Ya Jergal en el rio de Almería, lugar del conde de la Puebla, se

habia levantado á instancia de Portocarrero mayordomo suyo: ó por la

habilidad ó por el barato ocupó la fortaleza con poca artillería y

armas, y echando de ella al alcaide puso gente dentro; mas él dende

á poco dió en las manos del conde de Tendilla, y fue atenazado en

Granada. Estaba tambien levantado el valle y rio de Bolodui, paso

entre tierra de Guadix, Baza y la mar confinante con el Alpujarra. El

marqués por tener ocupada la gente, darle alguna ganancia, mantener la

reputacion de la guerra, determinó ir en persona sobre él, habiéndolo

consultado con el rey, que le remitió la ida ó á allí, ó á tierra de

Baza en caso que la gente no fuese tan poca, que no llegase á número

de los cinco mil hombres. Llevando pues á D. Juan de Mendoza sin

gente, con la de D. Pedro de Padilla, y parte de la que D. Rodrigo

de Benavides tenia en Guadix, alguna otra de amigos y allegados que

seguian la guerra, doscientos y cincuenta caballos, partió á deshacer

una masa de gente que entendió juntarse en Bolodui, temiendo que

dañase tierra de Baza, y pusiesen á D. Antonio de Luna en necesidad,

y juntándose con ellos Aben Humeya, pasase el daño adelante. Partió

de la Calahorra, vino á Fiñana, llevando la vanguardia D. Pedro de

Padilla con las banderas de Nápoles. Habia nueve leguas de Fiñana al

lugar donde los enemigos se recogian; mas no pudiendo caminar á pie los

soldados tan gran trecho, fueron necesitados á quedar la noche cansados

y mojados (porque el rio se pasa muchas veces), á dos leguas de los

enemigos; inconveniente que acontece á los que no miden el tiempo

con la tierra, con la calidad y posibilidad de la gente. Los moros,

apercebidos de la venida de los nuestros, dieron avisos con fuegos

por toda la tierra, alzaron la ropa y personas que pudieron. Habíase

adelantado con la caballería el marqués tomando consigo cuatrocientos

arcabuceros á las ancas de los caballos y bagajes; mas cansados unos

y otros dejaron la mayor parte. Los enemigos aguardando ora á un paso

del rio, ora á otro, segun vian que nuestra caballería se movia, ora

haciendo alguna resistencia, se acogieron á la sierra. Dejaban muchos

bagajes, mujeres y niños, en que los soldados se ocupasen; y viéndolos

embarazados con el robo, sin espaldas de arcabucería, hicieron vuelta,

cargando de manera, que los nuestros fueron necesitados á retirarse

con pérdida, no sin alguna desórden, aunque todavía con mucho de la

presa. Parte de la caballería se acogió fuera de tiempo, disculpándose

que no se les hubiese dado la órden, ni esperado la arcabucería que

dejaban atrás. Pero el marqués viendo que la retirada era por conservar

el robo (causa que puede con la gente mas que otra), envió persona con

veinte caballos y algunos arcabuceros, que con autoridad de justicia

quitase á la caballería la presa, para que despues se repartiese

igualmente, llamando á la parte los soldados de D. Pedro de Padilla

que quedaron atrás. El comisario, hallando alguna contradiccion,

compró tres esclavas: una de las cuales se ofreció á descubrille gran

cantidad de ropa y dineros; mas ella viéndose en la parte que deseaba

hizo señas, á que se juntaron muchos moros: mataron algunos caballos

y todos los arcabuceros; salvóse el comisario á la parte contraria

del marqués, corriendo hasta Almería diez leguas de donde comenzó á

salvarse, y todas por tierras de enemigos: quedaron los caballos con

la presa, pero tan ocupados, que fueron de poco provecho, y el marqués

por esto tornó retirándose con órden (aunque cargándole los enemigos)

hasta juntar consigo la gente de D. Pedro. Dende allí vino á Fiñana con

mucha parte de la cabalgada, y con igual daño de muertos y heridos.

