ciudades y señores en el Albaicin; y porque no bastaba para asegurarse
de los moriscos de la ciudad y la tierra, y proveer á su padre de
gente, nombró diez y siete capitanes, parte hijos de señores, parte
caballeros de la ciudad, parte soldados, pero todos personas de
crédito: aposentólos, y mantúvolos sin pagas con alojamientos y
contribuciones. El marqués, dejando guardia en Durcal, paró aquella
noche en Elchite, de donde partió en órden camino de la puente; y
habiendo enviado una compañía de caballos con alguna arcabucería á
recoger la gente que habia quedado atrás, para que asegurasen los
bagajes y embarazos, y mandado volver á Granada los desarmados que
vinieron de la Andalucía; tuvo aviso que los enemigos le esperaban,
parte en la ladera, parte en la salida de la misma puente, y la estaban
rompiendo. Eran todos cuasi tres mil y quinientos hombres, los mas de
ellos armados de arcabuces y ballestas, los otros con hondas y armas
enhastadas: comenzóse una escaramuza trabada; mas el marqués, visto
que remolinaban algunas picas de su escuadron, arremetió adelante con
la gente particular de manera, que apretó los enemigos hasta forzarlos
á dejar la puente, y pasó una banda de arcabucería por lo que de ella
quedaba entero. Con esta carga fueron rotos del todo, retrayéndose en
poca órden á lo alto de la montaña. Algunos arcabuceros llegaron á
Lanjaron, y entraron en el castillo que estaba desamparado: reparóse
la puente con puertas, con rama, con madera que se trajo del lugar de
Tablate, por donde pasó la caballería: el resto del campo se aposentó
en él sin seguir los enemigos, por ser ya tarde y haberse ellos acogido
á lo fuerte, donde los caballos no les podian dañar. El dia siguiente,
dejando en la puente al capitan Valdivia con su compañía para seguridad
de las escoltas que iban de Granada á la Alpujarra, por ser paso de
importancia, tomó el camino de Orgiba donde los enemigos le esperaban
al paso en la cuesta de Lanjaron; y habiendo sacado una banda de
arcabucería con algunos caballos, mandó á don Francisco su hijo[46],
que con ellos se mejorase en lo alto de la montaña, yendo él su camino
derecho sin estorbo; porque Aben Humeya, con miedo que le tomasen los
nuestros las cumbres que tenia para su acogida, dejó libre el paso;
aunque la noche antes habia tenido su campo enfrente del nuestro con
muchas lumbres y música en su manera, amenazando nuestra gente y
apercibiéndola para otro dia á la batalla. Llegado el marqués á Orgiba
socorrió la torre, en término que si tardara, era necesario perderse
por falta de agua y vitualla, cansados de velar y resistir. He querido
hacer tan particular memoria del caso de Orgiba, porque en él hubo
todos los accidentes que en un cerco de grande importancia; sitiados y
combatidos, quitadas las defensas, salidas de los de dentro contra los
cercadores, á falta de artillería picados los muros, al fin hambreados,
socorridos con la diligencia que ciudades ó plazas importantes; hasta
juntarse dos campos tales cuales entonces los habia, uno á estorbar,
otro á socorrer, darse batalla donde intervino persona y nombre de
rey. Socorrida y proveida Orgiba de vitualla, municion y gente, la
que bastaba para asegurar las espaldas al campo, mandando volver á
Granada á órden del conde su hijo cuatro compañías de caballería, y una
de infantería para guarda de la ciudad, partió contra Poqueira donde
tuvo aviso que Aben Humeya habia parado resuelto de combatir: juntó
con su gente dos compañías, una de infantería y otra de caballos, que
le vino de Córdoba. Cerca del rio que divide el camino entre Orgiba y
Poqueira, descubrió los enemigos en el paso que llaman Alfajarali. Eran
cuatro mil hombres los principales que gobernaban apeados: hicieron
una ala delgada en medio, á los costados espesa de gente como es su
costumbre ordenar el escuadron; á la mano derecha, cubiertos con un
cerro, habia emboscados quinientos arcabuceros y ballesteros; demás
de esto otra emboscada en lo hondo del barranco, luego pasado el rio,
de mucho mayor número de gente. La que el marqués llevaba serian
dos mil infantes y trescientos caballos en un escuadron prolongado
guarnecido de arcabucería y mangas, segun la dificultad del camino. La
caballería, parte en la retaguardia, parte á un lado, donde la tierra
era tal que podian mandarse los caballos; pero guarnecida asimismo
de alguna infantería: porque en aquella tierra, aunque los caballos
sirvan mas para atemorizar que para ofender, todavía son provechosos.
