IV

Subía enero su cuesta invernal, desbordado en inclemencias, con los

vientos desmelenados y las aguas roncas y turbias, borbollantes, fuera

de sus cauces rotos... Subía, espantoso y fiero, con una nube torva en

la frente y las recias abarcas chocleando sobre los lodazales del

camino.

En la casona, enero reinaba exterminador, silbando por las innúmeras

rendijas de las ventanas; y en la cocina, enorme y abandonada, entraba

por la bocaza bruna de la chimenea y se complacía en apagar el rescoldo

mezquino del llar, casi cegado por un montón de helada ceniza.

Ya en aquel fogón descascarado no se guisaba en profundas cacerolas ni

se trasteaba en continuo ajetreo. No había más que una sirviente inútil

con quien doña Rebeca reñía de la mañana a la noche; escaseaban las

viandas, y apenas si unas ascuas rusientes daban allí una idea remota de

hogar.

El cuarto de Carmencita era un páramo. Los escasos muebles parecían

perdidos a la sombra de las paredes, en una línea confusa como de

horizonte. Por los cristales agujereados entraba el soplo gélido de los

huracanes, y la colcha rameada de la camita temblaba estremecida por

aquellas ráfagas yertas, que adquirían voz de sortilegio y de amenaza.

Algunos lamentos de aquella voz siniestra, llegándose al rincón del Niño

Jesús, le henchían la túnica, deshilachada y sin aliño, y le hacían

balancearse sobre la rústica peana como en un pánico acunamiento de

terremoto. El techo de cal, reblandecido en húmedas manchas, dejaba

filtrar al aposento las gotas de la lluvia, recogidas en el suelo sobre

algunos cacharros sin nombre ni forma, ollas extrañas y panzudas de

centenaria fecha.

Aquel lento gotear de enero dentro del cuarto tenía un son de quejido y

de miseria que laceraba el corazón....

Todo era tedio y dolor en la casona.

Doña Rebeca rebuscaba en armarios, bargueños y arcaces algunos papeles

escritos y sellados que parecían importarle mucho. Abría legajos,

escudriñaba carpetas, y todo lo revolvía y desparramaba fuera de su

sitio. Estas maniobras las acompañaba de paseítos menudos, adagios y

murmuraciones. A intervalos reñía con la criada, y otras veces se

evaporaba, como por arte de duendería.

Narcisa se había llevado a su aposento las alfombras de la sala y un

brasero de cobre, donde, con insolente egoísmo, acaparaba toda la leña

combusta del hogar para confortarse y satisfacerse. Había hecho

provisión abundante de novelas terribles, y leía a la sazón, con

tenacidad salvaje, una con _santos_ de colores y un título que decía:

_La Condesa ensagrentada...._ Allí se hacía servir la comida, y, ceñuda

y brava, apenas salía de su escondrijo. Un despecho picante y rabioso le

mordía el corazón, viendo quebrarse en añicos sus ilusiones de boda con

Salvador, y viendo cómo el médico alimentaba, con crecientes

demostraciones, el interés que siempre le había inspirado la niña de

Luzmela.

Carmen compartía sus horas densas y amargas entre las cavilaciones

incoherentes en su cuarto y las calladas esperas a los pies de la cama

de Julio.

La primera vez que entró a verle fué una tarde en que el enfermo se

estuvo desgañitando en un clamor de angustia: «¡Agua..., agua!», como si

tuviera las entrañas adurentes y en el pecho lamentable un volcán

enceso.

Todo callaba en torno a la voz implorante, que llegó a hacerse desmayada

y balbuciente como la de un niño.

Doña Rebeca y Narcisa se habían sumido en una de sus frecuentes

desapariciones, y la criada tampoco aparecía por ninguna parte.

Entonces Carmencita entró tímidamente en el aposento del mozo, llevando

en la mano un vaso de agua de piedad.

La miró Julio, pasmado en medio de un quejido, y bajando los ojos, desde

los serenos de la niña hasta la limosna refrigerante del agua, bebió

ansioso y dejó de quejarse.

Carmen, llena de misericordia, se sentó callandito cerca de la cama, y

allí se estuvo con las manos cruzadas sobre el regazo, con una blanda

actitud de meditación y de tristeza....

El enfermo, de tarde en tarde, abría los ojos para mirarla sin encono y

sin perfidia, como nunca la había mirado; y desde aquel día Carmen le

cuidaba dulcemente, y le hablaba algunas breves frases consoladoras. Él,

para contestarla, parecía como si hiciese un esfuerzo, tratando de

adulcir la amargura de su voz, y ya nunca volvió a aojarla con expresión

satánica de maleficio. Cuando le acometían las crisis tremendas de

temblores y ayes, Carmen rezaba suavemente, con el bello semblante

compungido, y sobre las palabras impías del enfermo tendían sus

plegarias un callado vuelo de tórtola, que parecía purificar aquel

pesado ambiente de dolor y de terror....

Había caído la niña de Luzmela en una languidez insana y penosa.

