[10] _Morales_, Antigüedades de España en la _Dedicat. Alpho

Notas del Transcriptor

Se han respetado la grafía y la acentuación del original, así como las

inconsistencias en éstas.

Se han corregido los errores obvios de imprenta.

Las notas a pie de página se han renumerado y situado al final del

párrafo correspondiente mientras que la notas al margen se han

situado al principio de éste.

El texto en versalita se ha sustituido por mayúsculas mientras que el

texto en cursiva se indica entre _guiones bajos_.

Las páginas en blanco presentes en el original se han eliminado en la

versión electrónica.

* * * * *

[Ilustración: D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.]

GUERRA

DE GRANADA

HECHA POR EL REY D. FELIPE II

CONTRA LOS MORISCOS DE AQUEL REINO, SUS REBELDES.

HISTORIA ESCRITA POR

D. Diego Hurtado de Mendoza.

SEGUIDA DE

LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES,

SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.

por el mismo autor.

[Ilustración]

Barcelona.

IMPRENTA DE JUAN OLIVERES, EDITOR,

CALLE DE ESCUDELLERS, N. 53.

1842.

El Editor.

BASTARIA citar la advertencia que precede á la última edicion de esta

obra hecha en Valencia, para acreditar que nos sirve de texto en la

reimpresion de esta historia un ejemplar de los mas cuidadosamente

impresos; pero no lo creemos necesario, cuando se deja entender

facilmente que para hacer ventajosa nuestra edicion debíamos valernos

de la mejor conocida. Son sin embargo demasiado buenas para omitidas

las líneas siguientes.

«Preferí por lo mismo la última edicion de 1776 como el texto mas

seguro y completo, si bien noté que no se habia guardado la exactitud

debida al copiar los pasajes publicados por Iriarte; pues he tenido

que verificar diez correcciones, algunas harto importantes, para

restituirlos á su verdadera y genuina lectura. Tambien he observado

en ella _modernizadas_ algunas voces de la edicion primitiva, la

cual ha llegado á mis manos, cuando esta andaba ya muy adelantada

y no podia dejar de seguirse el plan adoptado desde el principio.

Aprovecho esta ocasion para manifestar francamente, que en un texto

de nuestra lengua, tan respetable por su antigüedad como por su

diccion castiza, me sonarian mejor _agora_, _antigo_, _auctoridad_,

_baptizado_, _captivar_, _captivo_, _delictos_, _dubdoso_, _ducientos_,

_escriptores_, _Filipe_, _fructo_, _impeto_, _mesmo_, _perjudicial_,

_proprio_, _succeso_, _tiniendo_ y _via_, porque de este modo los

pronunciaban Mendoza y muchos de sus contemporáneos. Con todo no ha

sido inútil aquella adquisicion para rectificar algunos lugares de los

dos libros últimos.»

«He colocado al fin los párrafos del conde de Portalegre con que se

completaba en las cuatro primeras ediciones el libro III, á fin de que

ni este trozo, que ahora ya no es necesario, se eche de menos en la

presente. He resucitado además el prólogo de Luis Tribaldos, suprimido

en la última, tanto por no privarle de la gloria de ser el primero que

publicó la _Historia de la guerra de Granada_, como por explicarse allí

los motivos de la tardanza en darla á luz y la escrupulosidad con que

se siguió un manuscrito digno de toda fe. De los sumarios marginales,

que no son parto de D. Diego de Mendoza ni aun de Tribaldos, solo he

dejado, como notas al pie de las respectivas páginas, los pocos que

sirven realmente para aclarar ó ilustrar la historia.»

«Hubiera sido de desear que el primer editor y los que le siguieron

hubiesen tenido el cuidado de despejar algo, por medio de una buena

puntuacion, la oscuridad á que da márgen frecuentemente el estilo

cortado y conciso de nuestro historiador. «Ningun escritor» (observa

con razon Capmany en el tomo III del _Teatro histórico-crítico de la

elocuencia española_) «necesitaba de mayor exactitud en la puntuacion

ortográfica, y cabalmente ninguno la ha merecido mas desatinada y

monstruosa de sus editores, acabando por la impresion de Valencia de

1776, á pesar del esmero que allí se promete y no se cumple. Admira

como se han hallado lectores que se confiesen enamorados de las ideas y

estilo de este historiador; siendo imposible que leyendo las cláusulas

desatadas ó confundidas por la perversa ortografía, comprendan

claramente el sentido del escrito ni la mente del escritor.» Puedo

decir con ingenuidad que he aspirado á reparar este daño; mas lejos

de lisonjearme de haberlo conseguido cual quisiera, creo imposible

lograrlo en muchos pasajes, á no alterar el texto. No debe olvidarse

que la primera edicion se hizo á vista de una copia, y no del original,

y que ó bien la muerte subrecogió á Hurtado de Mendoza cuando acaba de

formar el bosquejo de su historia; ó pensando dejarla inédita, quedó

sin aquella última mano, reservada á la lectura de las primeras y

segundas pruebas de la impresion, y aun falta de la lima que suele dar

el autor á sus escritos despues de concluidos. Como quiera, no nos es

permitido tocar ahora en lo mas mínimo la produccion, ó el borrador,

ó sean los primeros apuntes de aquel grande hombre. Descúbrense en

ellos, á pesar de ciertos lunares, todas las dotes de un historiador

sesudo é imparcial, el puro y enérgico lenguaje de nuestros mayores,

y los golpes maestros que en tres ó cuatro palabras describen un

hecho importante, ó caracterizan con igual precision los personajes

de su historia. Al artista que contempla con asombro las formas, el

sobresalto y el expresivo dolor de las varias figuras que componen el

admirable grupo del Laocoonte, jamás le ocurre pararse en la cortedad

de la pierna de uno de los muchachos; imperfeccion que siendo debida á

falta del mármol, en nada rebaja el mérito del escultor griego. Así los

que leen con ojos inteligentes esta historia, hallan sobradas bellezas

que les arrebaten el ánimo, para hacer alto en lijeros descuidos, que

solo procuran abultar los que nunca serán capaces de escribir el trozo

mas débil de tan sublime modelo.»

