I
La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie
de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba
que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que
tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los
acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus
recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber
muchas particularidades acerca de sí mismo.
Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces
sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico;
pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal
vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía
triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.
En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta
exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a
pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar
cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había
de serle fatal.
Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le
había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los
pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque
esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún
barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa
de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en
Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación
decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.
Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró
que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido
en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o
tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio
de la joven.
En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como
si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado
momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna
estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el
último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en
favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el
éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen
asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían
contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos
dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos
otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de
Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar
reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó,
bajando la voz:
--Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está
distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que
se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y
tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos
los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.
Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que
se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase
regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras
un momento de reflexión, siguió al _pope_ a la habitación de Sonia.
Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila
y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la
muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las _panikhida_.
Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor.
Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka
lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los
ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El
sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en
espesas espirales.
El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo
eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la
bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza
en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia.
La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su
hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era
objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el
menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una
palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.
Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde
hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía
decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o
irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado
de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca
sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con
la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.
A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí
pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se
apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
remordimiento empezó a torturarle.
«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»
Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era
preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención,
no acertaba a darle una forma precisa.
«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
rechazar.»
Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente,
el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó
aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes
de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó
muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre,
pero se despertó tarde: a las dos.
Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de
Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas.
Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito,
casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma
que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que
se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
La puerta se abrió y entró Razumikin.
--¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla
y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera
visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
--Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras
todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo
con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te
confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en
vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente
inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre
y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
--¿Cuándo las has visto?
--Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado
metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--,
¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola,
la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por
espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos.
«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo
y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a
mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en
la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le
dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia
o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío,
me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un
ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he
dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable,
la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de
comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no
me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano
en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues,
os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de
que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos.
He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón.
Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
--¿Qué vas a hacer?
--¿Qué te importa?
--¿Vas a dedicarte a la bebida?
--¿Cómo lo has adivinado?
--No es muy difícil adivinarlo.
Razumikin se quedó un momento silencioso.
--Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
bebida. Adiós.
Y dió un paso hacia la puerta.
--Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
Raskolnikoff.
Razumikin se detuvo de repente.
--¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un
tanto pálido. Estaba agitadísimo.
--Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
--¿Ella?
--Sí; ella.
--¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
--Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
--¿Que ella lo sabe?
--Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame
lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé
perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
--Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde
vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy
convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales
forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un
hombre excelente.
--Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un
momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo
cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
quieren decir sus palabras.
Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una
tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó
de repente.
--¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más
aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
--¿Qué carta?
--Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que
nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
--¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.
--Sí. ¿No lo sabías?
Los dos permanecieron callados durante un minuto.
--Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo
también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal
cosa: es inútil.
Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
volvió a abrirla de repente, mirando de través.
--A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella
vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se
ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La
persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la
escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes
que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para
evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante!
Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos
hombres?
--Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto
ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
--¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
me lo ha dicho casi todo.
--¿Porfirio?
--Sí.
--¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.
--Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método
psicológico, según su costumbre.
--¿Y te lo ha explicado él mismo?
--El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad
de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo
contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
Y salió.
«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó
definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado
entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas
alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación?
¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había
formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra
noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude
concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente
se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era
estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo
todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la
clave de todo esto.»
Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como
clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se
acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si
hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en
él; tenía aún que luchar; era un recurso.
Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de
la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo
día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se
había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y
reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo.
¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
Porfirio era harina de otro costal.
«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método
psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí
algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido
creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena
que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_
solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción
tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
confesiones de Mikolai.
»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero,
¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no
ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones;
pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin
embargo, si éste no será un mal signo...»
Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió
a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se
sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que
espera mi visita.»
En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón,
que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en
hacerlo.
Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a
cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa.
Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida.
Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi
ningún terror.
«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de
sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
--No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar
delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a
salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
cigarrillo...
--Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo
Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
verse.
Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente
ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada
tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender
un cigarrillo.
«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.