Carmen pasó la noche en vigilia febril.
El sueño de las altas horas le pesaba en los párpados, rendidos; pero
acunada por la nave milagrera de su novio y perseguida por la imagen
fatídica de Julio, no podía dormir ni sosegar, hasta que, ya
alboreciendo, se sumió en un leve descanso lleno de estremecimientos.
Despertóse bien entrada la mañana y le pareció oír lamentos y carreras,
como en los días aciagos de aquella casa.
No se inquietó gran cosa, pensando que la presencia benigna del marino
encalmaría bien pronto aquella tempestad.
Empezó a vestirse lentamente delante de un espejito tan pequeño que se
iba viendo en él «por entregas», y reparando en ello se sonreía.
Estaba llena de sonrisas Carmen aquella mañana.... Una sonrisa para el
espejo donde, inclinándose, vió su cara preciosa un poco descolorida;
otra sonrisa para la ventana, ya acariciada por el sol pálido de
noviembre...; otra, para el cielo; los ojos garzos y acariciadores de la
niña subieron hasta él dulcemente al través de los vidrios empañecidos
por la helada.... Estaba todo azul; ¿no había de estarlo?... Azul tenue
el cielo, dorado desvaído el sol, verde apagado la campiña...; ¡qué
bonitos colores tenía la vida aquella mañana!
Y en el firmamento apacible cabalgaba una nubecilla blanca y graciosa
que parecía una vela marina hinchada por el viento...; ¿si sería un
barco?...
Carmen quedó absorta en una deliciosa meditación. Estaba abrochando los
botones del peinador y volvió a mirar hacia el espejito, donde ahora se
reflejaban sus dos manos nacarinas ajustando la tela sobre el pecho.
Y en esto llamaron a su puerta.
--Señorita, señorita..., tenga.
Y le dieron una carta.
--¡Cosa más sorprendente!...
La sirviente se quedó allí, mirándola con rara curiosidad, y la joven,
asombrada, preguntó:
--¿De quién es?
--Del señorito Fernando; me la dió para usted antes de marcharse.
--Pero, ¿se ha marchado?
--Y bien de madrugada...; tomó el primer tren.
Carmen se apoyó en el borde de su cama deshecha y tibia, y con las
bellas manos temblorosas abrió la carta.
Leyó con ojos de sonámbula, desmesurados y turbios.
«Carmencita: Niña santa y hermosa, que me has querido en la hora más
grata de mi vida, te digo adiós con mucha prisa y con mucha pena: con
prisa porque debo separarme de ti cuanto antes; soy malo y temo hacerte
mucho mal...; con pena porque me duele el corazón al dejarte.... Sólo
tengo una cosa buena: que me conozco. Esta única virtud la pongo
humildemente a tu servicio por encima de mis tentaciones y de mis
ansias.... Olvídame: hazte la cuenta de que nuestro barco de novios ha
naufragado y tú te salvaste pura y sana, en la playa del olvido.... Si
hoy te hago sufrir un poco, perdóname pensando que he tenido lástima de
ti y me trato sin compasión al decirte adiós.... Fernando.»
La niña de Luzmela alzó los ojos de la carta y paseó por el cuarto una
sonrisa estúpida, que fué a posarse como una mariposa atontada sobre el
Niño Jesús lastimado, erguido en su rinconera.
Se quedó Carmen mirándole como si nunca le hubiera visto...; ¡qué feo
estaba y qué ajada la ropa! Pero ¿adónde miraba ahora el Niño Jesús?...
No se sabía.... ¿Hacia la ventana?... No.... ¿Hacia la puerta?... Sí;
hacia la puerta.... ¿A ver?
Carmen volvió la cara y allí estaba todavía la criada, boquiabierta,
haciéndose la remolona, con una mano en el picaporte y otra en la
cintura, como si esperase algún recado....
La señorita la miró sin dejar de sonreir, con una helada expresión que
daba espanto, y la moza dijo:
--Con que se despide don Fernandito, ¿eh?
Entonces, Carmen, estremecida, agitó maquinalmente la mano que tenía
inerte sobre la falda, con la carta abierta, y respondió:
--Sí....
La mozena dió dos pasos dentro de la habitación, y confidencialmente
relató:
--Estos señoritos son el diablo.... Ya ve, a usted la cortejaba, como
quien dice, y lo mismo hacía con Rosa la del Molino.
Carmen movió lentos los labios para decir:
--Rosa....
--Sí; usted «no caerá».... Como usted apenas sale de casa, no conoce a
la mocedad de Rucanto.... Pues es una, aparente ella, pinturosa de la
rama y de mucho empaque....
Carmen volvió a decir, como en un delirio:
--¡Rosa!...
Y a tal punto oyéronse más lamentables y distintos unos grites agudos en
el fondo de la casa.
La criada salió corriendo por el pasillo adelante y Carmencita volvió a
posar los ojos, errantes y nublados, sobre el Niño Dios de madera.
Ya el niño no miraba a la puerta.... ¿Adónde miraría?...
La muchacha, sumida en la insensatez confusa de sus pensamientos,
sintió clavársele en el cerebro aquella curiosidad inexplicable, que le
dolía como una punzada violenta.
¿Adónde miraba el Niño Jesús?
Con un andar forzoso y mecánico se le acercó lentamente.
El niño no miraba a parte alguna.
Estaba tuerto, estaba herido, estaba triste y despeinado..., con el
traje en desorden....
Después de contemplarle un rato en atenta inmovilidad, Carmen se agachó
un poco para mirar otra vez su cara en el espejo.
También ella estaba despeinada y triste, con los labios blancos, las
ojeras negras, los ojos huraños, el vestido a medio ceñir.... ¡Qué feos
estaban el pobre Niño de madera y la pobre niña de carne!...
Y se sonrió otra vez como una idiota.
Por su puerta entreabierta entró en aquel momento un agrio rumor
semejante al graznido del cárabo.
Todo el cuerpo de Carmencita tembló, y sin dudar ni un segundo, sin
volver la cabeza, despierta a la realidad de los sucesos, en una brusca
sacudida de su ser, murmuró:
--Es Julio, que ríe.