Menores fueron los principios del señorío de Argel, que hoy está en

mayor grandeza: al lugar llaman los moros Algezair por una isla que

tenia delante; nosotros le llamamos Argel; antiguamente se pobló de

los moradores de Cesarea, que ahora se llama Sarjel. Estuvo siempre en

el señorío de los reyes godos de España hasta que vinieron los moros,

y en tiempo de ellos fue lugar de poco momento regido por jeques. Mas

despues el rey D. Fernando el Católico hizo tributario al señor, y

edificó el Peñon. Muerto el rey, el cardenal Fr. Francisco Jimenez,

Gobernador de España en los principios del reinado del emperador D.

Cárlos, tomó á Bugía (casa real del rey Bocho de Mauritania, dicha

por esto de su nombre, segun los alárabes), y quiso crecer el tributo

moviendo nuevo concierto con el jeque; ofendidos los moros, reprendido

y arrepentido el señor, se retiró. El cardenal, hombre de su condicion

armígero, y aun desasosegado, armó contra él haciendo capitanes á Diego

de Vera y Juan del Rio: juntóse esta armada á manera de arrendamiento;

que todos los que tenian oficios menores, si los querian pasar en sus

hijos por una vida, fuesen á servir, ó llevasen ó diesen en su lugar

tantos hombres, segun la importancia del oficio. Perdióse la armada

por mal tiempo, confusion y poca plática de los que gobernaban, y

esta fue la primera pérdida que se hizo sobre Argel. Mas el jeque,

temiendo que con mayores fuerzas se renovaria la guerra, trajo por

huésped y soldado á Barbarroja, hermano del que fue tirano de Túnez,

que entonces era su lugarteniente y secretario; venidos á la grandeza

que tuvieron, de capitanes de un bergantin. Habia tentado Barbarroja

Horux (que así se llamaba el mayor) la empresa de Bugía; perdido el

tiempo, la gente, un brazo, y el armada; recogídose con cuarenta turcos

á un pequeño castillo, de donde el jeque otra vez le trajo al sueldo;

mas él, juntándose con los principales, mató al jeque llamado Selin

Etenri estando comiendo en un baño: hízose señor y llamóse rey. Dende

á poco salió para la empresa de Tremecen, y ocupado aquel reino quedó

por señor; y su hermano Harradin por gobernador en Argel; mas echado

despues de Tremecen por los capitanes del alcaide de los donceles,

abuelo de este marqués de Comares, que era entonces general de Oran; y

muerto huyendo, quedó el reino de Argel en poder del hermano. Habia D.