Apartó del escuadron dos bandas de arcabucería y cien caballos, con
que su hijo D. Francisco fuese á tomar las cumbres de la montaña:
en esta órden bajando al rio, comenzó á subir escaramuzando con los
enemigos; mas ellos, cuando pensaron que nuestra gente iba cansada,
acometieron por la frente, por el costado, y por la retaguardia, todo
á un tiempo; de manera que cuasi una hora se peleó con ellos á todas
partes y á las espaldas, no sin igualdad y peligro; porque la una
banda de arcabucería estuvo en términos de desórden, y la caballería
lo mismo; pero socorrió el marqués con su persona los caballos, y
enviando socorro á los infantes. Viendo los enemigos que les tomaba
los altos nuestra arcabucería, ya rotos se recogieron á ellos con
tiempo, desamparando el paso. Siguióse el alcance mas de media legua
hasta un lugar que dicen Lubien: la noche y el cansancio estorbó que
no se pasase adelante; murieron de ellos en este rencuentro cuasi
seiscientos, de los nuestros siete; hubo muchos heridos de arcabuces
y ballestas. Don Francisco de Mendoza, hijo del marqués, y D. Alonso
Portocarrero, fueron aquel dia buenos caballeros, entre otros que allí
se hallaron: D. Francisco cercado y fuera de la silla, se defendió con
daño de los enemigos rompiendo por medio. D. Alonso, herido de dos
saetadas con yerba, peleó hasta caer trabado del veneno usado dende
los tiempos antiguos entre cazadores. Mas porque se va perdiendo el
uso de ella con el de los arcabuces, como se olvidan muchas cosas con
la novedad de otras, diré algo de su naturaleza. Hay dos maneras, una
que se hace en Castilla en las montañas de Bejar y Guadarrama (á este
monte llamaban los antiguos Orospeda, y al otro Idubeda), cociendo el
zumo de vedegambre á que en lengua romana y griega dicen eléboro negro
hasta que hace correa, y curándolo al sol, lo espesan y dan fuerza[47];
su olor agudo no sin suavidad, su color escuro, que tira á rubio. Otra
se hace en las montañas nevadas de Granada de la misma manera, pero de
la yerba que los moros dicen rejalgar, nosotros yerba, los romanos y
griegos acónito, y porque mata los lobos, lycoctónos; color negro, olor
grave, prende mas presto, daña mucha carne: los accidentes en ambas los
mismos, frio, torpeza, privacion de vista, revolvimiento de estómago,
arcadas, espumajos, desflaquecimiento de fuerzas hasta caer. Envuélvese
la ponzoña con la sangre donde quier que la halla, y aunque toque la
yerba á la que corre fuera de la herida, se retira con ella, y la lleva
consigo por las venas al corazon, donde ya no tiene remedio; mas antes
que llegue hay todos los generales: chúpanla para tirarla á fuera,
aunque con peligro; psyllos llamaban en lengua de Egipto á los hombres
que tenian este oficio[48]. El particular remedio es zumo de membrillo,
fruta tan enemiga de esta yerba, que donde quier que la alcanza el
olor, le quita la fuerza; zumo de retama, cuyas hojas machacadas he yo
visto lanzar de suyo por la herida cuanto pueden buscando el veneno
hasta topallo, y tiralle fuera: tal es la manera de esta ponzoña, con
cuyo zumo untan las saetas envueltas en lino porque se detenga. La
simplicidad de nuestros pasados, que no conocieron manera de matar
personas sino á hierro, puso á todo género de veneno nombre de yerbas:
usóse en tiempos antiguos en las montañas de Abruzzo, en las de Candia,
en las de Persia: en los nuestros en los Alpes que llaman Monsenis hay
cierta yerba poco diferente, dicha tora, con que matan la caza, y otra
que dicen antora, á manera de dictamno, que la cura.
