XI

Cuando Rita recibió a la puerta del palacio el maltratado cuerpo de su

niña, tomóle bajo su cuidado como un sagrado depósito y le hizo reposar

entre lienzos albos y finos, orlados de puntillas, en la cama dorada,

bajo la colcha joyante y rica....

Mimada y socorrida, hermoseada por la limpieza y el esmero, con el

cabello alisado sobre las sienes y el alma aquietada, la niña de Luzmela

cerró los ojos en la placidez de un sueño leve, incompleto, que no la

desligaba de la realidad y la permitía memorar los suplicios de sus

cinco años de esclavitud al través de la sonrisa de su libertad.

En el dulce sopor de aquellas horas, cobijada por la piedad y el amor,

Carmen sentía una secreta voluptuosidad en remover las imágenes

espantosas de la casa de Rucanto y hacerlas desfilar en su memoria como

una procesión negra, maldita y condenada.

Con su breve mano de niña levantaba el velo de compasión que había

echado siempre su bondad sobre aquella familia enloquecida y bárbara, y

se iban presentando en la escena de sus dolores la hermana y los

sobrinos de don Manuel en traza alegórica, en caricatura de miedo y de

risa.

Doña Rebeca iba delante, montada en una escoba; llevaba a medio cubrir

las piernas, secas y nudosas como leños, y en los pies unas alpargatas

cenicientas.

La melena blanca, corta y, desigual, agitábase erizada, sacudida por el

viento; lucía un corpiño de color de ala de mosca, prendido con

alfileres, y en la falda, mezquina y desgarrada, un landre voluminoso

lleno de llaves de alacenas, cofres y arcas.... Iba cantando, en voz de

falsete, plañídera y, tenaz, una extraña canción hecha con refranes y

majaderías.

Marchaba detrás Narcisa, muy tiesa, con la cara verde y el traje

amarillo; llevaba en el pecho una margarita blanca muy marchita. Le

habían puesto en los labios un candado cruel y tenía en los codos dos

bocas horribles, abiertas por sangrienta desgarradura de la carne en una

explosión de sapos y culebras.

Detrás de Narcisa se arrastraba Andrés «a cuatro patas», sobre un charco

de vino hediondo, luchando por levantarse, en un pataleo intercalado de

blasfemias y amenazas.

Después llegaba Julio, amortajado, andando sin pasos ni ruidos, como un

ánima en pena; abría desmesuradamente los ojos, con expresión satánica,

y lanzaba unas desatinadas imploraciones.

Pasaron todos y se fueron alejando en una sombra espesa y flotante,

húmeda y fatal, como nube preñada de tormenta, mientras Carmencita,

desde la blandura suave de su lecho, sonreía con una sutilísima

sensación de placer.

Cuando la procesión temerosa había desaparecido, se presentó en remota

lejanía la silueta gentil de Fernando; llevaba en la mano un ramillete

de borrajas y una gorra de marino sobre el endrino pelo rizoso.

A Carmen se le aceleró entonces el corazón con un latido ardiente, y la

imagen de Fernando se inclinó, muy galante y zarandera, para ofrecer el

ramo de flores a una moza que pasaba. Carmen no la conoció...; ¿quién

sería?... Le pareció que le estaban diciendo al oído, con oficiosidad

maliciosa:--Sí...; es Rosa, la del molino; una de mucho empaque...,

pinturosa de la rama....

La niña de Luzmela volvió la cabeza hacia otro lado, muy despreciativa,

con un desdeñoso gesto de mujer de calidad.... Se había encalmado ya su

corazón en un compás armonioso y grato.

Abrió los ojos, sus divinos ojos obscuros, encendidos otra vez con un

sano fulgor de alegría, y vió cómo la luna, al través de los vidrios

descubiertos, ponía a los pies de su cama una pálida alfombra de luz que

iluminaba tímidamente toda la habitación.

Con aquel rútilo gozo de la noche alumbró la muchacha la memoria de los

serenos días que disfrutó en aquella noble casa, hasta la infausta hora

de la muerte del hidalgo.

Siempre que el recuerdo de aquella muerte le acudía, sentía en torno

suyo el sordo rumor de unas alas hostiles y el graznido agorero de un

ave siniestra.

Un fatalismo implacable la sacudió obligándola a incorporarse, trémula,

bajo aquel susto misterioso, huyendo del vuelo torpe y del canto

augural.

Vió entonces a Salvador, vigilante y desvelado, contemplándola con

insaciables arrobos, con infinita y atenta solicitud.

Ella, sin sorpresa, segura de que allí la estaba acompañando el

constante amigo de su alma, le preguntó, con voz lagrimeante de niña

miedosa:

--¿Todavía vuela por aquí la _nétigua?_

Salvador ignoraba que Carmen unía siempre a la idea de la muerte la

aparición del ave fatídica; pero al notar el entristecimiento de su

semblante, adivinador y cuidadoso, le dijo, como quien cuenta una

infantil conseja:

--Ya no volverá la _nétigua_ nunca a volar sobre tu jardín. Yo la maté,

¿no sabes?, con mi escopeta cazadora, desde el balcón de mi cuarto.

Cayó, sin vida, encima de un rosal, v me costó encontrarla, porque las

flores que ella lastimó al caer la cubrieron de hojas....

--¿Toda la cubrieron?

--Toda; y así, cubierta de rosas, la hice enterrar.... ¡Ya no hay

_nétigua_!...

Carmen, con voz de maravilla, repitió como un eco:

--¡Ya no hay _nétigua_!

Y, con la cara radiante, posó otra vez en la almohada su cabeza

peregrina.

Salvador la pulsó, acariciándola como a un ángel o como a un niño,

blanda y dulcemente. La fiebrecilla que, al atardecer, la enardecía,

había remitido en el bienhechor reposo de aquellas últimas horas, y al

esconder los ojos a la sombra ideal de las pestañas, el buen sueño

reparador la besó en los párpados, hasta que, vigilada de cerca por el

amor, se quedó dormida.

La Niña de Luzmela · 第 35 / 40 题