Publicamos á continuacion de la _Guerra de Granada_ la _Vida del

Lazarillo de Tormes_ que es sin disputa trabajo de nuestro autor,

pues por tal le reconocen y han reconocido todos los literatos, si se

exceptúa á Fr. José de Sigüenza, que como verá quien la vida de Mendoza

leyere, lo atribuyó á un religioso gerónimo. Pero es de advertir que

los frailes hacian como algunos maniáticos anticuarios, que para

honrar el país en donde están ó en que nacieron se remontan á los

siglos fabulosos, y á trueque de dar mayor antigüedad á una ciudad

ó suponerla tal ó tal otro fundador, desmienten, niegan, critican y

zahieren á diestro y á siniestro para ganar una honrilla ilusoria.

Fraile ha habido que para dar prez á su órden habria hecho cristiano á

Virgilio, y puéstole un sayal por añadidura para hacer la Eneida obra

de un fraile. Dejemos pues aparte el voto de Sigüenza y no le quitemos

á Mendoza el honor de haber dado á luz el _Lazarillo_. Obra amena y de

agradable entretenimiento pertenece á otro género muy diferente y á

otro estilo que la _Guerra de Granada_, y esta seria ya una razon para

que la diésemos en el _Tesoro_, cuando no fuese la produccion segunda

del autor en mérito y valor literario.

LUIS TRIBALDOS DE TOLEDO

AL LECTOR.

SIENDO don Diego de Mendoza de los sugetos de España mas conocidos en

toda Europa, fuera cosa superflua ponerme á describirle; principalmente

habiéndolo hecho en pocos pero elegantes renglones el señor don

Baltasar de Zuñiga. Tampoco me detendré en alabar esta historia, ni

en probar que es absolutamente la mejor que se escribió en nuestra

lengua; porque ningun docto lo niega, y pudieráseme preguntar lo que

Archidamo, lacedemonio, á quien le leia un elogio de Hércules: _¿Et

quis vituperat?_ Solamente diré, qué causas hubo para no publicarse

antes; las que me movieron á hacerlo agora; qué ejemplar seguí en esta

edicion, y qué márgenes.

Cuanto á lo primero, es muy sabido y muy antiguo en el mundo el odio

á la verdad, y muy ordinario padecer trabajos y contradiciones los

que la dicen, y aun mas los que la escriben. Del conocimiento de

este principio nace, que todos los historiadores cuerdos y prudentes

emprenden lo sucedido antes de sus tiempos, ó guardan la publicacion

de los hechos presentes para siglo en que ya no vivan los de quien

ha de tratar su narracion. Por esto nuestro don Diego determinó no

publicar en su vida esta historia, y solo quiso, con la libertad que

no solo en él, mas en toda aquella ilustrísima casa de Mondejar es

natural dejar á los venideros entera noticia de lo que realmente se

obró en la guerra de Granada; y pudo bien alcanzarla, por su agudeza

y buen juicio; por tio del general que la comenzó, adonde todo venia

á parar; por hallarse en el mismo reino, y aun presente á mucho de lo

que escribe: afectó la verdad, y consiguióla, como conocerá facilmente

quien cotejare este libro con cuantos en la materia han salido. Porque

en ninguno leemos nuestras culpas ó yerros tan sin rebozo; la virtud, ó

razon tan bien pintada; los sucesos todos tan verisímiles: marcas por

las cuales se gobiernan los lectores en el crédito de lo que no vieron.

La determinacion de don Diego me prueban unas gravísimas palabras,

escritas de su letra, al principio de un traslado de esta historia

que presentó á un amigo suyo, en que juntamente pronostica lo que hoy

vemos. «Veniet, qui conditam, et sæculi sui malignitate compressam

veritatem, dies publicet. Paucis natus est, qui populum ætatis suæ

cogitat. Multa annorum millia, multa populorum supervenient: ad illa

respice. Etiamsi omnibus tecum viventibus silentium livor indixerit,

venient, qui sine offensa, qui sine gratia judicent.» Senec. Epistol.

79. Dije que no quiso sacarla: añado, que ni pudo, porque no la dejó

acabada, y le falta aun la última mano; lo que luego se echa de ver

en repetir cosas, que bastaban una vez dichas: como la significacion

de atajar y atajadores, los daños de la milicia concejil, y otras de

este jaez; y aun mas de algunas notables omisiones que hacen bulto, y

muestran falta, cual la de la toma de Galera, y muerte de Luis Quijada,

advertida y elegantemente suplida por el gran conde de Portalegre; y

otra no menor, cuando siendo encomendado lo de la sierra de Ronda á

los dos duques de Medina Sidonia y de Arcos, cuenta muy extensamente

el progreso de este; pero en el otro hace tan alto silencio, que

ni aun nos declara las causas de no venir á la empresa; siendo así

que para ello debió un tan gran señor tenerlas, y aun muchas, y muy

justificadas. Otras faltas apuntara, mas basten estas dos para ejemplo.

Muerto don Diego, viviendo aun personas que él nombraba, duraba el

impedimento, que en vida: demás de que los eruditos, á quien semejantes

cuidados tocan, quieren mas ganar fama con escritos propios, que

aprovechar á la república con dar á luz los ajenos.

Cuanto á lo segundo, hoy que son ya pasados cerca de sesenta años, y

no hay vivo ninguno de los que aquí se nombran, cesa ya el peligro

de la escritura, no doliendo á nadie verse allí mas ó menos lucido;

y aunque hay de ellos ilustrísimos descendientes, ó parientes, por

haber militado en esta guerra una muy gran parte de la nobleza de

España, seria demasiado melindre, y aun desconfianza, celar alguna

faltilla del difunto, que les toca, cuando ninguna de las que se

notan es mortal, ni de las que disminuyen la honra ó la fama; porque

estas no las hubo, ni se cometieron, ni don Diego, siendo quien era,

se habia de olvidar tanto de sus obligaciones, que las perpetuase,

aun cuando se hubieran cometido. Porque la historia escríbese para

provecho y utilidad de los venideros, enseñándolos, y honrándolos, no

corriéndolos, ó afrentándolos, aun cuando para escarmiento quiera tal

vez ensangrentarse la pluma. Tampoco me acordaba el quedar imperfecta;

pues si este Júpiter olímpico, estando sentado, toca con la cabeza el

techo del templo, ¿adónde llegara con ella, si se le levantara en pie?

