edificado cerca de donde ahora es, que llamaban Abdera), con cuasi
dos mil infantes y setecientos caballos: gente armada, plática, y que
ninguna empresa rehusara por difícil, extendida su reputacion por
España con el suceso de Berja, su persona subida en mayor crédito.
Venian muchos particulares á buscar la guerra, acrecentando el número y
calidad del ejército; pero la esterilidad del año, la falta de dinero,
la pobreza de los que en Málaga fabricaban bizcocho, y la poca gana
de fabricarlo por las continuas y escrupulosas reformaciones antes de
la guerra, la falta de recuas por la carestía, la de vivanderos que
suelen entretener los ejércitos con refrescos, y con esto las resacas
de la mar que en Málaga estorban á veces el cargar, y las mesmas el
descargar en Adra, fue causa que las galeras no proveyesen de tanto
bastimento y tan á la continua. Era algunas veces mantenido el campo
de solo pescado, que en aquella costa suele ser ordinario; cesaban las
ganancias de los soldados con la ociosidad; faltaban las esperanzas á
los que venian cebados de ellas; deteníanse las pagas: comenzó la gente
de descontentarse á tomar libertad y hablar como suelen en sus cabezas.
El general, hombre entrado en edad y por esto mas en cólera, mostrado á
ser respetado y aun temido; cualquiera cosa le ofendia: dióse á olvidar
á unos, tener poca cuenta con otros, tratar á otros con aspereza; oía
palabras sin respeto, y oíanlas de él. Un campo grueso, armado, lleno
de gente particular, que bastaba á la empresa de Berbería, comenzó
á entorpecerse nadando y comiendo pescados frescos; no seguir los
enemigos habiéndolos rompido; no conocer el favor de la victoria;
dejarlos engrosar, afirmar, romper los pasos, armarse, proveerse, criar
guerra en las puertas de España. Fue el marqués juntamente avisado y
requerido de personas que veían el daño, y temian el inconveniente,
que con la vitualla bastante para ocho dias saliese en busca de Aben
Humeya. Por estos términos comenzó á ser mal quisto del comun, y de
allí á pegarse la mala voluntad en los principales, aborrecerse él de
todos y de todo, y todos de él.
Al contrario de lo que al marqués de Mondejar aconteció; que de los
principales vino á pegarse en el pueblo; pero con mas paciencia y
modestia suya, dicen que con igual arrogancia. Yo no vi el proceder
del uno ni del otro; pero á mi opinion ambos fueron culpados, sin
haber hecho errores en su oficio, y fuera de él, con poca causa y esa
comun en algunos otros generales de mayores ejércitos. Y tornando á lo
presente, nunca el marqués de Velez se halló tan proveido de vitualla,
que le sobrase en el comer ordinario de cada dia para llevar consigo
cuantidad, que pudiese gastar á la larga; pero vista la falta de ella,
la poca seguridad que se tenia de la mar; pareciéndole que de Granada
y el Andalucía, Guadix, y marquesado de Zenette, y de allí por los
puertos de la Ravaha y Loh que atraviesan la sierra hasta la Alpujarra,
podia ser proveido; escribió á D. Juan (aunque lo solia hacer pocas
veces), que le mandase tener hecha la provision en la Calahorra; porque
con ella y la que viniese por mar, se pudiese mantener el ejército en
la Alpujarra y echar de ella los enemigos.
El comendador mayor, segun el poco aparejo, ninguna diligencia posible
dejaba de hacer aunque fuese con peligro, hasta que tuvo en Adra puesta
vitualla de respeto por tanto tiempo, que ayudado el marqués con alguna
de otra parte (aunque fuese habida de los enemigos), podia guerrear
sin hambre, y esperar la de Guadix: mas viendo que el marqués incierto
de la provision que hallaria en la Calahorra se detenia, dábale priesa
en público, y requeríale en consejo que saliese contra los enemigos.
Mas dando el marqués razones por donde no convenia salir tan presto,
dicen que pasó tan adelante, que en presencia de personas graves y en
un consejo, le dijo: _Que no lo haciendo, tomaria él la gente y saldria
con ella en campo_.
