hijo de Francisco, sobre Durlan, en defension de los estados
de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el mundo, de que salió
la restitucion del duque Filiberto de Saboya, negocio tan desconfiado.
Como por el contrario, ninguno he visto hecho tan á remiendos, tan
desordenado, tan cortamente proveido, y con tanto disperdiciamiento y
pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en miedo, en codicia,
en poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber
sido, comenzarse la guerra en tiempo del marqués de Mondejar con gente
concejil aventurera, á quien la codicia, el robo, la flaqueza y las
pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó
á salir de sus casas cuasi sin órden de cabezas ó banderas: tenian sus
lugares cerca, con cualquier presa tornaban á ellos; salian nuevos á la
guerra, estaban nuevos, volvian nuevos. Mas el tiempo que el marqués
de Mondejar, hombre de ánimo y diligencia, que conocia las condiciones
de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos, á las manos, en
toda hora, en todo lugar, por medio de los hombres particulares que
le seguian, estuvieron estas faltas encubiertas. Pero despues que los
enemigos se repartieron, acontecieron desgracias por donde quedaron
desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo de unos
en otros; que como sea el vicio mas perjudicial en la guerra, así es
el mas contagioso: no se repartian las presas en comun, era de cada
uno lo que tomaba, como tal lo guardaba, huían con ello sin union, sin
respondencia; dejábanse matar abrazados ó cargados con el robo, y donde
no le esperaban, ó no salian, ó en saliendo, tornaban á casa; guerra de
montaña, poca provision, menos aparejo para ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco dinero ó ninguno: cesando
la codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo: pobres, hambrientos,
impacientes, adolecian, morian, ó huyéndose los mataban; cualquier
partido de estos escogian por mas ventajoso que durar en la guerra,
cuando no traían la ganancia entre las manos. De los capitanes, algunos
cansados ya de mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se
daban á las mismas costumbres de la gente, y tales eran los campos que
de ella se juntaban. Pero tambien hubo algunos hombres entre los que
vinieron enviados por las ciudades, á quien la vergüenza y la hidalguía
era freno. Tambien la gente enviada por los señores, escogida, igual,
disciplinada, y la que particularmente venia á servir con sus manos,
movidos por obligacion de virtud y deseo de acreditar sus personas,
animosa, obediente, presente á cualquiera peligro: tantos capitanes ó
soldados, como personas; y en fin autores y ministros de la vitoria.
Los soldados y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No
parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideracion
verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.
Envió el duque á dar noticia de lo que pasaba á Francisco de Molina,
mandándole, que en caso que no se pudiese detener, desamparase la
plaza y se retirase por el camino de Motril; porque el de Lanjaron
tenian ocupado los enemigos, y no le podia socorrer. Mas ellos no
curaron de tornar sobre Orgiba, así porque en ella y en la refriega
que tuvieron, habian perdido gente y muchos heridos, como porque
les pareció que bastaba tener á Francisco de Molina corto con poca
gente, y ellos hacer rostro á la del duque, estorbar el daño que podia
hacer en los lugares del valle, que tenian como propios. Francisco de
Molina, con la órden del duque conforme á la que él tenia de D. Juan,
teniendo por cierto que si volvieran sobre él, se perderia sin agua,
ni vitualla, enclavó y enterró algunas piezas que no pudo llevar,
recogió los enfermos y embarazos en medio, tomó el camino de Motril
libre de los enemigos; donde llegó con toda la gente que salió, y con
poca pérdida en el fuerte: dando harto contraria muestra del suceso en
el cerco y retirada, de lo que la desvergüenza de los soldados habia
publicado; desamparóse por ser corta la provision de vituallas, lugar
que habia costado muchas, mucho tiempo, mucha gente y trabajo mantener
y socorrer; fue el primero y solo que los enemigos tomaron por cerco;
deshicieron las trincheas, quemaron y destruyeron la tierra, llevaron
dos piezas aunque enclavadas. Tomáronse dos moros con cartas que los
capitanes escribian á la gente de las Albuñuelas, y el valle, y otras
partes, certificándoles la venida del duque á socorrer á Orgiba, y
animándolos que siguiesen su retaguardia; porque ellos con la gente que
tenian se les mostrarian á la frente, como le estorbasen el socorro ó
les combatiesen con ventaja. No estuvieron ociosos el tiempo que él se
detuvo en Acequia; porque bajaron por Guejar y el Puntal á la Vega,
llevaron ganados, quemaron á Mairena hasta media legua de Granada,
acogiéndose sin pérdida y con la presa, por divertir, ó porque la
guerra pareciese con igualdad. Esperó en Acequia por entender el motivo
de los enemigos y entretenellos que no diesen estorbo á la retirada de
Francisco de Molina, y por su indisposicion, con falta de vitualla, y
descontentamiento de la gente: por esto y la ociosidad, y por ser ya
el mes de noviembre y la sementera en la mano, se comenzó á deshacer
el campo. Mas llamado por D. Juan, salió por las Albuñuelas con poca
gente, y esa temerosa por lo sucedido (trataban los turcos de ponerse
de guarnicion en aquel lugar), y caminando el dia, los enemigos al
costado, llegó temprano sin acercarse los unos á los otros, dando culpa
á las guias: quemó el un barrio, y despues de haber enviado á D. Luis
de Córdoba á quemar á Restaval, Belejij, Concha, y otros lugares del
valle que D. Antonio de Luna dejó enteros, y dejado á Pedro de Mendoza
con seiscientos hombres alojado en el otro barrio, tornó á Granada,
donde halló á D. Juan ocupado en la reformacion de la infantería,
provisiones de vitualla y otras cosas, por medio y industria de
Francisco Gutierrez de Cuellar, del consejo, á quien el rey envió
particularmente á mirar por su hacienda; caballero prudente, plático en
la administracion de ella, bueno para todo.
