XIX

¿Dónde estaba aquella tarde de infames maquinaciones la niña dulce y

buena de los ojos garzos?...

No había encontrado ningún regazo suave donde llorar, ningún amable

retiro donde consolarse.

Estaba escondida como un delito, oculta como una pena, en el cuartito

del sobrado, recostada con fatiga y desaliento en el quicio de la

ventanuca.

El gato, espeluznado, la rondaba mimoso, y ella, lentamente, le pasaba

la mano por el lomo.

Ya no estaban los cielos azules, ni los campos verdosos, ni las horas

doradas por el sol.

La tarde, cargada de tristezas, subía por el valle con trabajo, luchando

con la neblina y con la lluvia. Venteaba, y todos los árboles,

deshojados, accionaban con trágicos ademanes, alzando hacia las nubes

grises sus brazos desnudos. Gemía la lluvia en incansable lloriqueo y

todo era desolación y acabamiento en el paisaje, lo mismo que en el alma

inocente de la niña de los ojos garzos.

Nublados de lágrimas, miraban aquellos ojos hacia el pueblo de Luzmela.

Pero Luzmela se había hundido en la espesura sombría de la tarde.

Sólo en algunos momentos, entre la niebla jironada, aparecía austero y

lejano el perfil de la torre señorial.

Entonces Carmencita se enjugaba los ojos con presteza y miraba, miraba

toda anhelante.

Y aunque ya la niebla se hubiera cerrado tragándose otra vez la silueta

grave de la torre, la muchacha veía siempre a Luzmela, haciendo de la

graciosa aldea de sus amores una evocación intensa y fervorosa....

Allí, la iglesia, con su maciza planta de basílica, su puerta de arco

de medio punto, sus saeteras y su campanario tosco, rematado por una

cruz de piedra...; allí, el caserío breve y blanco, humilde y

placentero...; allí, el palacio, con su patriarcal solana, su balconaje

de hierro y su escudo nobiliario, y adosada al palacio, señoreándole y

prestándole aspecto de fortaleza, la torre, sobre cuyos labrados

dinteles campeaba la piadosa divisa _Credo in unum Deum_. La aldea había

tomado su nombre del palacio, que, rodeado de fincas rústicas, extendía

sus dominios por la pujante ladera hasta el espeso ansar ribereño del

_Salia_. Todo el valle era tributario de la casa noble de Luzmela. El

palacio rico y el caserío pobre se confundían en una misma cosa: un

cuerpo equilibrado y robusto, regido por el alma piadosa del dueño del

solar.

--Allí, en Luzmela, todo era paz y amor--pensaba la niña soñadora--, así

como aquí, en Rucanto, todo es odio y venganza.

Y tembló la pobre.

Prestó oído atento.... ¿Reñían?... ¿La llamaban?... No; estaba muda la

casona; Carmen podía seguir soñando.

Soñaba con la mirada desvaída y los labios entreabiertos...,

estremecida de frío..., con las mejillas húmedas de llanto.

Preguntaba, desorientado, su corazón:

--Pero ¿quién soy yo? ¿Cómo me llamo yo? ¿Qué hago en esta casa?...

Padrino, ¿eres tú mi padre?... Y mi madre, ¿quién es?... ¿Es una madre

muy triste que anda por el mundo buscándome?... ¿Era acaso una mujer muy

blanca, muy bella, que se murió sonriendo?... ¡No sé, no sé quién era mi

madre, ni quién mi padre, ni quién yo sea!...

Y de pronto se le iluminó la cara con un fugaz resplandor de alegría,

mientras aun su corazoncito soliloquió:

--¡Ah, pero tengo un hermano!... Tengo a Salvador; lo había casi

olvidado.... Di, Salvador, ¿eres tú hermano mío?... Yo quiero que lo

seas..., yo quiero irme contigo, Salvador....

Y se quedó escuchando, como si su amigo fuese a responder, como si fuese

a llegar en aquel momento.

Pensaba en él la niña con una dulce seguranza, con un suave y cordial

afecto.

Salvador era para ella el recuerdo vivo de su felicidad huída, la

personificación de sus bellos años infantiles. Le veía inclinado con

afanoso interés sobre el padrino doliente; le veía alegrando siempre la

sala silenciosa del palacio con el repique sonoro de sus espuelas y la

jovial resonancia de su risa saludable...; le veía amable y servicial

con los pobres del contorno, con los criados de la casa; siempre amoroso

y complaciente con ella, la hija del misterio, convertida entonces en

reina de un hogar.

Carmencita se exaltaba en la memoración de aquellas horas apacibles de

su vida, de las cuales sólo le quedaba aquel testigo: Salvador.

La barba rubia del médico le recordaba a la niña la de los santos que

veía en los altares: era una barba riza y suave que estaba pidiendo un

nimbo celestial para la cabeza serena y dulce de aquel hombre todo

bondad.

Y Carmen, desde la imagen benigna de Salvador lanzaba su pensamiento

vertiginosamente a la imagen seductora y pérfida de Fernando, y se

estremecía con temblamientos angustiosos. Fernando le parecía un sueño

delicioso y doloroso que le mordía el corazón. Abría los ojos

despavoridos encima de aquella memoria incitante, y no sabía qué cosa le

atraía más a la visión tentadora, si era el gozo de amarla o el

quebranto de perderla.

Y cuando lograba sacudir de encima aquella imagen, con un poderoso

arranque de su alma y de su cuerpo, volvía a llamar a Salvador en su

auxilio; pero, sin acordarse nunca de que él era un hombre propenso al

amor, con unos ojos sinceros y acariciadores que la miraban, como

interrogándola, como averiguando.... No; ella sólo pensaba....

¿Salvador, eres tú hermano mío?...

La Niña de Luzmela · 第 24 / 40 题