VIII

Abril florecía. Tenían sus auroras nuevas un pálido rosicler de

esperanza; gentileaban las margaritas en las praderas, blanqueándolas

con remedos de nieve; habían nacido muchas mariposas, y en los nidos

recientes las hembras padecían la fiebre dulce y santa de la

procreación....

Todo el valle se henchía en gestación potente, y ya el alba de una vida

de milagro y de gloria vestía de flores los espinos y les ungía de

perfumes.... Espejándose en el valle fecundizado, el corazón de la niña

de Luzmela se dilataba también en un inconsciente afán de

florecimiento, con barrunto de brotes y bella nostalgia de capullos. Los

diez y ocho años de Carmencita pedían lo suyo, aun en el apagado

lenguaje de un cuerpo abatido y un alma herida.

Perdido el tino del sendero, cansada v doliente, la muchacha se agarraba

ahora a su pedazo de vida negra, con instinto de juventud y de

esperanza, como si no tuviera las manos desgarradas de los zarzales del

camino...; ¡y era que en la hermosura pródiga de su tierra hasta las

zarzas echaban flores!...

No sabía Carmen si quería a Fernando; no sabía tampoco si le olvidaba;

sólo supo que la vida la llamaba a gritos desde los campos y desde los

bosques, desde las huertas y desde los nidos, desde el cielo irisado en

amaneceres risueños y desde los espinos en flor.

Y ella volvía la cara hacia aquel lado donde la primavera nacía cantando

amores, y sentía todo su ser congestionado por el hechizo de vivir y por

la ilusión de amar....

Cuando se daba cuenta de haberse entregado a estos éxtasis humanos,

seducida por las voces sordas de la Naturaleza, un espíritu de

religiosa austeridad la hacía estremecerse, y su alma, poseída del afán

del martirio y de la santidad, respondía con todas sus escasas fuerzas

al reclamo implacable de aquel afán.

Era entonces cuando buscaba enardecida los libros devotos para aplacar

en los manantiales de su doctrina la sed y la fatiga del corazón.

En aquel libro de tapas azules y letras de oro que Salvador le enviara

en secreto, con una carta insinuante y tierna, había leído Carmen con

emoción:

«No traigas yugo con los impíos, porque ¿qué comunicación tiene la

justicia con la injusticia? O, ¿qué compañía la luz con las tinieblas?

O, ¿qué concordia Cristo con Belial?... ¿Qué parte tiene el fiel con el

infiel?... Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el

Señor, y no toquéis lo que es inmundo».

Maravillada de la limpieza y altura de estas máximas del Evangelio,

Carmen sentía crecer su repugnancia instintiva hacia la existencia y los

seres de la casona, y miraba al cielo puro con un inconfeso anhelo de

volar, con un callado presentimiento de las alas ligeras y giros

alegres, abstrayéndose con delicia en la contemplación de las mariposas

y de las aves suspirando con hastío en su cárcel sombría de Rucanto.

En una de aquellas divinas horas de resurrección de tierras y corazones,

Carmen subió a su observatorio del sobrado para mirar a la naciente

primavera cara a cara y calentar al sol su alma aterida.

Todo el paisaje, en la calma de la tarde abrileña, cantaba un _hosanna_

de triunfo; y del celaje diáfano, de la vegetación lujuriosa, de las

hiendas humeantes y de las glebas en oreo se alzaba en voz sin acentos,

valiente y subyugadora, un férvido _¡aleluya!_ que a la niña de los ojos

garzos le apresó el alma. Cautiva la tenía, puesta en una milagrosa

sonrisa que había florecido en sus labios, cuando sintió tras de si un

jadeo de carne brava y un resuello caliente y brutal.

Sin tiempo para volverse a mirar se encontró prisionera en unos brazos

duros y torpes, y el aliento de Andrés, apestando a vino, la encendió la

cara.

No supo si fueron los labios del mozo una cosa rusiente que le dolió en

el cuello, ni supo de dónde había sacado ella un grito de furiosa

rebeldía y una fuerza salvaje para desasirse de aquel abrazo exultante

y ansioso.