Mas entendiendo que los moros de la sierra de Baza y rio de Almanzor

andaban en cuadrillas, y desasosegaban la tierra, temiendo que llevasen

tras sí los lugares de aquella provincia, y Filabres, donde tenia su

estado, gruesos y fuertes, y que las fuerzas de D. Antonio de Luna no

serian bastantes á resistillos; partió en principio de invierno, con

mil infantes y doscientos y cincuenta caballos que tenia, para Baza.

Pero D. Antonio, hombre prevenido (dicen que con órden de D. Juan),

dejó la gente antes que llegase el marqués, y volvió á servir su cargo

en Granada; ó por haber oido que no se entendia blandamente con las

cabezas de la gente; ó porque tuvo por mas á propósito de su autoridad

ser mandado de D. Juan, que entonces gastaba su tiempo en mantener á

Granada á manera de sitiado, contra las correrías de los enemigos:

descontento y ocioso igualmente, mas deseando y procurando comision del

rey para emplear su persona en cosa de mayor momento. Las cabezas de su

gente con cualquier liviana ocasion no dejaban de mostrarse en todas

partes de la ciudad, corriendo las calles armados (puesto que vacía de

enemigos) inciertos á que parte fuese el peligro, siguiendo esos pocos

por las mismas pisadas que salian, sin haber atajado la tierra, hasta

dejallos en salvo y recogidos á la montaña. Llaman atajar la tierra en

lengua de hombres del campo, rodealla al anochecer y venir de dia para

ver por los rastros, que gente de enemigos y por que parte ha entrado

ó salido. Esta diligencia hacen todos los dias personas ciertas de pie

y de caballo, puestos en postas que cercan á la redonda la comarca, y

llámanlos atajadores, oficio de por sí y apartado del de los soldados;

porque no se hacia esta diligencia en tierra escura y doblada, y en

lugar que aunque grande, no era el circuito extendido, y eran los pasos

ciertos, no pude entender la causa.

