El emperador creyó que enviando á la corte de Roma á D. Diego, que

la conocia exactamente, aceleraria las cosas del concilio. En efecto

pasó de embajador al pontífice en 1547 llevando en su compañía á D.

Martin Perez de Ayala. Pasó por Venecia, Bolonia, Florencia, Capilla,

Risa, Luna, donde se detuvo el mes de febrero y marzo, muy cortejado

del duque de Pomblin, con quien tenia que tratar varios encargos del

emperador. Por pascua de resurreccion entró en Roma con el mayor

triunfo y pompa que hasta allí habia entrado embajador alguno[26]:

hizo poco despues presente al pontífice en un escrito las razones del

emperador á favor del concilio, y los motivos que tenia para oponerse

á la traslacion, ó suspension. El pontífice respondió apoyando la

traslacion del concilio; y entre tanto se celebró la séptima sesion

en 3 de marzo de 1548, é insistiendo los romanos en la traslacion,

se valieron de la casualidad de haber muerto dos prelados, y algunos

familiares de los legados para aparentar que habia peste. Opusiéronse

con ardor los españoles, principalmente el cardenal Pacheco, pero al

fin se resolvió la traslacion á Bolonia en la octava sesion celebrada

en 11 de marzo, prevaleciendo cuarenta y cuatro votos contra doce que

se opusieron, casi todos españoles. Estos dieron inmediato aviso al

emperador, que cuatro horas despues de sabida la noticia, envió una

posta á Roma, para que antes que el papa confirmase la traslacion, y se

estableciesen los padres en Bolonia, se volviesen á Trento. Entre tanto

habia vuelto á Roma D. Diego de Mendoza, y con su gran teson y eficacia

logró se detuviesen todas las determinaciones en Bolonia. Mandó el

pontífice á los legados no declarasen por legítima la traslacion, sino

que prorogasen la sesion, como la prorogaron en la que se celebró el 21

de abril[27].

[26] _Martin Perez de Ayala en su_ Vida.

[27] _Palavic._, _lib._ XXIII, _cap._ XIII, _usque ad_ XX.

Empeñado Cárlos V en que el concilio volviese á Trento, mandó al

cardenal Madrucci, que habia pasado á verle á Alemania, fuese á Roma,

y de acuerdo con D. Diego de Mendoza persuadiesen al pontífice el

restablecimiento del concilio por todos los medios que pudiesen. Dióle

varias instrucciones para que las pusiese en ejecucion D. Diego, en

caso que el papa no asintiese á peticiones tan justas. En efecto todo

fue en Roma en vano, pues aunque D. Diego proponia que volverian

á la ciudad de Plasencia, que por aquellos dias habia sacudido el

yugo de los Farneses, pedia que primero se diese gusto al emperador

trasladando el concilio. El pontífice juntó los cardenales, manifestó

su agradecimiento al celo y buenos oficios del emperador, pero rehusó

volver el concilio á Trento; y preguntándole al cardenal Madrucci, si

queria oir el dictámen de los cardenales sobre la materia, respondió

Madrucci: que D. Diego de Mendoza tenia que exponer aun á su beatitud

y al sacro colegio otras órdenes del emperador. Cinco dias despues se

presentó D. Diego, pidió pública audiencia, y que asistiesen á ella

los embajadores de otros príncipes, para hacer una protesta con toda

formalidad; expuso en ella la necesidad de volver el concilio á Trento,

y los gravísimos inconvenientes que se originarian de la tardanza:

interrumpióle el pontífice muchas veces, imputó la culpa á los padres

de Trento, y añadió que deliberaria con los cardenales la respuesta:

retiróse D. Diego, y convinieron en consultar á los padres de Bolonia,

quienes respondieron no rehusarian la traslacion á Trento; pero que era

exponer la iglesia universal á mayores perturbaciones: manifestaban la

conveniencia y facilidad de que los de Trento volviesen á Bolonia; y en

resolucion dejaban las cosas en el mismo estado, y la determinacion en

la voluntad del pontífice[28].

