hijo de D. García de Villarroel, adelantado que fue de Cazorla, y
sobrino (segun fama) de fray Francisco Jimenez, cardenal y arzobispo
de Toledo, gobernador de España entre la muerte del Rey Católico
D. Fernando, y el reinado del emperador D. Cárlos. Era á la sazon
capitan de Almería, y servia de comisario general en el campo:
hombre de años, probado en empresas contra moros, pero de consejos
sutiles y peligrosos, que habia ganado gracia con hallar culpas en
capitanes generales, siendo á veces escuchado y al fin remunerado.
Este, por abrirse camino para algun nombre en aquella ocasion,
gastó la noche sin sueño en persuadir al marqués que le mandase con
cincuenta soldados á reconocer el fuerte de los enemigos; diciendo
que del alojamiento no se descubria el paso del peñon alto. Concurrió
el marqués, mostrando hacerlo mas por permision y licencia que
mandamiento, pero amonestándole que no pasase del cerro pequeño que
estaba entre su alojamiento y la cuesta; y que no llevase consigo
mas de cincuenta arcabuceros: blandura que suele poner á veces á los
que gobiernan en grandes y presentes peligros. Mas D. Juan pasando
el cerro comenzó á subir la cuesta sin parar, aunque fue llamado del
marqués; y á seguillo mucha gente principal y otros desmandados, ó
por acreditar sus personas, ó por codicia del robo. Pasaban ya los
que subian de ochocientos, sin poderlo el marqués estorbar; porque D.
Juan viéndose acrecentado con número de gente, y concibiendo en sí
mayores esperanzas, teniéndose por señor de la jornada, sin guardar
la órden que se le dió ni la que se daba en hechos semejantes,
desmandada la gente no con mas acierto que el que daba su voluntad á
cada uno; comenzó la subida con el ímpetu y priesa que suele quien va
ignorante de lo que puede acontecer; mas dende á poco con flojedad y
cansancio. Vista por los enemigos la desórden, hicieron muestra de
encubrirse con el peñon bajo dando apariencia de escapar: pensaron
los nuestros que huían, y apresuraron el paso; creció el cansancio,
oíanse tiros perdidos de arcabucería, voces de hombres desordenados,
víanse arremeter, parar, cruzar, mandar; movimientos segun el aliento
ó apetito de cada uno: en ochocientas personas mostrarse mas capitanes
que hombres, antes cada cual lo era de sí mismo: el hábito del capitan
un capote, una montera, una caña en la mano. No se estaba á media
cuesta, cuando la gente comenzó á pedir municion de mano en mano:
oyeron los enemigos la voz, peligrosa en semejantes ocasiones; y viendo
la desórden, saltaron fuera con el Zamar hasta cuarenta hombres; esos
con pocas armas y menos muestra de acometer: pero convidados del
aparejo, y ayudados de piedras que los del peñon echaban por la cuesta
y de alguna gente mas, dieron á los nuestros una carga harto retenida,
aunque bastante para que todos volviesen las espaldas con mas priesa
que habian subido, sin que hombre hiciese muestra de resistir, ni la
gente particular fuese parte para ello; antes los seguian, mostrando
querellos detener: fueron los moros creciendo, ejecutando, y matando
hasta cerca del arroyo. Murió D. Juan de Villarroel desalentado, con
la espada en la cinta, cuchilladas en la cabeza y las manos, segun se
reparaba: D. Luis Ponce de Leon, nieto de D. Luis Ponce, que herido de
muerte, y caido le despeñó un su criado por salvalle, y Juan Ronquillo,
veedor de las compañías de Granada, y un hijo solo del maestre de
campo Hernando de Oruña, viéndole su padre y todos peleando. Fueron
los muertos muchos mas que los que los seguian, y algunos ahogados
con el cansancio; los demás se salvaron, y entre ellos D. Gerónimo
de Padilla, hijo de Gutierre Lopez de Padilla, que herido y peleando
hasta que cayó, le sacó arrastrando por los pies un esclavo á quien
él dió libertad. El marqués, vista la desórden, y que los enemigos
crecian y venian mejorados, y prolongándose por la loma de la montaña
á tomarle las espaldas, encaminados á un cerro que le estaba encima,
envió á D. Alonso de Cárdenas con pocos arcabuceros que pudo recoger;
hombre suelto y de campo; el cual previno y aseguró el alto. Estaba