Aben Humeya, viéndose libre del marqués de Velez, con los siete mil

hombres que tenia se puso sobre Adra con ánimo de tomar el lugar, que

pensaba estar desamparado; mas viendo que perdia el tiempo, pasó á

Berja, y quísola batir con dos piezas; pero levantóse de allí: corrió y

estragó la tierra del marqués de Velez, el lugar de las Cuevas; quemó

los jardines, dañó los estanques, todo guardado con curiosidad de mucho

tiempo para recreacion; acometiendo llegar á los Velez en sierra de

Filabres, tornó á Andarax, donde como asegurado de la fortuna vivia ya

con estado de rey; pero con arbitrio de tirano, señor de las haciendas

y personas, tenido por manso engañaba con palabras blandas; mas para

quien recatadamente le miraba, oscuras y suspensas, de mayor autoridad

que crédito: codicia en lo hondo del pecho, rigor nunca descubierto

sino cuando habia ofendido, y entonces sosegado como si hubiera hecho

beneficio, queria gracias de ello. Contaba el dinero y los dias á quien

mas familiar trataba con él, y algunos de estos á que pensaba ofender

escogia por compañeros de sus consejos y conversacion. Tal era Aben

Humeya; y puesto que entre nosotros fuese tenido por inocente y llamado

D. Hernandillo de Valor, el oficio descubrió cual es el hombre. Con

todo esto duró algunos dias que le hacian entender que era bien quisto,

y él lo creía, ignorante de su condicion; hasta que el vulgo comenzó á

tratar de su manera, de su vida, de su gobierno, todo con libertad y

desprecio, como riguroso y tenido en poco. Apartáronse de su servicio

descontentas algunas cabezas, que tomaron avilanteza; en tierra

de Granada, el Nacoz; en la de Beza, Maleque; en la de Almuñecar,

Giron; en la de Velez, Garral; en el rio de Almería, Mojajar; en el

de Almanzora, Aben Mequenun, que decian Portocarrero, hijo del que

levantó á Jergal; y al fin Farax, uno de los principales que fueron en

hacelle rey. Cargábanle culpas, escarnecíanle; burlaban de su condicion

sus mismos consejeros: señales que por la mayor parte preceden á la

destruicion del tirano. Quejábanse los turcos, entre otros muchos, que

habiendo dejado su tierra por venir á serville, no los ocupaba donde

ganasen: descontentos y entretenidos con sueldos ordinarios. Mas él,

espacioso, irresoluto hasta su daño, tanto dilató la respuesta que se

enemistó con ellos, habiéndolos traido para su seguridad; y despues

proveyó fuera de tiempo. Traía en el ánimo quemar y destruir á Motril,

lugar guardado con alguna ventaja de como solia; pero grande, abierto,

llano, y á la marina. Mas por descuidar los nuestros, acordó enviar

fingidamente los turcos (para mandallos tornar) á las Albuñuelas,

frontera de Granada, mostrando querer que fuesen regalados y mantenidos

en el vicio y abundancia del valle de Lecrin, el uno de tres barrios

fuertes, las espaldas á la sierra. Entre los amigos de quien mas fiaba,

era uno Abdalá Abenabó de Mecina de Bombaron, primo suyo, y tambien de

la sangre de Aben Humeya, alcaide de los alcaides, tenido por cuerdo

y animoso, de buena palabra, comunmente respetado, usado al campo, y

entretenido mas en criar ganados que en el vicio del lugar. Á este

mandó ir por comisario general para que los alojase y mandase, y los

capitanes estuviesen á su obediencia; dióle órden que donde le tomase

otro mandado suyo tornase con ellos y la mas gente que pudiese juntar,

trayendo vitualla para seis dias; que él avisaria del lugar donde debia

ir. Partieron seiscientos hombres, cuatrocientos turcos y doscientos

berberíes en el mismo hábito, todos arcabuceros; eran sus capitanes á

la sazon Hhusceni y Carabaji. Apenas llegaron á Cadiar, cuando Aben

Humeya despachó un correo dando gran priesa que volviesen aquella

noche á Ferreira. De aquí se tramó su muerte. Trataré de mas lejos la

verdadera causa de ella, por haberse publicado diferentemente.

El principio fue descontentamiento de los turcos, mostrados á mandar

su rey en Berbería; temor que de él tenian sus amigos; poca seguridad

de las personas y haciendas; sospechas que se entendia con nosotros. Y

el tratado fue tal luego que le eligieron, que ninguno en su compañía

tuviese morisca por amiga, sino por legítima mujer; y guardábase

esto generalmente. Mas habia entre las mujeres una viuda, mujer que

fuera de Vicente de Rojas, pariente de Rojas, suegro de Aben Humeya:

mujer igualmente hermosa y de linaje, buena gracia, buena razon en

cualquier propósito, ataviada con mas elegancia que honestidad;

diestra en tocar un laud, cantar, bailar á su manera y á la nuestra,

amiga de recoger voluntades y conservallas. Á esta se llegó un primo

suyo, como es costumbre entre parientes, despues de muerto el marido

en la guerra, de quien Aben Humeya se fiaba, llamado Diego Alguacil;