Habian las desórdenes pasado tan adelante, que fue necesario para
remediallas hacer demostracion no vista ni leida en los tiempos pasados
en la guerra; suspender treinta y dos capitanes de cuarenta y uno que
habia, con nombre de reformacion: pero no se remedió por eso; que el
gobierno de las compañías quedó á sus mismos alféreces, de quien suele
salir el daño. Porque como se nombran capitanes sin crédito de gente ó
dineros, encomiendan sus banderas á los alféreces, y oficiales que les
ayudan á hacer las compañías gastando dinero con los soldados, de quien
no pueden desquitarse tomándoselo de las pagas, porque se les desharian
las compañías, y procuran hacello engañando en el número. Pero los
capitanes y oficiales cuasi todos engañan en las pagas; aunque unos
las ponen en calificar soldados y entretenellos con pagar ventajas, ó
darles de comer; y estos son tolerables: otros son perniciosos y aun
tenidos como traidores, porque engañan á su señor en cosa que le hacen
perder la honra, el estado y la vida, fiándose de ellos, y estos son
los que para sí hacen ganancia con las compañías, teniendo menos gente,
ó robando los huéspedes, ó componiéndolos: la misma reformacion se
hizo en los comisarios, partidos, y distribucion de vituallas, armas y
municiones.
En el tiempo que el duque de Sesa partió para el socorro de Orgiba, y
D. Juan entendia en reformar las desórdenes, se alzó Galera, una legua
de Guescar en tierra de Baza; lugar fuerte para ofender y desasosegar
la comarca en el paso de Cartagena al reino de Granada, y no lejos
del de Valencia. Mas los de Guescar, entendiendo el levantamiento,
fueron sobre el lugar con mil y doscientos hombres y alguna caballería;
estuvieron hasta tercero dia; y sin hacer mas de salvar cuarenta
cristianos viejos que estaban retirados en la iglesia, se tornaron.
Habian entrado en Galera por mandado de Abenabó cien arcabuceros
turcos y berberíes con el Maleh, alcaide del partido, y era capitan de
ellos Caravajal, turco, que saltó fuera cargando en la retaguardia,
y poniéndolos en desórden les quitó la presa de ganados y mató pocos
hombres, de que los de Guescar indignados mataron algunos moriscos
por la ciudad, y en la casa del gobernador donde se habian recogido:
quemaron parte de ella, saquearon y quemaron otras en Guescar, ciudad
de los confines del reino de Murcia y Granada, patrimonio que fue del
rey católico D. Fernando, y dada en satisfaccion de servicios al duque
de Alba D. Fadrique de Toledo; pueblo rico, gente áspera y á veces mal
mandada, descontenta de ser sujeta á otro sino al rey; y desasosegada
con este estado que tiene, procura trocalle con otros, que á veces
desasosiegan mas.
Levantóse de ahí á pocos dias Orce, una legua de Galera, que los
antiguos llamaron Urci; y estando los de Guescar preparándose para ir
á allanarla ó destruirla, los vecinos cristianos nuevos que habian
quedado, indignados metieron de noche sin ser sentidos al Maleh con
trescientos hombres en sus casas, que dejó emboscados en los lavaderos
hasta dos mil, y en ellos trescientos turcos y berberíes, que se habian
juntado para el efecto: mas los de la ciudad que tuvieron noticia,
vueltas contra ellos las armas, peleando los echaron fuera con daño
y rotos; y dando con el mesmo ímpetu en la emboscada, la rompieron
matando seiscientos hombres. Fuera la vitoria del todo, si los turcos y
berberíes no resistieran reparando la gente, y haciendo retirar parte
de ella con alguna órden. Ya Abenabó habia hecho declarar todo el rio
de Almanzora (que en arábigo quiere decir de la vitoria) con Purchena
(en otro tiempo llamada de los antiguos Illipula grande, á diferencia
de otra menor, ribera de Guadalquivir), la sierra de Filabres y los
lugares de tierra de Baza. Quedaban Seron, y Tijola del duque de
Escalona: Tijola inexpugnable, pero falta de agua. Envió sobre Seron,
y saliéndose la guardia, prendió el alcaide (algunos dicen que por
su voluntad); tomó armas, municion, vitualla, doce piezas de bronce.