el marqués apeado con la caballería, las lanzas tendidas, guarnecido
de alguna arcabucería esperando los enemigos, y recogiendo la gente
que venia rota: pudo esta demostracion y su autoridad refrenar la
furia de los unos, detener y asegurar los otros, aunque con peligro y
trabajo. Otro dia al amanecer llegó la retaguardia: serian por todos
cinco mil y quinientos infantes, y cuatrocientos caballos; compañía
bastante para mayor empresa, si se hubiera de tener cuenta con solo el
número. Ordenó solo un escuadron por el temor de la gente que el dia de
antes habia recibido desgracia, guarnecido á los costados con mangas
prolongadas de arcabucería. Era el peñon por dos partes sin camino, mas
por la que se continuaba con la montaña habia salida menos áspera: aquí
mandó estar caballería y arcabucería apartada, pero cubierta; porque
vistos no estorbasen la huida. Son los moros cuando se ven encerrados
impetuosos y animosos para abrirse paso, mas abierto procuran salvarse
sin tornar el pecho al enemigo, y por esto si á alguna nacion se ha de
abrir lugar por donde se vayan, es á ellos. Acometiólos con esta órden,
y duró el combatir con pertinacia hasta la escuridad de la noche, los
unos animados, los otros indignados del suceso pasado: mandó tocar á
recoger, y alojó pegado con el fuerte, encomendando la guardia á los
que llegaron holgados. Puso la noche á los enemigos delante de los
ojos el peligro, el robo, la cautividad, la muerte; trájoles el miedo,
confusion y discordia, como en ánimos apretados que tienen tiempo
para discurrir: unos querian defenderse, otros rendirse, otros huir;
al fin salió la mayor parte de la gente forastera y monfíes con los
capitanes Giron y el Zamar, sacando las mujeres y niños que pudieron,
y quedó todavía número de gente de los naturales; y aunque flacamente
reparada, si tuvieran esfuerzo y cabezas, con el favor de lo pasado y
el aparejo del sitio solas mujeres bastaban á defenderse. Hicieron al
principio resistencia, ó que el desdeño de verse desamparados, ó la ira
los encendiese; pero apretados enflaquecieron, y dando lugar fueron
entrados por fuerza: no se perdonó con órden del marqués á persona ni á
edad: el robo fue grande, y mayor la muerte, especialmente de mujeres;
no faltó ambicion que se ofreciese á solicitalla, como cargo de mayor
importancia. Escapó Giron; fue preso y herido de un arcabucero por el
muslo el Zamar por salvar una hija suya doncella que no podia con el
trabajo del camino; y llevado á Granada le mandó atenazar el conde de
Tendilla, que hizo calificada la victoria.
Tomado el fuerte de las Guajaras envió el marqués el campo con el conde
de Santistévan, que le esperase en Velez de Benabdalá; y fue á visitar
á Almuñecar, Salobreña, Motril, lugares á la marina guardados contra
los cosarios de Berbería, y quedó por entonces asegurada aquella tierra
hasta Ronda. Puso en el oficio de D. Juan de Villarroel á D. Francisco
de Mendoza su hijo; nombró veedores y otros oficiales de hacienda,
sin que el gobierno del campo no podia pasar. Pero no dejaron perder
sus émulos aquella ocasion de calumniarle, diciendo: ser él mismo
quien proveía, libraba, pagaba, repartia las contribuciones, presas, y
depósitos; pues sus hijos y criados lo hacian: cosa que los capitanes
generales suelen y deben huir. Pero la necesidad y la salida del
negocio mostró haber sido mas provechoso consejo para la hacienda del
rey en lo poco que se gastó con mucha gente y en mucho tiempo. Llegado
á Velez tornó á Orgiba, dióse á recibir gentes y pueblos que se venian
á rendir: entregaban las armas los que habitaban por toda la Alpujarra
y rio de Almería, y los que en las montañas andaban alzados rendíanse
á merced del rey sin condicion: traían mujeres, hijos, y haciendas;
comenzaban á poblar sus casas, ofrecíanse á ir con ellas á morar, como
y donde los enviasen; y si en la tierra los quisiesen dejar, mantener
guardia para defension y seguridad de ella, solamente que se les diesen
las vidas y libertad; pero aun estas dos condiciones no les admitió.