Todo su cuerpo apabilado se desmadejaba en trágico abandono. En sus ojos

divinos ya no lucían ensueños ni ilusiones, ni en sus labios había

sonrisas gloriosas, ni aleteaba en su pensamiento el ave azul de la

esperanza.

Se habían apagado todas las luminarias que la diosa juventud encendió

triunfante en su corazón enamorado; habían enmudecido para ella todas

las promesas del porvenir y se le habían cerrado todos los horizontes de

sol, todos los caminos de rosas....

De aquel libro pequeño, que le dió condolido el padre cura, tomaba todos

los días unas palabras y trataba de hacerse con ellas una vida humilde,

llena de evangélica conformidad; pero aquel esfuerzo la dejaba siempre

la boca amarga y el alma trémula, y la voz y los ojos llenos de

lágrimas.

Toda estaba envuelta en una melancolía fatal, en una indiferencia

morbosa que la iba consumiendo.

Su belleza tomaba un aspecto de ocaso prematuro que inspiraba compasión.

Abandonado el esmero de su persona, inerte, con una atonía enfermiza v

dolorosa, parecía una planta afotista sin flores ni galas.

Y en medio de aquella languidez espiritual y de aquella debilidad

física, el deseo de ser santa ardía en su corazón con encendimiento

tenaz, atormentándole con la punzada hiriente de una idea fija.

Era aquella la única luz que, con parpadeo vacilante, brillaba en su

existencia.

V

Pasó un mes lento y sordo, a media luz, con las nubes a ras de la

tierra, y llegó marzo alzando un poco la frente sobre las montañas

gigantes que ensombrecían la vega.

Cuando marzo llegó, el enfermo de la casona se estaba muriendo. El

médico que le asistía solicitaba «una consulta» con acento augural, y

doña Rebeca había llamado a Salvador pensando: éste no me cobra nada....

Entró el señor de Luzmela en el cuarto de Julio, con el alma abierta, un

alma que rondaba en infatigable guardia de honor en torno a la niña

triste de los ojos garzos. Ella estaba allí, tímida y culpada, ante la

mirada elocuente de su amigo. Delante de él se abrían en el corazón de

Carmen todas las grietas profundas del dolor, porque aquel corazón

atormentado pedía paz y calma y suspiraba por descansar en otro corazón

blando y generoso; pero cada día una nueva meditación religiosa traía

sobre aquellas ansias su mandato austero y rígido, helado como los

soplos invernales que gemían en la casona al través de todas las

rendijas de los muros y de las puertas. Y al sentirse empujada al

descanso y a la dulzura, Carmen subía su sacrificada voluntad a la

excelsitud del propósito encendido en su alma, y sus labios, plegados en

muda queja, musitaban:--Quiero ser santa..., quiero serlo.

La miraba Salvador aquella tarde sin reproches ni desvíos, adivinando

toda la tormenta ruda y callada de aquel inocente espíritu. Una

compasión inmensa le dolía en el corazón y le ponía en los ojos un

fulgor ardiente de ternura.

Todo el aspecto de la muchacha era una viva lamentación de pena y de

trabajo; el médico veía con espanto que Carmen finaba lentamente, en un

profundo descuido de la vida.

Nada se dijeron al verse en el cuarto de Julio; se buscaron los ojos, y

ella bajó los suyos, cobarde y sobrecogida.

Después de examinar al enfermo, salieron los dos médicos a conferenciar

a la sala; hablaron de «salicidad» y de «patomanía» y se condolieron,

con un poco de amargo desdén, del temperamento proclive y relajado de

aquella familia.... En el comedor les esperaba doña Rebeca, y entonces

Carmen se acercó a Salvador como aguardando algunas palabras amistosas.

Pero él sabía que, al hablarla, le iba a temblar mucho la voz, y se

quedó callado y contemplativo, rimando, en una mirada codiciosa y

compasiva, todo el poema desesperanzado de sus amores.

Ella, por quebrar aquel silencio triste entre los dos, le dijo:

--¿Se muere Julio?

Respondió él únicamente:

--Sí....

--¿Y de qué se muere?

Pensativo y como lastimado por aquel interés de la muchacha hacia el

enfermo, Salvador repuso entre dientes:

--De... perversidad.

Carmen bajó hacia el suelo los párpados, cargados con la sombra divina

de las pestañas, y murmuró:

--¡Pobre!...

Se quedó luego suspensa, sin alzar los ojos ni la voz, con los brazos

caídos. Parecía más alta, y, en la luz muriente de la tarde, daba una

nota de emoción dulcísima, una delicada nota de sentimiento pasional....

Doña Rebeca, con mucho aparato de sollozos, se enteraba del próximo fin

de su hijo y pensaba con terror en los gastos del entierro.

Ya los médicos se despedían, andando despacito con la señora a lo largo

del corredor, cuando Salvador, vuelto hacia Carmen, que se quedaba sola,

le dijo:

--No sentirías tanto mi muerte como la de Julio....

--¡Tu muerte!--exclamó ella.

Pero Salvador ya se alejaba, sin aguardar contestación, y Carmen se

volvió al lado del moribundo, pensando en su amigo con agitación

extraña, con vago arrepentimiento, mientras que doña Rebeca y su hija se

oscurecían hacia un rincón, en amarga disputa....

