Nadie pudo averiguar por qué artes diabólicas fué restituida Carmencita
aquella misma noche a poder de doña Rebeca.
La vieron vagar por el campo como enajenada, con los, cabellos
destrenzados y flotantes y la ropa abierta en túrdigas.
Un pastorcillo de Luzmela, que tornando las ovejas la tropezó, oyóla
suspirar un nombre conocido, como en demanda de amparo, y además la vió
tender sus manos en la sombra creciente de la noche y no atinar con
ningún sendero y perderse en la soledad silente de la vega.
Al día siguiente, después de rumiar mucho aquel encuentro extraño, el
pastorcillo llegóse al palacio de su aldea a tiempo que la tarde caía, y
pidiendo hablar al señorito, le disparó este discurso:
--Que ayer vide a la niña de esta casa llorando y sola por las mieses y
llamándole a usté.... Y que digo yo que iba muy desmelená y con el
hábito rompido....
Salvador, desalado, se aseguró:
--¿Pero era ella, de cierto?
--Era ella, como yo soy Pablo....
--¿Y cómo no has venido a escape?...
Lo cavilé despacio y ahora, en un pronto, me determiné....
Tampoco se supo en qué tiempo inverosímil Salvador ensilló su caballo
por sí mismo; y mientras Rita clamaba a todos los santos del cielo y el
pastor se quedaba con un palmo de narices, él volaba hacia Rucanto, en
velocísima carrera, que levantaba chispazos de lumbre bajo las
herraduras del potro.
Llegando a la casona, ató la brida del animal jadeante en el aldabón de
la portalada y llamó con mayor solemnidad y brío que lo hiciera en
reciente ocasión don Rodrigo el del Nidal.
No tenía Salvador cobardía ni miramientos como aquella otra vez que, a
su regreso de Francia, esperó en aquel mismo sitio, sobresaltado por el
eco arrogante de su llamada.
A la moza que abrió la puerta le preguntó, áspero y breve:
--¿La señorita Carmen?
--Está en la cama.
--¿Qué tiene?
--Una punta de calentura.... Salióse ayer de casa como una loca, y
cuando la encontramos parecía que no estaba en sus cabales.... La
acostamos, sin que haya querido desnudarse.... A usted le mienta
mucho.... Mañana dice la señora que llamará al médico....
--Mañana, ¿eh?--rugió Salvador.
Pisaba fuerte, estaba fuera de sí, violento y arisco....
Llévame a su cuarto..., ¡pronto!--le dijo a la moza.
Fué la mujer delante, guiando por difíciles encrucijadas, y al llegar a
una puerta en un rincón, dijo:
--Aquí es.
Entró el médico sin llamar; estaba el cuarto envuelto en la media luz
del atardecer, y él fuése derecho a la cama y, se inclinó sobre el
cuerpo inerte de Carmencita.
Parecía que estaba dormida; pero a la blanda voz de su amigo abrió los
ojos, y, mirándole con inquieta expresión, balbució:
--¿Eres tú?... ¡Cuánto has tardado!
--Pero ya no me voy sin ti--dijo él, enérgico y amoroso--. Aunque tú no
quieras, te llevo ahora mismo.
Parecía que quería clavarla sus palabras en el corazón, mientras la
pulsaba con ansiedad devoradora.
Ella dijo, con acento mimoso de niña pequeña:
--Sí, yo quiero que me lleves.... Pero ¿cómo?... No puedo andar....
Estoy muy cansada....
--Tengo abajo al _Romero_, ¿sabes? Nos lleva a los dos en un vuelo.
--¿En un vuelo?--murmuró Carmen con deleite--. Yo tengo muchas ganas de
volar....
Salvador temió que delirase. Tenía un poco de fiebre y estaba muy
decaída.
Se oyó un rumorcito en la puerta y avanzaron unos pasos de duende por la
estancia.
El médico, sin hacer caso de que entraba doña Rebeca, le dijo a la niña:
--Te bajaré en brazos.... Vamos en seguida.... ¿No tienes un abrigo?
Y paseó una mirada por el cuarto, que tenía un dramático aspecto de
pobreza.
Estaban los muebles en desorden y empolvados, las sábanas del lecho
amarillentas y mal zurcidas, y sobre la colcha rameada, tumbado como un
despojo, el Niño Jesús, calvo y tuerto, lleno de heridas y con la túnica
desgarrada.
La propia Carmencita completaba aquel cuadro de punzadora tristeza.
Tenía el vestido hecho pedazos, enmarañado el cabello, las uñas sucias y
el semblante demudado y miedoso.... La lucha horrible del día anterior
había dejado en sus delicadas muñecas unas manchas carbonadas.