No por eso dejaban de venirse; dábales salvaguardia con que vivian
pacíficos, aunque no del todo asegurados; y hallando el campo lleno
de esclavos y cristianos libertados que comian la vitualla, depositó
quinientas moriscas en poder de sus padres, hermanos y maridos, y
sobre sus palabras las recibieron en Ujijar: y dende á poco envió
con alguaciles por ellas para volvellas á sus dueños, que sin faltar
personas las tornaron: cosa no vista en otro tiempo ó fuese el miedo
y la obediencia, ó fuese que restituían las mujeres de que hallan
abundancia en toda parte, y por esto son estimadas como alhaja; y los
hijos donde se los criasen; descargándose de bocas inútiles y embarazo
cojijoso; y aquí hizo particulares justicias de muchos culpados.
Discurrian los soldados de veinte en veinte sin daño; dábanse á
descubrir personas y ropa escondida por la montaña; combatian cuevas
donde habia moriscos alzados: todo era esclavos, despojos, riquezas.
No eran por entonces tantas las desórdenes que los moriscos no las
pudiesen sufrir, ni tantos los autores que no pudiesen ser castigados;
pero fuéronse los unos con la ganancia, vinieron otros nuevos
codiciosos que mudaban el estado de paz en desasosiego, y de obediencia
en desconfianza. Vióse un tiempo en el cual los enemigos (ó estuviesen
rendidos, ó sobresanados) pudieran con facilidad y poca costa ser
oprimidos, y venirse al término que despues se vino de castigo, de
opresion, ó de destierro; ó sacándolos á morar en Castilla, poblar la
tierra de nuevos habitadores, sin pérdida de tanto tiempo, gente, y
dineros, sin hambre, sin enfermedad, sin violencia de vasallos. No son
los hombres jueces de los pensamientos y motivos de los reyes; pero
mucho puede en el ánimo de un príncipe ofendido por caso de rebelion
ó desacato, la relacion aunque interesada ó apasionada que le inclina
á rigor y venganza; porque cualquier tiempo que se dilata, aunque sea
para mayor oportunidad, le parece estorbo.
En esto la gente de Granada, libre del miedo y de la necesidad, tornó
á la pasion acostumbrada: enviaban al rey personas de su ayuntamiento;
pedian nuevo general; nombraban al marqués de Velez, engrandeciendo
su valor, consejo, paciencia de trabajos, reputacion: partes que
aunque concurriesen en él, la mudanza de voluntades, y los mismos
oficios hechos en su perjuicio, dende á pocos dias que entonces en
su favor, mostraban no haberse movido los autores con fin de loallas
porque fuesen tales. Calumniaban al de Mondejar que permitia mucho
á sus oficiales; que no se guardaban las vituallas; que los ganados
pudiendo seguir el campo se llevaban á Granada; que no se ponia cobro
en los quintos y hacienda del rey; que teniendo presidente cabeza
en los negocios de justicia, tantas personas graves y de consejo en
la chancillería, un ayuntamiento de ciudad, un corregidor solícito,
tantos hombres prudentes; no solamente no les comunicaba las ocasiones
en general, pero de los sucesos no les daba parte por escrito, ni
de palabra; antes indignado por competencias de jurisdicciones,
preeminencias de asientos ó manera de mandar, sabian de otros antes
la causa porque se les mandaba, que recibiesen el mandamiento. Loaban
la diligencia del presidente en descubrir los tratados, los consejos,
los pensamientos de los enemigos; entretener la gente de la ciudad;
exhortar á los señores del reino que tomasen las armas, en particular
al marqués de Velez, y otras demostraciones que atribuidas al servicio
del rey eran juzgadas por honestas, y á su particular por tolerables:
empresas de reputacion y autoridad, no desdeñando, ni ofendiéndola; y
que en fin como quiera eran de suyo provechosas al beneficio público:
que la guerra no estaba acabada, pues los enemigos aun quedaban en pie;
que las armas entregadas eran inútiles y viejas: mostrábanse indignados
y rebeldes, resueltos á no mandarse por el marqués. Los alcaldes
(oficio usado á seguir el rigor de la justicia y aun el de la venganza,
porque cualquiera dilacion ó estorbo tienen por desacato) culpaban
la tibieza en el castigar; recibir á merced y amparar gente traidora
á Dios y al rey; las armas en la mano de padre y hijo; oprimida la
justicia y el gobierno; llena Granada de moros, mal defendida de
cristianos; muchos soldados y pocos hombres; peligros de enemigos y
defensores, deshaciendo por un cabo la guerra y criándola por otro.