En Granada ninguna diligencia se hizo para proveer al marqués; porque,
pues no replicaba, tuvieron creido que no tenia necesidad, y que estaba
proveido bastantemente en Adra, de donde era el camino mas cauto
y seguro: tenian por dificultoso el de la Calahorra; los enemigos
muchos, las recuas pocas, la tierra muy áspera, de la cual decian que
el marqués era poco plático. Mas el pueblo, acostumbrado ya á hacerse
juez, culpábale de mal sufrido en palabras y obras igualmente, con la
gente particular y comun; á sus oficiales de liberales en distribuir
lo voluntario, y en lo necesario estrechos; detenerse en Adra buscando
causas para criar la guerra, tenido en otras cosas por diligente:
escribíanse cartas, que no faltaba adonde cayesen á tiempo; disminuíase
por horas la gracia de los sucesos pasados: decian que de ello no
pesaba á D. Juan, ni á los que le estaban cerca: era su parcial solo
el presidente, pero ese algunas veces ó no era llamado, ó le excluían
de los consejos á horas y lugares, aunque tenia plática de las cosas
del reino y alteraciones pasadas. Pasó este apuntamiento hasta ser
avisado el consejo por cartas de personas y ministros importantes
(segun el pueblo decia), y aun reprendido, que parecia desautoridad y
poca confianza, no llamar un hombre grave de experiencia y dignidad.
Pero no era de maravillar que el vulgo hiciese semejantes juicios; pues
por otra parte se atrevia á escudriñar lo intrínseco de las cosas, y
examinar las intenciones del consejo.
Decian que el duque de Sesa y el marqués de Velez eran amigos, mas por
voluntad suya que del duque: no embargante que fuesen tio y sobrino.
El marqués de Mondejar y el duque émulos de padres y abuelos sobre la
vivienda de Granada, aunque en público profesasen amistad: antigua
la enemistad entre los marqueses y sus padres, renovada por causas y
preeminencias de cargos y jurisdicciones; lo mismo el de Mondejar y
el presidente, hasta ser maldicientes en procesos el uno contra el
otro: Luis Quijada envidioso del de Velez, ofendido del de Mondejar;
porque siendo conde de Tendilla, no quiso consentir al marqués su
padre que le diese por mujer una hija que le pidió con instancia;
amigo intrínseco de Eraso, y de otros enemigos de la casa del marqués.
El duque de Feria[52], enemigo atrevido de lengua y por escrito del
marqués de Mondejar; ambos dende el tiempo de D. Bernardino de Mendoza,
cuya autoridad despues de muerto los ofendia. El duque de Sesa y
Luis Quijada á veces tan conformes, cuanto bastaba para excluir los
marqueses, y á veces sobresanados por la pretension de las empresas:
hablabánse bien, pero huraños y recatados, y todos sospechosos á la
redonda. Entreteníase Muñatones mostrado á sufrir y disimular, culpando
las faltas de proveedores y aprovechamientos de capitanes, lo uno y lo
otro sin remedio. D. Juan como no era suyo, contentábale cualquiera
sombra de libertad: atado á sus comisiones, sin nombramiento de
oficiales, sin distribucion de dinero, armas y municiones y vituallas,
si las libranzas no venian pasadas de Luis Quijada; que en esto y en
otras cosas no dejaba (con algunas muestras de arrogancia) de dar á
entender lo que podia, aunque fuese con quiebra de la autoridad de D.
Juan; que entendia todos estos movimientos, pero sufríalos con mas
paciencia que disimulacion: solamente le parecia desautoridad que el
marqués de Mondejar ó el conde su hijo usasen sus oficios, aunque no
estaban excluidos ni suspendidos por el rey. Tampoco dejaron de sonarse
cosquillas de mozos y otros, que las acrecentaban entre el conde y
ellos: tal era la apariencia del gobierno. Pero no por eso se dejaba de
pensar y poner en ejecucion lo que parecia mejor al beneficio público y
servicio del rey: porque los ministros y consejeros no entran con las
enemistades y descontentamientos al lugar donde se juntan, y aunque
tengan diferencia de pareceres, cada uno encamina el suyo á lo que
conviene; pero los escritores como no deben aprobar semejantes juicios,
tampoco los deben callar cuando escriben con fin de fundar en la
historia ejemplos, por donde los hombres huyan lo malo y sigan lo bueno.