[46] Este D. Francisco es el almirante de Aragon, que despues
de varios casos y fortunas se ordenó de clérigo y fue obispo
de Sigüenza.
[47] Algo difiere de lo que dice Laguna sobre Dioscórides, lib.
IV, cap. 79 y cap. 153.
[48] Plin. lib. VII, cap. 2, y lib. VIII, cap. 25.
Entróse Poqueira, lugar tan fuerte, que con poca resistencia se
defendiera contra mucho mayores fuerzas. Los moros confiándose del
sitio le habian escogido por depósito de sus riquezas, de sus mujeres,
hijos, y vitualla: todo se dió á saco; los soldados ganaron cantidad
de oro, ropa, esclavos, la vitualla se aprovechó cuanto pudo; mas la
priesa de caminar en seguimiento de los enemigos, porque en ninguna
parte se firmasen, y la falta de bagajes en que la cargar y gente con
que aseguraba, fue causa de quemar la mayor parte, porque ellos no se
aprovechasen. Partió el marqués el dia siguiente de Poqueira, y vino
á Pitres, donde se detuvo curando los heridos, dando cobro á muchos
cautivos cristianos que libertó, ordenando las escoltas, y tomando
lengua. Alcanzáronle en este lugar dos compañías de caballos de Córdoba
y una de infantería: en él tuvo nueva como Aben Humeya con mayor número
de gente le esperaba en el puerto que llaman de Jubiles, lugar á su
parecer de ellos donde era imposible pasar sin pérdida. Mas queriendo
los enemigos tentar primero la fortuna de la guerra, saltearon nuestro
alojamiento con cinco banderas, en que habia ochocientos hombres: el
dia siguiente á mediodia, aprovechándose de la niebla y de la hora
del comer, acometieron por tres partes, y porfiaron de manera hasta
que llegaron á los cuerpos de guardia peleando, pero en ellos fueron
resistidos con pérdida de gente y dos banderas: hubo algunos heridos
de los nuestros. Sosegada y refrescada la gente, dejando los heridos
y embarazos con buena guardia, partió el marqués ahorrado contra Aben
Humeya; y por descuidarle escogió el camino áspero de Trevelez por
la cumbre de la sierra de Poqueira, donde algunos moros desmandados
desasosegaron nuestra retaguardia sin daño. Pasóse aquella noche fuera
de Trevelez sobre la nieve, con poco aparejo y frio demasiado. Habia
venido á Pitres un mensajero de Zaguer que decian Aben Jauhar, tio y
general de Aben Humeya, á pedir apuntamientos de paz; pero llevándole
el marqués consigo le respondió; _Que brevemente pensaba dalle la
respuesta, como convenia al servicio de Dios y del rey_. Dícese que ya
el zaguer andaba recatado de que Aben Humeya le buscase la muerte; y
continuando su camino para Jubiles con una compañía mas de infantería
y otra de caballos de Écija, cuyo capitan era Tello de Aguilar, llegó
á vista de Jubiles donde salió un cristiano viejo con tres moros á
entregalle el castillo. Habia dentro mujeres y hijos de los moros que
estaban en campo con Aben Humeya, gente inútil y de estorbo para quien
no tiene cuenta con las mujeres y niños, y algunos moros de paz viejos;
mas porque era necesario ocupar mucha gente para guardallos, y si
quedaran sin guarda se huyeran á los enemigos, mandó que los llevasen
á Jubiles. Acaeció, que un soldado de los atrevidos llegó á tentar una
mujer si traía dineros, y alguno de los moriscos (ó fuese marido ó
pariente) á defendella, de que se trabó tal ruido, que de los moriscos
cuasi ninguno quedó vivo; de las moriscas hubo muchas muertas, de los
nuestros algunos heridos, que con la escuridad de la noche se hacian
daño unos á otros. Dícese que hubo gente de los enemigos mezclada
para ver si con esta ocasion pudieran desordenar el campo, y que
arrepentidos de la entrega que el zaguer hizo, los padres, hermanos y
maridos de las moras quisieron procurar su libertad: la escuridad de la
noche y la confusion fue tanta, que ni capitanes ni oficiales pudieron
estorbar el daño.