Hugo de Moncada hecho tributarios los gelves despues de algunos años de

la pérdida del conde Pedro Navarro, y muerte de D. García de Toledo,

hijo del duque de Alba D. Fadrique, padre del duque D. Fernando que hoy

gobierna los estados de Flandes: y tornando con el armada por mandado

del emperador sobre Argel, con intento de destruilla y asegurar la

marina de España, tentó desdichadamente la venganza de Diego de Vera y

Juan del Rio; porque con tormenta perdió mucha parte de la armada, y

echando gente en tierra para defender los que se iban á ella con miedo

de la mar, perdió tambien lo uno y lo otro. Crecieron las fuerzas de

Barbarroja; extendióse por la tierra adentro su poder; deshizo el Peñon

que era isla; continuóla con la tierra firme; ocupó los lugares de la

mar Sarjel, Guijan, Brica, y el reino de Túnez aunque pequeño. Vino á

noticia del señor de los turcos, que pretendia por seguridad y paz de

sus hijos ocupar á África y poner en Túnez á Bayaceto que se mató á sí

mismo: adelantó á Barbarroja en fuerzas y autoridad por conseguir este

fin y poner al emperador en estrecho y necesidad. Dióle mayor armada

con que ocupase y afirmase el reino de Túnez, de donde echado por el

emperador pasó á Constantinopla: quedó general de la armada del turco,

y despues favorecido y honrado hasta que murió; tenido en mas por

haberle vencido el emperador; porque los vencedores honrados honran á

los vencidos. Quedó el reino de Argel en poder de gobernadores enviados

por el turco; mas el emperador, temiendo la poca seguridad que tenia

en sus estados con la grandeza de los turcos en Argel, y hallándose en

Alemania al tiempo que el gran turco venia sobre ella, mal proveido

de dineros para resistille, no quiso obligarse á la empresa. Quedar

sin salir á ella en Alemania, era poca reputacion; tomó por expediente

la de Argel, donde fue roto de la tormenta: retiróse por tierra á

Bugía, perdiendo mucha parte de la armada, pero salvó el ejército y la

reputacion, con gloria de sufrido, de diestro y valeroso capitan. De

allí crecieron sin resistencia las fuerzas de los señores de Argel;

tomaron á Tremecen, á Bugía; y por su órden los cosarios á Jayona,

de los moros; á Tripol, de la órden de San Juan: rompieron diversas

armadas de galeras sin otra adversidad mas que la pérdida que hicieron

de su armada en la batalla que D. Bernardino de Mendoza ganó á Alí

Hamete y Cara Mami, sus capitanes, sobre la isla de Arbolan. Por este

camino vino el reino de Argel á la grandeza que ahora tiene.

LIBRO III.

Entretenia el gran turco los moros del reino de Granada con esperanzas,

por medio del rey de Argel, para ocupar, como dijimos, las fuerzas del

rey D. Felipe en tanto que las suyas estaban puestas contra venecianos;

con quien (dando á entender que las despreciaba) ninguna ocasion de

su provecho, aunque pequeña, dejaba pasar. Entre tanto el comendador

mayor D. Luis de Requesens sacó del reino y embarcó la infantería

española en las galeras de Italia, dejando órden á D. Álvaro de Bazan,

que con las catorce de Nápoles, que eran á su cargo, y tres banderas

de infantería española, corriese las islas y asegurase aquellos mares

contra los cosarios turcos. Vino á Civitavieja; de allí á puerto

Santo Stéfano, donde juntando consigo nueve galeras y una galeota del

duque de Florencia, estorbado de los tiempos entró en Marsella. Dende

á poco pareciendo bonanza, continuó su viaje; mas entrando la noche

comenzó el narbonés á refrescar, viento que levanta grandes tormentas

en aquel golfo, y travesia para la costa de Berbería, aunque lejos:

tres dias corrió la armada tan deshecha fortuna, que se perdieron unas

galeras de otras; rompieron remos, velas, árboles, timones: y en fin

la capitana sola pudo tomar á Menorca, y dende allí á Palamós: donde

los turcos forzados confiándose en la flaqueza de los nuestros por

el no dormir y continuo trabajo, tentaron levantarse con la galera;

pero sentidos, hizo el comendador mayor justicia de treinta. Nueve

galeras de las otras siguieron la derrota de la capitana; cuatro se

perdieron con la gente y chusma; la una que era de Estéfano de Mari,

gentil hombre genovés, en presencia de todas en el golfo embistió por

el costado á otra, y fue la embestida salva, y á fondo la que embistió:

acaecimiento visto pocas veces en la mar; las demás dieron al través

en Córcega y Cerdeña, ó aportaron en otras partes con pérdida de la

ropa, vitualla, municiones y aparejos; aunque sin daño de la gente.

Luego que pasó la tormenta llegó D. Álvaro de Bazan á Cerdeña con las

galeras de Nápoles: puso en órden cinco de las que habian quedado para

navegar: en ellas y en las suyas embarcó los soldados que pudo; llegó á

Palamós, y juntándose con el comendador mayor, navegaron la costa del

reino de Granada, á tiempo que poco habia fuera el suceso de Bentomiz y

otras ocasiones, mas en favor de los moros que nuestro. Llevó consigo

de Cartagena las galeras de España que traía D. Sancho de Leiva; y

tornando D. Álvaro á guardar la costa de Italia, él partió con veinte y

cinco galeras para Málaga. Mas al pasar, avisado por Arévalo de Suazo

de lo sucedido en Bentomiz, envió con D. Miguel de Moncada á continuar

con D. Juan su intento, y el peligro en que estaba toda aquella tierra,

si no se ponia remedio con brevedad, sin esperar consulta del rey.