Por el contrario los amigos y allegados del marqués y su casa decian:
que la guerra era libre, los oficiales y soldados concejiles, y esos
sin sueldo, movidos de su casa por la ganancia; los ganados habidos
de los enemigos; que por todo se hallaria que la carne y el trigo y
cebada se aprovechaba de dia en dia; que mal se podian fundar presidios
para guarda de vitualla con tan poca gente, ni asegurar las espaldas
sino andando tan pegados con los enemigos, que les mostrasen cada
hora las cuerdas de los arcabuces y los hierros de las picas; que los
quintos tenian oficiales del rey en quien se depositaban, y pasaban por
almonedas; que los oficios eran tan apartados, y los consejos de la
guerra requerian tanto secreto, que fuera de ella no se acostumbraba
comunicarlos con personas de otra profesion, aunque mas autoridad
tuviesen; porque como plática extraña de sus oficios, no sabian en que
lugar se debia poner el secreto; que tras el publicar venia el yerro, y
tras el yerro el castigo; y que como el presidente y oidores ó alcaldes
no le comunicaban los secretos de su acuerdo, así él no comunicaba con
ellos los de la guerra, ni se vian, ni habia causas porque hubiese
esta desigualdad, ó fuese autoridad ó superioridad. De lo que tocaba
al corregidor y la ciudad burlaban, como cosa de concejo y mezcla de
hombres desigual. Que los que eran para entender la guerra andaban
en ella y servian ellos ó sus hijos al rey, y obedecian al marqués
sin pasion. Que los cumplimientos eran parte de buena crianza; y cada
uno si queria ser mal quisto, podia ser mal criado. Que trayendo tan
á la continua la lanza en la mano, mal podia desembarazalla para la
pluma. Que la guerra era acabada, segun las muestras, y el castigo
se guardaria para la voluntad del rey, y entonces tenian su lugar la
mano y la indignacion de las justicias; y si decian que sobresanada
porque estaban los enemigos en pie y armados, lo sobresanado ó acabado,
lo armado y desarmado es todo uno, cuando los enemigos, ó se rinden,
ó están de manera que pueden ser oprimidos sin resistencia, como lo
estaban á la sazon los del reino y la ciudad de Granada. Que de aquello
servia la gente en el Albaicin y la Vega, la cual como entretenida con
alojamientos y sin pagas, no podia sino dar pesadumbre y desordenarse;
ni como poco plática saber la guerra tan de molde que no se les
pareciese que eran nuevos. Pero la carga de lo uno y de lo otro estaba
sobre los enemigos, á quien ellos decian que se habia de dar riguroso
castigo: lo cual aunque se diferia, no se olvidaba; que espantallos
sin tiempo era perder el fin y las comodidades que se podian sacar de
ellos; que las personas cuando eran tales siempre serian provechosas,
especialmente las que sirviesen á su costa, como la del marqués de
Velez, probada para cualquier gran cargo que estuviese sin dueño.