¿adónde, si le colocaran y subieran en una basis?

En esta edicion lo que principalmente procuré, fue puntualidad, sin dar

lugar á ninguna conjetura, ni enmendar alguno por juicio propio: cotejé

varios manuscritos, hallándolos entre sí muy diferentes, hasta que me

abracé con el último, y sin duda alguna el mas original, que es uno del

duque de Aveiro, en forma de cuarto, trasladado de mano del comendador

Juan Bautista Labaña, y corregido de la del conde de Portalegre, con

el cual conocí cuan en balde habia cansádome con otros. Este texto

es el que sigo, sin alterarle en nada, y es el genuino, y propio, de

quien en su introduccion habla aquel gran conde. Deseaba yo ornar las

márgenes con lugares de autores clásicos, bien imitados por el nuestro,

y no me fuera muy difícil juntarlos, mas guardándolo para la postre,

me sobrevino esta enfermedad tan larga y pesada que me imposibilitó:

y porque se me da mucha priesa, los guardo para segunda edicion,

si acaso hubiere, que espero serán muy gratos á los doctos. Dábame

pesadumbre que fuese esta gran obra tan desnuda, que ni unos sumarios

llevase, hasta que se me acordó de los que leí en un manuscrito de

esta historia, que ha tres años me prestó aquí un caballero, que agora

está en Lisboa; adonde al amigo que atiende á la edicion, encargué

buscarlos, y ponerlos; y segun veo en los veinte pliegos que ya están

impresos, cuando esto escribo, podrán servir en el interin; y esto es

cuanto se me ofrece decir al lector.

NOTICIAS

DE LA VIDA

DE D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.

SIENDO las vidas de los varones ilustres eficacísimos ejemplares, que

persuaden prácticamente á la imitacion de sus acciones, determiné

escribir la de D. Diego Hurtado de Mendoza, excelente escritor y

discretísimo político; para que al mismo tiempo que de su historia de

Granada, se tenga noticia de sus estudios, aplicacion y manejo en los

negocios públicos, que fueron los que le proporcionaron para escribir

con tanto acierto.

Nació en la ciudad de Granada á fines del año 1503, ó principios del

siguiente: su padre, uno de los mas célebres generales que sirvieron á

los Reyes Católicos en la conquista de aquel reino, fue D. Iñigo Lopez

de Mendoza, segundo conde de Tendilla, y primer marqués de Mondejar,

hijo del conde de Tendilla, que fue hermano entero del duque del

Infantado, D. Diego Hurtado de Mendoza, y ambos hijos del célebre D.

Iñigo de Mendoza primer marqués de Santillana; su madre D.ª Francisca

Pacheco segunda mujer del marqués, é hija de D. Juan Pacheco marqués

de Villena, y primer duque de Escalona[1]. Fue el quinto entre sus

hermanos, que todos han merecido loable recomendacion en nuestra

historia: D. Luis el primogénito, capitan general del reino de Granada,

y despues presidente del Consejo: D. Antonio virey en ambas Américas:

D. Francisco obispo de Jaen; y D. Bernardino de Mendoza, general de

las galeras de España: consta tambien que tuvo dos hermanas, Doña

Isabel, que casó con D. Juan Padilla, y Doña Maria, mujer de D. Antonio

Hurtado, conde de Monteagudo[2].

[1] _D. Luis de Salazar y Castro_, Hist. gener. de la Casa

de Lara.

[2] _Nicol. Ant._ Bibl. Hisp. _verb._ Didac. Hurtado de Mendoza.

No hay pruebas para persuadir naciese en Toledo, como quiso D. Tomás

Tamayo de Vargas, y consta que sus padres permanecieron en Granada

todos aquellos años, por ser necesaria su presencia en ciudad recien

conquistada, inquieta y sospechosa, y que con motivo del excesivo celo

del cardenal Jimenez por la conversion de los mahometanos, se levantó

al fin en el mes de diciembre de 1499, y duraron los movimientos de

aquel reino casi dos años[3].

[3] _Marmol_, Hist. de la Rebelion, _lib._ I, _cap._ XVI.

No es creible que por huir de aquel peligro, se retirase á Toledo la

marquesa, heroina de ánimo tan varonil, que en la fuerza del alboroto

del Albaicin, luego que el marqués llegó á sosegar los sediciosos, se

quedó con sus hijos pequeños, en una casa junto á la mezquita mayor, á

manera de rehenes[4].

[4] _Marmol_, ibid.

Logró D. Diego particular instruccion en su niñez, y verosimilmente la

mayor parte de ella de Pedro Mártir de Angleria; pues habiendo este

instruido á todos los magnates de aquel tiempo, viviendo en Granada, y

estando tan obligado á los Mendozas, que el primer conde de Tendilla

le trajo á España, y mantuvo estrecha comunicacion con el padre de D.

Diego[5], franquearia á este la instruccion que con menor obligacion

habia comunicado á los demás. Aprendió allí gramática, y algunas

nociones de la lengua arábiga, que cultivó toda su vida. Pasó despues

á Salamanca, donde estudió las lenguas latina y griega, filosofía y

derecho civil y canónico. En aquel tiempo fue cuando parece escribió

por entretenimiento, y como descanso de mas graves estudios, _La vida

del Lazarillo de Tormes_, obra ingeniosa, de buen lenguaje, y singular

invencion: Fr. Josef de Sigüenza afirma que el autor del _Lazarillo_

fue Fr. Juan de Ortega, religioso gerónimo, pero generalmente se cree

que fue D. Diego de Mendoza.

[5] _Petr. Mart. Angler._ Ep. 521 _et_ 630.

Inclinado por su genio á engolfarse en acciones de mayor estrépito y

renombre, pasó á Italia, y militó muchos años. No constan en particular

las guerras, ni batallas en que se halló, pero hablando él mismo del

mal aparejo y desórdenes que veía en la guerra de Granada, los compara

con los _numerosos ejércitos en que yo me hallé_, dice, _guiados por el

emperador D. Cárlos, y otros por el rey Francisco de Francia_; de donde

se puede conjeturar se halló en el ejército que sitió á Marsella en

1524, y en la batalla de Pavía, en que afirma Sandoval se distinguió la

compañía de D. Diego de Mendoza, que es favorable conjetura para creer

fuese nuestro autor; si bien eran algunos los que en aquel tiempo se

conocian con el mismo nombre y apellido, que no se puede afirmar por

cosa cierta.

