En España no habia galeras: el poder del rey ocupado en regiones

apartadas, y el reino fuera de tal cuidado, todo seguro, todo sosegado:

que tal estado era el que á ellos parecia mas á su propósito. Los

ministros y gente en Granada mas sospechosa, que proveida; como pasa

donde hay miedo y confusion. Pero fue acontecimiento hacer aquella

noche tan mal tiempo, y caer tanta nieve en la sierra que llaman

Nevada y antiguamente Soloria, y los moros Solaira; que cegó los pasos

y veredas cuanto bastaba, para que tanto número de gente no pudiese

llegar. Mas Farax con los ciento y cincuenta hombres poco antes del

amanecer entró por la puerta alta de Guadix, donde junta con Granada el

camino de la sierra, con instrumentos y gaitas, como es su costumbre.

Llegaron al Albaicin, corrieron las calles, procuraron levantar el

pueblo haciendo promesas, pregonando sueldo de parte de los reyes de

Fez y Argel, y afirmando que con gruesas armadas eran llegados á la

costa del reino de Granada: cosa que escandalizó y atemorizó los ánimos

presentes; y á los ausentes dió tanto mas en que pensar, cuanto mas

lejos se hallaban: porque semejantes acaecimientos, cuanto mas se van

apartando de su principio, tanto parecen mayores, y se juzgan con mayor

encarecimiento. ¡Y qué en un reino pacífico, lleno de armas, prudencia,

justicia, riquezas; gobernado por el rey que pocos años antes habia

hecho en persona el mayor principio que nunca hizo rey en España;

vencido en un año dos batallas; ocupado por fuerza tres plazas al poder

de Francia; compuesto negocio tan desconfiado como la restitucion del

duque de Saboya; hecho por sus capitanes otras empresas; atravesado

sus banderas de Italia á Flandes (viaje al parecer imposible), por

tierras y gentes, que despues de las armas romanas nunca vieron otras

en su comarca; pacificado sus estados con victorias, con sangre, con

castigos; dentro, en el reposo, en la seguridad de su reino, en ciudad

poblada por la mayor parte de cristianos, tanto mar en medio, tantas

galeras nuestras; entrase gente armada con espadas de tantos hombres

por medio de la ciudad, apellidando nombres de reyes infieles enemigos!

Estado poco seguro es el de quien se descuida, creyendo que por sola su

autoridad nadie se puede atrever á ofendelle. Los moriscos, hombres mas

prevenidos que diestros, esperaban por horas la gente de la Alpujarra:

salian el Tagari y Monfarrix, dos capitanes, todas las noches al

cerro de Santa Helena por reconocer; y salieron la noche antes con

cincuenta hombres escogidos, y diez y siete escalas grandes, para

juntándose con Farax entrar en el Alhambra; mas visto que no venian al

tiempo, escondiendo las escalas en una cueva se volvieron, sin salir

la siguiente noche, pareciéndoles, como poco pláticos de semejantes

casos, que la tempestad estorbaria á venir tanta gente junta, con que

pudiesen ellos y sus compañeros poner en ejecucion el tratado del

Alhambra; debiéndose esperar semejante noche para escalarla. Mas los

del Albaicin estuvieron sosegados en las casas, cerradas las puertas,

como ignorantes del tratado, oyendo el pregon; porque aunque se hubiese

comunicado con ellos, no con todos en general ni particularmente; ni

estaban todos ciertos del dia (aunque se dilató poco la venida), ni

del número de la gente, ni de la órden con que entraban, ni de la

que en lo por venir temian. Díjose, que uno de los viejos abriendo

la ventana, preguntó: _cuantos eran_, y respondiéndole: _seis mil_,

cerró, y dijo: _pocos sois, y venis presto_, dando á entender que

habian primero de comenzar por el Alhambra, y despues venir por el

Albaicin, y con las fuerzas del rey de Argel. Tampoco se movieron los

de la Vega, que seguian á los del Albaicin; especialmente no oyendo

la artillería del Alhambra que tenian por contraseño. Habia entre los

que gobernaban la ciudad emulacion y voluntades diferentes; pero no

por esto así ellos como la gente principal y pueblo, dejaron de hacer

la parte que tocaba á cada uno. Estúvose la noche en armas; tuvo el

conde de Tendilla el Alhambra á punto, escandalizado de la música

morisca, cosa en aquel tiempo ya desusada; pero avisado de lo que era,

con mejor guardia. El marqués, aunque no tenia noticia del contraseño

que los moros habian dado á la gente de la Vega, y él le tenia dado

á la gente de la ciudad, que en la ocasion habia de disparar tres

piezas; temiendo que si se hacia pensasen los moros que estaba en

aprieto, y acometiesen el Alhambra, en que habia poca guardia, mandó

que ningun movimiento se hiciese, ni se pidiese gente á la ciudad; que

fue la salvacion del peligro, aunque proveido á otro propósito; porque

acudiendo los moriscos de la Vega al contraseño, necesitaban á los

del Albaicin á declararse y juntarse con ellos, y como descubiertos

combatir la ciudad. Bajó el conde á la plaza nueva y puso la gente en

órden: acudieron muchos de los forasteros y de la ciudad, personas

principales, al presidente D. Pedro de Deza por su oficio, por el

cuidado que le habian visto poner en descubrir y atajar el tratado,

por su afabilidad, buena manera generalmente con todos, y algunos por

la diferencia de voluntades que conocian entre él y el marqués de

Mondejar. Este, con solos cuatro de á caballo y el corregidor, subió

al Albaicin, mas por reconocer lo pasado, que suspender el daño que se

esperaba, ó asosegar los ánimos que ya tenia por perdidos, contento

con alargar algun dia el peligro; mostrando confianza, y gozar del

tiempo que fuese comun á ellos, para ver como procedian sus valedores;

y á él para armarse y proveerse de lo necesario, y resistir á los

unos y á los otros. Hablóles: «encareció su lealtad y firmeza, su

prudencia en no dar crédito á la liviandad de pocos y perdidos, sin

prendas, livianos; hombres que con las culpas ajenas pensaban redimir

sus delitos ó adelantarse. Tal confianza se habia hecho siempre, y

en casos tan calificados de la voluntad que tenian al servicio del

rey, poniendo personas, haciendas y vidas con tanta obediencia á

los ministros; ofreciéndose de ser testigo, y representador de su

fe y servicios, intercediendo con el rey para que fuesen conocidos,

estimados y remunerados.» Pero ellos respondiendo pocas palabras, y

esas mas con semblante de culpados y arrepentidos que de determinados,

ofrecieron la obra y perseverancia que habian mostrado en todas las

ocasiones; y pareciéndole al marqués bastar aquello sin quitalles el

miedo que tenian del pueblo, se bajó á la ciudad. Habia ya enviado á

reconocer los enemigos; porque ni del propósito, ni del número, ni de

la calidad de ellos, ni de las espaldas con que habian entrado se tenia

certeza, ni del camino que hacian. Refirieron que habiendo parado en

la casa de las Gallinas, atravesaban el Genil la vuelta de la sierra;

puso recaudo en los lugares que convenia; encomendó al corregidor la

guardia de la ciudad; dejó en el Alhambra donde habia pocos soldados

mal pagados, y estos de á caballo, el recaudo que bastaba, juntando á

este los criados y allegados del conde de Tendilla, personas de crédito

y amistades en la ciudad. Él con la caballería que se halló, siguió

á los enemigos llevando consigo á su yerno y hijos[44]: siguiéronle,

parte por servir al rey, parte por amistad, ó por probar sus personas,

por curiosidad de ver toda la gente desocupada y principal que se

hallaba en la ciudad. Salió con la gente de su casa el conde de Miranda

D. Pedro de Zúñiga[45], que á la sazon residia en pleitos, grande,

igual en estado y linaje: eran todos pocos, pero calificados. Mas los

enemigos, visto que los vecinos del Albaicin estaban quedos, y los de

la Vega no acudian; con haber muerto un soldado, herido otro, saqueado

una tienda y otra como en señal de que habian entrado, tomaron el

camino que habian traido, y por las espaldas de la Alhambra prolongando

la muralla, llegaron á la casa que por estar sobre el rio llamaban los

moros Dar-al-huet, y nosotros de las Gallinas, segun los atajadores

habian referido. Pararon á almorzar, y estuvieron hasta las ocho de la

mañana; todo guiado por Farax para mostrar que habia cumplido con la

comision, y acusar á los del Albaicin ó su miedo ó su desconfianza,

y aun con esperanza que llegada la gente de la Alpujarra harian mas

movimiento. Pero despues que ni lo uno ni lo otro le sucedió, acogióse

al camino de Nigueles arrimándose á la falda de la montaña, y puesto en

lo áspero, caminó haciendo muestra que esperaba. Pocos de la compañía

del marqués alcanzaron á mostrarse, y ninguno llegó á las manos por la

aspereza del sitio; aunque le siguieron por el paso del rio de Monachil

hasta atravesar el barranco, y de allí al paraje de Dilar, por donde

entraron sin daño en lo mas áspero.