vivian juntos, comunicábanse mas que familiarmente: trataba él con

Aben Humeya loando sus buenas partes y conversacion, tanto que á

desearla ver le inclinó; y contento de ella, por no ofender al amigo,

disimulábalo; ausentábale con comisiones: pudo en fin mas el apetito

que el respeto; y mandó al primo que no embargante que fuese casado

con otra, la tomase por mujer; rehusándolo, trújola el rey como en

depósito á su casa, y usó de ella por amiga. Avisó de ello la viuda á

su primo mostrando descontentamiento, ofendida entre tantas mujeres

de no ser tenida por una de ellas; estar forzada, y holgar de verse

fuera de sujecion, habiendo aparejo; que Aben Humeya, celoso de él y

sospechoso de venganza, buscaba ocasion para matalle. Huyó Alguacil,

y juntándose con una cuadrilla de mozos ofendidos por otras causas,

andaba recatado sin entrar en Valor. Mas dende á pocos dias supo de

la misma como Aben Humeya enviaba los turcos á cierta empresa, yendo

á juntarse con ellos por la ganancia; trújole á las manos el caso al

mensajero, y sabiendo de él como iba á llamar los turcos, le mató; y

tomándole las cartas usó de semejante ardid, que el conde Julian con

los capitanes del rey D. Rodrigo en Ceuta. No sabia escribir Aben

Humeya, y firmar mal en arábigo; pero servíale de secretario y firmaba

algunas veces por él un sobrino del Alguacil, que á la sazon se halló

con su tio; él tambien agraviado. En lugar de la carta escribieron

otra para Abenabó en que le mandaba que tornando aquella noche con los

turcos á Mecina, y juntándose con la gente de la tierra y cien hombres

que llevaria consigo Diego Alguacil, los degollase con sus capitanes

durmiendo y cansados; lo mismo hiciese de Alguacil, despues de haberse

valido de él. Envió con esta carta un hombre de confianza, midiendo el

tiempo de manera que llegasen él y el mensajero á Cadiar, cuasi á una

misma hora. Dió el hombre la carta poco antes, y llegó Diego Alguacil,

hallando confuso y maravillado á Abenabó: díjole como traía la gente

consigo; mas que no pensaba hallarse en tal crueldad, por ser personas

que habian venido á favorecer su casta fiados de él, y ellos puesto la

vida por sus haciendas, por su libertad y por sus vidas: cansados ya

de servir á un hombre voluntario, ingrato, cruel, ¿qué podian esperar

sino lo mismo? Bueno de palabras, mas de ánimo malo y perverso; que no

habia mujeres, no haciendas, no vidas con que hartar el apetito, la

sed de dinero y sangre. Pasó Hhusceni, capitan de los turcos (persona

de crédito entre ellos, tenido por cuerdo, valiente y amigo del rey),

antes que Abenabó le respondiese; quísole hablar alterado, y Abenabó, ó

porque el otro no le previniese, ó con temor que le matasen los turcos,

ó con ambicion y cebo del reino, mostró la carta á Caravaji y Hhusceni,

en que hacia compañero suyo en la traicion á Diego Alguacil, y de los

turcos en la muerte; dicen que todo á un tiempo: sacó el mesmo Alguacil

una conficion que suelen usar para salir de sí cuando han de pelear

y á veces para emborracharse, hecha con apio y simiente de cáñamo,

fuerte para dormir sueño pesado; esta, dijo, que habian de dar á los

capitanes y cabezas en la cena con el beber, sedientos y cansados del

camino, á manera de la que llaman los alárabes alhajij. Entendiendo

el hecho, resolvieron entre sí de descomponer y matar á Aben Humeya,

parte por asegurarse, parte por roballe, persuadiéndose que tenia gran

tesoro, y hacer á Abenabó cabeza. Juntaron consigo la gente de Diego

Alguacil, y con silencio caminaron hasta Andarax, donde Aben Humeya

estaba: aseguraron la centinela como personas conocidas, y que se sabia

habellos enviado á llamar. Pasaron el cuerpo de guardia, entraron en

la casa que era en el barrio llamado Laujar, quebraron las puertas

del aposento: halláronle desnudo, medio dormido, y vilmente entre el

miedo y el sueño, y dos mujeres, embarazado de ellas, especialmente

de la viuda amiga de Diego Alguacil que se abrazó con él, fue preso

en presencia de los que él trataba familiarmente: hombres bajos (que

á tales tenia mayor inclinacion, y daba crédito), criados suyos,

el Mejuar, Barzana, Deliar, Juan Cortés de Pliego y su escribano

que era del Deire; teniendo veinte y cuatro hombres dentro en casa,

cuatrocientos de guardia, mil y seiscientos alojados en el lugar, no

hizo resistencia: ninguno hubo que tomase las armas, ni volviese de

palabra por él. Mas como solo el que es rey puede mostrar á ser rey

un hombre; así solo el que es hombre puede mostrar á ser hombre un

rey. Faltó maestro á Aben Humeya para lo uno y lo otro; porque ni supo

proveer y mandar como rey, ni resistir como hombre. Atáronle las manos

con un almaizar, juntáronse Abenabó, los capitanes, y Diego Alguacil

delante de la mujer á tratar del delito y la pena, en su presencia

leyéronle y mostráronle la carta, que él como inocente y maravillado

negó: conoció la letra del pariente de Diego Alguacil; dijo que era su

enemigo, que los turcos no tenian autoridad para juzgalle; protestóles

de parte de Mahoma, del emperador de los turcos, y del rey de Argel,

que le tuviesen preso dando noticia de ello y admitiendo sus defensas.