Puso entre tanto sus galeras en órden; armó y rehizo la infantería que

serian en diez banderas mil soldados viejos, y quinientos de galera;

juntó y armó de Málaga, Velez y Antequera, por medio de Arévalo de

Suazo y Pedro Verdugo, tres mil infantes. Volvió D. Miguel con la

comision de D. Juan, y partió el comendador mayor á combatir los

enemigos. Llegado á Torrox, envió á D. Martin de Padilla, hijo del

adelantado de Castilla, con alguna infantería suelta para reconocer el

fuerte de Frejiliana, y volvió trayendo consigo algun ganado. Púsose al

pie de la montaña; y despues de haber reconocido de mas cerca, dió la

frente á D. Pedro de Padilla con parte de sus banderas y otras hasta

mil infantes, y mandóle subir derecho. Á D. Juan de Cárdenas[50], hijo

del conde de Miranda, mandó subir con cuatrocientos aventureros y otra

gente plática de las banderas de Italia por la parte de la mar, y por

la otra á D. Martin de Padilla con trescientos soldados de galera y

algunos de Málaga y Velez: los demás que acometiesen por las espaldas

del fuerte, donde parece que la subida estaba mas áspera, y por esto

menos guardada, y estos mandó que llevase Arévalo de Suazo con alguna

caballería por guarda de la ladera y del agua. Mas D. Pedro, aunque

de su niñez criado á las armas y modestia del emperador, soldado suyo

en las guerras de Flandes, despreciando con palabras la órden del

comendador mayor, la cual era que los unos esperasen á los otros hasta

estar igualados (porque parte de ellos iban por rodeos), y entonces

arremetiesen á un tiempo; arremetió sin él y llegó primero por el

camino derecho.

[50] Este D. Juan de Cárdenas fue despues conde de Miranda,

virey de Nápoles, presidente de Italia y Castilla.

Los enemigos estuvieron á la defensa como gente plática, y juntos

resistieron con mas daño de los nuestros que suyo; pero al fin, dado

lugar á que nuestros armados se pegasen con el fuerte, y comenzasen

con las picas á desviarlos y á derribar las piedras de él, y los

arcabuceros á quitar traveses, estuvieron firmes hasta que salió un

turco de galera enviado por el comendador mayor á reconocer dentro,

con promesa de la libertad. Este dió aviso de la dificultad que habia

por la parte que eran acometidos, y cuanto mas fácil seria la entrada

al lado y espaldas. Partió la gente, y combatiólos por donde el turco

decia: lo mismo hicieron los enemigos para resistir, pero con mucho

daño de los nuestros, que eran heridos y muertos de su arcabucería,

al prolongarse por el reparo. Todavía partidas las fuerzas con esto,

aflojaron los que estaban á la frente; y D. Juan de Cárdenas tuvo

tiempo de llegar, lo mismo la gente de Málaga y Velez, que iba por

las espaldas. Mas los moros, viéndose por una y otra parte apretados,

salieron por la del maestral que estaba mas áspera y desocupada como

dos mil personas, y entre ellos mil hombres los mas sueltos y pláticos

de la tierra: fue porfiado por ambas partes el combate hasta venir á

las espadas, de que los moros se aprovechan menos que nosotros, por

tener las suyas un filo, y no herir ellos de punta. Con la salida

de estos y sus capitanes tuvieron los nuestros menos resistencia:

entraron por fuerza por la parte mas difícil y no tan guardada que

tocó á Arévalo de Suazo, donde él fue buen caballero, y buena la

gente de Málaga y Velez; pero no entraron con tanta furia, que no

diesen lugar á los que combatian de D. Pedro de Padilla y á los demás,

para que tambien entrasen al mismo tiempo. Murieron de los enemigos

dentro del fuerte quinientos hombres, la mayor parte viejos: mujeres

y niños cuasi mil y trescientos con el ímpetu y enojo de la entrada y

despues de salidos en el alcance; y heridos otros cerca de quinientos.