[28] _Palavic._, _lib._ X, _cap._ VI, _usq. ad_ XV.

Informado por D. Diego el emperador de las intenciones de la corte

romana, ordenó á Francisco de Vargas y á Martin Soria Velasco, sus

procuradores, protestasen tambien en Bolonia, como lo ejecutaron con

todas las formalidades de derecho; pero no recibiendo sino respuestas

generales, se ausentaron de Bolonia al siguiente dia[29].

[29] _Ibid._

Todas estas contestaciones fueron leves respecto de la protesta

que volvió á hacer en Roma D. Diego, luego que tuvo noticia de la

que acababan de hacer los procuradores. Pidió audiencia pública al

pontífice, asistencia de los cardenales, el concurso de todos los

embajadores, y se presentó con toda ceremonia en aquel silencioso

congreso, é hincado de rodillas con la gravedad de su carácter leyó en

nombre del emperador una vehementísima protesta, y acabada se volvió á

los cardenales, y les intimó lo mismo, caso que el pontífice no pusiese

remedio: añadió las fórmulas del derecho, puso por testigos á todos los

presentes, y pidió á todos los secretarios pusiesen en las actas su

protesta. Oyóse con gran silencio el discurso, nadie le interrumpió, y

en todos hizo la impresion que se deja entender, de un emperador tan

poderoso é irritado[30].

[30] _Palavic._, _lib._ X, _cap._ VI, _usq. ad_ XV.

El pontífice dijo á D. Diego se le daria respuesta en el inmediato

consistorio, en el que se leyó una compuesta por el cardenal Polo,

en que repetia las razones generales, celo del papa, trabajo, y

peligro del concilio, y tomaba por medio en ella imputar á excesos del

embajador las proposiciones mas vehementes de la protesta; de suerte

que decia ser írrita, porque el encargo que el emperador habia hecho á

D. Diego era, no de entablar contestacion alguna con el papa, sino de

quejarse ante su beatitud como juez de los padres de Bolonia: refutó

pues las razones del embajador, quien al acabar de oir la respuesta,

volvió á protestar, negó haberse excedido, y pidió que de lo actuado

no parase perjuicio á su soberano[31]. Sentido el papa, y confiado en

la liga con Francia, y en otros tratados políticos, respondió en otra

ocasion á varias instancias de D. Diego, «parase mientes en que estaba

en su casa, y que no se excediese:» á lo que respondió: «era caballero,

y su padre lo habia sido, y como tal habia de hacer al pie de la letra,

lo que su señor le mandaba, sin temor alguno de su santidad, guardando

siempre la reverencia que se debe á un vicario de Cristo, y que siendo

ministro del emperador, su casa era donde quiera que pusiese los pies,

y allí estaba seguro.»

[31] _Ibid._

En los quince dias inmediatos se proyectaron varios medios para la

reconciliacion, particularmente por los italianos, que temian mas

ruidoso rompimiento; pero manteniéndose D. Diego firme, nada se

efectuó. En situacion tan difícil eligió el papa suspender el concilio:

D. Diego se opuso con la mayor eficacia; intimó al papa protestaria

mas fuertemente; pensáronse varios medios para restablecer la paz;

