XVIII

Doña Rebeca se rebullía en su cuarto con las crenchas blancas tendidas

en enredada madeja, con los brazos secos alzados como las quimas de un

árbol marchito que se elevase al cielo pidiendo venganza.

Gesticulaba y maldecía y decía refranes a destajo....

Encima de una silla, con la tapa levantada y el seno vacío, se estaba

muy echada para atrás, y muy burlona, una cajita de hierro, cuyo

contenido se había llevado tranquilamente el joven Fernando, el hijo

predilecto y mimado de la señora. Ella misma le había dado la llave de

la caja, diciéndole muy acaramelada y blandamente:

--No quiero hacerte de menos, hijo; tú eres aquí el amo; para eso eres

el mayor, un hombre de carrera, tan cabal y buen mozo....

Y el buen mozo tomó para su viaje los fondos de la familia, todos los

ahorros de la renta, destinados a pagar deudas apremiantes, y «el

quinto» de Julio, y salarios y obligaciones urgentes de la casa.

En las entrañas hueras de la caja dejó Fernando un billete que no era,

por cierto, de Banco, y que decía:

«Tengo que marchar inmediatamente, sin tiempo para despedirme, y llevo

este dinero porque lo necesito y porque algo he de disfrutar yo de la

herencia de tío Manuel....»

Doña Rebeca, ante la insolencia provocativa de aquella arrasada, se

desató en improperios contra el hijo guapo de su corazón, y pensando con

terror en el desquite que Narcisa se iba a tomar a costa de aquel

despojo, entonó la salmodia estupenda de sus refranes:

_--Al arca abierta, el justo peca.... Del enemigo, el consejo.... Fíate

de la Virgen...._

¡Era toda un puro berrinche la señora de Rucanto!

Narcisa, enterada del suceso, tuvo la más despiadada y cruel sonrisa

para la boca abierta de la madre y de la caja, y encogiéndose de hombros

comenzó a congratularse de haber acertado en sus pronósticos. Y todos

sus ademanes y sus dichos eran una jactancia orgullosa de sibila, una

mofa hiriente y sangrienta para la desmelenada señora....

Julio no paró mientes en los gritos de las damas ni en la desaparición

de la bolsa, sino en la cartita que la criada, guiñando maliciosa, llevó

al cuarto de la novia. Aquel acontecimiento había hecho reir a Julio a

carcajadas por primera vez en varios años.

Todo se desquició lúgubremente en la casa de Rucanto desde aquel punto y

hora.

Ya no hubo un minuto de paz ni siquiera aparente; ya, sin la blanda

influencia de Fernando, se volvió a endurecer la vida áspera y zahareña

de aquella gente; ya, sin dinero y con trampas y apuros, volvió la

estrechez de los días negros a caer implacable sobre el trágico caserón.

Cuando Andrés se enteró por Narcisa de la hazaña de su hermano, dió de

puñetazos a los muebles y de patadas a las puertas, y crujieron maderas

y cristales, temblaron las habitaciones y rodaron las blasfemias de una

estancia en otra con un eco sacrílego y temerario.

Doña Rebeca, tiritando de miedo ante aquel furor, huyó como alma

diablesca por los misteriosos escondrijos de la casona.

En el paroxismo de su ira oyó Andrés el nombre de Carmencita.

--¿No sabes?--le decía su hermana, serena en medio de aquella

borrasca--: «la dejó plantada».

El bárbaro mozo se calmó de repente, deteniendo el trueno de su voz ante

la imagen seductora de la niña.

--¿Dónde está?--preguntó ansioso.

--No sé; ahí, por algún rincón; está muy triste.

--Quiero verla--rugió el monstruo.

Y se puso a buscarla por la casa adelante.

Iba diciendo siempre:

--Quiero verla, ¿dónde está?

Narcisa le contempló con sorpresa primero; después, con gozo; luego, con

una crueldad brava y horrible.

Corrió tras él y le dijo con voz opaca, llena de perfidia:

--¿La quieres?... Yo te la buscaré.... Te la doy para ti..., te la

regalo....

Y los dos se lanzaron a la caza de Carmencita, oteando febriles como dos

canes buscones.

No la encontraban.

Andrés se iba impacientando.

Para animarle, Narcisa le sirvió una incendiaria copa de ron. Luego que

la hubo apurado de un trago valiente, dijo Andrés:

--¡Otra!...

Y la terrible señorita se la volvió a llenar.

Todavía Andrés presentó la mano extendida, insistiendo:

--¡Más!

Y todavía la hermana volvió a escanciarle.

Siguieron buscando. El mozo, tremulento, daba tumbos y juraba

balbuciente; ella se reía y le iba proponiendo:

--Te casas con ella si quieres..., y si no..., no te casas....

Al atravesar la antesala encontraron a doña Rebeca, toda despavorida y

angustiada, apretando convulsa un puño de pesetas.

La contempló Narcisa, ceñuda, como indagando de dónde había sacado

«aquello»; pero ella se apresuró a depositar el tesoro en los hondos

bolsillos de Andrés, prometiéndole:

--Ya te daré más..., mucho más....

Andrés se olvidó de Carmencita.

Metió su zarpa agresiva en el bolsillo repleto, y haciendo sonar las

monedas con demente regocijo, hizo un ademán grosero y ganó la puerta de

la calle, meciéndose en balances peligrosos y borbotando desatinos.

Le contempló Narcisa con desprecio olímpico, murmurando:

--Ni para _eso_ me sirve este bruto; pero si no es hoy será otro día....

La Niña de Luzmela · 第 23 / 40 题