En el palacio de Luzmela anidaban el dolor y la zozobra, en ayuntamiento
infeliz.
Salvador, incapaz de contener por más tiempo en su corazón la marejada
viva de sus tormentos amorosos, se los había confiado a la anciana Rita,
en una buena hora de alivio y descanso, llevado a la intimidad,
blandamente, por el afecto y confianza que le inspiraba la excelente
mujer, y por el agobio violento de su carga de pesares.
Después de la confidencia, se quedó Rita llena de inquietud y de pena.
Movía la cabeza de arriba a abajo con una expresiva manifestación de
asombro desconsolado, como diciendo:--¡Válgame Dios!... ¡Válgame
Dios!...
Mientras tanto el médico se paseaba, con los brazos cruzados sobre el
pecho y los ojos errantes en las pálidas flores de la alfombra....
Tardó Rita en ordenar sus pensamientos, que saltarines y revoltosos,
iban de aquí para allá lastimando el cerebro fatigado de la pobre vieja.
Hizo un gran esfuerzo para arreglar aquel barullo mortificante de ideas
desmandadas, y fué colocando cada cosa en su sitio dentro de su cabeza,
con toda la serenidad posible, diciéndose a la vez: «De modo que el
señorito quiere a la señorita _para casarse con ella;_ que la niña no le
quiere a él y está empeñada en hacerse santa y mártir en la casona,
sufriendo a los mismísimos diablos... y que además se muere porque está
comalida y allí no tiene _tresno_ ni cosa que lo valga....»
Y, en alta voz, mirando compasiva al abstraído paseante, inquirió:
--Y don Rodrigo, el del Nidal, ¿no tiene poderío para terciar entre
usted y la niña y hacerla salir de aquella cueva de lobos?
Rompió su caminata Salvador y se dejó caer, fatigado, en una silla, para
responder:
--Ya acudí a don Rodrigo y estuvo en Rucanto; pero Carmen no quiso
decir la verdad; ciega en la manía de sufrir, disimuló el martirio que
padece en términos de engañar a su tutor; él es algo indiferente, no le
gusta mucho molestarse, y se alegró de poder volverse a casa muy
tranquilo, sin más diligencias.... ¡Todo el mal está en que Carmen no me
quiere!
Y estas últimas palabras temblaron en el silencio del salón saturadas de
tristeza.
Anhelaba Rita consolarle.... ¡Le tenía tan en el alma! Cariciosa, le
dijo:
--La niña le quiere...; hablóme de usted, poco hace, con mucha ley...;
pero para quererle como cortejo tendrá algún reparo.... ¡Como se ha
dicho que si usted y ella eran hijos del señor!...
El médico, conmovido por súbita esperanza, con inseguro acento murmuró:
--Pero ella sabe que no somos hermanos....
Y se quedó seducido por la magia de una ilusión confusa, pensando: ¡Si
Carmen me fuera esquiva sólo por ese temor!...
Después, como hablándose a sí mismo, fué diciendo:
--Ese libro que le dió el padre cura la confunde.
--Sí--dijo Rita--; es un libruco pequeño.... ¿Verdad?... También a mí
«me le sacó» y me relató en él unas cosas muy apuradas «de comer y beber
lloros».... ¡Válgame Dios!...
--El libro es hermoso..., un magnífico libro, Rita; pero ella está muy
débil y enferma para una medicina tan amarga, y toma del libro, cada
día, lo que tiene más de cauterio y revulsivo para curar los males en
almas fuertes y viriles.... Así se pone peor..., así se está matando....
--¿Pero está _picada_ del pecho, señorito?
--Picada está de locura....
Y Salvador, alzándose de la silla, volvió a cruzar el salón al compás de
sus cavilaciones, mientras Rita suspiraba al son de las suyas....