todo tenia sus inconvenientes, nada se efectuó, y en tan congojosa

incertidumbre murió Paulo III, á 10 de noviembre de 1549. Ascendió al

pontificado en 7 de febrero del siguiente año el cardenal Juan Maria de

Monte, que habia sido legado del concilio[32], quien tenia muy conocido

el mérito de D. Diego, y le estimaba tanto, que ya por su amistad, ya

porque esperaba llegaria por él á restablecer la buena armonía con

el César, y á recaudar los derechos de la Santa Sede sobre Parma y

Plasencia; concedió por solas sus súplicas el perdon á Ascanio Colona,

y le volvió todos los lugares y honores de que le habia despojado

muchos años antes su antecesor[33]. Pero en lo que mas se conoció su

amistad, ó su celo, fue en rendirse á las repetidas instancias que

le hizo para restablecer el concilio. Determinóse á ejecutarlo así,

y acelerar la determinacion, principalmente porque D. Diego le hizo

presente que el emperador pedia pronta respuesta sobre este punto,

significando que las resoluciones que habia de tomar en la dieta de

Augusta, asignada para 24 de junio, serian adversas ó favorables segun

la resolucion del papa. En efecto este expidió un diploma, para que se

diese principio al concilio en 1.º de mayo de 1551, y así se ejecutó,

asistiendo de embajador del César D. Francisco de Toledo, que llegó á

Trento en 29 de abril del mismo año[34].

[32] _Palavic._, _lib._ II, _cap._ V _et_ VIII.

[33] _Palavic._, _cap._ VII.

[34] _Ibid._, _cap._ XI.

Por este tiempo se mantenia D. Diego en Sena, cuyos habitantes de dia

en dia se precipitaban mas. Habia en la ciudad dos bandos principales,

el de Danove afecto á los españoles; y el restante pueblo muy adverso;

y comprendiendo el gobernador por las enemistades de los particulares,

la imposibilidad de sujetarlos por la via de la moderacion y buen

término, como habia procurado en los principios, se arrimó á los

primeros, y cargó reciamente la mano sobre los contrarios para

sujetarlos. Habia edificado una fortaleza junto á la puerta Camoria,

camino de Florencia, y mandó que todo el pueblo condujese allí sus

armas, tratándolos con gran severidad y absoluto despotismo; pues

aquellos ánimos enconados requerian remedios mas fuertes que su encono:

estaban sumamente cansados de los españoles, y resueltos á sacudir

el yugo; buscaron el apoyo de los franceses, que le concedieron con

gran prontitud y complacencia, persuadidos les seria aquella ciudad

un seguro puerto, desde donde se extenderian á toda la Italia, como

pretendia Enrique II. Exasperados los seneses mas y mas, y llenos de

audacia con la proteccion de los franceses, hacian cuanto daño podian

á los españoles; y un dia que D. Diego paseaba á caballo al rededor

de la fortaleza, dispararon contra él y le mataron el caballo. No se

atemorizó por esto: pasó á Roma, y para conservar á Sena, y lo demás

que pudiese, pues sabia la venida de la armada turquesca contra las

costas de Italia, levantó tres mil italianos, los entregó al conde

Petillano, su íntimo amigo, disimulado enemigo de los españoles. En

conclusion Sena se levantó, sitiaron la fortaleza, levantaron tropa,

recibieron socorros y capitanes de Francia, y D. Diego, luego que tuvo

la noticia, se valió de Ascanio de la Corna, nepote del pontífice,

y llevándole consigo fue á Perugi, y al castillo de la Piebe,

confinantes á Sena, para proveer de allí lo que fuere conveniente; pero

considerando las muchas fuerzas de los seneses, dejó allí á Ascanio,

pasó á Liorna, y en naves del duque de Florencia se fue á Orbitelo,

adonde juzgaba querian dirigirse los enemigos. Al fin el marqués de

Mariñano, general de los imperiales, venció á Pedro Stroci, general

enemigo, sitió á Sena, y á los quince meses de sitio la rindió con

condiciones muy humanas y decorosas al emperador en 22 de abril de

1555[35].

[35] _Ulloa_, Vita di Carlo V, _lib._ V.

