Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía
esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso.
Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una
explicación.
Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá
ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?
Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido.
Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no
quería decir que no lo haría más tarde.
Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que
no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se
fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado
demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que
fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más
que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión
mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un
inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
estado que los días precedentes.
Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha
para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por
ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
casa del juez de instrucción?
¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!
Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de
él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los
náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que
empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba
este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal
vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a
casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba
espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia
sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar
la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo
Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.
No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad
misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de
él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de
Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose
de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.
Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.
«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--;
ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de
emplearlo como arma contra Dunia?»
Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se
había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en
aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se
le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría
extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en
denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y
la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San
Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a
Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo
caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero
si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
hermana, le mataré.»
Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En
dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas
las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí
se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también
gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror.
Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más
a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar
hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo.
La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse;
pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde.
Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de
la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos
sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los
labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
carcajada.
--¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la
ventana.
El joven subió.
Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran
sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un
estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar.
Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un
vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero
y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien
portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de
cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto,
bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de
la otra sala.
--¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.
La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes
también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su
fisonomía cierta expresión de respeto.
--¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.
--No bebo vino--dijo Raskolnikoff.
--Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
retirarte.
Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo.
Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen
hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano
de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel
respeto servil.
Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a
San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del
establecimiento.
--Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al
salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
--¿Por qué no añade usted que es un milagro?
--Porque quizá no es más que una casualidad.
--Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo
Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es
más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch,
cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por
usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla;
por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
--¿Sólo por eso?
--Me parece que es bastante.
Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no
había bebido más que un vaso de vino espumoso.
--Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o
no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff.
--Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante
todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es
sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el
camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
--Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff.
--No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección
se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos,
jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual
en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción
solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en
toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que
le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y
cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente
que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios
y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en
rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No
tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.
--¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en
Svidrigailoff una mirada investigadora.
--No--respondió éste asombrado--; no sé nada.
--Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.
--Está bien. No hablaremos de usted.
--Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
_traktir_ como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace
un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.
--¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de
usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy
bien.
--Podía tener razones... usted lo sabe.
--Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?
Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía
una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un
elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
valor.
--Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la
cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído
advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y
quizá bien pronto será demasiado tarde.
--¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff,
mirándole con curiosidad.
--Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío.
--Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted
siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se
comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle.
Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.
--¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?
--Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación.
Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes
razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta
es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted,
por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio,
sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es
verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--.
Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.
--¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?
--¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable _traktir_ me paso
todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un
gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que
yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón,
y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de
un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto
al vino sólo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche.
Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera
un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted
creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni
periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.
--¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?
--¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años
en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo.
Ahí tiene mi biografía.
--Según parece, es usted jugador.
--¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.
--¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?
--Sí.
--Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.
--Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?
--Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.
--No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco
fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es
sólo por las mujeres.
--¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?
Svidrigailoff se sonrió.
--Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece
que le escandaliza lo que le digo.
--¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?
--¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de
renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.
Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber
venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.
--¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la
tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta,
puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos
el tiempo.
--Sea; mas espero que usted...
--No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla
comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando
no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso
es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa
de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me
llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, _exigió_ de mí
que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que
hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté
de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a
conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en
los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos!
Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la
propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación.
Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna
no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y
por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin
entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre
nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí
en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró
de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese
usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los
ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus
miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un
ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted
lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre
despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir
eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y
que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted
a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía
reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno,
etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera
hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya
conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer
había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón
de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con
mucha atención... interesante joven...
Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
y aunque apenas había bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar
señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse
de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
consideraba como su más peligroso enemigo.
--Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted
ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más
atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos
extremos.
Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.
--¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?
--Estoy persuadido; pero no se trata de eso.
--¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó
Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--.
Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que
pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de
los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me
miraba con repugnancia?
--Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted
infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más
pronto posible.
--¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más
mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.
--Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que
demuestra?
--¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que
debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco
más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo,
agua!
Tomó la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tiró
por la ventana. Felipe trajo agua.
--Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?
--Ya me lo había dicho usted.
--¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras,
cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma
dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi
futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba,
no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted
irse aún?
--No, ahora no le dejo a usted.
--¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted
mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar
de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto
será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre
melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo
el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte,
esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré
pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a
la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está
enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no
deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está
empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija
mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que
mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis
años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos
datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna.
Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que
verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose
del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No
conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí,
esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas
lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por
otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente,
es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen
Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo
dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandecía.
Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó
un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa
buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos
los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que
mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho.
Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un
pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de
entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa
de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
--¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer
semejante matrimonio?
--¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va
a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia
sus exclamaciones de indignación?
Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
--Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero
ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
Salió del _traktir_. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de
Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una
cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus
movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía
cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las
aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del
extraño personaje.
Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
--Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.
Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.