Mas la razon tuvo poca fuerza con hombres culpados y prendados en

un mismo delito, y codiciosos de sus bienes: saqueáronle la casa,

repartiéronse las mujeres, dineros, ropa, desarmaron y robaron la

guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y otro dia de mañana

determinaron su muerte. Eligieron á Abenabó por cabeza en público,

segun lo habian acordado en secreto, aunque mostró sentimiento y

rehusallo, todo en presencia de Aben Humeya, el cual dijo, que nunca

su intencion habia sido ser moro; mas que habia aceptado el reino por

vengarse de las injurias, que á él y á su padre habian hecho los jueces

del rey D. Felipe, especialmente quitándole un puñal y tratándole

como á un villano, siendo caballero de tan gran casta; pero que él

estaba vengado y satisfecho, lo mismo de sus enemigos, de los amigos y

parientes de ellos, de los que le habian acusado y atestiguado contra

él y su padre, ahorcándolos, cortándoles las cabezas, quitándoles las

mujeres y haciendas: que pues habia cumplido su voluntad, cumpliesen

ellos la suya. Cuanto á la eleccion de Abenabó, que iba contento;

porque sabia que haria presto el mismo fin: que moria en la ley de los

cristianos, en que habia tenido intencion de vivir, si la muerte no le

previniera. Ahogáronle dos hombres: uno tirándole de una parte y otro

de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió

la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa, cubrióse el

rostro.

Tal fin hizo Aben Humeya, en quien despues de tantos años revivió

la memoria de aquel linaje, que fue uno de los en cuya mano estuvo

la mayor parte de lo que entonces se sabia en el mundo. La ocasion

convida á considerar, que como todo lo que en él vemos se mantenga

por partes, que juntas le dan el ser, y una de ellas sea las castas

ó linajes de los hombres; estas como en unos tiempos parece estar

acabadas hasta venir á pobres labradores, así en otros salen y suben

hasta venir á grandes reyes. Pero muchas veces el Hacedor de todo no

hallando sujeto aparejado, produce cosas diminuidas semejantes á las

grandes, como fruto en tierra cansada ó olvidada; ó como queriendo

hacer hombre hace enano, por falta de sujeto, de tiempo, de lugar. No

habia en el pueblo de Granada moriscos, fuerzas, ocasion, ni aparejo,

para crear y mantener rey: salió de un comun consentimiento de muchas

voluntades juntas (hombres que se tenian por agraviados y ofendidos),

hecho un tirano con sombra y nombre de rey; y este descendiente de

casta olvidada, mas que tanto tiempo habia señoreado. Dicen que de una

sola hija que tuvo Mahoma llamada Fátima, y de Hali Abenseib vinieron

dos linajes; uno de Aben Humeya[53], otro de Abenhabet, cuya cabeza fue

Abdalá Abenhabet Miramamolin, señor de España, que echó los berberíes

del reino de ella, y el postrero Juseph Hali Atan, á quien echó del

reino Abdurrabi Menhadali, cabeza del linaje de Aben Humeya, hasta el

último Hiscen que reinó en discordia, que habiéndole los de Córdoba

echado del reino con ayuda de Habúz, rey de Granada, uno del mismo

linaje escogió ser electo rey por un solo dia, con condicion que le

matasen pasadas las veinte y cuatro horas: eligiéronle, y matáronle, y

acabaron juntos el linaje de Aben Humeya, y el reino de Córdoba. Los

que descendian de este rey de un dia vinieron á poblar las montañas

de Granada; y los moros establecieron por ley, que ninguno del linaje

de Aben Humeya pudiese reinar en Córdoba. Porque si despues reinaron

en el Andalucía los almoravides, y almohades, y el linaje de Abenhut,

ya no tuvieron á Córdoba por cabeza del reino, hasta que vino á poder

del santo rey D. Fernando el Tercero. Esto se ha dicho por muestra, y

acordar que no hay reino perpetuo, pues vino á desvanecerse un reino

tan poderoso, como fue el de Córdoba.