Viendo el César que se necesitaba de mas continuo cuidado, nombró por

gobernador de Sena y sus dependencias al cardenal D. Francisco de

Mendoza, que como pariente de D. Diego habia contribuido mucho para

enviar socorros, y para que el duque de Florencia se resolviese á

defender el partido del emperador. D. Diego parece habia vuelto á Roma

á continuar su influjo sobre el concilio; y allí ocurrió que habiendo

faltado al respeto debido al emperador el barrachelo ó alguacil cabeza

de los esbirros, le hizo castigar; por lo que indignado el pontífice,

dió quejas al emperador, quien sabia muy bien no gustaba aquella corte

de D. Diego, porque la tenia muy comprendida; y así resolvió apartarle

de aquella embajada, y á principios del año 1551 habia enviado por

embajador extraordinario á Roma á D. Juan Manrique de Lara, hijo de

los duques de Nájera, con órden de que si no se hallaba en aquella

capital D. Diego, pasase por Sena donde estaria, y le comunicase las

instrucciones, para que como informado en los negocios, le advirtiese

y dirigiese en el manejo necesario y ejecucion de las órdenes que

llevaba. En el mismo año volvió otra vez Manrique á Roma, y escribiendo

al César el pontífice, le dice entre otras cosas, que no diese oidos

á malas lenguas que no comprendian las entradas de su corazon, ni él

se las queria descubrir; que no decia esto por D. Diego de Mendoza,

á quien queria mucho por su valor é ingenio, y depositaba en él la

misma fe que S. M.; pero que donde se trataba el interés público, el

particular y privado podian poco con él[36]. Esto fue en el tiempo en

que se ocupaba D. Diego de Mendoza en levantar gente en la Romanía,

tanto para defender las costas de Italia de los turcos, como para

enviar á las de África amenazadas por este enemigo comun, y así remitió

mil italianos y muchos pertrechos con Antonio Doria y D. Berenguer de

Requesens.

[36] _Sandoval_, Hist. de Cárlos V, _tom._ III,

_lib._ XXXI, § 9.

Parece se volvió á España por los años 1554, donde se mantuvo en

el consejo de estado, y acompañó á Felipe II en la gran jornada de

San Quintin el año 1557, como él mismo da á entender ponderando el

número, provision y buen órden de aquel ejército. Vuelto á la corte de

España se mantuvo en ella, no con la aceptacion de político tan sabio

como era, y de quien habia hecho tanta estima Cárlos V, ya porque su

conducta en la Italia no agradó á Felipe II, ó ya, porque como él mismo

decia quien decae en el valimiento, decae muchos grados.

Algun tiempo antes escribió dos célebres cartas críticas, agudas,

elocuentes, y llenas de los mas delicados primores del lenguaje

castellano sobre la Historia de la guerra de Cárlos V contra los

luteranos, que publicó en folio en 1552 Pedro Salazar. Tomó el disfraz

del bachiller Arcade: en la primera le critica abiertamente; y en la

segunda aparenta que le excusa, pero le agrava con igual acrimonia sus

yerros[37].

[37] _Nicol. Ant._, Bibliot. _verb._ Petrus de Salazar.

Acaecióle tambien, que hallándose en palacio tuvo palabras muy pesadas

con cierto caballero, de suerte que se vió en la necesidad de quitarle

un puñal, y arrojarlo por un balcon. Desagradó mucho al rey D. Felipe

este hecho ruidoso; parece le mandó prender, como se infiere de algunos

lugares de sus poesías, y aun salió desterrado de la corte en la edad

de 64 años que habia gastado en importantes servicios de la corona. No

quebrantó su constante ánimo esta desgracia, y procuró justificarse en

una carta escrita á un ilustrísimo señor que quizá seria D. Diego de

Espinosa, obispo de Sigüenza y presidente de Castilla, de que hay copia

entre los manuscritos de Alvar Gomez de Castro en la Biblioteca Real.