Cautiváronse cuasi dos mil personas: los capitanes Garral, y el Melilú,

general de todos, con la gente que salió, vinieron destrozados á Valor,

donde Aben Humeya los recogió, y mandó dende á pocos dias tornar al

mismo Frejiliana. Mas el Melilú, rico y de ánimo, hizo ahorcar á Chacon

que trataba con los cristianos, por una carta de su mujer que le

hallaron, en que le persuadia á dejar la guerra y concertarse. Dícese

que en el fuerte los viejos de concierto se ofrecieron á la muerte,

porque los mozos se saliesen en el entre tanto; al revés de lo que

suele acontecer y de la órden que guarda naturaleza, como quier que

los mozos sean animosos para ejecutar y defender á los que mandan; y

los viejos para mandar, y naturalmente mas flacos de ánimo que cuando

eran mozos. De los nuestros fueron heridos mas de seiscientos, y entre

ellos de saeta D. Juan de Cárdenas, que fue aquel dia buen caballero.

Entre otros murieron peleando D. Pedro de Sandoval, sobrino del

obispo de Osma, y pasados de trescientos soldados, parte aquel dia,

y parte de heridas en Málaga, donde los mandó el comendador mayor, y

vender y repartir la presa entre todos, á cada uno segun le tocaba,

repartiéndoles tambien el quinto del rey.

Es el vender las presas y dar las partes costumbre de España; y el

quinto derecho antiguo de los reyes dende el primer rey D. Pelayo,

cuando eran pocas las facultades para su mantenimiento; ahora porque

son grandes, llévanlo por reconocimiento y señorío: mas el hacer los

reyes merced de él en comun y por señal de premio á los que pelean, es

causa de mayor ánimo; como por el contrario á cada uno lo que ganare

y á todos el quinto generalmente cuando vienen á la guerra, ocasion

para que todos vengan á servir en las empresas con mayor voluntad. Pero

esta se trueca en codicia, y cada uno tiene por tan propio lo que gana,

que deja por guardallo, el oficio de soldado, de que nacen grandes

inconvenientes en ánimos bajos y poco pláticos; que unos huyen con la

presa, otros se dejan matar sobre ella de los enemigos, impedidos y

enflaquecidos, otros desamparadas las banderas, vuelven á sus tierras

con la ganancia. Viénense por este camino á deshacer los ejércitos

hechos de gente natural, que campean dentro en casa: el ejemplo se ve

en Italia entre los naturales, como se ha visto en esta guerra dentro

en España.

El buen suceso de Frejiliana sosegó la tierra de Málaga y la de Ronda

por entonces: el comendador mayor se dió á guardar la costa, á proveer

con las galeras los lugares de la marina; mas en tierra de Granada,

el mal tratamiento que los soldados y vecinos hacian á los moriscos

de la Vega, la carga de alojamientos, contribuciones y composiciones,

la resolucion que se tomó de destruir las Albuñuelas flacamente

ejecutada; dió ocasion á que muchos pueblos que estaban sobresanados,

se declarasen, y subiesen á la sierra con sus familias y ropa. Entre

estos fue el rio de Bolodui á la parte de Guadix, y á la de Granada

Guejar, que en su calidad no dió poco desasosiego. La gente de ella

recogiendo su ropa y dineros, llevando la vitualla, y dejando escondida

la que no pudieron, con los que quisieron seguillos, se alzaron en la

montaña, cuasi sin habitacion por la aspereza, nieve y frio. Quiso D.

