Engendrada en el seno recatado de aquella noche de abril, nacía la
primera mañana de mayo, rasgando los tules cándidos de la aurora
desenvolviéndose, con divina gracia, del manto azulino que la luna había
puesto pálido de luz.
Todo el júbilo de la primavera se asomó al cielo y se fundió en un azul
profundo, nuevo y triunfante, que recortó en su intensidad milagrosa los
montes gigantes, los bravos montes de Cantabria.
Blanquearon en el valle todos los senderos, tendidos sobre el verde
lozano de mieses y praderas, y en todos los nidos se inició una armonía
de gorjeos, y en todas las hojas rezaron las brisas una plegaria
henchida de misteriosas promesas, impregnada de secretas caricias.
Las aguas del _Salia_, mugientes y espumosas, aplacieron su cantar
valiente en una mansedumbre de homenaje, como diciéndole «un escucho» de
amor a la mañana.
En los surcos floridos de la vega, también las mansas arroyadas le
contaron una dulce querella a la luz gloriosa que nacía.
Y toda la tierra fué aromas, y todo el aire armonías, y toda la vida
resurrección y victoria....
El alma de Salvador estaba de rodillas, afanosa y esperanzada, delante
de aquel amanecer feliz.
Carmen le había dicho: «Espera que yo descanse, espera que amanezca...,
espera que salga el sol....»
Y llegaba, por fin, la hora bendita, la hora soñada, la sublime hora....
El médico miraba, extático, a su amada, dormida, entregada a él en
abandono de fraternal confianza, segura y serena bajo la egida del
noble amor....
Una deliciosa brisa, saturada de la belleza y la poesía de la mañana,
bajó al jardín, muy despacito, después de besar en silencio la ventana
de Carmen; a su paso, todas las flores hicieron a compás una graciosa
reverencia.... Se prendió en los cielos el primer rayo de sol y Carmen
abrió los ojos.
Acarició con mirada curiosa la habitación, elegante y alegre, y miró a
Salvador, fascinada, muy, sorprendida.... Venía del país del sueño y del
olvido.
Gozándose él en aquel asombro risueño, le contó:
--Anoche te salvé; te redimí; te traje conmigo a la paz y al amor, ¿no
te acuerdas?... Aquí está la primavera, vestida de galas para ti...;
aquí está mayo, loco de alegría, lleno de rosas...; aquí está la mañana
de mi esperanza.... Carmen, ¡acuérdate!: ha salido el sol.... Dios te
mira y te sonríe y te ofrece la felicidad...; ya se acabaron las sombras
de tus penas..., ya toda la vida para ti es luz....
Ella, posesionada de la realidad hermosa de aquel día, con sus ilusiones
que se despertaban y sus ansias que renacían, miró a Salvador con
inefable promesa, y haciendo una sola frase elocuente y cándida,
respondió únicamente:
--Sí..., ya me acuerdo...: ¡estamos en Luzmela!...