Abril florecía. Tenían sus auroras nuevas un pálido rosicler de
esperanza; gentileaban las margaritas en las praderas, blanqueándolas
con remedos de nieve; habían nacido muchas mariposas, y en los nidos
recientes las hembras padecían la fiebre dulce y santa de la
procreación....
Todo el valle se henchía en gestación potente, y ya el alba de una vida
de milagro y de gloria vestía de flores los espinos y les ungía de
perfumes.... Espejándose en el valle fecundizado, el corazón de la niña
de Luzmela se dilataba también en un inconsciente afán de
florecimiento, con barrunto de brotes y bella nostalgia de capullos. Los
diez y ocho años de Carmencita pedían lo suyo, aun en el apagado
lenguaje de un cuerpo abatido y un alma herida.
Perdido el tino del sendero, cansada v doliente, la muchacha se agarraba
ahora a su pedazo de vida negra, con instinto de juventud y de
esperanza, como si no tuviera las manos desgarradas de los zarzales del
camino...; ¡y era que en la hermosura pródiga de su tierra hasta las
zarzas echaban flores!...
No sabía Carmen si quería a Fernando; no sabía tampoco si le olvidaba;
sólo supo que la vida la llamaba a gritos desde los campos y desde los
bosques, desde las huertas y desde los nidos, desde el cielo irisado en
amaneceres risueños y desde los espinos en flor.
Y ella volvía la cara hacia aquel lado donde la primavera nacía cantando
amores, y sentía todo su ser congestionado por el hechizo de vivir y por
la ilusión de amar....
Cuando se daba cuenta de haberse entregado a estos éxtasis humanos,
seducida por las voces sordas de la Naturaleza, un espíritu de
religiosa austeridad la hacía estremecerse, y su alma, poseída del afán
del martirio y de la santidad, respondía con todas sus escasas fuerzas
al reclamo implacable de aquel afán.
Era entonces cuando buscaba enardecida los libros devotos para aplacar
en los manantiales de su doctrina la sed y la fatiga del corazón.
En aquel libro de tapas azules y letras de oro que Salvador le enviara
en secreto, con una carta insinuante y tierna, había leído Carmen con
emoción:
«No traigas yugo con los impíos, porque ¿qué comunicación tiene la
justicia con la injusticia? O, ¿qué compañía la luz con las tinieblas?
O, ¿qué concordia Cristo con Belial?... ¿Qué parte tiene el fiel con el
infiel?... Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el
Señor, y no toquéis lo que es inmundo».
Maravillada de la limpieza y altura de estas máximas del Evangelio,
Carmen sentía crecer su repugnancia instintiva hacia la existencia y los
seres de la casona, y miraba al cielo puro con un inconfeso anhelo de
volar, con un callado presentimiento de las alas ligeras y giros
alegres, abstrayéndose con delicia en la contemplación de las mariposas
y de las aves suspirando con hastío en su cárcel sombría de Rucanto.
En una de aquellas divinas horas de resurrección de tierras y corazones,
Carmen subió a su observatorio del sobrado para mirar a la naciente
primavera cara a cara y calentar al sol su alma aterida.
Todo el paisaje, en la calma de la tarde abrileña, cantaba un _hosanna_
de triunfo; y del celaje diáfano, de la vegetación lujuriosa, de las
hiendas humeantes y de las glebas en oreo se alzaba en voz sin acentos,
valiente y subyugadora, un férvido _¡aleluya!_ que a la niña de los ojos
garzos le apresó el alma. Cautiva la tenía, puesta en una milagrosa
sonrisa que había florecido en sus labios, cuando sintió tras de si un
jadeo de carne brava y un resuello caliente y brutal.
Sin tiempo para volverse a mirar se encontró prisionera en unos brazos
duros y torpes, y el aliento de Andrés, apestando a vino, la encendió la
cara.
No supo si fueron los labios del mozo una cosa rusiente que le dolió en
el cuello, ni supo de dónde había sacado ella un grito de furiosa
rebeldía y una fuerza salvaje para desasirse de aquel abrazo exultante
y ansioso.