Ya la muerte había llegado a la alcoba de Julio y se había aposentado

encima de la cama. Estaba sola con su víctima, y Carmen la saludó muy

cortésmente haciéndose sobre las sienes la señal de la cruz.

Aunque la niña no conocía a la vieja de la guadaña, al punto que entró

en el aposento «la sintió» y dijo:

--Ya está aquí.

No creyó ella que llegase tan pronto, y pensó, un momento, en avisar a

la familia del agonizante; pero en seguida se acogió a la dulce idea de

procurar que fuese apacible aquella última hora del infeliz peregrino, y

que no le amedrentasen los gritos desatinados de las señoras de la casa.

Quedóse mirando con respeto la figura triste de aquel hombre, detenido

por la muerte en la más lozana senda de la vida, y recordó una elocuente

oración de su libro que rezaba:

-«¡Oh, día clarísimo de la eternidad que no le oscurece la noche, sino

que siempre le alumbra la suma verdad; día siempre alegre, siempre

seguro y sin mudanza!... ¡Oh, si ya amaneciese este día y se acabasen

todas estas cosas temporales!...»

Carmen se sumergió en la mística contemplación de _aquel día_ y le

pareció que se le iba acercando con una amaneciente claridad, espesa y

húmeda como vaho de lágrimas. Sintió un dolor lancinante en el corazón y

otro en la cabeza, y pensó: ¿también yo tendré, como el padrino, rota

una cosa en la frente y otra en el pecho?...

Las escenas lejanas de la muerte del de Luzmela se le aparecieron en una

confusión tenebrosa, y se quedó «mirándolas» con los ojos abiertos y

parados sobre la vidriera plegada del balcón.

Creyó sentir entonces que una cosa dura golpeaba los cristales con

siniestro aleteo.... ¿Si sería la _nétigua_?

Se acercó a observar, andando de puntillas con infantil sigilo. No era

la _nétigua_.

Sobre las nubes grises ningún ave tendía las alas.

Había una infinita melancolía de desierto en la mansedumbre apacible del

atardecer.

Se apagaba el día en una quietud, en una soledad como de tumba sin

flores ni plegarias.

El cielo, bajo, inmóvil, deslucido, daba la impresión indecisa de un

alma sin anhelos, de un corazón sin latidos.

Y encima de un cristal, un listón desprendido de la cornisa golpeaba

lento cuando le estremecía, al pasar, una brisa sin rumores que bajaba

de la montaña....

Carmen, suspirando, se sentó en el borde del lecho al lado de «la

intrusa», y se puso a rezar por el alma del agonizante.

Ya Julio no se quejaba. Había caído en prolongado estado comatoso, y

rígido, yerto, se acercaba al día _siempre seguro y sin mudanza_ de la

eternidad.

Moría sin fatiga ni dolor, como en un dulce descanso de aquella

enfermedad misteriosa y horrible que había sido toda ella un estertor

violento y una fatal agonía. Tenía los ojos entoldados por la nube

fatídica del _no ser_, y la boca seca y dura, abierta en una mueca

desgarrante. El delirio espantoso que padeció en los últimos días

impidió que se le administrasen los Sacramentos, salvaguardia de las

sagradas promesas de salvación. Un sacerdote había llegado aquella tarde

con los Santos Oleos, y luego de haber ungido al moribundo, se había

marchado entristecido de no poder decirle cosa alguna a la pobre alma

viajera.

Sólo Carmen hablaba con la fugitiva en un coloquio de férvida

compasión. Le decía, sin voz, en secreto de inefable gracia: ¿Por qué

has dado tantos gritos malos, alma de Julio?... ¿Por qué has dicho

tantos pecados y tantas palabras feas?... ¿Por qué te has asomado a

mirarme con odio, y por qué me has amenazado y me has perseguido?...

¿Por qué, di, maltrataste a mi Niño Jesús aquella noche?...

Todavía iba a preguntar ¿por qué te reiste como un demonio cuando

Fernando me engañó?

Pero sin hacer aquella última interrogación se levantó solícita y

atenta, porque había crujido la hoja del jergón bajo el cuerpo trémulo

del agonizante.

Carmen, poseída de piedad, comenzó a decirle con su voz hialina, como

susurro de arroyo:

--Yo te perdono, Julio; yo tengo mucha lástima de ti...; yo te

quiero...; y Dios también te quiere y te perdona...; no te mueras con

rencor ni con maldad...; reza..., reza el nombre de Jesús...; ya amanece

tu día, Julio....

Tembló otra vez la cama, y dos gotas de turbio cristal rodaron por las

mejillas lívidas de Julio. Sus labios de cirio se contrajeron con una

postrera desgarradura, y Carmencita, inclinándose sobre aquella

despedida suprema, le besó en la frente con una caricia sedosa y pura,

llena de celestial encanto....

Cayó en la habitación el manto de la noche sin estrellas ni luna, y el

listón desprendido de la cornisa golpeó en el cristal con lento

soniquete....

La Niña de Luzmela · 第 30 / 40 题