Igualmente es verosímil que concurrió á la guerra que se hizo contra

Lautrec sobre el ducado de Milan, y á la batalla de la Bicoca en 1522,

así como á la entrada de Cárlos V en Francia el año 1536. Lo cierto es,

que aun siguiendo la inquietud y estruendo de las armas, manifestaba su

ardiente inclinacion á la literatura, y en el tiempo del invierno en

que aquellas regularmente permitian mas descanso y ociosidad, dejaba

los cuarteles y pasaba á las mas célebres universidades, como Bolonia,

Padua, Roma y otras, para aprender de los maestros de mayor mérito,

matemáticas, filosofía y otras ciencias[6]. Oyó entre otros á Agustin

Nifo y á Juan Montesdoca, famoso filósofo sevillano, muy aplaudido y

premiado en las universidades de Italia, y que murió en 1532[7].

[6] _Morales_, _en la_ Dedicat. de las Antigüedades.

[7] _Nicol. Ant._, Bibliot.

Sus talentos, aplicacion y distinguida estirpe le hicieron tan

recomendable á Cárlos V, que formando concepto muy sublime de las

prendas de D. Diego, le apreció mucho en tiempo de su imperio, y le

confió los negocios y embajadas mas críticas de su reinado. En 1538 se

hallaba ya de embajador en Venecia. El año antes habia hecho la liga

santa contra el turco, el papa, el emperador, y los venecianos; y no

correspondiendo las ventajas á los deseos de la señoría, desconfiaba

ya, y temia mayores pérdidas: y como las instrucciones del embajador

tenian por objeto mantenerla firme contra el turco, y que no se

aliase con la Francia; luego que advirtió D. Diego las zozobras de

los senadores, y que habian destinado á Constantinopla á Lorenzo

Gritti para tratar de paces, hizo presente en una audiencia secreta

con elocuente vehemencia, aunque con igual modestia, sabia que la

república intentaba ajustar paces sin incluir á su soberano, que estaba

dispuesto á continuar la guerra, y aun asistir en la armada[8]. Pintó

la incierta fe de los bárbaros diferentes en costumbres, religion, en

leyes, y enemiguísimos de los cristianos, el sincero objeto de los

aliados, por defender la iglesia, y oprimir á sus enemigos; que si en

la pasada campaña no se habian logrado las esperanzas que esperaron

se podian resarcir los daños en la primera ocasion, humillar al

enemigo comun, y recobrar muchas de sus conquistas. Que si hacian

las paces, y el emperador quedase en guerra, no disminuirian gastos,

pues debian mantenerse armados, y perdian la esperanza de la mejora

que podian tener, perseverando en la alianza. Concluyó que confiaba

en la prudencia del senado, no querria buscar pretexto para abandonar

la liga, ni preferir á esta las paces siempre peligrosas con el

turco. Fue la respuesta, que habiendo sido infructuosa la liga años

anteriores, y habiendo propuesto el rey de Francia una tregua general

á todos los príncipes cristianos en Constantinopla, seria muy útil

su aceptacion, para que el César se dispusiese á las expediciones

que meditaba en Levante. Alcanzó en efecto Gritti con gran trabajo

treguas por tres meses, sin quedar esperanza de la tregua universal,

cuyo nombre aborrecian los turcos por el odio que tenian á Cárlos V.

Ajustaron paces despues, y para ellas influyó mucho Francisco I, rey

de Francia, que por contrarestar á Cárlos V estaba coligado con el

turco, y entre otros le envió dos embajadores, César Fragoso, genovés,

y Antonio Rincon, español, que muertos en el Pó por soldados españoles,

y registrados, les encontraron las instrucciones, y entre ellas muchas

concernientes á Venecia, y contrarias á sus intereses[9]. Dirigiólas el

marqués del Basto á D. Diego, y este las hizo presentes al senado, para

que comprendiese las potencias en que debia fiarse, y cuan gran yerro

habia cometido en abandonar la liga del emperador, procurando mantener

y afianzar la amistad del rey de Francia, que como constaba en aquellas

instrucciones, no cuidaba de los intereses de la república.

[8] _Diedo_, Storia di Venecia, _tom._ II, _lib._ II.

[9] _Ulloa_, Vita di Carlo V, _lib._ III.

Además de desempeñar la embajada con esplendor, perseveró con teson en

el estudio, y sobre todo puso particular esmero en juntar manuscritos

griegos, en hacerlos copiar á gran costa, buscarlos y traerlos de los

mas remotos senos de la Grecia; de suerte que envió hasta la Tesalia

y monte Athos á Nicolás Sofiano, natural de Corcira, á investigar y

copiar cuanto hallase recomendable de la erudicion griega. Valióse

tambien de Arnoldo Ardenio, doctísimo griego, para que le trasladase

con extraordinarios gastos muchos códices manuscritos de varias

bibliotecas, y particularmente de la que fue del cardenal Besarion.

Por su medio logró la Europa muchas obras que aun no habia visto,

y quizás no veria, de los mas célebres autores griegos, sagrados y

profanos, como son san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Cirilo

Alejandrino, todo Arquimedes, Heron, Apiano, y otros[10]. De su

biblioteca se publicaron las obras completas de Josefo; pero lo que

principalmente la ha hecho memorable fue el regalo que le hizo el gran

turco Soliman, por haberle enviado un cautivo, que amaba con extremo,

libre y sin rescate, aunque Don Diego lo compró á gran precio de los

que le habian hecho prisionero. El gran señor queria manifestar su

agradecimiento con dones correspondientes á su grandeza, pero D. Diego

admitió solo una recompensa propia de la nobleza de su nacimiento, y

del desinterés de un ministro público. La señoría de Venecia se hallaba

con extrema escasez de granos, y por sacarla de tan estrecho ahogo,

pidió á Soliman permitiese á los vasallos de Venecia comprar libremente

trigo en los estados turcos, y conducirlo á los de la república. Logró

esta súplica, y otra segunda, que fue la remision de muchos manuscritos

griegos, que preferia á los mas ricos tesoros. Varian mucho los autores

sobre el número de ellos: Andrés Escoto no duda asegurar, que recibió

una nave cargada de manuscritos: Claudio Clemente copia las mismas

palabras en la historia de la biblioteca del Escurial: Ambrosio de

Morales y D. Nicolás Antonio aseguran que fueron seis arcas llenas:

últimamente D. Juan de Iriarte en la Biblioteca de los manuscritos

griegos de la librería real de esta corte, obra recomendable por su

mérito y por las muchas noticias que da de varios escritos apreciables

de célebres autores aun no publicados, rebaja extraordinariamente el

número de volúmenes; y persuadido del catálogo de los manuscritos

griegos de D. Diego que copió de un códice propio de la librería del

duque de Alba, asegura que no fueron mas que treinta y un volúmenes;

cuyo catálogo inserta en dicha biblioteca.