Salvador midió con aquella sola mirada la escena desoladora, y no sólo
con pena, sino con ira, con imperio y furor, le dijo a doña Rebeca:
--¡A ver, un abrigo; tenemos mucha prisa!
--Pero ¿adónde van ustedes?--arguyó la vieja, estupefacta.
Carmen se asió a una mano de Salvador, atemorizada, mientras él
respondía orgulloso:
--Vamos a la paz y al amor...; vamos a Luzmela....
--¿También Carmen? Eso no puede ser--quiso decir la señora, afilando el
grifo de su vocecilla.
Pero el médico no la dejó engallarse, y la interrumpió:
--Carmen también.
--¿Y con qué derecho se la quiere usted llevar?
--La llevo... porque es mía.
--¿Suya?... Pero está enferma....
--Yo la sanaré....
--Eso no puede ser.... Es imposible--repitió.
Salvador la agarró por un brazo y la llevó al otro extremo de la
habitación, casi en vilo.
Ella iba chillando:
--¡Ay..., ay..., ay!...
La ordenó él, zarandeándola:
--Cállese usted, doña,... Bruja, y escuche.... Cabe en lo posible que
Carmen renuncie la herencia de su padre en favor de usted..., y cabe en
lo posible que reclame su legado.... Esto depende de que usted nos deje
o no ir en paz.... Y ahora, pronto, un abrigo; no espero ni un minuto
más.
Doña Rebeca salió del cuarto como una centella y en seguida volvió con
un chal en la mano.
Carmen, incorporada y anhelante, decía:
--Me llevaré mi Niño Jesús....
Pero Salvador la alzó en sus brazos, envuelta en el chal, protestando:
--De aquí no te llevas nada....
Y salió con ella triunfalmente, con la gallardía de un galán de comedia.
En la antesala, una sombra siniestra se dobló, tal vez en reverencia de
irónica despedida, tal vez al peso de una maldición secreta.
Y en el patio enlosado y en el corral, abierto a una pálida luna recién
nacida, se percibía un rumor cauteloso y tétrico, como de cipresal
mecido por un hálito de muerte....
X
Qué alegre sonó el golpazo postrero de la puerta roja detrás de los dos
viajeros!
Carmen, segura en los brazos firmes y cuidadosos de su amigo, se dejaba
mecer y regalar como un niño en la cuna.
Había dado un suspiro de profundo alivio, y todo el gozo de la noche
azul se le metía en el alma, con halagos de primavera y de ilusión.
Sobre la frente inmaculada de la joven se alzaba como un nimbo el oro
de la barba rizosa de Salvador, que parecía hermoso con el victorioso
encendimiento de sus ojos zarcos, la sonrisa de noble ufaneza y el
bizarro alarde con que amparaba a Carmen junto al corazón. Refrenando el
impaciente retorno del _Romero_, desafiaba al porvenir, alta la frente,
y gloriosa la vida, abierto con sumisión el campo a su carrera y abierta
con dulzura la noche a su mirada.
La brisa odorante de la campiña corría a la par del _Romero_. La brisa
columpiaba las flores, leda y gentil, muy acariciadora, y el caballo
andaluz, fino y esbelto, bebía brisa y aromas, dejándoles al pasar la
espuma blanca de su aliento.
Cuchicheaba la vida un secreto rumor de promesas en el misterio
delicioso de aquella noche de amor, y acompasada con el ritmo solemne de
la Naturaleza, la voz de Salvador, apasionada y feliz, secreteaba al
oído de Carmen:
--Ahora siempre vas a estar fuerte y gozosa; ahora vas a ser otra vez la
reina de Luzmela... y, además, la reina de mi vida.
Ella se estrechaba suspirante contra el pecho del mozo, y decía:
--Tengo sueño....
Con los labios sobre los cabellos enmarañados de la niña, le iba
contando el médico un cuento de hadas.
--Duérmete y sueña, que yo te voy a regalar unas cosas muy bonitas....
Vestidos de seda, cadenas de oro, anillos y pendientes....
Alzó ella la cabeza con un infantil movimiento de curiosidad, y sonrió,
murmurando:
--¡Qué precioso!...
--Y tendrás--añadió la voz sugestionadora--una cama dorada, con paños de
brocatel...; un tocador vestido de encajes..., ¿quieres?...; unas
ánforas de bronce llenas de rosas....
Carmen, levemente, como en el éxtasis de un encantamiento, respondía:
--Sí....
