Rodó un coche dando tumbos por la áspera cambera lindante con la casona,
y en las habitaciones de la misma hubo un revuelo de faldas y un atisbo
fisgón a la vera de los balcones.
Llamaron en la puerta roja dos golpes secos y vibrantes, tan solemnes,
que parecían decir, como en las actuaciones judiciales:
--Abrid, en nombre de la ley....
A doña Rebeca le temblaron los pellejos a falta de otra cosa, y la poca
carne con que Narcisa contaba para adorno de su persona se puso toda de
gallina, muy áspera y granujienta; Julio se revolvió en la cama hostil
quejoso, y la niña de Luzmela se sintió poseída de una vaga inquietud.
Después de carreras, exclamaciones y cabildeos, bajó la criada a abrir
la puerta, y subió al punto diciendo:
--Que aquí está el tutor de la señorita Carmen.
La señora de la casa, tan espavecida corno si la hubiesen dicho: «Dése
usted presa», contestó con un leve esbozo de sonrisa:
--Que pase..., que pase....
Repicaron pausadamente unas botas por el pasillo, y entró en la sala,
sombrero en mano, vestido de negro, con rostro afable, algo impasible,
el señor don Rodrigo Calderón, solariego del cercano valle del Nidal.
Con acento muy frío y muy cortés, y lenguaje abierto y conciso, expuso a
doña Rebeca el motivo de su visita.
Le habían asegurado que su pupila, la señorita Carmen, estaba muy mal
hallada en compañía de la señora, y maltratada por ésta y por sus
hijos..., y la señora comprendería que era preciso aclarar aquel asunto
cuanto antes y resolver en consecuencia con enérgica resolución.
Doña Rebeca apenas podía interrogar disimulando su despecho y su
pánico:
--¿Y quién nos calumnia?... ¿Quién ha dicho?...
--Persona que merece mi confianza; y la señora hará el favor de llamar a
su pupila para que diga en concreto la verdad.
Salió doña Rebeca como un cohete, y en cuanto echó a Carmen la vista
encima, le echó también los brazos al cuello.
La muchacha, horrorizada, iba a pedir socorro, cuando se sintió halagada
y besada con besos húmedos y repugnantes.
La bruja, lagotera y melosa, contaba, lloriqueando:
--Le han dicho a don Rodrigo mal de nosotros, hija mía; defiéndenos tú
que eres una santa..., sálvanos de este disgusto tan grande.... Ya ves
mi situación...: sin dinero, con un hijo a las puertas de la muerte....
Y besa que te besa, le ponía a Carmencita la cara hecha una compasión,
entre gotas de llanto y rezumos de baba.
Limpiándose las mejillas con su pañuelo, fuése la muchacha a la sala,
llena de zozobra, detrás de doña Rebeca.
Muy urbano y sereno, don Rodrigo la cometió a un interrogatorio prolijo
y grave acerca del trato que recibía y de si convivía gratamente con
aquellos señores. Y Carmen, en medio de sus angustias, fué hábil y
prudente para mentir poco y disculpar a la gente de la casona, viniendo
a declarar, en suma, que era su voluntad seguir viviendo con aquella
familia.
Satisfecho el hidalgo, muy correcto y galante, dijo que la señora debía
disimular lo desagradable de su visita, pero que era su deber velar por
aquella niña y que se congratulaba de que fuesen infundadas las
acusaciones que se le habían hecho.... Tal vez un exceso de
solicitud..., o alguna mala interpretación, había dado lugar a aquel
«incidente», que él lamentaba.... La señora perdonaría....
Y como si tuviera mucha prisa, se despidió y repicó otra vez
delicadamente sus botas por el pasillo.
Salió entonces Narcisa de un escondite con su librote debajo del brazo y
en la boca un surtidor de insolencias.
Se encaró con su madre para decirle:
--Todo esto es obra del medicucho ese, de acuerdo con la santita.... ¿No
te dije que aquella conferencia que tuvieron los dos la otra tarde
traería cola?... Todavía vamos a ver aquí una boda entre hermanos....
¡Qué escandalosos!
La señora, atajándola, interrumpió:
--«Tu prima» se ha portado muy bien en esta ocasión.... No consiento que
la faltes.
Y almibarada y ponderativa, tornó a regalar a Carmen con caricias y
frases de gratitud.
En seguida salió de la sala, no ya con su paso saltarín de todos los
días, sino con una carrera liviana y veloz, una especie de trotecillo
fantástico.
Narcisa hizo también _mutis_, como en las comedias, por una puerta
lateral, con su novela en la mano y en la sonrisa ática una despectiva
expresión.
Quedóse Carmen sola, sentada en el sofá de terciopelo carmesí, muy fofo
y deslucido. Sobre la blancura agria de la cal destacaban en las paredes
unas láminas cromadas, con marcos de madera un poco apolillados. En
lontananza una consola sostenía sendos fanales colmados de flores de
trapo, incoloras y deformes. El tillo sin un solo tapiz, combado y
lustroso, daba una impresión de frío y ancianidad, como de espalda
inclinada y desnuda en un viejo achacoso. Algunas sillas, compañeras
del sofá, se replegaban contra los muros con vergonzosa timidez.
Hundida en su asiento, la niña de Luzmela posaba una mirada átona y
errante sobre la tristeza helada del salón enorme, y oyó vagamente
alzarse en el silencio sepulcral de la casa un tarareo gangoso seguido
de una escala vocal rota y aceda.
Carmen pensó: doña Rebeca canta y corre y se ríe.... ¡Lo mismo que el
padrino!...
Y cerró los ojos, cansados de mirar realidades y visiones de
tragedia....
Entretanto, Salvador, que esperaba a don Rodrigo a la salida del pueblo,
escuchaba con desesperación las terminantes explicaciones del caballero,
que, un poco impertinente y sagaz, comentariaba su visita insinuando:
--Acaso usted juzga con animosidad a la señora..., acaso siente usted
por la señorita un interés excesivo....
Y siguió el coche su camino, tras una afable despedida del caballero,
que volvía a encerrarse en su empinado y estrecho valle del Nidal....
En medio de la senda, bajo la luz lívida del atardecer, Salvador,
desorientado, inconsolable, murmuraba:
--Padece ella también la terrible psicastenia hereditaria...; es
neurópata, con la monomanía del martirio...; está loca..., loca de
remate.... ¿Y no la podré salvar?