Mas el marqués, hombre de estrecha y rigurosa disciplina, criado al
favor de su abuelo y padre en gran oficio, sin igual ni contradictor,
impaciente de tomar compañía; comunicaba sus consejos consigo mismo, y
algunos con las personas que tenia cabe sí pláticas en la guerra, que
eran pocas: de las apariencias, aunque eran comunes á todos, á ninguno
daba parte; antes ocasion á algunos (especialmente á mozos y vanos),
de mostrarse quejosos. Tomó la empresa sin dineros, sin municion, sin
vitualla, con poca gente y esa concejil, mal pagada y por esto no bien
disciplinada; mantenida del robo, y á trueco de alcanzar ó conservar
este, mucha libertad, poca vergüenza, y menos honra; excepto los
particulares que á su costa venian de toda España á servir al rey, y
eran los primeros á poner las manos en los enemigos. Tuvo siempre por
principal fin pegarse con ellos; no dejar que se afirmasen en lugar ni
juntasen cuerpo; acometellos, apretallos, seguillos; no dalles ocasion
á que le siguiesen, ni mostrarles las espaldas aunque fuese para su
provecho; recibir los que de ellos viniesen á rendirse; disminuillos y
desarmallos, y á la fin oprimillos; para que poniéndoles guarniciones
con un pequeño ejército, pudiese el rey castigar los culpados,
desterrar los sospechosos, deshabitar el reino, si le pluguiese pasar
los moradores á otra parte: todo con seguridad y sin costa, antes á la
de ellos mismos. Hizo muchas veces al rey cierto del término en que las
cosas se hallaban: y aunque guiando ejércitos no hubiese venido otras
veces á las manos con los enemigos, todavía con la plática que tenia de
la manera del guerrear de estos, aprendida de padres y abuelos y otros
de su linaje que tuvieron continuas guerras con los moros, los trajo á
tal estado y en tan breve tiempo, como el de un mes; no embargante que
muchas veces se le escribiese, que procediese con ellos atentamente.
Puesta la guerra en estos términos, túvola por acabada facilitando lo
que estaba por hacer; con que se hizo mas odioso, pareciendo á hombres
ausentes cuerdos y de experiencia, que habia de retoñecer con mayor
fuerza como el tiempo diese lugar, y las esperanzas de Berbería se
calentasen, y los castigos y reformaciones comenzasen á ejecutarse: y
tuvieron por largo el negocio, por ser de montaña contra gente suelta y
plática de ella, y otras causas, que por nuestra parte se les habian de
dar.
En este mismo tiempo comenzó á descubrirse la guerra en el rio de
Almería, con la ida del marqués de Mondejar á las Guajaras y tierra de
Almuñecar. Ohañez es un lugar puesto entre dos rios en los confines
de la Alpujarra, marquesado de Zenette, y tierra de Almería: aquí
se recogieron moros que andaban huidos en la montaña (sobras de
los rencuentros pasados), convidados de la fortaleza del sitio, y
persuadidos por el Tahalí, á quien tomaron por capitan. Pusieron mil
hombres á la guardia del lugar donde habian encerrado sus hijos,
mujeres y haciendas; sin otro mayor número que defendian la tierra,
todos determinados á pelear.
Estaba el marqués de Velez en el rio de Almería entretenido con parte
de la gente del reino de Murcia; y la demás era vuelta, como es
costumbre, rica de la ganancia: esperaba órden del rey si tornaria á
la tierra de Cartagena, que confina con el reino de Granada por el rio
de Mojacar, que los antiguos llamaban Murgis; ampararia la tierra del
rey, y la suya vecina á la mar; defenderia que los moros del reino de
Granada no pasasen por aquella parte á desasosegar los del reino de
Valencia; recelado y cuasi cierto peligro en la primera ocasion de
pérdida nuestra importante: y convenia (ocupado el marqués de Mondejar
en las Guajaras) atajar el fuego de las espaldas. No habia en pie armas
tan cerca como estas, solicitadas por el presidente de Granada, mas
despues con aprobacion del rey.