En ella se mencionan varios lances mucho mas pesados que el suyo, sin

que se hubiese procedido contra los que los cometieron con tanto rigor,

y acaba así: «Pudiera traer muchos ejemplos demás de estos de hombres

que se ha disimulado con ellos, ó han sido restituidos brevemente,

y no fueron tenidos por locos; solo D. Diego de Mendoza anda por

puertas ajenas, porque de 64 años tornando por sí, echó un puñal en

los corredores de palacio, sin poder excusarlo, ni exceder de lo que

bastaba. Y porque no me tengan por historiador, dejo de poner otros

muchos ejemplos, y si estos no bastaren, allá irá mi mudo que hablará

por todos.»

No bastaron sus disculpas para aplacar el ánimo de Felipe II: se retiró

despues á Granada donde vivió tranquilamente en el estudio, separado

de los negocios públicos, aunque previendo las alteraciones que

sobrevendrian en aquel reino por causa de los moriscos, y poca armonía

del capitan general y presidente de la chancillería, como se vió en el

año de 1568, 69 y 70 que principió y duró aquella guerra, _parte de la

cual vió_ D. Diego _y parte oyó de las personas que en ella pusieron

las manos y el entendimiento_: así la escribió con verdad y con tan

útiles reflexiones, que con dificultad se hallará otra en castellano

que la iguale, y ninguna que la exceda.

Mantúvose en Granada todos aquellos años entregado á sus estudios, sin

que dejase la diversion de la poesía, como se ve en la cancion que

dirigió á D. Diego de Espinosa, presidente de Castilla, celebrando

el capelo que la Santidad de Pio V le confirió en marzo de 1568: en

ella le trata como amigo é insinua en la última estrofa lo que padecia

desterrado. Allí era consultado de los sabios sobre las ciencias,

principalmente sobre las antigüedades de España, como consta de

Ambrosio Morales en la dedicatoria que dirigió á D. Diego, donde

confiesa su extraordinaria erudicion en la geografía, y su gran juicio

y exactitud en averiguar qué sitios y pueblos modernos corresponden

á los nombres de los lugares y ciudades antiguas, para lo cual hacia

muy útil uso de las lenguas griega, hebrea y árabe, que nunca dejó

de cultivar; y en este tiempo particularmente se dedicó á investigar

las antigüedades arábigas, convidado de los muchos monumentos que se

encontraban en Granada. Juntó mas de cuatrocientos códices árabes de

erudicion muy recóndita, como lo aseguró á Gerónimo de Zurita con quien

tuvo particular amistad, y á quien habia servido con fineza, procurando

vencer los obstáculos que los émulos de aquel historiador opusieron á

los Anales de Aragon. Comunicóle tambien algunas noticias para ellos

con deseo de que insertase su nombre en aquella historia cuando ya casi

iba á cumplir setenta años, como lo dice en carta de 9 de diciembre de

1573: de donde se infiere con certeza el tiempo de su nacimiento[38].

[38] _Dormer_, Progresos, _lib._ IV, _cap._ XII;

Carta de D. Diego de Mendoza, _fol. 502_.

Por este tiempo en que la avanzada edad y enfermedades le iban

postrando el ánimo, buscó consuelo en la comunicacion con Santa Teresa

de Jesus, que le escribió una respuesta complaciéndose la santa, y

otras religiosas que nuestro autor comunicaba, por la resolucion que

habia tomado de aspirar á la virtud; nota en la misma carta que era muy

conocido y estimado del padre fray Gerónimo Gracian, que acompañó á la

santa en el restablecimiento de su reforma, que segun se infiere del

contexto de ella, habia pedido D. Diego en dia determinado particulares

oraciones, y la santa le responde, tenian concertado comulgar todas

aquel dia por D. Diego, y ocuparlo lo mejor que pudiesen[39]. No

vivió mucho tiempo despues de esta comunicacion. Parece que Felipe II

le permitió venir á la corte, ó para justificarse, ó para liquidar

algunos asuntos pendientes. Encomendó á Zurita le buscase vivienda

proporcionada, é inmediata á la suya: juntó sus libros que ofreció al

rey[40]: se puso en camino; á pocos dias de haber llegado á Madrid le

acometió la última enfermedad, procedida del pasmo de una pierna, y le

acabó la vida en abril de 1575, aunque Chacon en su Biblioteca afirma

murió en 1577.