[10] _Morales_, Antigüedades de España en la _Dedicat. Alphon.

Ciacon_, Bibliot. _verb._ Diegus: _Nicol. Ant._, Bibliot.

Esta es la noticia que nos queda de tan celebrado don, y no es difícil

resolver cual de las relaciones sea la verdadera; pues aunque de

una parte es inmenso el número que dan á entender Andrés Escoto y

Claudio Clemente, por otra es muy diminuto el que asigna el mencionado

catálogo; ni sabemos quien le formó, ni si copió todos los que vinieron

de Constantinopla: pudo tal vez elegir los mas selectos, ó aquellos

de quien tuvo noticia, sino es que creamos lo hizo cuando ya estaba

deshecha la librería de D. Diego, y solo numeró los códices que

restaban. Parece pues mas verosímil y cierta la relacion de Don Nicolás

Antonio; y así creemos que ni fue tanta la copia que pondera Escoto, ni

tan pequeña como expresa el catálogo, que á la verdad ni corresponde al

eco que corrió y corre en toda la Europa del mencionado regalo; ni á la

grandeza de Soliman, que no sabemos fuese avaro de estas riquezas que

poseia en tanta abundancia y que tan poco le servian. Sobre todo deja

fuera de duda la verdad de la relacion de Morales, el haberla hecho

este en una dedicatoria dirigida al mismo D. Diego, á quien conocia, y

á quien trataba; á quien consultaba, y á quien habria oido muchas veces

la verdadera narracion.

De la diligencia de D. Diego en adquirir los manuscritos se convence

la extravagante y atrevida maledicencia de Schochio, que fingió que

para juntar la biblioteca que meditaba, hurtó los manuscritos griegos

que dejó el cardenal Besarion á la república de Venecia, con tal

sutileza, dice, que no se puede pensar mayor. Asegura que ya se habia

venido á España cuando se advirtió que en lugar de aquellos habia

puesto otros libros vulgares de igual volúmen, para que de ese modo

no se descubriese tan facilmente el hurto. ¿Pero de quién habla este

beocio? ¿Juzga acaso este tardo aleman que D. Diego de Mendoza era

algun Glareano, algun Sciopio, ú otro oscuro gramático? Hay mucha

diferencia entre los sabios: el nacimiento y la crianza dan ideas muy

diferentes: el empleo y las riquezas de D. Diego le facilitaban la

ejecucion de sus designios. ¿Qué particular hizo mayores gastos? ¿Quién

tuvo valor para enviar á sus expensas á buscar manuscritos en los

mas retirados senos de la Grecia? ¿Ni quién logró circunstancias mas

oportunas? Además de esto se mantuvo muchos años en Venecia, incierto

si permaneceria ó no en aquella ciudad; ¿pues cómo podria cometer tal

desacierto sin exponerse á que lo descubrieran antes de retirarse? ¿Y

qué pruebas expone Schochio? ¿qué autores cita para apoyar proposicion

tan atrevida? Quede pues por cierto que afirma lo que él seria capaz de

cometer, y que creyó era algun Schochio el embajador de Cárlos V.

Era su casa la mansion de las personas eruditas, trataba á los sabios

de Italia con la estimacion de hombre que lo era. En el senado era un

Demóstenes, y un Sócrates en casa. En aquel admiraban el torrente de su

elocuencia los senadores; y en esta embelesaba con su erudicion, con

sus noticias y discursos filosóficos, á los cardenales, obispos, nobles

y literatos que con gran frecuencia le visitaban.

Buen testigo es Paulo Manucio, celebérrimo humanista, que en aquel

tiempo le dedicó las obras filosóficas de Ciceron, corregidas con

sumo esmero; si bien dice, que ya D. Diego con su continua lectura

y perspicacia habria hecho las mismas ó mas enmiendas. De aquella

dedicatoria sabemos que se aplicaba principalmente á la filosofía;

que tuvo una hermana sabia, muy instruida en la lengua latina, é

igualmente valerosa, y que el dictámen de D. Diego en órden á la

enseñanza de la juventud, era que gastasen el largo tiempo que dedican

á la lengua latina, en aprender las ciencias en la lengua materna, como

lo persuadió antes el cardenal Alcolti, que posaba en casa D. Diego.

Favoreció á muchos griegos que llegaban huyendo de la penosa esclavitud

del turco. Lázaro Bonamico le dirigió por este tiempo, ó poco despues

una carta latina en verso heróico, en que describiendo el método

de vida y estudios que él disfrutaba, le persuade se entregue á su

genio, esto es, al estudio y consideracion de la naturaleza; realza su

aplicacion á la filosofía, su vigilancia en procurar los intereses del

César, y resistir al turco, enemigo comun, pondera su elocuencia, la

estimacion que de su persona hacian los senadores, el socorro de trigo

que por su causa evitó una horrible hambre en los estados venecianos,

su generosidad en enviar á la Grecia personas que trajesen antiguos

monumentos; y últimamente lo acepto que era á Cárlos V, y como se

aprovechaba del valimiento, para que perdonase á unos, y favoreciese á

otros.

En estas ocupaciones pasaba, cuando le nombró el César gobernador de

la república de Sena, sin que dejase, á lo que parece, la embajada de

Venecia. Es Sena una ciudad de Toscana á cinco leguas de Florencia,

rica, populosa, amiga de su libertad, que conservó por muchos siglos

como república independiente; la discordia al fin dividió sus

habitantes, que por último recurso acudieron al emperador, á quien

pidieron patrocinio para poner freno á algunos ciudadanos turbulentos.