Juan reconocer el sitio del lugar llevando á Luis Quijada y al duque de

Sesa; tratóse si lo debia mantener, ó dejar; no pareció por entonces

necesario para la seguridad de Granada mantenerle y fortificarle como

flaco y de poca importancia; pero la necesidad mostró lo contrario, y

en fin se dejó; ó porque no bastase la gente que en la ciudad habia

de sueldo á asegurar á Granada todo á un tiempo, y socorrer en una

necesidad á Guejar como la razon lo requeria; ó que no cayesen en que

los enemigos se atreverian á fundar guarnicion en ella tan cerca de

nosotros, ó, como dice el pueblo (que escudriña las intenciones sin

perdonar sospecha, con razon ó sin ella), por criar la guerra entre las

manos; celosos del favor en que estaba el marqués de Velez, y hartos

de la ociosidad propia, y ambiciosos de ocuparse, aunque con gasto

de gente y hacienda: decíase que fuera necesario sacar un presidio

razonable á Guejar, como despues se hizo lejos de Granada para mantener

los lugares de en medio: cada uno sin examinar causas ni posibilidad,

se hacia juez de sus superiores.

Mas el rey, viendo que su hermano estaba ocupado en defender á Granada

y su tierra, y que teniendo la masa de todo el gobierno, era necesario

un capitan que fuese dueño de la ejecucion, nombró por general de toda

la empresa al marqués de Velez, que entonces estaba en gran favor,

por haber salido á servir á su costa. Sucedióle dichosamente tener á

su cargo ya la mitad del reino, calor de amigos y deudos; cosas que

cuando caen sobre fundamento, inclinan mucho los reyes. Á esto se juntó

haberse ofrecido por sus cartas á echar á Aben Humeya el tirano, que

así se llamaba; y acabar la guerra del reino de Granada con cinco mil

hombres y trescientos caballos pagados y mantenidos; que fue la causa

mas principal de encomendalle el negocio. Á muchos cuerdos parece,

que ninguno debe de cargar sobre sí obligacion determinada, que el

cumplilla, ó el estorbo de ella esté en mano de otro. Fue la eleccion

del marqués (á lo que el pueblo de Granada juzgaba, y algunos colegian

de las palabras y continente) harto contra voluntad de los que estaban

cerca de D. Juan, pareciéndoles que quitaba el rey á cada uno de las

manos la honra de esta empresa.

Habian crecido las fuerzas de Aben Humeya, y venídole número de turcos

y capitanes pláticos segun su manera de guerra; moros berberíes, armas

parte traidas, parte tomadas á los nuestros, vituallas en abundancia,

la gente mas, y mas plática de la guerra. Estaba el rey con cuidado de

que la gente y las provisiones se hacian de espacio; y pareciéndole

que llegarse él mas al reino de Granada, seria gran parte para que las

ciudades y señores de España se moviesen con mayor calor, y ayudasen

con mas gente y mas presto, y que con el nombre y autoridad de su

venida los príncipes de Berbería andarian retenidos en dar socorro,

ciertos que la guerra se habia de tomar con mayores fuerzas; acabada,

con todas ellas cargar sobre sus estados, mandó llamar cortes en

Córdoba para dia señalado, adonde se comenzaron á juntar procuradores

de las ciudades, y hacer los aposentos.

Salió el marqués de Velez de Terque por estorbar el socorro que los

moros de Berbería continuamente traían de gente, armas y vitualla, y

los de la Alpujarra recebian por la parte de Almería. Vino á Berja

(que antiguamente tenia el mismo nombre), donde quiso esperar la

gente pagada y la que daban los lugares de la Andalucía. Mas Aben

Humeya, entendiendo que estaba el marqués con poca gente y descuidado,

resolvió combatille antes que juntase el campo. Dicen los moros haber

tenido plática con algunos esclavos, que escondiesen los frenos de los

caballos; pero esto no se entendió entre nosotros: y porque los moros

como gente de pie y sin picas recelaban la caballería, quiso combatille

dentro del lugar antes del dia. Llamó la gente del rio de Almería,

la del Bolodui, la de la Alpujarra, los que quisieron venir del rio

de Almanzora, cuatrocientos turcos y berberíes: eran por todos cuasi

tres mil arcabuceros y ballesteros, y dos mil con armas enhastadas.

