II

--¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no

puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la

garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar

por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media

hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me

dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted

los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo

substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;

¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.

«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica»,

murmuró aparte Raskolnikoff.

Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel

recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.

--Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch,

paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.

Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió

hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un

momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra

usted nunca?

La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio

Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.

--He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una

explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del

joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria,

hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de

instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última

vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he

cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo

nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado

a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.

«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos

de Porfirio con inquieta curiosidad.

--He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con

sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos,

como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--;

no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la

entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy

irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé,

porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.

¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque

fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa

distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el

cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado

apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de

comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.

--¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin

acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá

acaso inocente?»--añadió para sí.

--¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a

usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel

tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un

monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de

este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y

naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted

en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En

cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por

otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De

esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido

para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir

verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.

Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de

la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan.

Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el

despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género

de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil

maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en

cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones

no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo

que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones?

El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me

acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había

gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de

la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un

entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano

febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,

pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo

que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo

algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una

reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada;

es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos

a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo

todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta

del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro

en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted

enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted,

desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin

resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá

él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,

no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se

acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado

de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría

a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba

asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba

para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa

muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he

aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi

a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir?

Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me

dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no

hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la

piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los

objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un

huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después,

cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda

intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo,

Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco.

«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y

aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una

prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de

la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada,

y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de

buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios

ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había

llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.

Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un

enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después

de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch,

de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel

momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a

usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la

entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice

el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que

usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos

de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus

declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan

inquebrantable como una roca.»

--Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la

culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...

Le faltó el habla y no pudo continuar.

--¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho

de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de

Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que

venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en

este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted

saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un

niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una

naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría

usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico.

En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los

campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón;

no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,

sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se

halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose

de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el

suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos

de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba

las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos,

los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez

aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar

la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle

lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y

se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no

puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado

por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto

al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y

sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto

está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás,

acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su

papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus

confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de

verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en

completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión

Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente

a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo

y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir

toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una

víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta

audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita

desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la

puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica

una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que

pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias

pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el

sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad

de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto

vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la

enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de

notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,

desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata

aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.

Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de

la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción.

Raskolnikoff se echó a temblar.

--Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.

El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como

asombrado de semejante pregunta.

--¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado

crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch,

usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono

de profundo convencimiento.

Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos

segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras

convulsiones agitaban los músculos de su rostro.

--Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con

interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del

objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una

pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para

decirlo todo y esclarecer la verdad.

--¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un

niño sorprendido en falta.

--Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted

solo--replicó severamente el juez de instrucción.

Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos

diez minutos.

Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre

el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de

impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.

--Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre

los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?

--No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si

estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No

he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese

o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción

está formada.

--Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto

Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice:

Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra

mí?

--¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer

lugar, la detención de usted no me serviría para nada.

--¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está

convencido, debería usted...

--¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que

sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted

lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que

careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.

¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por

un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto

que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de

él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de

usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición

a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que

toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el

momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le

detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo

en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi

venida...

--¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.

--... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no

quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque,

créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,

pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya

a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido

más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que

me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy

bastante franco?

Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.

--Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras,

no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la

evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?

--No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré

el otro día; Dios me la ha enviado.

--¿Qué prueba es ésa?

--No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de

contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier

resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es

únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico:

créalo usted, Rodión Romanovitch.

El joven se sonrió con expresión de cólera.

--El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos

que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir

a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel,

estaría _en reposo_?

--¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la

letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo.

Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al

culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía

personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si

en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir

que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el

provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando,

puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en

qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido

sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,

el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el

tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se

lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre

usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un

carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más

que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre

honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.

Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego

sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.

--¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que

su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la

diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.

--Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me

temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.

Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.

--No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--.

Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de

pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!

--¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?

--La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le

reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por

otra parte, su condena no será perpetua.

--¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.

--¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse

culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!

--¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono

despreciativo el joven.

Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.

--Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle

groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de

la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir

en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza

ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni

con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión

acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían

arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de

haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y

vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,

de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra

usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es

usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente

de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se

preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo

solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa

usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más

tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por

eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más

que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción

cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede

saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su

valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.

Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la

vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.

Raskolnikoff se estremeció.

--Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué

suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?

--¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible

y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero

un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla

al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá

no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto

el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las

comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige

usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?

De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,

y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas

son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le

pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio,

convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos

le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.

--¿Cuándo piensa usted detenerme?

--Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga

usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire.

El consejo que le doy es bueno, créalo usted.

--¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.

--No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora,

esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_

ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría.

¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse

una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese

usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede

pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,

pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted

a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún,

estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien,

se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree;

pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran

cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede

parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai

tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.

Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.

--¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta.

Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.

--Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego

que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un

hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he

confesado nada... no lo olvide usted.

--Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted,

querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero

no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo

que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero

tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de

que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de

acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un

billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la

piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire

buenos pensamientos.

Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó

a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus

cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En

seguida salió de ella apresuradamente.

El crimen y el castigo · 第 33 / 41 题