LIBRO II.
En tanto que las cosas de la Alpujarra pasaban como tenemos dicho,
se juntaron hasta quinientos moros con dos capitanes, Giron de las
Albuñuelas y Nacoz de Niguels, á tentar la guardia, que el marqués
habia dejado en la puente de Tablate; teniendo por cierto que si
de allí la pudiesen apartar, se quitaria el paso y el aparejo á
las escoltas, y nuestro campo con falta de vituallas se desharia.
Vinieron sobre la puente hallándola falta de gente, y la que habia
desapercibida: acometieron con tanto denuedo, que la hicieron retirar;
parte no paró hasta Granada, muchos de ellos murieron sin pelear en el
alcance, parte se encerraron en una iglesia donde acabaron quemados,
con que la puente quedó por los enemigos. Mas el conde de Tendilla,
sabida la nueva, envió á llamar con diligencia á D. Álvaro Manrique,
capitan del marqués de Pliego, que con trescientos infantes y ochenta
caballos de su cargo estaba alojado dos leguas de Granada. Llegó
á la puente de Genil al amanecer, donde el conde le esperaba con
ochocientos infantes y ciento y veinte caballos: avisado del número de
los enemigos entrególes la gente, y dióle órden que peleando con ellos,
desembarazado el paso le dejase guardado, y él con el resto de ella
pasase á buscar al marqués. Cumplió D. Álvaro con su comision hallando
la puente libre, y los moros idos.
En Jubiles llegó el capitan D. Diego de Mendoza enviado por el rey,
para que llevase relacion de la guerra, manera de como se gobernaba el
marqués, del estado en que las cosas se hallaban; porque los avisos
eran tan diferentes, que causaban confusion en las provisiones; como
no faltan personas que por pretensiones ó por pasion ó opinion ó buen
celo, culpan ó excusan las obras de los ministros. Partió el marqués
de Jubiles, vino á Cadiar donde fue la muerte del capitan Herrera;
de allí á Ujijar: en el camino mandó combatir una cueva, en que se
defendian encerrados cantidad de moros con sus mujeres y hijos, hasta
que con fuego y humo fueron tomados. Estando en Ujijar fue avisado
que Aben Humeya juntas todas sus fuerzas le esperaba en el paso de
Paterna tres leguas de Ujijar, y sin detenerse partió. Caminando le
vinieron dos moros de parte de Aben Humeya con nuevos partidos de
paz, mas el marqués sin respuesta los llevó consigo hasta dar con su
vanguardia en la de los enemigos; y en una quebrada junto á Iñiza
pelearon con harta pertinencia, por ser mas de cinco mil hombres y
mejor armados que en Jubiles: pero fueron rotos del todo tomándoles el
alto, y acometiéndolos con la caballería D. Alonso de Cárdenas, conde
de la Puebla: no se siguió el alcance por ser noche. Envió el marqués
doscientos caballos, que le siguieron hasta la nieve y aspereza de la
sierra, matando y cautivando; y él á dos horas de noche paró en Iñiza:
otro dia vino á Paterna; dióla á saco; no hallaron los soldados en
ella menos riqueza que en Poqueira. El rencuentro de Paterna fue la
postrera jornada en que Aben Humeya tuvo gente junta contra el marqués;
el cual partió sin detenerse para Andarax en seguimiento de las sobras
de los enemigos, habiendo enviado delante infantería y caballería á
buscallos en el llano, y en la sierra que dicen el Cehel cerca de la
mar: montaña buena para ganados, caza y pesca; aunque en algunas partes
falta de agua. Dicen los moros, que fue patrimonio del conde Julian el
traidor, y aun duran en ella y cerca memorias de su nombre; la torre,
la rambla Juliana, y Castil de Ferro. Llegado á Andarax envió á su
hijo D. Francisco con cuatro compañías de infantería y cien caballos á
Ohañez, donde entendió que se recogian enemigos; mas por avisos ciertos
del capitan de Adra supo que en él no habia cuarenta personas, y por