[44] Era este yerno D. Alonso de Cárdenas, que despues por muerte

de su padre fue conde de la Puebla.

[45] Fue este D. Pedro conde de Miranda, hermano y suegro del que

en nuestros dias fue presidente de Italia y de Castilla.

Duró este seguimiento hasta el anochecer, que pareció al marqués poco

necesario quedar allí, y mucho proveer á la guarda y seguridad de la

ciudad; temeroso que juntándose los moriscos del Albaicin con los de la

Vega, la acometerian sola de gente y desarmada. Tornó una hora antes de

media noche; y sin perder tiempo comenzó á prevenir y llamar la gente

que pudo, sin dineros, y que estaba mas cerca; los que por servir al

rey, los que por su seguridad, por amistad del marqués, memoria del

padre y abuelo, cuya fama era grande en aquel reino, por esperanza de

ganar, por el ruido ó vanidad de la guerra, quisieron juntarse. Hizo

llamamientos generales pidiendo gente á las ciudades y señores de la

Andalucía, á cada uno conforme á la obligacion antigua y usanza de los

concejos, que era venir la gente á su costa el tiempo que duraba la

comida que podia traer á los hombros (talegas las llamaban los pasados,

y nosotros ahora mochilas). Contábase para una semana; mas acabada

servian tres meses pagados por sus pueblos enteramente, y seis meses

adelante pagaban los pueblos la mitad, y otra mitad el rey: tornaban

estos á sus casas, venian otros; manera de levantarse gente dañosa

para la guerra y para ella, porque siempre era nueva. Esta obligacion

tenian como pobladores por razon del sueldo que el rey les repartia por

heredades, cuando se ganaba algun lugar de los enemigos. Llamó tambien

á soldados particulares aunque ocupados en otras partes; á los que

vivian al sueldo del rey, á los que olvidadas ó colgadas las esperanzas

y armas reposaban en sus casas. Proveyó de armas y de vituallas; envió

espías por todas partes á calar el motivo de los enemigos; avisó y

pidió dinero al rey, para resistillos y asegurar la ciudad. Mas en ella

era el miedo mayor que la causa: cualquier sospecha daba desasosiego,

y ponia los vecinos en arma; discurrir á diversas partes, de ahí

volver á casa; medir el peligro cada uno con su temor, trocados de

continua paz en continua alteracion, tristeza, turbacion, y priesa;

no fiar de persona ni de lugar; las mujeres á unas y á otras partes

preguntar, visitar templos: muchas de las principales se acogieron á

la Alhambra, otras con sus familias salieron por mayor seguridad á

lugares de la comarca. Estaban las casas yermas y las tiendas cerradas;

suspenso el trato; mudadas las horas de oficios divinos y humanos;

atentos los religiosos y ocupados en oraciones y plegarias, como se

suele en tiempo y punto de grandes peligros. Llegó en las primeras la

gente de las villas sujetas á Granada, la de Alcalá y Loja: envió el

marqués una compañía que sacase los cristianos viejos que estaban en

Restaval, cierto que el primer acometimiento seria contra ellos: en

Durcal puso dos compañías, porque los enemigos no pasasen á Granada sin

quedar guarnicion de gente á las espaldas; y á D. Diego de Quesada con

una compañía de infantería y otra de caballos en guarda de la puente

de Tablate, paso derecho de la Alpujarra á Granada. El presidente

aliviado ya del peligro presente, comenzó á pensar con mas libertad en

el servicio del rey, ó en la emulacion contra el marqués de Mondejar:

escribió á D. Luis Fajardo, marqués de Velez, que era adelantado del

reino de Murcia y capitan general en la provincia de Cartagena (ciudad

nombrada mas por la seguridad del puerto y por la destruicion que en

ella hizo Scipion el Africano, que por la grandeza ó suntuosidad del

edificio), animándole á juntar gente de aquellas provincias y de sus

deudos y amigos, y entrar en el rio de Almería; donde haria servicio al

rey, socorreria aquella ciudad que de mar y tierra estaba en peligro,

y aprovecharia á la gente con las riquezas de los enemigos. Era el

marqués tenido por diligente y animoso; y entre él y el marqués de

Mondejar hubo siempre diferencias y alongamiento de voluntad, traido

dende los padres y abuelos. El de Velez sirvió al emperador en las

empresas de Túnez y Provenza, el de Mondejar en la de Argel; ambos

tenian noticia de la tierra donde cada uno de ellos servia. Comenzó

el de Velez á ponerse en órden, á juntar gente, parte á sueldo de su

hacienda, parte de amigos.