Tijola siguió á Seron: de esta manera quedaron levantados todos los
moriscos del reino, sino los de la hoya de Málaga y serranía de Ronda.
Estos motivos, y la priesa que el rey daba á reforzar el campo del
marqués de Velez que estaba en Baza, enviando caballeros principales de
su casa por las ciudades á solicitar gente, que saliese antes que los
enemigos tomasen fuerzas, apresuró al marqués con la gente que trajo de
la Peza, y la que D. Antonio de Luna dejó en Baza, y la que se juntó de
Guescar y otras partes, por todos cuatro mil infantes, y trescientos
y cincuenta caballos, á ponerse sobre Galera: el Maleh y su hijo
desampararon el lugar, desconfiados que se pudiese mantener. Caravajal,
turco, dende á dos dias que el marqués llegó, juntó el pueblo;
persuadiólos que salvasen la gente, la ropa, y á sí mismos, pues
tenian aparejo y la sierra cerca; y diciéndole que dentro en sus casas
querian morir, les respondió: que aun no era llegado el tiempo, ni
era su oficio morir; que se salvasen y dejasen aquello para otros que
venian brevemente á morir por ellos. Mas visto que estaban pertinaces,
con ciento y treinta turcos y berberíes dando una arma de noche á los
nuestros, se salió con su gente y dinero, sin recibir daño; y vino por
mandado de Abenabó á residir en Guejar con los otros capitanes.
Habian los enemigos (como dijimos) entrado en ella, fundado frontera,
atajado con una trinchea de piedra seca de monte á monte el trecho,
que llaman la Silla; manteníanse contra Granada, hacian presas,
solicitando pueblos que se levantasen, recogiendo y regalando los
que se alzaban. Á veces estaban en ella cuatro mil, á veces menos, y
de ordinario seiscientos hombres segun las ocasiones; eran capitanes
Joaibi, natural del lugar, por otro nombre llamado Pedro de Mendoza
(que este apellido tomaban muchos por la naturaleza que tenia en la
tierra la casta del marqués D. Iñigo Lopez de Mendoza, primer capitan
general), Hocein, Caracajal, turco, Chocon (que en su lengua quiere
decir degollador), Macox, Mojajar, y otros. Crecia el desasosiego de
la ciudad, y parecia estarse con menos seguridad, pero en nada se via
acrecentada la manera de la defensa, descubierta la parte de la ciudad
que llaman Realejo frontera á los enemigos, el barrio de Antequeruela
no sin peligro muchos meses, muy á menudo los apercebimientos, que se
hacian de persona en persona y con secreto, mostrando que los enemigos
vernian cada noche á dar en la ciudad, las mas veces por esta parte.
Al fin se achicó la puerta que dicen de los molinos, y se puso una
compañía de guardia en Antequeruela, pero no que se atajasen los
caminos de Facar, Veas, el Puntal; maravillándose los que no tienen
noticia de las causas, ó licencia de escudriñallas, como se encarecian
tanto las fuerzas de los enemigos y el peligro, y se estaba con tan
flaca guardia: en fin se puso una concejil en la puerta de los Molinos;
reforzóse la de Antequeruela; púsose guardia en los Mártires, y en
Pinillos, y Cenes (presidios todos contra Guejar), y á don Gerónimo
de Padilla mandaron estar en Santa Fe con una compañía de caballos
para asegurar el llano de Loja, demás de la guardia de la Vega. Púsose
caballería en Iznalloz, pero todo no estorbaba que hasta las puertas de
Granada se hiciesen á la continua presas.
Estando en estos términos, comenzó el marqués de Velez á batir á Galera
con seis piezas de bronce, y dos bombardas de hierro, de espacio y
con poco fruto. Saltaban fuera los moros á menudo, haciendo daño sin
recebillo.
[Nota al margen: 1569.]
