Cuando Rita recibió a la puerta del palacio el maltratado cuerpo de su
niña, tomóle bajo su cuidado como un sagrado depósito y le hizo reposar
entre lienzos albos y finos, orlados de puntillas, en la cama dorada,
bajo la colcha joyante y rica....
Mimada y socorrida, hermoseada por la limpieza y el esmero, con el
cabello alisado sobre las sienes y el alma aquietada, la niña de Luzmela
cerró los ojos en la placidez de un sueño leve, incompleto, que no la
desligaba de la realidad y la permitía memorar los suplicios de sus
cinco años de esclavitud al través de la sonrisa de su libertad.
En el dulce sopor de aquellas horas, cobijada por la piedad y el amor,
Carmen sentía una secreta voluptuosidad en remover las imágenes
espantosas de la casa de Rucanto y hacerlas desfilar en su memoria como
una procesión negra, maldita y condenada.
Con su breve mano de niña levantaba el velo de compasión que había
echado siempre su bondad sobre aquella familia enloquecida y bárbara, y
se iban presentando en la escena de sus dolores la hermana y los
sobrinos de don Manuel en traza alegórica, en caricatura de miedo y de
risa.
Doña Rebeca iba delante, montada en una escoba; llevaba a medio cubrir
las piernas, secas y nudosas como leños, y en los pies unas alpargatas
cenicientas.
La melena blanca, corta y, desigual, agitábase erizada, sacudida por el
viento; lucía un corpiño de color de ala de mosca, prendido con
alfileres, y en la falda, mezquina y desgarrada, un landre voluminoso
lleno de llaves de alacenas, cofres y arcas.... Iba cantando, en voz de
falsete, plañídera y, tenaz, una extraña canción hecha con refranes y
majaderías.
Marchaba detrás Narcisa, muy tiesa, con la cara verde y el traje
amarillo; llevaba en el pecho una margarita blanca muy marchita. Le
habían puesto en los labios un candado cruel y tenía en los codos dos
bocas horribles, abiertas por sangrienta desgarradura de la carne en una
explosión de sapos y culebras.
Detrás de Narcisa se arrastraba Andrés «a cuatro patas», sobre un charco
de vino hediondo, luchando por levantarse, en un pataleo intercalado de
blasfemias y amenazas.
Después llegaba Julio, amortajado, andando sin pasos ni ruidos, como un
ánima en pena; abría desmesuradamente los ojos, con expresión satánica,
y lanzaba unas desatinadas imploraciones.
Pasaron todos y se fueron alejando en una sombra espesa y flotante,
húmeda y fatal, como nube preñada de tormenta, mientras Carmencita,
desde la blandura suave de su lecho, sonreía con una sutilísima
sensación de placer.
Cuando la procesión temerosa había desaparecido, se presentó en remota
lejanía la silueta gentil de Fernando; llevaba en la mano un ramillete
de borrajas y una gorra de marino sobre el endrino pelo rizoso.
A Carmen se le aceleró entonces el corazón con un latido ardiente, y la
imagen de Fernando se inclinó, muy galante y zarandera, para ofrecer el
ramo de flores a una moza que pasaba. Carmen no la conoció...; ¿quién
sería?... Le pareció que le estaban diciendo al oído, con oficiosidad
maliciosa:--Sí...; es Rosa, la del molino; una de mucho empaque...,
pinturosa de la rama....
La niña de Luzmela volvió la cabeza hacia otro lado, muy despreciativa,
con un desdeñoso gesto de mujer de calidad.... Se había encalmado ya su
corazón en un compás armonioso y grato.
Abrió los ojos, sus divinos ojos obscuros, encendidos otra vez con un
sano fulgor de alegría, y vió cómo la luna, al través de los vidrios
descubiertos, ponía a los pies de su cama una pálida alfombra de luz que
iluminaba tímidamente toda la habitación.
Con aquel rútilo gozo de la noche alumbró la muchacha la memoria de los
serenos días que disfrutó en aquella noble casa, hasta la infausta hora
de la muerte del hidalgo.
Siempre que el recuerdo de aquella muerte le acudía, sentía en torno
suyo el sordo rumor de unas alas hostiles y el graznido agorero de un
ave siniestra.
Un fatalismo implacable la sacudió obligándola a incorporarse, trémula,
bajo aquel susto misterioso, huyendo del vuelo torpe y del canto
augural.
Vió entonces a Salvador, vigilante y desvelado, contemplándola con
insaciables arrobos, con infinita y atenta solicitud.
Ella, sin sorpresa, segura de que allí la estaba acompañando el
constante amigo de su alma, le preguntó, con voz lagrimeante de niña
miedosa:
--¿Todavía vuela por aquí la _nétigua?_
Salvador ignoraba que Carmen unía siempre a la idea de la muerte la
aparición del ave fatídica; pero al notar el entristecimiento de su
semblante, adivinador y cuidadoso, le dijo, como quien cuenta una
infantil conseja:
--Ya no volverá la _nétigua_ nunca a volar sobre tu jardín. Yo la maté,
¿no sabes?, con mi escopeta cazadora, desde el balcón de mi cuarto.
Cayó, sin vida, encima de un rosal, v me costó encontrarla, porque las
flores que ella lastimó al caer la cubrieron de hojas....
--¿Toda la cubrieron?
--Toda; y así, cubierta de rosas, la hice enterrar.... ¡Ya no hay
_nétigua_!...
Carmen, con voz de maravilla, repitió como un eco:
--¡Ya no hay _nétigua_!
Y, con la cara radiante, posó otra vez en la almohada su cabeza
peregrina.
Salvador la pulsó, acariciándola como a un ángel o como a un niño,
blanda y dulcemente. La fiebrecilla que, al atardecer, la enardecía,
había remitido en el bienhechor reposo de aquellas últimas horas, y al
esconder los ojos a la sombra ideal de las pestañas, el buen sueño
reparador la besó en los párpados, hasta que, vigilada de cerca por el
amor, se quedó dormida.