Entre tanto el nuevo electo rey de Granada, en cuanto le duró la

esperanza que el Albaicin y la Vega habian de hacer movimiento, estuvo

quedo; mas como vió tan sosegada la gente, y las voluntades con tan

poca demostracion, salió solo camino de la Alpujarra: encontráronle

á la salida de Lanjaron, á pie, el caballo del diestro; pero siendo

avisado que no pasase adelante, porque la tierra estaba alborotada,

subió en su caballo, y con mas priesa tomó el camino de Valor. Habian

los moriscos levantados hecho de sí dos partes; una llevó el camino de

Orgiba, lugar del duque de Sesa (que fue de su abuelo el Gran Capitan)

entre Granada y la entrada de la Alpujarra, al levante tierra de

Almería, al poniente la de Salobreña y Almuñecar, al norte la misma

Granada, al mediodia la mar con muchas calas donde se podian acoger

navíos grandes. Sobre esta villa como mas importante se pusieron

dos mil hombres repartidos en veinte banderas: las cabezas eran el

alcaide de Mecina y el corcení de Motril. Fueron los cristianos viejos

avisados, que serian como ciento y sesenta personas, hombres, mujeres

y niños: recogiólos en la torre de Gaspar de Saravia, que estaba por

el duque. Mas los moros comenzaron á combatirla; pusieron arcabucería

en la torre de la iglesia, que los cristianos saltando fuera echaron

de ella: llegáronse á picar la muralla con una manta, la cual les

desbarataron echando piedras y quemándola con aceite y fuego; quisieron

quemar las puertas, pero halláronlas ciegas con tierra y piedra.

Amonestábalos á menudo un almuedano desde la iglesia con gran voz, que

se rindiesen á su rey Aben Humeya. (Dicen almuedano al hombre que á

voces los convoca á oracion; porque en su ley se les prohibe el uso

de las campanas.) Llamaron á un vicario de Poqueira, hombre entre

unos y los otros de autoridad y crédito, para que los persuadiese á

entregarse; certificándoles que Granada y el Alhambra estaban ya en

poder de los moros: prometian la vida y libertad al que se rindiese,

y al que se tornase moro la hacienda y otros bienes para él y sus

sucesores: tales eran los sermones que les hacian. La otra banda de

gente caminó derecho á Granada á hacer espaldas á Farax Aben Farax y

á los que enviaron, y á recibir al que ellos llamaban rey, á quien

encontraron cerca de Lanjaron, y pasaron con él adelante hasta Durcal.

Pero entendiendo que el marqués habia dejado puesta guarnicion en él,

volvieron á Valor el alto, y de allí á un barrio que llaman Laujar

en el medio de la Alpujarra; adonde con la misma solemnidad que en

Granada, le alzaron en hombros y le eligieron por su rey. Allí acabó

de repartir los oficios, alcaidías, alguacilazgos por comarcas (á que

ellos llaman en su lengua tahas), y por valles, y declaró por capitan

general á su tio Aben Jauhar que llamaban D. Fernando el zaguer, y por

su alguacil mayor á Farax Aben Farax: (alguacil dicen ellos al primer

oficio despues de la persona del rey, que tiene libre poder en la vida

y muerte de los hombres sin consultarlo). Vistiéronle de púrpura;

pusiéronle casa como á los reyes de Granada, segun que lo oyeron á

sus pasados. Tomó tres mujeres; una con quien él tenia conversacion

y la trujo consigo, otra del rio de Almanzora, y otra de Tavernas;

porque con el deudo tuviese aquella provincia mas obligada, sin otra

con quien él primero fue casado, hija de uno que llamaban Rojas. Mas

dende á pocos dias mandó matar al suegro y dos cuñados, porque no

quisieron tomar su ley: dejó la mujer, perdonó la suegra, porque la

habia parido, y quiso gracias por ello como piadoso. Comenzaron por el

Alpujarra, rio de Almería, Bolodui, y otras partes á perseguir á los

cristianos viejos, profanar y quemar las iglesias con el sacramento,

martirizar religiosos y cristianos, que, ó por ser contrarios á su

ley, ó por haberlos dotrinado en la nuestra, ó por haberlos ofendido,

les eran odiosos. En Guecija, lugar del rio de Almería, quemaron por

voto un convento de frailes agustinos, que se recogieron á la torre,

echándoles por un horado de lo alto aceite hirviendo: sirviéndose de la

abundancia que Dios les dió en aquella tierra, para ahogar sus frailes.