Los que igualmente juzgaban lo bueno que lo malo, atribuían á
pasion esta diligencia, por excluir ó dar compañero al marqués de
Mondejar; pero las personas libres, á buena provision y en conveniente
conyuntura. Movióse el marqués de Velez con tres mil infantes y
trescientos caballos contra los enemigos, que le esperaban á la subida
de la montaña en un paso áspero y dificultoso: combatiólos y rompiólos
no sin dificultad; donde se mostró por su persona buen caballero. Mas
los enemigos recogiéndose á Ohañez estuvieron á la defensa. Acometiólos
con pocas armas, y rompiólos segunda vez; murieron cuasi doscientos
hombres con Tahalí su capitan, y en la entrada muchas mujeres; de los
nuestros algunos: salváronse de los moros por las espaldas del lugar
la mayor parte que estaba á la defensa sin ser seguidos; y pudieran,
si algun capitan plático los gobernara, hacer daño á los nuestros
embebecidos y cargados con el saco. Fue grande la importancia del hecho
por la ocasion. Á las gradas de la iglesia halló el marqués cortadas
veinte cabezas de doncellas, los cabellos tendidos, puestas por órden,
que los de aquella tierra cuando el rio de Almería se rebeló, en una
junta que tuvieron en Guecija, prometieron sacrificar juntamente con
veinte sacerdotes adoradores de los ídolos (que tal nombre dan á las
imágenes); porque Dios y su profeta Mahoma los ayudase. Poco antes
que el marqués entrase habian degollado las doncellas: los sacerdotes
hicieron mayor defensa; mas con quemar veinte frailes ahogados en
aceite hirviendo, pagaron el voto en la misma Guecija. ¡Cruel y
abominable religion, aplacar á Dios con vida y sangre inocente; pero
usada dende los tiempos antiguos en África, traida de Tiro, introducida
en la ciudad de Cartago por Dido su fundadora: tan guardada hasta
nuestros tiempos entre los moradores de aquella region, que es fama
que en la gran empresa que el emperador D. Cárlos, vencedor de muchas
gentes, hizo contra Barbarroja, tirano de Túnez, sacrificaron los moros
del cabo de Cartago cinco niños cristianos al tiempo que descubrieron
nuestra armada, á reverencia de cinco lugares que tienen en el alcoran,
donde se inclinan porque Dios los ampare y defienda en los peligros! El
marqués, habido este suceso en su favor, se recogió con la gente que
con él quiso quedar en Terque, lugar del rio de Almería, corriendo por
la tierra.
Las cosas de Granada estaban en el estado que tengo dicho. El rey habia
enviado á D. Antonio de Luna, hijo de D. Álvaro de Luna, y á D. Juan
de Mendoza, hombres de gran linaje, pláticos en la guerra, que habian
tenido cargos, y dado buena cuenta de ellos, para que asistiesen con el
conde de Tendilla como consejeros, estando á la órden que él les diese
en ausencia del marqués su padre; avisando al conde de la provision
con palabras blandas y comedidas; para que con ellos pudiese descargar
parte del trabajo. Puso el conde á D. Juan dentro en la ciudad con la
infantería cuyas armas habia profesado; y á D. Antonio á la guarda de
la Vega con doscientos caballos y parte tambien de la infantería.
Llegado el marqués de Mondejar á Orgiba continuando su propósito,
ocupóse en recibir pueblos y gente, que sin condicion venian á
rendirse con las armas; y en perseguir las sobras del campo de Aben
Humeya, su persona, parientes y allegados, que eran muchos, y con
él andaban huidos por las montañas. Estaba aun Valor, el alto, por
rendirse, pero sosegado; adonde tuvo aviso que Aben Humeya se recogia
con treinta hombres en las casas de su padre, y en Mecina su tio
Aben Jauhar. Envió dos compañías de infantería que no los hallando
se tornaron con haber saqueado á Valor y Mecina, mas á los de Mecina
que estaban con salvaguardia, mandó volver la ropa y cautivos dende
á poco. Fue tambien avisado que en el mismo lugar se escondia Aben
Humeya con ocho personas, y envió dos escuadras con sendos adalides
pláticos de la tierra con órden que vivo ó muerto le hubiesen á las
manos. Llaman adalides en lengua castellana á las guias y cabezas de
gente del campo, que entran á correr tierra de enemigos; y á la gente
llamaban almogávares: antiguamente fue calificado el cargo de adalides;
elegíanlos sus almogávares; saludábanlos por su nombre levantándolos
en alto de pies en un escudo: por el rastro conocen las pisadas de
cualquiera fiera ó persona, y con tanta presteza que no se detienen
á conjeturar; resolviendo por señales, á juicio de quien las mira
livianas, mas al suyo tan ciertas, que cuando han encontrado con lo que
buscan, parece maravilla ó envahimiento. No hallaron en Valor, el alto,
rastro de Aben Humeya, pero en el bajo oyeron chasquido de jugar á la
ballesta, músicas, canto y regocijo de tanta gente, que no la osando
acometer se tornaron á dar aviso. Envió dos capitanes, Antonio de
Ávila y Álvaro de Flores, con trescientos arcabuceros escogidos entre
la gente que á la sazon habia quedado, que era poca, porque con la
ganancia de los Guajaras, y con tener por acabada la guerra se habian
ido á sus casas, hombres levantados sin pagas, sin el son de la caja,
concejiles; que tienen el robo por sueldo, y la codicia por superior.