Echó delante un capitan que le servia de secretario, llamado Mojajar,

que con trescientos arcabuceros entrase derecho á las casas donde el

marqués posaba, diese en la centinela (lo que ahora llamamos centinela,

amigos de vocablos extranjeros, llamaban nuestros españoles en la

noche, escucha, en el dia, atalaya; nombres harto mas propios para su

oficio), llegando con ella á un tiempo el arma y ellos, en el cuerpo

de guardia: siguióle otra gente, y él quedó en la retaguardia sobre

un macho, y vestido de grana[51]. Mas el marqués, que estaba avisado

por una lengua que los nuestros le trujeron, atravesó algunas calles

que daban en la plaza; puso la arcabucería á las puertas y ventanas;

tomó las salidas, dejando libres las entradas por donde entendió que

los enemigos vendrian; y mandó estar apercebida la caballería y con

ella su hijo D. Diego Fajardo: abrió camino para salir fuera, y con

esta órden esperó á los enemigos. Entró Mojajar por la calle que va

derecha á dar á la plaza, al principio con furia; despues espantado

y recatado de hallar la villa sin guardia, olió humo de cuerdas; y

antes que se recatase, sintió de una y otra parte jugar y hacerle daño

la arcabucería. Mas queriendo resistir la gente con alguna otra que

le habia seguido, no pudo; salióse con pocos y desordenadamente al

campo. El marqués, con la caballería y alguna arcabucería, á un tiempo

saltó fuera con D. Diego su hijo, D. Juan su hermano, D. Bernardino

de Mendoza, hijo del conde de Coruña, D. Diego de Leiva, hijo natural

del señor Antonio de Leiva, y otros caballeros; dió en los que se

retiraban y en la gente que estaba para hacelles espaldas; rompiólos

otra vez; pero aunque la tierra fuese llana, impedida la caballería de

las matas y de la arcabucería de los turcos y moros que se retiraban

con órden, no pudo acabar de deshacer los enemigos. Murieron de

ellos cuasi seiscientos hombres; Aben Humeya tornó la gente rota á

la sierra, y el marqués á Berja. Al rey dió noticia, pero á D. Juan

poca y tarde; hombre preciado de las manos mas que de la escritura; ó

que queria darlo á entender, siendo enseñado en letras y estudioso.

Comenzó D. Juan con órden del rey á reforzar el campo del marqués;