alguna falta de vituallas le mandó tornar. Recogió y envió á Granada
gran cantidad de cautivos cristianos, á quien habia dado libertad en
todos los pueblos que ganó y se le rindieron: recibió los lugares que
sin condicion se le entregaron. Estaba Diego de la Gasca sospechoso en
Adra, que los vecinos de Turon, lugar de los rendidos en Cehel, acogian
moros enemigos, y queriendo él por sí saber la verdad para dar aviso
al marqués, fue con su gente; mas no hallando moros entró de vuelta á
buscar cierta casa, de donde salió uno de ellos que le dió cierta carta
de aviso fingida, y al abrirla le metió un puñal por el vientre: hirió
tambien dos soldados antes que le matasen. Murió Gasca de las heridas,
y mandó en su testamento que las ganancias que habia hecho en la guerra
se repartiesen entre soldados pobres, huérfanos, viudas, mujeres y
hijas de soldados: era sobrino hijo de hermano de Gasca, obispo de
Sigüenza, que venció en una batalla á los Pizarros y pacificó el reino
del Perú.
En el mismo tiempo, D. Luis Fajardo marqués de Velez, gran señor en el
reino de Murcia, solicitado, como dijimos, por cartas del presidente
de Granada, habia salido con sus amigos, deudos y allegados, á entrar
en el reino de Almería: era la gente que llevaba número de dos mil
infantes y trescientos caballos, la mayor parte escogidos. La primera
jornada fue combatir una gruesa banda de moros, que atravesaban
desmandados en Illar: de allí fue sobre Filix: tomóla, y saqueóla
enriqueciendo la gente; peleóse con harto riesgo y porfía; murieron
de los enemigos muchos, pero mas mujeres que hombres, entre ellos su
capitan, llamado Futei, natural de Zenette. Hecho esto, por falta de
vituallas se recogió á los lugares del rio de Almería; donde para
mantener la gente y su persona vino á Cosar de Canjayar, barranco
de la Hambre le llaman por otro nombre en su lengua, porque en él
se recogieron los moros, cuando el Rey Católico D. Fernando hizo la
empresa de Andarax en el primer levantamiento, donde pasaron tanta
hambre que cuasi todos murieron.
La toma de Poqueira, Jubiles y Paterna puso temor á los enemigos,
porque tenian reputacion de fuertes, y indignacion por la pérdida
que en ellos hicieron de todas sus fortunas: comenzaron á recogerse
en lugares ásperos, ocupar las cumbres y riscos de las montañas
fortificando á su parecer lo que bastaba; pero no como gente plática,
antes ponian todas sus esperanzas y seguridad en esparcir, y dejando
la frente al enemigo pasar á las espaldas, mas con apariencia de
descabullirse, que de acometer. Pareció al marqués con estos sucesos
quedar llana toda la Alpujarra; y dando la vuelta por Andarax y Cadiar,
tornó á Orgiba, por estar mas en comarca de la mar, rio de Almería,
Granada, y la misma Alpujarra. Entre tanto, aunque la rebelion parecia
estar en el Alpujarra en términos de sosegada, echó raices por diversas
partes: á la parte de poniente por las Guajaras, tres lugares pequeños
juntos que parten la tierra de Almuñecar de la de Val de Leclin,
puestos en el valle que desciende al puerto de la Herradura; desdichado
por la pérdida de veinte y tres galeras anegadas con su capitan general
D. Juan de Mendoza, hombre de no menos industria y ánimo que su padre
D. Bernardino y otros de sus pasados, que en diversos tiempos valieron
en aquel ejercicio. El señor de uno de aquellos lugares, ó con ánimo
de tenellos pacíficos, ó de roballos y cautivar la gente, juntando
consigo hasta doscientos soldados desmandados de la costa, forzó á los
vecinos que le alojasen y contribuyesen extraordinariamente. Vista
por ellos la violencia dilatándolo hasta la noche, le acometieron de
improviso, y necesitaron á retraerse en la iglesia donde quemaron á él
