IV

Raskolnikoff se puso a seguirle.

--¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo

haberle dicho a usted...

--Esto significa que estoy decidido a acompañarle.

--¿Qué?

Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.

--En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho

lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus

odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que

esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el

tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas

y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero

esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...

Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería

convencerse.

--¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?

--Llámela usted.

Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de

Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba

en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y

amistoso.

--¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha

despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo

para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer

perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le

advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré,

montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas...

¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?

--Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,

sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido

a las exequias de su madrastra.

--Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a

llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo

conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He

proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para

los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario

para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de

Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido

un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada

Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en

cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.

--No importa, de todos modos entraré en su casa.

--Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para

qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este

momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted

a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción

le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le

recompense de ese modo!...

--¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?

--¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta

observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no

está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a

mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese

parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta

usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda

sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.

--No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff.

--Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,

como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado

esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree

haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso

lo que tiene el propósito de hacer?

--Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así

le libraré de mi presencia.

--¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de

subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía

Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo

a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la

señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha

salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y

acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa.

¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi

cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil

negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;

quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo

de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan

todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada

tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en

la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a

las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted?

Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted?

Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a

llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.

Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese

Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin

responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del

Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que

Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba

y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás.

Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se

encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al

puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie,

a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al

puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,

Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;

durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver

que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía

rápidamente hacia ella.

Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se

quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un

rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó

comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano

no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer

ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.

--Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que

Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha

venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que

me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una

carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado

de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?

--Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi

hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su

compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la

calle.

--En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben

hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía

Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas

pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a

toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que

poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.

Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a

Svidrigailoff.

--¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el

campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a

usted.

--¿Sofía Semenovna está avisada?

--No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa.

Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el

entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste

haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta

siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la

menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo

cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve

usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado

ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla

si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí,

en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto

de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes

vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué

tengo yo de terrible?

Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió.

Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba

levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución

inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas

palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa

joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.

--Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame

usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema

palidez de su semblante.

Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.

--Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una

contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir

más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo

también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto

dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré

a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas

dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora

Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.

Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,

el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un

conocimiento exacto de todos los lugares.

Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba

en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso

ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo

advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto

modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar

dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de

la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en

comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff

mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin

comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió

Svidrigailoff la explicación.

--¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa

puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se

encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para

escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada

precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y

hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla,

escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos

tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de

alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?

--Que ha sido un espía.

--Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.

Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un

asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le

brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado

tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad

que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de

desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff,

acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba

en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta.

Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era

nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.

--Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima

de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a

entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de

usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa

usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este

cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo

que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho

nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;

hable, pues; pero le advierto que no le creo.

Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante

la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.

--Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi

casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?

--No me atormente más y hable, hable usted.

--Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía

verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la

acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con

usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer

discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo

demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué

he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?

--¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?

--No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión

Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna.

Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a

la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había

empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la

hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,

entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a

las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito

era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que,

palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el

secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo

referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted

tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.

--¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor

razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una

mentira.

--El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó

dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni

de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo

bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha

atrevido a utilizarlo.

--¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este

pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce?

¿Le cree usted capaz de ser ladrón?

--Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de

variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;

he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un

correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción

laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la

hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito

al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?

--Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--.

¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero

verla en seguida. Es menester que ella...

Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.

--Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta

hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha

vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.

--¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que

mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de

cólera que la ponía fuera de sí.

Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se

apresuró a acercarle.

--¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua;

beba usted un poco.

Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.

«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo

el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión

Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.

¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de

aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,

su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán

su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo

está usted? ¿Cómo se siente?

--¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!

--¿A dónde quiere usted ir?

--A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa

puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo

la ha cerrado usted?

--No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que

usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted

causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo

irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor

imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he

visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese,

vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a

venir a mi casa; pero siéntese usted.

Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.

--¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?

--Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja.

Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.

Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.

--Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--.

Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente

para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno

para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia

puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su

madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como

el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de

su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.

Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré

lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire

usted de ese modo, que me mata!

Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de

enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a

sacudirla con todas sus fuerzas.

--¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No

hay nadie en esta casa?

Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y

una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.

--No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se

equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.

--¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!

--La he perdido y no puedo encontrarla.

--¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y

se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.

Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando

hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro

extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio.

Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su

rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.

--Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,

la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas.

Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto

de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que

usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si

usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte,

nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va

sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a

su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de

una violación, Advocia Romanovna.

--¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.

--Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente

desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como

usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho

ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que

consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he

propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a

las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.

Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos.

Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.

Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien

a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su

resolución.

De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la

mesa, al alcance de su mano.

Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento

hacia adelante.

--¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por

completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se

ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin?

¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las

lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán

sido inútiles.

--Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado

tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él

cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso,

te juro que te mato!

Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si

llegaba el caso.

--Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple

curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.

--Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu

mujer, lo sé; tú también eres un asesino.

--¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?

--Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé

que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.

--Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías

sido la causa.

--¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!

--Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por

convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en

los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la

luna, mientras cantaba el ruiseñor.

--¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes,

calumniador!

--¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que

se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás,

precioso monstruo; pues bien, anda!

Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer

fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.

Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus

grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff!

Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los

cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff

se detuvo.

--Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es

esto? Tengo sangre.

Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría

a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del

cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de

estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.

--Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;

espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de

siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla

antes de que pueda usted defenderse.

Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su

perseguidor.

--¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar

otra vez! ¡Le mataré!

--A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero

si no me mata, entonces...

En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su

pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el

tiro.

--No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene

ésta aún una cápsula; espero.

En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,

que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre

moriría antes que renunciar a su designio.

Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.

De repente la joven tiró el revólver.

--¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró

libremente.

No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía

aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo

la naturaleza del alivio que experimentó.

Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la

joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso

hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.

--¡Suéltame!--suplicó Dunia.

Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se

echó a temblar.

--¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja.

Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.

--¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado.

--¡Nunca!--murmuró la joven.

Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de

Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión

indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor

del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse

delante de la ventana.

--Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo

izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse

hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto.

Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la

mesa para tomar la llave.

--¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff.

No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra

«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no

dejaba lugar a dudas.

Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente

de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del

canal, en la dirección del puente***.

Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al

cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se

pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña

sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía

sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó

la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta.

Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver

pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas

vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el

arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.

V

Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo

recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pagó

las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los

mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña

simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada,

y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.

Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó

la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente

el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los

dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir

con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué

elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto

de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó

comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido

a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto

de aquella operación _comercial_. Por último, se averiguó que el

objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La

cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa

hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que

se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante

toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se

había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse

servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se

amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta

tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se

encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el

dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el

dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó

que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de

su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.

La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de

Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente

al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo

una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron

asustados.

Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se

sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.

--Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como

según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a

fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de

esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente

(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente

tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y

a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a

cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí

tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos

del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto

quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es

necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de

este modo.

--Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y

conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las

gracias no crea usted que...

--Bueno, basta; basta...

--En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco

mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en

mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su

ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...

--Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted

objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre

dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.

Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su

interlocutor.

--No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de

sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto.

Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es

el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le

acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero.

Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que

le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha

prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume

usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora

de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted

enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si

mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de

mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la

vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A

propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al

señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho.

Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a

entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.

Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.

Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;

pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.

--¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo

tan malo?

--Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi

querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted

útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin;

dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide

usted.

Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un

sentimiento de temor.

La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy

inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se

presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban

un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de

que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el

primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería

una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta

suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales

por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre

enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas.

Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo,

saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,

y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la

_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.

Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las

circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de

costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le

dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer

su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le

obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le

traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que

desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en

vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este

regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello

una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo,

por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia

se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente

calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se

levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla,

y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba

perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad

infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su

futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo

sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las

madres.

A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había

cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de

media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si

buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de

la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era

infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de

madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz.

Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el

corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado

le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la

escalera; era el único disponible.

--¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff.

--Puede hacerse.

--¿Qué hay además?

--Carne, aguardiente, entremeses.

--Tráeme carne y te.

--¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el

camarero.

--No.

El hombre harapiento se alejó muy contrariado.

«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó

Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que

vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino.

Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»

Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era

tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff

podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy

sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería

destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su

primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que

daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso

la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero

un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer

su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura

del tabique.

En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en

pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,

era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz

plañidera:

--Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del

fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.

El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un

hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba

una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo

que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la

mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de

aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y

servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro,

Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.

Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo

«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se

retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza

de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que

comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán

y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.

«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo.

La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento

zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto

olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba

más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera

querido fijar en algo su imaginación.

«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y

de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio

de la tempestad y de las tinieblas!»

Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,

había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el

pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie

sobre el puente, contemplaba el río.

«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de

repente una idea extraña le hizo sonreír.

«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las

comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que

en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido

hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al

frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables...

Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están

acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a

poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor

agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes

había tenido con la joven.

«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie;

jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal

signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he

aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe

adónde habría llegado!»

Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal

como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver

incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de

espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de

lo oprimido que tenía el corazón.

«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»

Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le

pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo

del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un

ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería

destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable

le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se

incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón

sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del

lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por

entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió

debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero

en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él

y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor

nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en

la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el

viento continuaba silbando en el exterior.

«Esto es insoportable»--se dijo con cólera.

Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.

«Más vale no dormir»--se dijo.

Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse

de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No

encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e

ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido

en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del

viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos

tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente

paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio...

En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto

inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de

la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones

chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos

medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos

blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos

ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff,

tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la

escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas,

como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,

había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto

de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las

ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los

pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre

una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un

féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado

de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba,

sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los

ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los

de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban

despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El

perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero

la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una

desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff

conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes,

ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a

los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había

destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida

vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación,

grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría

noche de deshielo.

Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana.

Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales,

exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al

rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo

la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin

duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas;

pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se

ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,

Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la

obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos

cañonazos.

«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los

barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en

las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y

renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus

cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora

es?»

En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió

tres campanadas.

«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en

seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»

Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero

en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar

la cuenta y dejar en seguida la posada.

«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»

Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no

encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un

rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un

objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la

luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y

lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia

de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con

expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen

hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato,

comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba

transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?»

Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en

toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de

pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato

interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota».

Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada.

Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin

duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el

castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia.

Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar

furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la

noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,

y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada,

tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la

tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a

desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos,

tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.

Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha.

La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado,

Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.

«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué

tontería!»

En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes

el hotel.

«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante

en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada

sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó

con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía

con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se

habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era

mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.

«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que

ha bebido.»

Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó

advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña

durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas

maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.

«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»

En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen

esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe

en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel

rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,

de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a

Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen...

Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban

lujuria.

«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.

¿Es posible?»

Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los

brazos.

«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff.

Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.

Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no

estaba encendida; amanecía.

«He tenido una pesadilla.»

Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado.

Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato.

Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el

revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas

estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su

librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después

de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió

en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que

había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después

a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de

repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación:

un instante después estaba en la calle.

Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección

del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,

veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus

céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un

coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas,

con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y

la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía

leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin

del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro

muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.

Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un

instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la

vista una torre.

«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla

Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un

testigo.»

Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.

Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en

la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un

gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó

de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca

tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos

hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño

al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a

tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.

--¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta.

--Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff.

--Siga usted su camino.

--Voy al extranjero.

--¿Cómo al extranjero?

--A América.

--¿A América?

Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.

--¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.

--¿Por qué no?

--Porque éste no es sitio.

--No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di

que me he ido a América.

Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.

--¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo

desmesuradamente los ojos.

Svidrigailoff oprimió el gatillo.

El crimen y el castigo · 第 35 / 41 题