antes á formarlo de nuevo: puso con dos mil hombres á D. Rodrigo de

Benavides en la guarda de Guadix; á Francisco de Molina envió con cinco

banderas á la de Orgiba; mandó pasar á D. Juan de Mendoza con cuasi

cuatro mil infantes y ciento y cincuenta caballos adonde el marqués

estaba; y al comendador mayor, que tomando las banderas de D. Pedro

de Padilla (rehechas ya del daño que recibieron en Frejiliana), las

pusiese en Adra, donde el marqués vino de Berja á hacer la masa. Llegó

D. Sancho de Leiva á un mismo tiempo con mil y quinientos catalanes

de los que llaman delados, que por las montañas andan huidos de las

justicias, condenados y haciendo delitos, que por ser perdonados

vinieron los mas de ellos á servir en esta guerra: era su cabeza Antic

Sarriera, caballero catalan; las armas sendos arcabuces largos, y dos

pistoletes de que se saben aprovechar. Llegó Lorenzo Tellez de Silva,

marqués de la Favara, caballero portugués, con setecientos soldados, la

mayor parte hechos en Granada y á su costa: atravesó sin daño por el

Alpujarra entre las fuerzas de los enemigos; y por tenerlos ocupados

en el entretanto que se juntaba el ejército, y las guarniciones de

Tablate, Durcal y el Padul seguras (á quien amenazaban los moros del

valle, y los que habian tornado á las Albuñuelas); por impedir asimismo

que estos no se juntasen con los que estaban en la sierra de Guejar

y con otros de la Alpujarra; por estorbar tambien el desasosiego en

que ponian á Granada con correrías de poca gente, y por quitalles la

cogida de los panes del valle; mandó D. Juan que D. Antonio de Luna

con mil infantes y doscientos caballos fuese á hacer este efecto,

quemando y destruyendo á Restaval, Pinillos, Belejij, Concha, y, como

dije, el valle hasta las Albuñuelas. Partió con la misma órden y á la

misma hora, que cuando fue á quemallas la vez pasada, pero con desigual

fortuna; porque llegando tarde, halló los moros levantados por el

campo, y en sus labores con las armas en la mano: tuvieron tiempo para

alzar sus mujeres, hijos, y ganados, y ellos juntarse, llevando por

capitanes á Rendati, hombre señalado, y á Lope, el de las Albuñuelas,

ayudados con el sitio de la tiera barrancosa. Acometieron la gente de

D. Antonio, ocupada en quemar y robar; que pudo con dificultad, aunque

con poca pérdida, resistir y recogerse, siguiéndole y combatiéndole

por el valle abajo malo para la caballería. Mas D. Antonio, ayudándole

D. García Manrique, hijo del marqués de Aguilar, y Lázaro de Heredia,

capitan de infantería, haciendo á veces de la vanguardia retaguardia,

á veces por el contrario tomando algunos pasos con la arcabucería,

se fue retirando hasta salir á lo raso, que los enemigos con temor

de la caballería le dejaron. Murió en esta refriega apartado de D.

Antonio el capitan Céspedes á manos de Rendati con veinte soldados

de su compañía peleando, sesenta huyendo; los demás se salvaron á

Tablate donde estaba de guardia. No fue socorrido por estar ocupada la

infantería quemando y robando sin podellos mandar D. Antonio. Tampoco

llegó D. García (á quien envió con cuarenta caballos), por ser lejos

y áspera la montaña, los enemigos muchos. Pero el vulgo ignorante, y

mostrado á juzgar á tiento, no dejaba de culpar al uno y al otro; que

con mostrar D. Antonio la caballería de lo alto en las eras del lugar,

los enemigos fueran retenidos ó se retiraran; que D. García pudiera

llegar mas á tiempo y Céspedes recogerse á ciertos edificios viejos,

que tenia cerca; que D. Antonio le tenia mala voluntad dende antes, y

que entonces habia salido sin órden suya de Tablate, habiéndole mandado

que no saliese. Á mí que sé la tierra, paréceme imposible ser socorrido

con tiempo, aunque los soldados quisieran mandarse, ni hubiera enemigos

en medio y á las espaldas. Tal fue la muerte de Céspedes, caballero

natural de Ciudad Real, que habia traido la gente á su costa, cuyas

fuerzas fueron excesivas y nombradas por toda España; acopañólas hasta

la fin con ánimo, estatura, voz y armas descomunales. Volvió D. Antonio

con haber quemado alguna vitualla, trayendo presa de ganado á Granada,

donde menudeaban los rebatos; las cabezas de la milicia corrian á una

y otra parte, mas armados que ciertos donde hallar los enemigos; los

cuales dando armas por un cabo, llevaban de otro los ganados. Habia

D. Juan ya proveido que D. Luis de Córdoba con doscientos caballos y

alguna infantería recogiese á Granada y á la Vega los de la tierra:

comision de poco mas fruto, que de aprovechar á los que los hurtaron;

porque no se pudiendo mantener, fue necesario volvellos á sus lugares

faltos de la mitad, donde fueron comunes á nosotros y á los enemigos.

[51] Con mayor moderacion y verisimilitud escribe esta victoria

nuestro autor que otros.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 10 / 21 段