[52] Solo esto del duque de Feria no entiendo bien, si bien por
concordar todos los manuscritos, no me atreví á quitarlo.
[Nota al margen: 1569.]
Dende los diez de junio á los veinte y siete de julio estuvo el
marqués de Velez en Adra sin hacer efecto; hasta que entendiendo que
Aben Humeya se rehacia, partió con diez mil infantes y setecientos
caballos, gente, como dije, ejercitada y armada, pero ya descontenta:
llevó vitualla para ocho dias; el principio de su salida fue con alguna
desórden. Mandó repartir la vanguardia, retaguardia y batalla por
tercios; que la vanguardia llevase el primer dia D. Juan de Mendoza, el
segundo D. Pedro de Padilla; y habiendo ordenado el número de bagajes
que debia llevar cada tercio, fue informado que D. Juan llevaba mas
número de ellos; y puesto que fuesen de los soldados particulares,
ganados y mantenidos para su comodidad, y aunque iban para no volver á
Adra; mandó tornar D. Juan al alojamiento con la vanguardia, pudiéndole
enviar á contar los embarazos y reformarlos; cosa no acontecida en
la guerra sin grande y peligrosa ocasion; con que dió á los enemigos
ganado tiempo de dos dias, y á nosotros perdido. Salió el dia siguiente
con haber hallado poco ó ningun yerro que reformar; llevó la misma
órden, añadiendo, que la batalla fuese tan pegada con la vanguardia, y
la retaguardia con la batalla, que donde la una levantase los pies, los
pusiese la otra, guardando el lugar á los impedimentos; la caballería
á un lado y á otro; su persona en la batalla, porque los enemigos no
tuviesen espacio de entrar. Vino á Berja, y de allí fue por el llano
que dicen de Lucainena, donde al cabo de él vieron algunos enemigos
con quien se escaramuzó sin daño de las partes; mostrando Aben Humeya
su vanguardia en que habia tres mil arcabuceros, pocos ballesteros;
pero encontinente subió á la sierra: la nuestra alojó en el llano,
y el marqués en Ujijar donde se detuvo un dia, y mas el que caminó:
dilacion contra opinion de los pláticos, y que dió espacio á los
enemigos de alzar sus mujeres, hijos y ropa, esconder y quemar la
vitualla, todo á vista y media legua de nuestro campo. El dia siguiente
salió del alojamiento: los enemigos mostrándose en ala, como es su
costumbre, y dando grita acometieron á D. Pedro de Padilla (á quien
aquel dia tocaba la vanguardia), con determinacion, á lo que se veía,
de dar batalla. Eran seis mil hombres entre arcabuceros y ballesteros,
algunos con armas enhastadas; víase andar entre ellos cruzando Aben
Humeya bien conocido, vestido de colorado, con su estandarte delante;
traía consigo los alcaides, y capitanes moriscos y turcos que eran de
nombre. Salió á ellos D. Pedro con sus banderas y con los aventureros
que llevaba el marqués de la Favara, y resistiendo su ímpetu, los hizo
retirar cuasi todos: pero fueron poco seguidos; porque al marqués
de Velez pareció que bastaba resistillos, ganalles el alojamiento,
y esparcillos. Retiráronse á lo áspero de la montaña con pérdida de
solos quince hombres: fue aquel dia buen caballero el marqués de la
Favara, que apartado con algunos particulares que le siguieron, se
adelantó, peleó, y siguió los enemigos; lo mismo hizo D. Diego Fajardo
con otros. Aben Humeya apretado huyó con ocho caballos á la montaña,
y dejarretándolos, se salvó á pie; el resto de su gente se repartió
sin mas pelear por toda ella: hombres de paso, resolutos á tentar y
no hacer jornada; cebados con esperanzas de ser por horas socorridos
ó de gente para resistir, ó de navíos para pasar en Berbería; y esta
flaqueza los trujo á perdicion. Contentóse el marqués con rompellos,
ganalles el alojamiento, y esparcillos; teniendo que bastaba, sin
seguir el alcance, para sacallos de la Alpujarra; ó que esperase mayor
desórden, ó que le pareciese que se aventuraba en dar la batalla el