[39] Cartas de Sta. Teresa de Jesus, _tom._ I, _carta_ XI.

[40] _Dormer_, Progresos, _lib._ IV, _cap._ XII;

Cartas de D. Diego de Mendoza, _fol. 503_.

En 1610 publicó en un tomo en cuarto impreso en Madrid algunas de sus

poesías Fr. Juan Diaz Hidalgo, del hábito de San Juan, que las escogió

entre otras muchas del autor con este título: _Obras del insigne

caballero D. Diego de Mendoza, embajador del emperador Cárlos V en

Roma_, y le dedicó á D. Iñigo Lopez de Mendoza, cuarto marqués de

Mondejar. Dejó de publicar otras muchas, ya por lo raro de las materias

de que tratan, ya porque no son para que vayan en manos de todos.

Pero lo que mas crédito le ha dado entre los sabios es la Historia de

la guerra de Granada, de la cual, si se hubiese de hacer una analísis

exacta, era menester dilatarse mucho; con todo no podemos dejar de

notar que nuestro autor refiere en ella, no solo las acciones, sino

que copia con viveza los ánimos, caractéres, é intenciones de los

personajes; descubre las causas de las resoluciones, ó diferentes,

ó encontradas; nota las competencias fútiles é intempestivas y los

intereses particulares; é internándose en los corazones, los delinea

con tanta exactitud, que en vista de los sucesos convence no podian

pensar de otra manera. Pinta los enemigos como fueron, pero confiesa

nuestro descuido y pérdidas, reconoce sus yerros, pero manifiesta los

excesos de nuestras tropas: alaba á los moros cuando lo merecen, y

vitupera los defectos en que alguna vez incurrió su mismo hermano. En

fin yo no encuentro quien haya imitado con mas acierto á Salustio y

á Tácito, á quienes imita en las sentencias y estilo: la proposicion

es imitacion de la historia de Tácito, la oracion del Zaguer es

elocuentísima, concisa, muy nerviosa, cortada al aire de Demóstenes.

Las digresiones, aunque son en gran número, ganan la atencion por

su novedad, y porque toca en ellas muchos usos de nuestra antigua

milicia. El lenguaje y estilo son á juicio de D. Juan de Palafox

lo mejor que tenemos en castellano, y D. Nicolás Antonio coloca su

elocuencia inmediata á la verbosidad de fray Luis de Granada. Verdad

es que algunos le notan de que se vale de términos muy latinizados, ó

muy oscuros; pero esto puede ser porque así se usasen en su tiempo, ó

porque los creía mas puros mientras menos apartados de su orígen.

Por los hechos y escritos referidos, se puede hacer juicio de su ánimo

y carácter; tuvo religion sin mezcla de supersticiones; fue tenaz y

constante en los empeños que emprendia; resuelto é incapaz de miedo

en la ejecucion de ellos, zeloso del bien público que defendia, aun

exponiendo su persona; diestro en el manejo de los negocios, perspicaz

en el conocimiento de las personas, de las que se valia el tiempo

que le aprovechaban. Esto como ministro público. Como particular era

afable, humano, amigo y protector de los sabios, inclinado á honestas

diversiones, á la conversacion de hombres doctos, los que trató como

amigos. Declinaba tal vez en algunas chanzas y agudezas satíricas, como

lo manifiestan muchas de sus poesías inéditas, y algunas impresas. Aun

hablando del gravísimo empleo de embajador, se burla delicadamente, y

escribe así á D. Luis de Zúñiga:

_¡O embajadores puros majaderos!