Inventaban nuevos géneros de tormentos: al cura de Mairena hincheron

de pólvora y pusiéronle fuego; al vicario enterraron vivo hasta la

cinta, y jugáronle á las saetadas; á otros lo mismo, dejándolos morir

de hambre. Cortaron á otros miembros, y entregáronlos á las mujeres,

que con agujas los matasen: á quien apedrearon, á quien acañaverearon,

desollaron, despeñaron; y á los hijos de Arze, alcaide de la Peza,

uno degollaron, y otro crucificaron, azotándole, y hiriéndole en el

costado primero que muriese. Sufriólo el mozo, y mostró contentarse

de la muerte conforme á la de nuestro Redentor, aunque en la vida fue

todo al contrario; y murió confortando al hermano que descabezaron.

Estas crueldades hicieron los ofendidos por vengarse; los monfíes por

costumbre convertida en naturaleza. Las cabezas, ó las persuadian, ó

las consentian: los justificados las miraban y loaban, por tener al

pueblo mas culpado, mas obligado, mas desconfiado, y sin esperanzas

de perdon: permitíalo el nuevo rey, y á veces lo mandaba. Fue gran

testimonio de nuestra fe, y de compararse con la del tiempo de los

apóstoles, que en tanto número de gente como murió á manos de infieles,

ninguno hubo (aunque todos ó los mas fuesen requiridos y persuadidos

con seguridad, autoridad y riquezas, y amenazados y puestas las

amenazas en obra) que quisiese renegar; antes con humildad y paciencia

cristiana las madres confortaban á los hijos, los niños á las madres,

los sacerdotes al pueblo, y los mas distraidos se ofrecian con mas

voluntad al martirio. Duró esta persecucion cuanto el calor de la

rebelion y la furia de las venganzas; resistiendo Aben Jauhar y otros

tan blandamente, que encendian mas lo uno y lo otro. Mas el rey, porque

no pareciese que tantas crueldades se hacian con su autoridad, mandó

pregonar que ninguno matase niño de diez años abajo, ni mujer ni hombre

sin causa. En cuanto esto pasaba envió á Berbería á su hermano (que ya

llamaban Abdalá) con presente de cautivos y la nueva de su eleccion

al rey de Argel, la obediencia al señor de los turcos: dióle comision

que pidiese ayuda para mantener el reino. Tras él envió á Hernando el

Habaqui á tomar turcos á sueldo, de quien adelante se hará memoria. Mas

este dejando concertados soldados, trajo consigo un turco llamado Dali,

capitan, con armas y mercaderes, en una fusta. Recibió el rey de Argel

á Abdalá como á hermano del rey: regalóle y vistióle de paños de seda;

envióle á Constantinopla, mas por entretener al hermano con esperanzas,

que por dalle socorro. En este mismo tiempo se acabaron de rebelar los

demás lugares del rio de Almería.

Estaba entonces en Dalias Diego de la Gasca, capitan de Adra,

que habiendo entendido el motin víspera de Navidad (dia señalado

generalmente para rebelarse todo el reino), iba por reconocer á

Ujijar; mas hallándola levantada, fue seguido de los enemigos hasta

encerralle en Adra, lugar guardado á la marina, asentado cuasi donde

los antiguos llamaban Abdera; que Pedro Verdugo, proveedor de Málaga,

con barcos basteció de gente y vituallas, luego que entendió la

muerte del capitan Herrera en Cadiar. Pasaron adelante visto el poco

efecto que hacian en Adra, y juntando con su misma gente hasta mil y

cuatrocientos hombres con un moro que llamaban el Ramí, ocuparon el

Chitre (Chutre le dicen otros), sitio fuerte junto á Almería, creyendo

que los moriscos vecinos de la ciudad tomarian las armas contra los

cristianos viejos: escribieron y enviaron personas ciertas á solicitar

entre otros á D. Alonso de Vanegas, hombre noble de gran autoridad, que

con la carta cerrada se fue al ayuntamiento de los regidores; y leida,

pensando un poco cayó desmayado, mas tornándole los otros regidores y

reprendiéndole, respondió: _recia tentacion es la del reino_; y dióles

la carta en que parecia como le ofrecian tomalle por rey de Almería.