reino de Granada, y que para el nombre bastaba lo hecho: hallóse tan
cerca del camino, que con doscientos caballos acordó pasar aquella
noche á reconocer la vitualla á la Calahorra, donde no hallando que
comer, volvió otro dia al campo, que estaba alojado en Valor el alto y
bajo. Detúvose en estos dos lugares diez dias, comiendo la vitualla que
trajo y alguna que se halló de los enemigos sin hacer efecto, esperando
la provision que de Granada se habia de enviar á la Calahorra, y
teniendo por incierta y poca la de Adra; y aunque los ministros á
quien tocaba afirmasen que las galeras habian traido en abundancia,
resolvió mudarse á la Calahorra, fortaleza y casa de los marqueses de
Zenette, patrimonio del conde Julian en tiempo de godos, que en el
de moros tuvieron los Zenettes venidos de Berbería, una de las cinco
generaciones descendientes de los alárabes que poblaron y conquistaron
á África. Tuvo el marqués por mejor consejo dejar á los enemigos la mar
y la montaña, que seguillos por tierra áspera y sin vitualla, con gente
cansada, descontenta y hambrienta; y asegurar tierra de Guadix, Baza,
rio de Almanzora, Filabres, que andaba por levantarse, y allanar el rio
de Bolodui que ya estaba levantado, comer la vitualla de Guadix y el
marquesado.
Mas la gente con la ociosidad, hambre y descomodidad de aposentos,
comenzó á adolecer y morir. Ningun animal hay mas delicado que un campo
junto, aunque cada hombre por sí sea recio y sufridor de trabajo;
cualquier mudanza de aires, de aguas, de mantenimientos, de vinos;
cualquier frio, lluvia, falta de limpieza, de sueño, de camas, le
adolece y deshace; y al fin todas las enfermedades le son contagiosas.
Andaban corrillos, quejas, libertad, derramamientos de soldados por
unas y otras partes, que escogian por mejor venir en manos de los
enemigos: íbanse cuasi por compañías sin órden ni respeto de capitanes.
Como el paradero de estos descontentamientos, ó es amotinarse, ó un
desarrancarse pocos á pocos, vino á suceder así hasta quedar las
banderas sin hombres; y tan adelante pasó la desórden, que se juntaron
cuatrocientos arcabuceros, y con las mechas en las serpentinas
salieron á vista del campo: fue D. Diego Fajardo hijo del marqués por
detenerlos, á quien dieron por respuesta un arcabuzazo en la mano y el
costado, de que peligró, y quedó manco. La mayor parte de la gente que
el marqués envió con él, se juntó con ellos y fueron de compañía; tanto
en tan breve tiempo habia crecido el odio y desacato.
En fin llegado y alojado en el lugar, temiendo de su persona pasó á
posar en la fortaleza: la gente se aposentó en el campo comiendo á
libra escasa de pan por soldado sin otra vianda; pero dende á pocos
dias dos libras por dia, y una de carne de cabra por semana; los dias
de pescado algun ajo y una cebolla por hombre, que esto tenian por
abundancia: sufrieron mucho las banderas de Nápoles con el nombre de
soldados viejos, y la gente particular; quedaron en pie cuasi solas
estas compañías y doscientos caballos. Tal fue el suceso de aquella
jornada en que los enemigos vencidos quedaron con la mar y tierra,
mayores fuerzas y reputacion; y los vencedores sin ella, faltos de lo
uno y de lo otro.
En el mismo tiempo los vecinos del Padul, á tres leguas de Granada, se
quejaban que habian tenido y mantenido mucho tiempo gruesa guarnicion,
que no podian sufrir el trabajo, ni mantener los hombres y caballos.
Pidieron que ó se mudase la guardia ó se disminuyese, ó los llevasen
á ellos á vivir en otro lugar. Vínose en esto; y salidos ellos, la
siguiente noche juntándose con los moros de la sierra, dieron en la
guarnicion, mataron treinta soldados, y hirieron muchos acogiéndose á
lo áspero: cuando el socorro de Granada llegó, halló hecho el daño y á
ellos en salvo.