Condescendió Cárlos V y envió á D. Diego de Mendoza, que informado

de todas las disensiones, del orígen de ellas, y de los intereses

particulares que movian á los seneses, procuró vencer por buenos

términos todos los inconvenientes, y mantener los ciudadanos en

tranquilidad[11]. Sin duda manifiesta el afecto que tenia á aquella

república en una representacion vehemente que hizo al emperador cuando

pasó por la Italia el año de 1543, para asegurar aquellas costas del

desembarco é invasion que amenazaba el turco, movido por Francisco I

rey de Francia.

[11] _Sandoval_, Hist. de Cárlos V, _tom._ II, _lib._

XXXI, § 29.

Hallábase el César exhausto de dinero; tomó del rey de Portugal

cuantiosas sumas, vendió á Cosme de Medicis, duque de Florencia, las

fortalezas de Florencia y Liorna en ciento y cincuenta mil ducados, y

estuvo en Bugeto con el pontífice, que vino á verle con el pretexto

de ponerle en paz con el rey de Francia, y de adelantar el concilio

tridentino; pero principalmente con el designio de comprar los

estados de Milan y Sena para su nieto Octavio de Farnese. La escasez

de dinero con que se hallaba el emperador le hacian, aunque con

alguna repugnancia, dar oidos á estas cosas, y sin duda se hubiera

efectuado la venta, á no haberle hecho D. Diego de Mendoza una

representacion[12], en que exponia al emperador el deshonor que le

resultaba de efectuar esta contrata, como lo mal que habia hecho en

lo antecedente de las fortalezas de Florencia y Liorna: extendíase

despues sobre la conducta del pontífice, sobre los trabajos que

habia ocasionado al emperador, y como movió al rey de Francia, y

consiguientemente al turco. Esta representacion tuvo el efecto que

deseaba el autor de ella: desistió el emperador, pasó á Alemania

dejando á D. Diego las instrucciones que debian dirigirle en la

asistencia al concilio tridentino, que á grandes distancias de la

cristiandad, y principalmente del emperador, habia convocado el papa

Paulo III en bula de 22 de mayo de 1542. Despues de muchas dilaciones,

inconvenientes y dudas sobre el lugar en que debia celebrarse, se habia

elegido á Trento, ciudad que parte los términos de Italia y Alemania, y

sujeta á Cristóbal Madrucci, obispo de ella, y poco despues cardenal.

[12] _La trae Sandoval en la_ Hist. de Cárlos V, _tom._ II,

_lib._ XXV, § 30.

Ya el emperador habia expedido sus poderes desde Barcelona en 18 de

octubre de 1542, nombrando sus embajadores al gran canciller Granvela,

su hijo el obispo de Arras, y D. Diego de Mendoza, quienes llegaron

á Trento en 8 de enero de 1543; pues aunque el marqués de Aguilar

embajador en Roma estaba tambien nombrado, no se apartó de aquella

capital[13]. Daba el emperador á todos cuatro en comun, y á cada uno

en particular, poder y autoridad, para que representasen su persona,

defendiesen y promoviesen sus derechos, y mantuviesen sus prerogativas,

tanto como emperador, cuanto como rey de España, y señor de sus

restantes dominios. Visitaron los embajadores á los legados, que eran

los cardenales Moron, Paris y Polo, y extrañando la poca concurrencia

de padres, preguntaron si las demás naciones habian prometido su

asistencia al concilio, y en que términos debian ejercer la autoridad

de embajadores en aquel congreso; evacuadas ambas preguntas, quiso el

gran canciller exponer en la iglesia mayor con toda solemnidad los

poderes que traía del emperador, y manifestar los motivos de no asistir

personalmente. Resistiéronse los legados, hubo amargas quejas; pero en

fin se convino en que fuesen recibidos al siguiente dia públicamente

en casa del legado Paris, el mas antiguo de los tres cardenales. El

obispo de Arras expuso en una larga oracion, y ante gran concurso de

gentes, los deseos y diligencias del emperador porque se celebrase el

concilio: exhibieron sus poderes, é instaron en que se acelerase la

venida de los prelados y teólogos italianos, y se estimulase á los

franceses, pues ellos estaban prontos á permanecer allí, ó pasar á

solicitar los obispos de Alemania. En efecto, Granvela por dar mayor

calor á la celebracion del concilio, pues veía los pocos prelados que

habian concurrido, daba á entender seria mas conveniente un concilio

nacional en Alemania; proposicion que alteraba en extremo á los

legados y á la corte romana. Al fin padre é hijo pasaron á la junta de

Norimberg, y D. Diego quedó algunos meses en Trento. En este tiempo

hizo la representacion mencionada sobre la venta de Milan, y viendo que

los obispos de España no concurrian tan presto, y que muchos de los

que vinieron á Trento se habian retirado, se volvió á su embajada de

Venecia con grande sentimiento de los legados y del papa, que se quejó

al emperador, pero al fin se aprobó su conducta, y expidió una bula,

en que exponiendo las discordias sobrevenidas entre el rey Francisco

y Cárlos V, y juntamente el terror que infundia en toda la Italia el

turco con sus armas, retardaba el concilio á tiempo mas oportuno[14].

[13] _Palavic._, Hist. Conc. Trident. _lib._ V, _cap._ IV.

[14] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ IV, _n. 16_.