Cargó D. Juan la mano con el rey, como agraviado que le hubiese mandado
venir á Granada en tiempo que todos estaban ocupados, por tenelle
ocioso, siendo el que menos convenia holgar; mostrábale deseo de
emplear su persona; hijo y hermano de tan grandes príncipes, en cuya
casa habian entrado tantas vitorias; mozo, no conocido de la gente; el
espacio con que se trataba la guerra en Almanzora, el atrevimiento de
los enemigos, la Alpujarrra sin guarniciones, la mar desproveida, los
moros en Guejar, lo que convenia tomar el negocio con mayores fuerzas y
calor. Pareció al rey apretar los enemigos, acometiéndolos á un tiempo
con dos campos; uno por el rio de Almanzora á cargo de D. Juan, con
quien asistiesen el marqués de Velez, el comendador mayor de Castilla,
y Luis Quijada; otro por el Alpujarra con el duque de Sesa; y por no
dejar embarazo tan importante como enemigos á las espaldas, mandó que
antes de su partida viniese sobre Guescar. El nombre de la salida fue
(porque el de Velez no se hubiese por ofendido) dar órden en lo que
tocaba á Guadix y Baza, como habia sido con el marqués de Mondejar,
darla en lo de Granada. Estando Guejar y Galera por los enemigos,
cualquier otra empresa parecia difícil, y el peligro cierto: en Guejar,
por dejarlos á las espaldas; en Galera, porque podia saltar la rebelion
en el reino de Valencia, y con la tardanza conservarse los moros en sus
plazas, Purchena, Seron, Tijola, Jergal, Cantoria, Castil de Ferro, y
otras. Partió el comendador mayor de Cartagena por órden de D. Juan
con ocho piezas de campo, trescientos carros de vitualla, municion,
y armas. El marqués, aunque entendiendo la ida de D. Juan, mostraba
algun sentimiento, no dejó de verse con el comendador mayor, que
proveyéndole de vitualla y municion, pasó á esperar D. Juan en Baza.
Dicen, y confiesalo el comendador mayor, que escribió al rey, como el
marqués no le parecia á propósito para dar cobro á la empresa del reino
de Granada, y que las cartas vinieron á las manos del marqués primero
que á las del rey; mas leyólas, y disimulólas; ó fuese pensando que la
necesidad habia de traelle tiempo á las manos, en que diese á conocer
lo contrario; ó cansado y ofendido, dando á entender que la peor parte
seria de quien no le emplease. Eran ya los quince de diciembre, y no
parecia señal ni esperanza de que se hiciese efecto contra Galera. Mas
el rey solicitaba con diligencia los señores de la Andalucía, y las
ciudades de España; pidiendo nueva gente para la empresa y salida de D.
Juan, y enviando personas calificadas de su casa á procurallo.
Llegó la órden para que D. Juan hiciese la jornada de Guejar, primero
que partiese para Guadix y Baza: habíase enviado muchas veces á
reconocer el lugar con personas pláticas; lo que referian era, que
dentro estaban siete mil arcabuceros y ballesteros resolutos á venir
una noche sobre Granada (número que si de mujeres y hombres ellos lo
tuvieran, y no les faltaran cabezas y experiencia, era bastante para
forzar la ciudad); que estaban fortificados y empantanaban la Vega; que
allanaban el camino que va por la sierra á la Alpujarra para recebir
gente. Tanto mas puede el recelo que la verdad, aunque cargue sobre
personas sin sobresalto. Todavía no fueron del todo creidos los que
daban el aviso; pero reforzáronse las guardias con mas diligencia,
y difirióse la ida de D. Juan hasta que mas gente de las ciudades y
señores fuese llegada. Por hacer la jornada con mas seguridad envió á
D. García Manrique y Tello de Aguilar, que reconociesen el lugar de
noche, y la mañana hasta el dia: lo que trujeron fue, que dentro habia
mas de cuatro mil infantes; no haber visto fuego á las trincheas ni
en el cuerpo de guardia: no humo aun para encender las cuerdas en el
corazon del invierno (tierra frigidísima y á la falda de la nieve);
no trocar las guardias, no cruzar á la mañana gente de las casas á
la trinchea ó de la trinchea á las casas, no acudir con el arma á la
trinchea: atribuíase todo á señales de gran recatamiento; pero á juicio
de algunas personas pláticas, de lugar desamparado. Notaban que en
tanto tiempo, tan cerca, lugar abierto y pequeño, se sospechase y no se
supiese cierto el número de la gente, pudiéndose contar por cabezas ó
por la comida, y que todos afirmasen pasar de seis mil hombres, y los
reconocedores de cuatro mil, llegando tan cerca, y trayendo señales de
poca gente ó ninguna. Pareció que seria conveniente servirse de los
capitanes que habian sido suspendidos, porque la gente se gobernaria
mejor por ellos, y los mas eran personas de experiencia. Mandáronles
tomar sus compañías, y todos lo quisieron hacer, pudiendo emplear sus
personas, sin volver á los cargos de que una vez fueron echados.
[Nota al margen: 1569.]