La desórden del campo del marqués puso cuidado á D. Juan de proveer
en lo que tocaba á tierra de Baza; porque la ciudad estaba sin mas
guardia, que la de los vecinos. Envió á D. Antonio de Luna con mil
infantes y doscientos caballos, que estuvo dende medio agosto hasta
medio noviembre sin acontecer novedad ó cosa señalada, mas del
aprovechamiento de los soldados, mostrados á hacer presas contra amigos
y enemigos. Puso en su lugar á D. García Manrique á la guardia de la
Vega, sin nombre ó título de oficio. Vióse una vez con los enemigos,
matándoles alguna gente sin daño de la suya.
Entre tanto no cesaban las envidias y pláticas contra los marqueses,
especialmente las antiguas contra el de Mondejar; porque aunque
sus compañeros en la suficiencia fuesen iguales, vióse que en el
conocimiento de la tierra y de la gente donde y con quien habia hecho
la vida, y en las provisiones por el luengo uso de proveer armadas, era
su parecer mas aprobado que apacible; pero siempre seguido, hasta que
el marqués de Velez subió en favor y vino á ser señor de las armas.
Entonces dejaron al de Mondejar, y tornaron á deshacer las cosas bien
hechas del de Velez. Mas cuando este comenzó á faltar de la gracia
particular y general, tornaron sobre el de Mondejar; y temiendo que
las armas de que estaba despojado tornasen á sus manos, claramente le
excluían de los consejos, calumniaban sus pareceres, publicaban por
una parte las resoluciones y por otra hacíanle autor del poco secreto;
parecíales que en algun tiempo habia de seguirse su opinion cuanto al
recibir los moriscos y despues oprimillos, que cesarian las armas y por
esto la necesidad de las personas por quien eran tratadas.
Estaban nuestras compañías tan llenas de moros aljamiados, que donde
quiera se mantenian espías: las mujeres, los niños esclavos, los
mismos cristianos viejos daban avisos, vendian sus armas y municion,
calzado, paño, y vituallas á los moros. El rey por una parte informado
de la dificultad de la empresa, por otra dando crédito á los que
la facilitaban, vistos los gastos que se hacian, y pareciéndole
que el marqués de Mondejar, émulo del de Velez y de otros, aunque
no daba ocasion á quejas, daba avilanteza á que se descargasen de
culpas, diciendo que por tener él mano en los negocios eran ellos
mal proveidos, y que la ciudad descontenta de él, y persuadida por
el corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte que era interesado, y
del presidente que le hacia espaldas, de mejor gana contribuiria con
dinero, gente y vitualla hallándose ausente que presente, que de
ninguno podia informarse mas clara y particularmente; envióle á mandar
que con diligencia viniese á Madrid: algunos dicen que en conformidad
de sus compañeros. El suceso mostró, que la intencion del rey era
apartalle de los negocios. Mas porque se vea como los príncipes
pudiendo resolutamente mandar, quieren justificar sus voluntades con
alguna honesta razon, he puesto las palabras de la carta.
«Marqués de Mondejar, primo, nuestro capitan general del reino de
Granada. Porque queremos tener relacion del estado en que al presente
están las cosas de ese reino, y lo que converná proveer para el remedio
de ellas, os encargamos que en recibiendo esta os pongais en camino,
y vengais luego á esta nuestra corte para informarnos de lo que está
dicho, como persona que tiene tanta noticia de ellas: que en ello, y en
que lo hagais con toda la brevedad, nos ternemos por muy servidos. Dada
en Madrid á 3 de setiembre de 1569.»
Llegó el marqués, y fue bien recebido del rey, y algunas veces le
informó á solas: de los ministros fue tratado con mas demonstracion de
cortesía que contentamiento: nunca fue llamado en consejo; mostrando
estar informados á la larga por otra via. Muñatones, plático de
semejantes llamamientos, y falto de un ojo, dijo como le mostraron la
carta: _que le sacasen el otro, si el marqués tornaba de allá durante
la guerra_. Anduvo muchos dias como suspendido y agraviado, cierto que
siempre habia seguido la voluntad del rey y de solo ella hecho caudal.