[53] Antigüedad y orígen de Aben Humeya, si bien contada con gran

diferencia de lo que dicen Garibai, Mármol, y otros.

Tomado por cabeza Abdalá Abenabó, diéronle mando sobre todo por tres

meses, hasta que viniese confirmacion del rey de Argel y título de rey;

envió con Ben Daud, morisco tintorero en Granada, inventor y tramador

del levantamiento, á dar nueva de su eleccion al rey de Argel: dióle

dineros y oro para presentar; diéronle los capitanes cada uno por su

parte ayuda con que fuese, y quedó allá; y envió la aprobacion mucho

antes del tiempo. Hicieron con Abenabó la ceremonia, pusiéronle en

la mano izquierda un estandarte y en la derecha una espada desnuda;

vistiéronle de colorado, levantáronle en alto, y mostráronle al pueblo,

diciendo: _Dios ensalce al rey de la Andalucía y Granada Abdalá

Abenabó_: diéronle generalmente la obediencia los pueblos de moriscos

que no la habian dado á Mahomet Aben Humeya, y los capitanes, exceptos

Aben Mequenun que llamaban Portocarrero, hijo del que levantó á Jergal

con cuatrocientos hombres en el rio de Almanzora, que tambien el

duque de Arcos mandó justiciar en Granada; y en tierra de Almuñecar y

Almijara, Giron el Archidoni, que murió reducido y perdonado en Jayena.

Hizo repartimiento de las alcaidías y gobierno en hombres naturales

de las mismas tahas: escogió para su consejo seis personas demás de

los capitanes turcos Caracax, y D. Dali capitan; porque Caravaji,

luego como se hizo la eleccion, partió á Berbería con ocasion de traer

gente. Eligió por capitan general para los rios de Almería, Bolodui,

y Almanzora, sierras de Baza y Filabres, tierra del marquesado de

Zenette y Guadix, al que llamaban el Habaqui[54], por cuyo parecer se

gobernaba en todo: otro de Sierra Nevada, tierra de Velez, el valle,

el Alpujarra, y Granada, á quien decian Joaibi de Guejar: á estos

obedecian los otros capitanes de tahas; por alguacil, que despues del

rey es el supremo magistrado, á su hermano Muhamet Abenabó. Envió á

Hoscein con otro presente de cautivos al rey de Argel, pidiéndole gente

y armas: juntó un ejército ordinario de cuatro mil arcabuceros, que

alojase la cuarta parte cerca de su persona; la guardia de doscientos

arcabuceros; fuera del lugar las centinelas apartadas y perdidas, que

ni se acogen al cuerpo de guardia, sino á lo alto ó lejos, ni se les

da otro nombre mas de un contraseño de los caminos, que es dejar pasar

solamente al que viniere por parte señalada, y á los que vinieren

por otra parte detenellos ó dar arma; dende allí avisan por donde

vienen los enemigos. Tienen siempre atalayas de noche y de dia por las

cumbres; llaman al sarjento mayor alguacil de la guardia, que reparte

y requiere las centinelas, ordena la gente, alójala, hace justicia en

el cuerpo de guardia: dentro en la casa residen veinte arcabuceros, á

que dicen porteros. Fue poco á poco comprando y proveyéndose de armas

traidas de Berbería, ó habidas de las presas en gran cuantitad, que

repartió á bajos precios entre la gente: llegó de esta manera á tener

ocho mil arcabuceros; el sueldo de los turcos eran ocho ducados al mes,

el de los moriscos la comida. Con estos principios de gobierno, con la

necesidad de cabeza, con la reputacion de valiente y hombre del campo,

con la afabilidad, gravedad, autoridad de la presencia, con haber

padecido en la persona por tormentos siendo esclavo, fue bien quisto,

respetado, obedecido, tenido como rey generalmente de todos.