Vivió doliente dende entonces, pero leal y ocupado en el servicio del

rey. Estaba D. García de Villarroel, yerno de D. Juan, el que murió

dende á poco en las Guajaras, por capitan ordinario en Almería, y

tomando la gente de la ciudad y la suya, dió sobre los enemigos otro

dia al amanecer, pensando ellos que venia gente en su ayuda: rompiólos,

y mató al Ramí con algunos. Los que de allí escaparon, juntándose

con otra banda del Cehel, y llevando á Hocaid de Motril por capitan,

tomaron á Castil de Ferro, tenencia del duque de Sesa por tratado,

matando la gente, sino á Machin el tuerto que se la vendió. De ahí

pasaron á Motril, juntaron una parte del pueblo, y llevaron casas

de moriscos volviendo sobre Adra; de donde salió Gasca con cuarenta

caballos y noventa arcabuceros á reconocellos, y apartándose llamó un

trompeta, cuyo nombre era Santiago, para enviar á mandar la gente;

mas fue tan alta la voz, que pudieron oilla los soldados, y creyendo

que dijese Santiago, como es costumbre de España para acometer los

enemigos, arremetieron sin mas órden. Juntóse Diego de la Gasca con

ellos, y fueron cuasi rotos los moros, retirándose con pérdida de cien

hombres á la sierra. Iban estas nuevas cada dia creciendo; menudeaban

los avisos del aprieto en que estaban los de la torre en Orgiba; que

los moros de Berbería habian prometido gran socorro; que amenazaban á

Almería y otros lugares aunque guardados en la marina, proveidos con

poca gente. Temia el marqués si grueso número se acercase á Granada,

que desasosegarian el Albaicin, levantarian las aldeas de la Vega, y

tanto mayores fuerzas cobrarian, cuanto se tardase mas la resistencia:

daríase ánimo á los turcos de Berbería de pasar á socorrellos con

mayor priesa, confianza y esperanza; fortificarian plazas en que

recogerse, y no les faltarian personas pláticas de esto y de la guerra

entre otras naciones que les ayudasen, y firmarian el nombre de reino;

puesto que vano y sin fundamento, perjudicial y odioso á los oidos del

señor natural, por grande y poderoso que sea; daríase avilanteza á los

descontentos, para pensar novedades.

Estando las cosas en estos términos vino Aben Humeya con la gente

que tenia sobre Tablate, y trabando con don Diego de Quesada una

escaramuza gruesa, cargó tanta gente de enemigos, que le necesitó á

dejar la puente, y retirarse á Durcal. Estas razones y el caso de D.

Diego fueron parte para que el marqués, con la gente que se hallaba,

saliese de Granada á resistillos, hasta que viniese mas número con que

acometellos á la iguala; dejando proveido á la guarda y seguridad de

la ciudad y Alhambra á su hijo el conde de Tendilla por su teniente;

al corregidor el sosiego, el gobierno, la provision de vituallas, la

correspondencia de avisar al uno y al otro, con el presidente, de

cuya autoridad se valiesen en las ocasiones. Salió de Granada á los

tres de hebrero con propósito de socorrer á Orgiba: vino á Alhendin,

y de allí al Padul. La gente que sacó fueron ochocientos infantes y

doscientos caballos; demás de estos, los hombres principales, que ó

con edad, ó con enfermedad ó con ocupaciones públicas no se excusaron,

seguíanle, mirábanle como á salvador de la tierra, olvidada por

entonces ó disimulada la pasion. Paró en el Padul pensando esperar

allí la gente de la Andalucía sin dinero, sin vitualla, sin bagajes:

con tan poca gente tomó la empresa; pero la misma noche á la segunda

guardia oyéndose golpes de arcabuz en Durcal, creyendo todos que los

enemigos habian acometido la guardia que allí estaba, partió con la

caballería: halló que sintiendo su venida por el ruido de los caballos

en el cascajo del rio, se habian retirado con la escuridad de la noche,

dejando el lugar y llevando herida alguna gente; y el marqués para

no darles avilanteza, tornando al Padul, acordó hacer en Durcal la

masa. En tiempo de tres dias llegaron cuatro banderas de Baeza, con

que crecia el marqués á mil y ochocientos infantes, y una compañía de

noventa caballos; y teniendo aviso del trabajo en que estaban los de

Orgiba, y que Aben Humeya juntaba gente para estorballe el paso de

Tablate, salió de Durcal.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 5 / 21 段