y á los que entraron en su compañía. No dió tiempo á los malhechores la
presteza del caso para pensar en otro partido mas llano, que juntarse
llegando á sí de la gente de lugares vecinos tres mil personas de todas
edades, en que habia mil y quinientos hombres de provecho, armados
de arcabuces, ballestas, lanzas y gorguzes y parte hondas, como la
ira y la posibilidad les daba; y sin tomar capitan, de comun parecer
ocuparon dos peñones, uno alto de subida áspera y difícil, otro menor
y mas llano. Aquí pusieron su guardia, y se repararon sin traveses,
parte con piedra seca, parte con mantas y jalmas como rumbadas, á
falta de rama y tierra. Estos dos sitios escogieron para su seguridad,
juntando despues consigo algunos salteadores, Giron, Marcos el Zamar
capitanes, y otros hombres á quien convidaba la fortaleza del sitio,
el aparejo de la comarca, y la ocasion de las presas. Fue el marqués
avisado, que andaba visitando algunos lugares de la tierra como seguro
de tal novedad; y visto que el fuego se comenzaba por parte peligrosa
de lugares importantes guardados á la costa con poca gente, recelando
que saltase á la sierra de Bentomiz ó á la hoya y jarquia de Málaga,
deliberó partir con cuasi dos mil infantes y doscientos caballos,
avisando al conde que de Granada le reforzase con mas gente de pie y
de caballo. Eran los mas aventureros ó concejiles: tomó el camino de
las Guajaras dejando á sus espaldas lugares, como Ohañez y Valor el
alto, sospechosos y sobresaltados, aunque solos de gente segun los
avisos. Algunos le juzgaban, diciendo, que pudiera enviar otra persona
ó á su hijo el conde en su lugar; pero él escogió para sí la empresa
con este peligro: ó porque el rey vista la importancia del caso no le
proveyese de compañero, ó por entretener la gente en la ganancia. Tanto
puede la ambicion en los hombres puesto que sea loable, que aun de los
hijos se recatan. Sacar al conde de Granada, que le aseguraba la ciudad
á las espaldas y le proveía de gente y de vitualla, parecia consejo
peligroso; y partir la empresa con otro, despojarse de las cabezas;
que si muchas en número y calidad de personas, en experiencia eran
pocas. Estas dudas saneó con la presteza, porque antes que los enemigos
pensasen que partia, les puso las armas delante. Halláronse en toda la
jornada muchas personas principales, así del reino de Granada como de
la Andalucía, que en las ocasiones serán nombrados. Partió el marqués
de Andarax, y sin perder tiempo vino de Cadiar á Orgiba; y tomando
vitualla á Velez de Benabdalá, pasó el rio de Motril, la infantería á
las ancas de los caballos, y llegó á las Guajaras que están en medio.
Vino D. Alonso Portocarrero con mil soldados, ya sano de sus heridas,
y otras dos bandas de infantería, ciento y cincuenta caballos, gente
hecha en Granada, que enviaba el conde de Tendilla, el conde de
Santistévan con muchos deudos y amigos de su casa y vasallos suyos.
Mas los enemigos, como de improviso descubrieron el campo, comenzaron
á tomar el camino de los Peñones y víanse subir por la montaña con
mujeres y hijos. Viendo el marqués que se recogian á sus fuertes, envió
una compañía de arcabuceros á reconocerlos, y dañarlos si pudiesen;
pero dende á poco le trajo un soldado mandado del capitan, que por
ser los enemigos muchos y su gente poca, ni se atrevia á seguillos,
porque no le cargasen; ni á retirarse, porque no le rompiesen: pedia
para lo uno y lo otro mil hombres. Envióle alguna arcabucería, y él con
la gente que pudo llegar ordenada, le siguió hasta las Guajaras altas
por hacerle espaldas, donde alojó aquella noche con mal aparejo; pero
los unos y los otros sin temor, los nuestros por la confianza de la
victoria, los enemigos de la defensa.