[54] Hierónimo el Melech dice Mármol porque el Habaqui fue

embajador á Berbería.

Mandó en este tiempo D. Juan que Pedro de Mendoza fuese á visitar

el presidio de Orgiba con órden que sirviese en lugar de Francisco

de Molina, porque entendia estar indispuesto, sabiendo que Abenabó

nuevo rey juntaba gente para venir sobre la plaza. Mas sucedió una

novedad trasordinaria siendo siete leguas de Granada, como las que

suelen acontecer en las Indias á tres mil de España; que de cinco

banderas, sola una con su capitan D. García de Montalvo quedó libre sin

amotinarse; y acusando á Francisco de Molina á una voz de estar loco,

y pedian por cabeza á Pedro de Mendoza. Las señales que daban de su

locura; que los apretaba con rigor á las guardias, que estando enfermo

los requeria, que no dormia de noche, hombre rico y recatado, que falto

de gente particular ayudaba con dineros á los que enviaba con licencia

por cobrar crédito, para que viniesen otros; repartia la vitualla

por tasa como quien sospechaba cerco. Pero visto que se encaminaba á

motin, quiso prender los capitanes; y sosegándolos, procuró que Pedro

de Mendoza saliese de Orgiba: mas por satisfacer la gente que estaba

ociosa y descontenta, y proveerse de vitualla, envió la compañía

de Antonio Moreno con su alférez Vilches á correr en el Cehel; que

atajados por los moros en el barranco de Tarascon, fueron todos muertos

sin escapar mas de tres soldados.

Abenabó con esta ocasion proveyó á Castil de Ferro de armas, artillería

y vitualla, puso dentro cincuenta turcos con su capitan llamado Leandro

para que pudiese recibir el socorro que traeria Caravaji con el armada

de Argel, y en persona vino sobre Orgiba, movido por quejas de los

pueblos comarcanos, y daños que continuamente recibian de la guarnicion

que en ella residia. Eran los capitanes moros, Berbuz, Rendati,

Macox; y turcos, Dali capitan á quien dejó cabeza de la empresa y de

la gente. Apretaron el lugar, mostraron quererle hambrear; fuéronse

con trincheas llegando hasta las casas; vínoles gente, y entraron

en ellas: señoreáronlas de manera, que descubrian la plaza, y los

nuestros no atravesaban ni estaban á los reparos sin ser enclavados:

tomaban por dias el agua peleando; era la hambre y la sed mayor que

el temor de los enemigos. Dió Francisco de Molina aviso, y pareció

á D. Juan que el duque de Sesa la socorriese, por la experiencia,

por la gracia y autoridad con la gente, ser del consejo, y el lugar

suyo; detúvose algunos dias esperando la vitualla con harta dilacion:

partió con seis mil infantes y trescientos caballos, mas número de

gente que de hombres, la mayor parte concejil: pero en Acequia le tomó

la gota, enfermedad ordinaria suya, y tan recia que le inhabilitaba

la persona, aunque dejándole libre el entendimiento. Trató D. Juan

de enviar á Luis Quijada en su lugar, no sin ambicion; pero el duque

mejoró, y en principio de noviembre envió dende Acequia á Vilches, que

por otro nombre llamaban Pie de palo, buen hombre de campo, plático

de la tierra, que con cuatro compañías de infantería en que habia

ochocientos hombres, dejando á la mano derecha á Lanjaron, hiciese el

camino por lo áspero de la montaña, desusado muchos años, pero posible

para caballería; y que reconociendo el barranco que atraviesa el camino

de Orgiba, tomase lo alto de la montaña y estuviese quedo, adonde el

camino de Lanjaron hace la vuelta cerca de Orgiba, de allí diese aviso

á Francisco de Molina: y por asegurar á Vilches envió á sus espaldas

otros ochocientos hombres, siguiendo él con el resto de la gente y

caballería, sospechoso que los unos y los otros habrian menester

socorro.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 12 / 21 段