Mas entre los reyes y sus ministros, la parte de los reyes es la mas
flaca; no embargante la informacion que el marqués dió, eran tantas y
tan contrarias unas de otras las que se enviaban, que pareció juntar
con ellas la de D. Enrique Manrique, alcaide que fue del castillo de
Milan, y habiéndolo él dejado, estaba descansando en su casa. Pasó por
Granada entendiendo lo de allí; vino á do el marqués de Velez estaba;
y partió sin otra cosa de nuevo mas de errores en la guerra, cargos
de unos ministros á otros dados por via de justificacion, necesidad
de cargar con mayores fuerzas, crecidas las de los enemigos con la
disminucion de las nuestras.
Pareció á los ministros la gente con que el marqués habia ofrecido
echar los enemigos de la tierra, poca, y la oferta menos pensada; pues
con doblado número no se hizo mayor efecto: y no dejaron de deshacelle
el buen suceso, con decir que los moros muertos habian sido menos de lo
que se escribió. Pero el rey tomando la parte del marqués respondió:
_que habia sido importante desbaratar y partir los enemigos, aunque
no con tanto daño de ellos como se dijo_; y esto mas por reprimir
alguna intencion que se descubria contra el marqués, que por alaballe,
como se vió dende á poco. Decia el marqués que la falta de vitualla
habia sido causa de haberse deshecho su campo; cargaba á D. Juan, al
consejo de Granada; quedó la suma de todo su campo en pocos mas de mil
y quinientos infantes y doscientos caballos: en fin fue necesitado á
recogerse dentro en el lugar, atrincherarse, y aun derribar casas por
parecerle el sitio grande. Mas dende á pocos dias enviaron de Granada
tanta provision, que no habiendo á quien repartilla, ni buena órden,
valian cien libras de pan un real.
No estaba Granada por esto mas proveida de vitualla, ni se hacian los
partidos de ella con mayor recatamiento, aunque el presidente remediaba
parte del daño con industria; ni en lo que tocaba á la gente y pagas se
guardaban las órdenes de D. Juan, á quien tampoco perdonaba el pueblo
de Granada; libre y atrevido en el hablar, pero en presencia de los
superiores siervo y apocado; movido á creer y afirmar facilmente sin
diferencia lo verdadero y lo falso; publicar nuevas ó perjudiciales ó
favorables, seguillas con pertinacia: ciudad nueva, cuerpo compuesto de
pobladores de diversas partes, que fueron pobres y desacomodados en sus
tierras, ó movidos á venir á esta por la ganancia; sobras de los que no
quisieron quedar en sus casas, cuando los Reyes católicos la mandaron
poblar; como es en los lugares, que se habitan de nuevo. No se dice
esto porque en Granada no haya tambien nobleza escogida por los mesmos
reyes cuando la república se fundó, venida de personas excelentes en
letras, á quien su profesion hizo ricos, y los descendientes de unos
y otros nobles de linaje ó de ánimo y virtud, como en esta guerra lo
mostraron no solamente ellos, pero el comun; mas porque tales son
las ciudades nuevas, hasta que envejeciéndose la virtud y riqueza,
la nobleza se funda. Discurrian las intenciones libres por todos sin
perdonar á ninguno, y las lenguas por los que osaban, y no sin causa;
porque en guerra de mucha gente, de largo tiempo, varia de sucesos,
nunca faltan casos que loar ó condenar. Las compañías de Granada eran
tan faltas y mal disciplinadas, que ni con ellas se podia estar dentro,
ni salir fuera; pero la mayor desórden fue que habiendo mandado el rey
castigar con rigor los soldados que se venian del marqués de Velez, y
procurando D. Juan que se pusiese en ejecucion; cansados los ministros
de ejecutar y D. Juan de mandar, visto lo poco que aprovechaba, se tomó
expediente de callar; y por no quedar del todo sin gente, consentir
que las compañías se hinchiesen de la que desamparaba las banderas
del marqués, no sin alguna sombra de negligencia ó voluntad; la cual
fue causa de que viniese el campo á quedar deshecho, y los enemigos
señores de mar y tierra, campeando Aben Humeya con siete mil hombres,
quinientos turcos y berberíes, sesenta caballos; mas para autoridad que
necesidad.