En 24 de agosto del año 1534 dirigió un diploma á Cárlos V exhortándole

á la paz, que efectuada con Francia proporcionó la nueva indiccion

del concilio para 15 de mayo de 1545, aunque se prorogó el principio

de él hasta 13 de diciembre. Por marzo volvió D. Diego de Venecia á

Trento; y ajustadas las ceremonias con que se le habia de tratar,

pretendió exponer en la iglesia mayor, lugar destinado á las sesiones

del concilio, las cartas que le autorizaban, pero se convino en

presentarlas en casa de los legados cardenales del Monte y Santa Cruz,

donde manifestó sus poderes, y juntamente expuso en una oracion latina

las intenciones del César, y el sincero ánimo en que se hallaba de

concurrir por su parte á dar cumplimiento á los deseos de toda la

cristiandad[15]. Halláronse presentes el cardenal Madrucci, en cuya

casa habitaban los legados y los obispos que hasta entonces habian

concurrido, que fueron Tomás Copeggi de Feltre, Tomás de San Félix

de la Cava, y Fr. Cornelio Muso, franciscano, obispo de Bitonto, y

el mas elocuente predicador de su tiempo. Á 8 de abril llegaron los

embajadores del rey de romanos; celebróse una solemne congregacion para

recibirlos; y en ella pretendió D. Diego preceder al cardenal Madrucci,

y sentarse despues de los legados, alegando que pues representaba al

emperador, debia tener asiento en el mismo lugar que ocuparia S. M.

Cesárea. Urgia el tiempo, y por no ser molesto, ni inutilizar aquella

junta, convino en colocarse de modo, que ni cedia ni tomaba precedencia

alguna.

[15] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VIII, _n. 9_.

Volvió en otra ocasion á instar sobre lo mismo, diciendo que si se

hallasen juntos el padre santo y el emperador, ninguno podia pretender

ponerse en medio, y que lo mismo debian observar las personas que los

representaban; añadiendo que obraba con el parecer y consejo de hombres

doctos. Respondieron los legados en términos generales se hallaban

dispuestos á dar á cada uno su debido lugar; pero que por sí mismos no

tomaban resolucion sobre sus pretensiones; y que era necesario aguardar

la respuesta de Roma sobre ellas. Convino gustoso el embajador, porque

como sabia la grande autoridad que los emperadores habian tenido

siempre en los concilios, esperaba se hallasen en los archivos romanos

documentos incontestables que autorizasen su preeminencia: añadió

estaba pronto á ceder fuera del concilio á cualquier sacerdote, pero en

él, nadie despues del papa tenia mayor autoridad y preeminencia que su

príncipe[16].

[16] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VII, _n. 9_;

_Liter. Legat., 12 et 16; Martii_.

Los legados deseaban principiar el concilio; pero el corto número de

obispos que hasta entonces habian llegado, y otros motivos que tenia el

emperador, obligaban á D. Diego á detenerlo con sus justos y fundados

reparos.

Ocupábase entre tanto en sus estudios; buscaba el trato de las personas

sabias, y ofreciéndose celebrar el nacimiento del infante de España

el príncipe D. Cárlos, acaecido en 8 de julio de 1545, dispuso tres

solemnes fiestas, en que oraron el obispo de San Marcos, napolitano,

sabio en latin y griego, Fr. Domingo Soto, y el elocuente fray Cornelio

Muso.

Los cuidados, la aplicacion, ó la mudanza de aires alteraron su salud,

y comenzó á padecer unas cuartanas, que le obligaron á retirarse

á Venecia, y le molestaron muchos meses; pero no por esto dejó de

cuidar de Sena, de su embajada de Venecia, y de lo del concilio,

donde pasaba algunas veces. Al fin celebrado el congreso de Worms, le

ordenó el emperador asistiese en Trento, porque no se dijese quedaba

por sus ministros dar principio al concilio. En 13 de diciembre de

1545 se hizo la abertura tan deseada, con la mayor solemnidad, y se

celebró la primera sesion, y en 7 de enero de 1546 la segunda, á las

que no pudiendo asistir D. Diego por hallarse enfermo en Venecia,

envió su secretario Alonso Zorrilla, para que hiciese presente su

indisposicion[17]. La sesion tercera se tuvo en 4 de febrero del mismo

año, y despues de la cuarta llegó á Trento D. Francisco de Toledo,

embajador de Cárlos V, porque reconociendo D. Diego la terquedad de su

indisposicion, y cuan necesaria era la asistencia de los embajadores

imperiales, habia suplicado al César enviase otro en su lugar, como se

le concedió, con la circunstancia de que el compañero ejerciese por

sí solo las funciones de la embajada, ó en compañía de D. Diego, si

la salud de este lo permitiese. D. Francisco pasó despues de cuatro

dias á Padua á visitar á su compañero, para que le enterase á fondo de

las instrucciones del emperador, de las de los legados, y del método

que era menester seguir en un congreso tan sagrado y de tan delicadas

circunstancias[18].

[17] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ XVII, _n. 7_.

[18] _Palavic._, _lib._ VI, _cap._ XIII, _n. 1_.

Aun sin estar libre de sus cuartanas, que fueron tan perniciosas que

se llegó á temer de su vida, pasó de Padua á Trento á instancias de

D. Francisco de Toledo, que volvió á visitarle, y del doctor Paez de

Castro, que vino en su compañía; y juzgaron los padres tan necesaria su

asistencia á la congregacion general que precedió á la sesion quinta,

que la difirieron un dia, porque en el que se habia de celebrar, era el

mismo en que sobrevendria la fiebre á D. Diego. Queriendo los legados

proceder á la decision de los dogmas, D. Diego aconsejó á Don Martin

Perez de Ayala (que habia llegado á Trento en el mes de setiembre de

1546, y le habia aposentado despues de muchos ruegos en su propia

casa, tanto por el aprecio que hacia de sus virtudes y literatura,

como porque habia sido confesor de su hermano el obispo de Jaen, ya

muerto desde el año de 43), que como tan instruido en la materia _de

justificatione_, que á la sazon querian decidir, manifestase el modo de

pensar de los herejes, y notase las decisiones que pretendian hacer los

legados por diminutas, y que no comprendian todos los errores de los

protestantes. D. Martin Perez de Ayala pidió audiencia, peroró en ella

una hora, expuso la materia, y de tal modo pintó sus consecuencias,

que se examinó la doctrina mas de otros cuatro meses[19]. Aunque D.

Diego rara vez concurria á las congregaciones particulares á causa de

su indisposicion, quiso no obstante asistir á aquella en que fueron

recibidos los embajadores de Francia, por dar mas solemnidad al acto,

y manifestarles su buen ánimo, y la armonía que deseaba entablar, y

mantener con ellos[20].

[19] Vida de D. Martin Perez de Ayala, _arzobispo de Valencia,

escrita por el mismo_. _MS._

[20] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 4_.

