VI

En el palacio de Luzmela anidaban el dolor y la zozobra, en ayuntamiento

infeliz.

Salvador, incapaz de contener por más tiempo en su corazón la marejada

viva de sus tormentos amorosos, se los había confiado a la anciana Rita,

en una buena hora de alivio y descanso, llevado a la intimidad,

blandamente, por el afecto y confianza que le inspiraba la excelente

mujer, y por el agobio violento de su carga de pesares.

Después de la confidencia, se quedó Rita llena de inquietud y de pena.

Movía la cabeza de arriba a abajo con una expresiva manifestación de

asombro desconsolado, como diciendo:--¡Válgame Dios!... ¡Válgame

Dios!...

Mientras tanto el médico se paseaba, con los brazos cruzados sobre el

pecho y los ojos errantes en las pálidas flores de la alfombra....

Tardó Rita en ordenar sus pensamientos, que saltarines y revoltosos,

iban de aquí para allá lastimando el cerebro fatigado de la pobre vieja.

Hizo un gran esfuerzo para arreglar aquel barullo mortificante de ideas

desmandadas, y fué colocando cada cosa en su sitio dentro de su cabeza,

con toda la serenidad posible, diciéndose a la vez: «De modo que el

señorito quiere a la señorita _para casarse con ella;_ que la niña no le

quiere a él y está empeñada en hacerse santa y mártir en la casona,

sufriendo a los mismísimos diablos... y que además se muere porque está

comalida y allí no tiene _tresno_ ni cosa que lo valga....»

Y, en alta voz, mirando compasiva al abstraído paseante, inquirió:

--Y don Rodrigo, el del Nidal, ¿no tiene poderío para terciar entre

usted y la niña y hacerla salir de aquella cueva de lobos?

Rompió su caminata Salvador y se dejó caer, fatigado, en una silla, para

responder:

--Ya acudí a don Rodrigo y estuvo en Rucanto; pero Carmen no quiso

decir la verdad; ciega en la manía de sufrir, disimuló el martirio que

padece en términos de engañar a su tutor; él es algo indiferente, no le

gusta mucho molestarse, y se alegró de poder volverse a casa muy

tranquilo, sin más diligencias.... ¡Todo el mal está en que Carmen no me

quiere!

Y estas últimas palabras temblaron en el silencio del salón saturadas de

tristeza.

Anhelaba Rita consolarle.... ¡Le tenía tan en el alma! Cariciosa, le

dijo:

--La niña le quiere...; hablóme de usted, poco hace, con mucha ley...;

pero para quererle como cortejo tendrá algún reparo.... ¡Como se ha

dicho que si usted y ella eran hijos del señor!...

El médico, conmovido por súbita esperanza, con inseguro acento murmuró:

--Pero ella sabe que no somos hermanos....

Y se quedó seducido por la magia de una ilusión confusa, pensando: ¡Si

Carmen me fuera esquiva sólo por ese temor!...

Después, como hablándose a sí mismo, fué diciendo:

--Ese libro que le dió el padre cura la confunde.

--Sí--dijo Rita--; es un libruco pequeño.... ¿Verdad?... También a mí

«me le sacó» y me relató en él unas cosas muy apuradas «de comer y beber

lloros».... ¡Válgame Dios!...

--El libro es hermoso..., un magnífico libro, Rita; pero ella está muy

débil y enferma para una medicina tan amarga, y toma del libro, cada

día, lo que tiene más de cauterio y revulsivo para curar los males en

almas fuertes y viriles.... Así se pone peor..., así se está matando....

--¿Pero está _picada_ del pecho, señorito?

--Picada está de locura....

Y Salvador, alzándose de la silla, volvió a cruzar el salón al compás de

sus cavilaciones, mientras Rita suspiraba al son de las suyas....

La Niña de Luzmela · 第 31 / 40 题