VI

Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se

dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban

ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado

Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún.

Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba

resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están

acostumbradas a ver en mí un ser original.»

Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la

fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía

veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven

había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su

partido estaba tomado.

Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la

criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se

quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la

mano, le llevó a la sala.

--¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--.

No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la

que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre,

ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde

la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!

--¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff.

--Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que

iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;

lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres

de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más

inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,

que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras

tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos,

¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios

mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez,

el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo

ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer

momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.

«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a

ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los

grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo,

hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como

soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.

--Enséñamelo, mamá.

Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada

sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al

verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que

veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro

héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un

instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo

y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura

le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los

últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico

sobre la mesa.

--Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin

embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros

puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han

atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había

ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender

qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la

misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace

seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado,

vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería

mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al

colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te

ocupas en cosas más importantes...

--¿Dunia no está aquí, mamá?

--No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio

Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.

Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo

de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como

yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en

cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que

Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti

y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda

aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante

tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú,

Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender

tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me

contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti

en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo

desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.

Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.

--¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso

nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido

una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...

--No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame,

te lo suplico.

Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.

--Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como

ahora?--preguntó de repente.

Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes

que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.

--¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién

se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese

semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.

--El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,

y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que

no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas

desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo

y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré

de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa

seguridad.

Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y

lloró silenciosamente.

--No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído

sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento

me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la

intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de

esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche

pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído

algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el

momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución;

tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a

punto de partir, ¿no es verdad?

--Sí.

--Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.

Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos

también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por

hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el

viaje... Pero... ¿a dónde vas?

--Adiós, mamá.

--¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación

eterna.

--No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.

--¿Y no puedo ir contigo?...

--No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu

plegaria.

--¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!

Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella

entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar

a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,

hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria

Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna

pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible

y que su suerte iba a decidirse en seguida.

--¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete

ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias

y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos,

en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y

después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre

su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es

porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde

en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu

cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte,

que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?

--No.

--¿Volverás?

--Sí, volveré.

--Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?

--Muy lejos.

--¿Tendrás allí un empleo, una posición?

--Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.

Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con

expresión de desesperado dolor.

--¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora

sentía profundamente haber venido.

--¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida?

¿Vendrás mañana?

--Sí, sí; adiós.

Al fin logró escapar.

La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo

había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería

acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier

encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto

advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su

tarea para mirarle con curiosidad.

«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso

Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia.

La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a

su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral.

Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los

ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a

Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.

--¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula.

--He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos

verte allí.

Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una

silla.

--Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre

todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.

Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.

--¿Dónde has pasado la última noche?

--No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas

veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención

era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja,

tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus

palabras.

--¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y

yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!

Raskolnikoff se sonrió amargamente.

--No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra

madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo,

le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este

momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.

--¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó

Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle

_aquello_?

--No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz

alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto.

He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia.

Soy un hombre bajo...

--Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás,

¿verdad?

--Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero

en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre

fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?

--Sí, Rodia.

Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se

consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.

--¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al

agua?--preguntó sonriendo con tristeza.

--¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición.

Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los

ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el

joven se levantó.

--La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé

por qué lo hago.

Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.

--Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?

--¿Lo dudabas?

La joven lo estrechó contra su pecho.

--¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu

crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.

--¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el

de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y

perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a

los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta

pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por

todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar

voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi

cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por

bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que

no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.

--¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has

vertido sangre?--exclamó Dunia consternada.

--¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia

creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las

personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en

seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad.

Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba

yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas

acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o,

mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece

ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen

estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella

tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de

la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo...

Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi

objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que

para que se me arroje a los perros.

--No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?

--Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por

qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que

asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer

signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni

nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte

ni he estado más convencido que en este momento.

Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando

acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por

casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su

exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor

había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.

--Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún

perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es

tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que

hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes

de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me

he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar

su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no

os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino,

trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí

alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora,

adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas,

una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese

modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me

olvidaba...

Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una

miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona,

la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel

rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.

--Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distraídamente--;

hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan

lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--;

ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me

alegro de que haya muerto.

Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:

--Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer,

y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me

es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido

cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento?

¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar

el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al

Neva, he comprendido que era un cobarde.

Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había

estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en

la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se

volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a

la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff

que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de

impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino.

En seguida dió vuelta a la esquina.

El crimen y el castigo · 第 36 / 41 题