Andrés, impulsado hacia atrás por las dos manos breves y nerviosas de la
niña, dió un traspié no muy gallardo y soltó una palabrota soez.
Ella tocó casi el dintel de la habitación, y en aquel momento las dos
hojas de la puertecilla se plegaron rápidas como por infernal conjuro y
se corrió un pesado cerrojo, cerrándolas en firme, al son de una
implacable risa de mujer....
Había llegado Andrés a la casona aquella mañana, desarrapado y sucio,
borracho y rendido de fatiga en los bárbaros azares de sus aventuras. Su
hermana le instó a dormir y a descansar sin descubrir su presencia; y
espiando a Carmencita, la vió subir al sobrado, y fuése a despertar a la
fiera, azuzándola con el nombre de la muchacha y con la promesa de que
arriba la hallaría sola y suya..., regalada..., ofrecida...,
esperándole....
Le empujó hacia la escalera, poniéndose un dedo en los labios en señal
de silencio y prudencia, y Andrés subió en calcetines y en mangas de
camisa, como le había sorprendido durmiendo aquella tentación
monstruosa....
Al ver el mozo cómo la puerta cerrada le aseguraba la presa, se rehizo
sobre sus piernas, no muy fuertes, y avanzó de nuevo hacia Carmen con
los brazos extendidos.
La alcanzó; la tuvo ceñida y manoseada brutalmente; la tuvo saturada por
su aliento avinagrado, maculada por sus besos voraces y estuosos.... Ya
se reía, con una risa sádica y proterva, una risa de victoria y
ufanía.... Pero la muchacha se defendía, convulsa y desesperada, con
denuedo asombroso y tenaz que centuplicaba sus fuerzas y ponía en sus
ojos profundos una lumbre de sagrado furor.
Con la suprema vibración de todos sus nervios, Carmen se desprendió por
segunda vez de las garras feroces, y en aquel minuto de libertad
providente le puso al mozo las dos manos en el pecho y le dió un empujón
con todo el vigor juvenil de su noble sangre sublevada y de sus músculos
en tensión.
Andrés, no muy libre de los vapores del vino, cansado y temblequeante,
rodó por el suelo, levantando sobre el tillado trépido una nube de
polvo.
El golpe recio de la caída retumbó por la casa abajo como el eco sordo
de un trueno. El hombrón, pataleando, con la boca llena de blasfemias y
los puños crispados, trataba de levantarse, y Carmen medía, con mirada
de loca, la altura de la ventana.
_Desdicha_, el gato errante y hambriento, que había presenciado aquella
escena, huía por los aleros ondulantes con un galope de terror; y en un
alambre tendido sobre el hueco de la tronera, dos golondrinas, recién
llegadas, coqueteaban en un delicioso _palique_ discutiendo sus
proyectos de anidar....
Andrés ya se incorporaba rugiente, mascullando amenazas espantosas; y la
muchacha, sin dar un grito, con los labios secos y los ojos llenos de
llanto, le esperaba inmóvil, apoyando en la ventana sus brazos
doloridos, sumida en un desesperado propósito.
Se abrió entonces la puerta, tras un violento coloquio de dos voces
agudas y punzantes, y doña Rebeca apareció en el umbral, oportuna y
piadosa por primera vez en su vida. Carmen tenía, detrás de sus
lágrimas, una desgarradora expresión de extravío.
Se abalanzó hacia la puerta entornada y la traspuso, haciendo vacilar a
la señora. En la escalera tropezó a Narcisa y la empujó, dejándola
pegada a la pared, con la boca abierta. Atravesó la casa en una
desalentada carrera, bajó al corral y a poco la portalada roja se
cerraba con estrépito detrás de la niña de Luzmela.
En pleno campo corrió sin tino, huyendo siempre....
En la casona, sobre la cumbre del tejado, _Desdicha_ maullaba con
lastimera voz y las dos golondrinas rimaban dulcemente su poema de amor
en el vano de la tronera.