IV

Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había

defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin.

Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con

gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de

sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado,

su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por

momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo

todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar

de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado:

«Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente

animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que

había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando

llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente,

dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se

preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta

era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la

imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de

diferirla un minuto.

No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como

aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la

necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la

puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba

sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre

las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su

encuentro, como si lo hubiese esperado.

--¿Qué habría sido de mí sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le

hacía pasar a la sala.

Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había

prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.

Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la

joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él,

exactamente como el día anterior.

--Habrá usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que

la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y

las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?

El rostro de Sonia se ensombreció.

--No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He

sufrido ya bastante...

Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.

--Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora?

Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.

Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a

los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a

cualquier parte.

--¡Ah, Dios mío!--exclamó Sonia--. ¡Vamos en seguida!--y tomó

apresuradamente su manteleta.

--¡Siempre lo mismo!--replicó Raskolnikoff contrariado--. Usted no

piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.

--Pero... Catalina Ivanovna...

--Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda--respondió con

tono de enfado el joven--. Culpa de usted será si no la encuentra.

Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos

bajos, reflexionaba.

--Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo

concedo--dijo sin mirar a Sonia--; sí, le hubiera convenido meterla a

usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo,

lo habría hecho. ¿No es así?

--Sí--dijo la joven con voz débil--. Sí--repitió maquinalmente,

distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.

--Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se

encontró fué por casualidad.

Sonia guardó silencio.

--Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se

acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.

--Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso!

¡No siga usted!»--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--.

Vamos, ¿no dice usted nada?--preguntó al cabo de un minuto--. Será

preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted;

tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión»,

según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No;

hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de

antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos

proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna

y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de

sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka

fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si

dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo,

salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que

cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas

se decidiría usted?

Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz

vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.

--¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven

interrogándole con los ojos.

--Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?

--¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no

puede presentarse?--exclamó Sonia con repugnancia.

--¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias?

No tiene usted valor para decirlo con franqueza.

--No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me

pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas

vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi

voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las

personas?

--En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no

hay más que hablar--replicó con tono agrio Raskolnikoff.

--¡Dígame usted lo que tenga que decirme!--exclamó Sonia angustiada--.

¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a

atormentarme?

No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven

la contempló con expresión sombría.

--Tienes razón, Sonia--dijo en voz baja.

Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono

áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto.

Ahora, apenas se le oía.

--Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he

comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.

Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste.

Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó

advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan

extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de

hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la

cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de

Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus

sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto

fatal.

De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció,

se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a

sentarse en el lecho sin proferir palabra.

La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que

había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el

hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».

--¿Qué tiene usted?--preguntó Sonia sobrecogida.

El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras

condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó

suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin

dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La

situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven

su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para

hablar. Sonia estaba aterrada.

--¿Qué tiene usted?--repitió apartándose un poco de él.

--Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente,

es una tontería--murmuró con aire distraído--. ¿Por qué he venido a

atormentarte?--añadió de repente mirando a su interlocutora--. Sí, ¿por

qué? No ceso de hacerme esta pregunta.

Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento

era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un

temblor continuo agitaba su cuerpo.

--¡Cuánto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.

--Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos

segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?

Sonia esperaba inquieta.

--Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre;

pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.

La joven se echó a temblar.

--Pues bien; ya sabes a lo que he venido.

--En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fué lo que me dijo

usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?--añadió vivamente.

Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más

pálido.

--Yo lo sé.

--¿Se _le_ ha encontrado?--preguntó tímidamente después de un minuto de

silencio.

--No, no se _le_ ha encontrado.

Siguióse un corto silencio.

--Entonces, ¿cómo lo sabe usted?--preguntó con voz casi ininteligible.

Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.

--Adivina--dijo.

Sonia se estremeció convulsivamente.

--¿Por qué me asusta usted de ese modo?--preguntó con sonrisa infantil.

--Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él--repuso

Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese

fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quería _él_ matarla; la

mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese

sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la

mató.

A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto

continuaron mirándose.

--¿De modo que no adivinas?--preguntó bruscamente, con la sensación de

un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.

--No--balbuceó Sonia con voz apenas distinta.

--Busca bien.

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de

sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba

a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada

se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha

levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como

hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a

llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del

mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también

ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a

Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de

él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que

se puso a mirarla asustado.

--¿Lo has adivinado?--murmuró por último.

--¡Dios mío!--exclamó Sonia.

Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro

en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido

movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos

estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se

había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en

su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en

certidumbre.

--¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones--suplicó él con voz

quejumbrosa.

Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era

ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.

Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué

al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió

bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del

joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que

hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.

--¡Está usted perdido!--exclamó con acento desesperado; y levantándose

súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.

Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa,

dijo:

--No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso...

No tienes conciencia de lo que haces.

La joven no oyó esta observación.