Fueron con estos trescientos, otros mas de quinientos aventureros y
mochileros á hurto, sin que guarda ó diligencia pudiese estorballo.
Llevaron los capitanes órden de palabra, que tomasen y atajasen los
caminos, cercasen el lugar, y sin que la gente entrase dentro, llamasen
los regidores y principales; requiriésenlos que entregasen Aben Humeya
que se llamaba rey; y en caso que se excusasen, con personas deputadas
por ellos mismos y por los capitanes, le buscasen por las casas; y no
pareciendo trajesen los regidores presos ante el marqués, sin hacer
otro daño en el lugar. Partiendo con esta resolucion, y antes que
llegasen á Valor, donde se descubre la punta de Castil de Ferro, los
alcanzó Ampuero, capitan de campaña, y les dió la misma órden por
escrito; añadiendo que si gente de salvaguardia ó de Valor, el alto,
la hallasen en el bajo, la dejasen estar. Mas Antonio de Ávila, que ya
traía consigo la mala fortuna, dicen que respondió: _que si en algo se
excediese de la órden, todo seria dar culpa á los soldados_. Llegando á
Valor tomaron los caminos; cercaron el lugar: salieron los principales
á ofrecer favor, diligencia, vituallas; mas los que vinieron al cuartel
de Antonio de Ávila fueron muertos sin ser oidos. Alteróse el lugar;
entraron los soldados matando y saqueando; juntáronseles los de Álvaro
Flores, que para esto eran todos en uno; murieron algunos moriscos, que
no pudieron defenderse ni huir; fue robada la tierra, y los soldados
recogieron el robo en la iglesia diciendo los capitanes: que su órden
era llevar los moriscos presos, y no podian de otra manera cumplir con
ella. Mas los moriscos visto el daño, hicieron ahumadas á los suyos
que andaban por la montaña, y á los que cerca estaban escondidos: los
nuestros al nacer del dia partiendo la presa, en que habia ochocientos
cautivos y mucha ropa, las bestias y ellos cargados, tomaron el camino
de Orgiba, los embarazos y presas en medio. Partida la vanguardia,
mostróse á la retaguardia Abenzaba, capitan de Aben Humeya en aquel
partido, con trescientos hombres como de paz: requeríalos con la
salvaguardia; que dejando las personas cautivas llevasen el resto; mas
viendo cuan poco les aprovechaba comenzaron á picallos y desordenallos,
hasta que á la cubierta de un viso dieron en la emboscada de doscientos
hombres, y volviéndose á las mujeres les dijeron: _Damas, no vais con
tan ruin gente_. Juntamente con estas palabras el Partal, hombre cuerdo
y valiente, uno de cinco hermanos todos de este nombre que vivian en
Narila, acometió la retaguardia por el costado; mas los soldados por no
desamparar la presa hicieron poca resistencia: la vanguardia caminaba
cuanto podia sin hacer alto ni descargarse de la presa, y todos iban
ya ahilados; los delanteros por llegar á Orgiba; los postreros por
juntarse con los delanteros: en fin del todo puestos en rota sin
osar defenderse ni huir, muertos los capitanes y oficiales, rendidos
los soldados y degollados: con la presa á cuestas ó en los brazos,
salváronse entre todos como cuarenta; los demás fueron muertos sin
recibir á prision; ni perder los enemigos hombre, de quinientos que se
juntaron. Como sucedió el caso, enviaron á excusarse con el marqués,
cargando la culpa á los capitanes, y ofreciendo estar á justicia. Mas
él entendida la desgracia puso en Orgiba mayor guardia, repartió los
cuarteles á la caballería como quien esperaba los enemigos: llegó
el mismo dia el aviso á Granada; y el conde Tendilla despachó á D.
Antonio de Luna con mil infantes y cien caballos, y órden que llegado á
Lanjaron hasta donde era el peligro, dejando la gente en lugar seguro
y el gobierno al sarjento mayor, tornase á Granada. Llegaron á Orgiba
dentro el tercero dia que el caso aconteció; reforzó las guardias en el
Alhambra, en la ciudad y la Vega; porque los moriscos favorecidos con
este suceso no intentasen novedad.