Que si los reyes quieren engañar,

Comienzan por nosotros los primeros._

La gloria inmortal con que este grande hombre corrió la carrera

militar, política y literaria, merece sin duda un elogio histórico

mas bien acabado que el que le hemos dado; mas por ahora solo puede

satisfacerse á los curiosos con este leve diseño: tal vez otro pincel

mas diestro nos dará con el tiempo retrato mas vivo de las prendas que

adornaron á este excelente escritor y discretísimo político.

LIBRO I.

Mi propósito es escribir la guerra que el rey católico de España

D. Felipe el II., hijo del nunca vencido emperador D. Cárlos, tuvo

en el reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos:

parte de la cual yo vi, y parte entendí de personas que en ella

pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas cosas

de las que escribiere parecerán á algunos livianas y menudas para

historia, comparadas á las grandes que de España se hallan escritas:

guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones de ciudades

populosas; reyes vencidos y presos; discordias entre padres é hijos,

hermanos y hermanas, suegros y yernos; desposeidos, restituidos, y

otra vez desposeidos, muertos á hierro; acabados linajes; mudadas

sucesiones de reinos: libre y extendido campo, y ancha salida para los

escritores. Yo escogí camino mas estrecho, trabajoso, estéril, y sin

gloria; pero provechoso, y de fruto para los que adelante vinieren:

comienzos bajos, rebelion de salteadores, junta de esclavos, tumulto de

villanos, competencias, odios, ambiciones, y pretensiones; dilacion de

provisiones, falta de dinero, inconvenientes ó no creidos, ó tenidos

en poco; remision y flojedad en ánimos acostumbrados á entender,

proveer, y disimular mayores cosas: y así no será cuidado perdido

considerar de cuan livianos principios y causas particulares se viene

á colmo de grandes trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi

fuera de remedio. Veráse una guerra, al parecer tenida en poco, y

liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en

cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes

amigos y enemigos, lejos y cerca: primero cubierta y sobresanada, y

al fin descubierta, parte con el miedo y la industria, y parte criada

con el arte y ambicion. La gente que dije, pocos á pocos junta,

representada en forma de ejércitos; necesitada España á mover sus

fuerzas, para atajar el fuego; el rey salir de su reposo, y acercarse

á ella; encomendar la empresa á D. Juan de Austria su hermano, hijo

del emperador D. Cárlos, á quien la obligacion de las victorias del

padre moviese á dar la cuenta de sí, que nos muestra el suceso. En

fin pelearse cada dia con enemigos; frio, calor, hambre; falta de

municiones, de aparejos en todas partes; daños nuevos, muertes á la

continua: hasta que vimos á los enemigos, nacion belicosa, entera,

armada, y confiada en el sitio, en el favor de los bárbaros y turcos,

vencida, rendida, sacada de su tierra, y desposeida de sus casas y

bienes; presos y atados hombres y mujeres; niños cautivos vendidos en

almoneda, ó llevados á habitar á tierras lejos de la suya: cautiverio

y transmigracion no menor, que las que de otras gentes se leen por

las historias. Victoria dudosa, y de sucesos tan peligrosos, que

alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros, ó los enemigos, los á

quien Dios queria castigar: hasta que el fin de ella descubrió, que

nosotros éramos los amenazados, y ellos los castigados. Agradezcan y

acepten esta mi voluntad libre, y lejos de todas las cosas de odio ó

de amor, los que quisieren tomar ejemplo, ó escarmiento; que esto solo

pretendo por remuneracion de mi trabajo, sin que de mi nombre quede

otra memoria. Y porque mejor se entienda lo adelante, diré algo de la

fundacion de Granada, qué gentes la poblaron al principio, como se

mezclaron, como hubo este nombre, en quien comenzó el reino de ella;

puesto que no sea conforme á la opinion de muchos; pero será lo que

hallé en los libros arábigos de la tierra, y los de Muley Hacén rey de

Túnez, y lo que hasta hoy queda en la memoria de los hombres, haciendo

á los autores cargo de la verdad.

[Nota al margen: 724.]

[Nota al margen: 1014.]

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 2 / 21 段