Por estos dias se publicó impresa en Venecia la Suma de los Concilios

de fray Bartolomé Carranza, dominicano, famoso por su valimiento y

su caida, dedicada á D. Diego, que respondió al autor en una carta

latina aunque breve, elocuente y nerviosa. Juan Paez de Castro, célebre

doctor cronista y capellan de honor de Felipe II, habia pasado á

aquella ciudad recomendado á D. Diego por Gerónimo de Zurita, exacto

historiador de Aragon, y por Gonzalo Perez, secretario de Felipe II,

conocido por la traduccion de la Odisea, y mucho mas por los excesos

de su hijo Antonio Perez. Procuró D. Diego adelantarle, comunicóle

sus libros, quiso llevarle á vivir consigo, animóle á estudiar con

teson, y á trabajar principalmente en la inteligencia y restitucion de

los autores antiguos. Consta por las cartas de aquel sabio escritas

á Gerónimo de Zurita, que habia leido la traduccion al castellano de

la mecánica de Aristóteles hecha por D. Diego, quien tambien le habia

hecho glosas: «Es tan bueno y tan humano, dice hablando de D. Diego,

que puede V. decir: _Nil oriturum alias, nil ortum tale fatentes_. Su

erudicion es muy varia, y extraña; es gran aristotélico y matemático;

latino y griego, que no hay quien se le pare; al fin es un hombre muy

absoluto. Los libros que aquí ha traido son muchos, y son en tres

maneras: unos de mano griegos en gran copia; otros impresos en todas

facultades; otros de los luteranos: todos estos están públicos para

quien los pide, si no son los luteranos, que no se dan sino á los

hombres que tienen necesidad de los ver para el concilio. Ha sido tan

gran cosa esta, y tan grandemente dispuesta, que allende de grandes

costas que ha excusado, ha dado gran luz á todos, que ni supieran que

libros eran necesarios, ni de donde se habian de traer; á lo menos yo

no sabia que hacerme en este lugar. Tienen todos creido que medrará

mucho concluido este concilio, y que S. M. le hará obispo, y su

santidad cardenal: plega á Dios que sea así, y en él estará todo bien

empleado[21].» Así se explica aquel sabio aragonés, testigo ocular de

las ocupaciones de D. Diego; y lo mismo aseguran cuantos eruditos le

trataron. Eran por cierto necesarios testimonios tan irrefragables para

creer que un político entregado á conocer, y manejar los intereses y

ánimos de los soberanos, encargado de negocios gravísimos, atento á

tantas formalidades como la vanidad ha introducido en aquella carrera,

tuviese el tiempo, la aficion, y la abstraccion que se requiere para

estudios tan profundos. El mismo D. Diego dice en una carta que en su

vejez escribió á Zurita: «Estoy maravillado de los muchos libros que

hallo leidos habiendo aprendido tan poco de ellos[22].» Anotaba lo que

leía, y como los viajes le imposibilitaban llevar consigo su librería,

le acaeció ilustrar tres y cuatro diferentes ejemplares manuscritos,

ó impresos de un mismo autor. Agregaba la curiosidad de las monedas

antiguas, de que habia hecho un gran tesoro. Ocurria á tantos gastos

la liberalidad de Cárlos V, que por este tiempo le libró 9,000 ducados

de ciertas cuentas, y le añadió una pension de 1,500 con el fin, segun

parece, de destinarle embajador á Roma.

[21] _Dormer_, Progresos de la Hist. del reino de Aragon, _lib._

IV, _cap._ XI; Cartas de D. Juan Paez de Castro,

_fol._ 465.

[22] _Ibid._, Carta de D. Diego de Mendoza, _escrita á Zurita_,

_fol._ 593.

Á este tiempo declaró el emperador la guerra á los protestantes: toda

Alemania se conmovió, algunos padres del concilio meditaban ausentarse,

y aun los legados juzgaban oportuna la traslacion ó interrupcion del

concilio, asustados del riesgo en que creían hallarse, por estar tan

inmediato Trento á los paises enemigos. D. Diego sintió en extremo

esta resolucion de algunos; hizo presente, que habiendo emprendido el

emperador aquella guerra á favor de la religion, y principalmente á

favor del concilio, le seria muy dolorosa la retardacion de este, y

que no era buena correspondencia que el César emprendiese guerra de

tanta consecuencia por mantener el concilio, y se disolviese este por

causa de la misma guerra[23]. Pasó poco despues á Venecia, y antes se

despidió de los padres dia 17 de julio por la tarde, en que se celebró

junta con el motivo de la alteracion que habia ocurrido por la mañana,

entre Dionisio Sanetin, obispo de Chiron, y el obispo de la Cava[24].

[23] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 5_.

[24] _Ibid._, _cap._ VI, _n. 1 et 2_.

En Venecia se quejó amargamente á aquella señoría de las desconfianzas

que habian tenido del emperador, y de que en fuerza de ellas hubiesen

sospechado que Cárlos V intentaba sujetar toda la Alemania con pretexto

de religion; por cuya causa habia procurado la señoría disuadir al

pontífice la confederacion con el César, y habia recibido embajadores

de las potencias enemigas. La respuesta fue excusar la señoría lo que

se decia haber efectuado, y aparentar grande adhesion á los intereses

del emperador.

Regresó á Trento, y volvióse á tratar de la traslacion del concilio,

ya porque los legados recelaban de la inmediacion de los enemigos,

ya porque se hallaban disgustados en Trento. D. Diego, á quien habia

escrito el César su voluntad, expuso en una junta cuanto resistía este

á la traslacion, de suerte que ninguna cosa podian proponerle mas

repugnante, que la ejecucion de tales designios: manifestó con brio

y elocuencia cuantas consecuencias podian resultar[25]. Poco despues

se retiró D. Diego á Venecia, y D. Francisco de Toledo á Florencia,

dejando en su lugar á los cardenales Madrucci y Pacheco, que siguieron

con teson el empeño del César, aunque no con mucha felicidad, pues se

celebró la sexta sesion el 13 de enero de 1547, y se publicó el decreto

sobre la justificacion; y aunque D. Diego facilmente podia volver á

Trento desde Venecia, se mantuvo en esta capital.

[25] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ VIII.

Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades · 第 1 / 21 段