--Y tendrás un Niño Jesús hermoso, con túnica de damasco y corona de
plata, dueño del altar elegante de la capilla, sonriente, mirándote con
los santos ojos, sanos y dulces...; ¿tú no sabes que Dios es muy
hermoso?
--Sí....
--Pues ¿cómo te empeñabas en amarle únicamente en aquel Niño tuerto,
calvo y sucio de la casona?
--Me daba lástima....
--Y Dios ¿no inspira más que lástima?
--Yo no sé....
--Dios, alma mía, inspira admiración suma y fervor y entusiasmos y
alegrías. Dios hace sonreir.... Dios hace gozar....
--¿Hace gozar?--interrogó la muchacha, con ansiedad de antojo.
--Ya lo creo--afirmaba la voz convicta y enamorada--. Todo lo bello y
santo de la vida, Dios nos lo da para disfrutarlo.... ¿No ves la noche,
qué encantadora?... Pues es nuestra y de Dios....
Ella paseó los ojos un instante por la paz divina de aquella hora, y
otra vez respondió:
--Sí....
--Yo te llevaré--contaba Salvador--a ver muchas cosas admirables que hay
en el mundo.... Iremos por la tierra y por el mar curioseando la
vida....
--Pero Carmen interrumpió, pronta y asustada:
--Por el mar no....
--¿Le tienes miedo?
Dijo la niña, con timidez humilde:
--Tengo miedo a los barcos....
Y la imagen apuesta de Fernando flotó un segundo, al claror de la luna,
delante de los viajeros, sonreidora y liviana, como una tentación.
Pero el médico, transformado ya en un hombre impetuoso y triunfador,
aseguró, audaz:
--Tú ya no tendrás miedo a nada...; tú serás mi mujercita..., mi gloria,
y ya nadie jamás podrá dañarte, ni perseguirte, ni hacerte llorar...;
¿no sabes que vamos a la paz y a la dicha?...; ¿no sabes que vamos a
Luzmela?
Carmen, toda estremecida, toda confusa por un vago tropel de
pensamientos y sensaciones, se desciñó un poco de los brazos que la
mecían, y mirando a Salvador con hondo afán, le preguntó:
--Dime: ¿quién era mi padre?
Él detuvo un minuto la respuesta y luego dijo, con acento cálido y
seguro:
--El amor.
La niña, incrédula, pero fascinada, sonreía.
--¿Y mi madre?
--El amor.
Tornó ella a sonreir, sacudiendo sobre su frente las crenchas rebeldes
del cabello; después, muy ansiosa, volvió a preguntar:
--Y tú..., ¿quién eres?
Otra vez dijo la voz, convencida:
--El amor.
Y el amor fué a buscar, sediento, un beso en los labios preguntones de
la muchacha.
Pero ella le detuvo con un breve gesto de mujer, lleno de gracia,
ordenándole:
--Espera....
Y en seguida, como si ya no quisiera más palique ni tuviera más
ansiedades, se volvió a recostar con abandono inocente en los brazos
amigos, musitando:
--Tengo sueño....
Salvador, acogiéndola como cuando era chiquita, todavía quiso averiguar:
--Y ¿qué espero, di, Carmencita?
--Espera que yo descanse.... Espera que amanezca y que salga el sol....
En la temperie blanda de la noche resbalaron estas palabras pías, con
inflexiones armoniosas de romance, y la mansa brisa que corría a la par
del _Romero_ fué llevando el eco de la voz romancesca por los confines
serenos del paisaje.
Entonces, en la adumbración del bosque señero y en el cantar ululante
del _Salia_, la resonancia maravillosa de aquella voz repitió, intensa
y vibrante:
--¡Espera!...
Y los rizos murmurantes de las hojas nuevas, y las resplandecías
apacibles del cielo, y el olor generoso de la tierra, y toda la
respiración misteriosa y profunda de la vida, repitieron en un solo
acento, penetrante y firme:
--¡Espera!...
Ya la torre de Luzmela, un poco desalmenada, seria y noble, se recostaba
en el azul sin mancha del celaje.
Un gallo trasnochador lanzó su canto estridente fuera de las tapias
enzarzadas de su corral.
El potro andaluz, instigado por la querencia de la cuadra, dejó
deshacerse en el viento, con un bravo resoplido, el último copo blanco
de espuma.
Carmen descansaba en regalada quietud, tal vez soñando con el Dios
bienhechor y piadoso de las almas buenas, y Salvador, inflamado de
anhelos, saboreaba la inmensa felicidad de luchar y de sufrir con la
esperanza en los brazos.