Andrés, impulsado hacia atrás por las dos manos breves y nerviosas de la

niña, dió un traspié no muy gallardo y soltó una palabrota soez.

Ella tocó casi el dintel de la habitación, y en aquel momento las dos

hojas de la puertecilla se plegaron rápidas como por infernal conjuro y

se corrió un pesado cerrojo, cerrándolas en firme, al son de una

implacable risa de mujer....

Había llegado Andrés a la casona aquella mañana, desarrapado y sucio,

borracho y rendido de fatiga en los bárbaros azares de sus aventuras. Su

hermana le instó a dormir y a descansar sin descubrir su presencia; y

espiando a Carmencita, la vió subir al sobrado, y fuése a despertar a la

fiera, azuzándola con el nombre de la muchacha y con la promesa de que

arriba la hallaría sola y suya..., regalada..., ofrecida...,

esperándole....

Le empujó hacia la escalera, poniéndose un dedo en los labios en señal

de silencio y prudencia, y Andrés subió en calcetines y en mangas de

camisa, como le había sorprendido durmiendo aquella tentación

monstruosa....

Al ver el mozo cómo la puerta cerrada le aseguraba la presa, se rehizo

sobre sus piernas, no muy fuertes, y avanzó de nuevo hacia Carmen con

los brazos extendidos.

La alcanzó; la tuvo ceñida y manoseada brutalmente; la tuvo saturada por

su aliento avinagrado, maculada por sus besos voraces y estuosos.... Ya

se reía, con una risa sádica y proterva, una risa de victoria y

ufanía.... Pero la muchacha se defendía, convulsa y desesperada, con

denuedo asombroso y tenaz que centuplicaba sus fuerzas y ponía en sus

ojos profundos una lumbre de sagrado furor.

Con la suprema vibración de todos sus nervios, Carmen se desprendió por

segunda vez de las garras feroces, y en aquel minuto de libertad

providente le puso al mozo las dos manos en el pecho y le dió un empujón

con todo el vigor juvenil de su noble sangre sublevada y de sus músculos

en tensión.

Andrés, no muy libre de los vapores del vino, cansado y temblequeante,

rodó por el suelo, levantando sobre el tillado trépido una nube de

polvo.

El golpe recio de la caída retumbó por la casa abajo como el eco sordo

de un trueno. El hombrón, pataleando, con la boca llena de blasfemias y

los puños crispados, trataba de levantarse, y Carmen medía, con mirada

de loca, la altura de la ventana.

_Desdicha_, el gato errante y hambriento, que había presenciado aquella

escena, huía por los aleros ondulantes con un galope de terror; y en un

alambre tendido sobre el hueco de la tronera, dos golondrinas, recién

llegadas, coqueteaban en un delicioso _palique_ discutiendo sus

proyectos de anidar....

Andrés ya se incorporaba rugiente, mascullando amenazas espantosas; y la

muchacha, sin dar un grito, con los labios secos y los ojos llenos de

llanto, le esperaba inmóvil, apoyando en la ventana sus brazos

doloridos, sumida en un desesperado propósito.

Se abrió entonces la puerta, tras un violento coloquio de dos voces

agudas y punzantes, y doña Rebeca apareció en el umbral, oportuna y

piadosa por primera vez en su vida. Carmen tenía, detrás de sus

lágrimas, una desgarradora expresión de extravío.

Se abalanzó hacia la puerta entornada y la traspuso, haciendo vacilar a

la señora. En la escalera tropezó a Narcisa y la empujó, dejándola

pegada a la pared, con la boca abierta. Atravesó la casa en una

desalentada carrera, bajó al corral y a poco la portalada roja se

cerraba con estrépito detrás de la niña de Luzmela.

En pleno campo corrió sin tino, huyendo siempre....

En la casona, sobre la cumbre del tejado, _Desdicha_ maullaba con

lastimera voz y las dos golondrinas rimaban dulcemente su poema de amor

en el vano de la tronera.

La Niña de Luzmela · 第 33 / 40 题