--No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú--exclamó en

un arranque de piedad, y rompió en sollozos.

Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía

largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta

impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por

sus mejillas.

--¿No me abandonarás, Sonia?--preguntó con mirada casi suplicante.

--¡No, no! ¡Jamás, jamás!--gritó--. Te seguiré, te seguiré a todas

partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por

qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?

--Ya ves que lo he hecho--interrumpió Raskolnikoff.

--¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!--repitió

con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven--. ¡Iré

contigo a presidio!

Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa

y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.

--Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.

Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había

sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que

acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron

bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha

le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había

llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas

cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.

«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»

--Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?--dijo como si despertase de un

terrible sueño--. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a

hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?

--Por robar. Cesa ya, Sonia--respondió algo contrariado el joven.

La muchacha se quedó estupefacta.

--¿Tenías hambre?--exclamó en seguida--. ¿Era para socorrer a tu

madre?... ¿Sí?

--No, Sonia, no--replicó Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria

no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no

fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.

--¿Pero es posible que esto sea verdad?--gritó la joven, dando una

palmada--. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted

para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres!

¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?

--¡No, Sonia, no!--interrumpió vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no

procedía de _aquello_, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo

estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo

cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.

Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.

--Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que

había--añadió vacilando--; le quité del cuello una bolsa de piel que

parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda

porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas

de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día

siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva

V***. Todo ello está allí todavía.

Sonia escuchaba con avidez.

--Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para

robar?--replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.

--No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero--respondió

Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió--. ¡Qué

historia tan tonta te acabo de contar!

«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea.

No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano

ponía en prensa su mente.

--¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso él con voz vibrante--.

Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosiguió

recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de

enigmático--, yo sería ahora _feliz_. Sábelo. ¿Qué te importa el

motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclamó tras

de una corta pausa--. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es

para esto para lo que he venido a tu casa?

La joven quiso hablar, pero se calló.

--Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino

a ti.

--¿Por que querías que viviese contigo?--preguntó tímidamente Sonia.

--No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contestó Raskolnikoff

riendo sardónicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira,

acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo.

Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo

ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me

dejarás, Sonia?

La joven le apretó la mano.

--¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho

esta confesión?--exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos,

mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más

profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de

decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada

vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme;

¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz,

me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he

buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar

a semejante cobarde?

--¿Pero no sufres tú también?--exclamó Sonia.

Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.

--Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar

multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo

hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido?

¡Jamás me lo perdonaré!

--No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale más que lo sepa

todo; es mucho mejor.

Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.

--He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?

--No--respondió cándidamente Sonia con voz tímida--; pero habla, habla;

lo comprenderé todo.

--¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.

Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.

--El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón,

por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para

comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,

sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado

ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir,

¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres

mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y

demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos

con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento

de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera

vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una

vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con

escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar;

la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes

razón, Sonia.

La joven no tenía el menor deseo de reír.

--Háblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tímida y apenas

distinta.

Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las

manos.

--Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis,

no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi

sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada

educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus

esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad;

pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios.

Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera

podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o

empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una

lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían

destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera

ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria,

sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para

llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar

una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo

de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría

de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la

Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro

que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!

Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.

--¡Oh, no es eso, no es eso!--gritó Sonia con voz quejumbrosa--. ¡Esto

no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...

--¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.

--¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!

--Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y

malo.

--¡Ese gusano era una criatura humana!

--Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la

palabra--replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión--. Por

otra parte, lo que digo no tiene sentido común--añadió--; tienes razón,

Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde

hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado

dolor de cabeza.

Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había

casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios.

Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia

comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza.

«¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes

explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en

el acceso de su desesperación.

--No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la

cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía

haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree

más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y,

además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar

la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo

a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado

con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía

lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien;

pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es

la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón.

Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el

alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo

odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba

allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si

Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré

sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al

estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis

notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me

hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado

en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces

comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo

me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles,

¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí

entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese

inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me

convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no

cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí,

así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que

posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón

a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto.

Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no

advertirlo.

Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba

por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación.

Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que

aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.

--Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de

que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde

el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido

_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia,

Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.

--¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se

ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al

demonio.

--A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la

obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?

--Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh

Dios mío, no comprende nada!

--Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha

impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--.

Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil

veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores

he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera

querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un

aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa.

Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha

perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al

poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo

ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana

era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el

audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin

atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho

de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?»

basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he

renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de

toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido

para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de

la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a

conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu

en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del

asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente.

Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría;

pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros,

o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la

fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si

tenía el _derecho_...

--¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta.

--¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en

la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--.

No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el

diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender

que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más

ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón

he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta

visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente

una _experiencia_...

--¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!

--¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he

hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez

los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he

matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha

sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia;

basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame!

Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió

convulsivamente la cabeza entre las manos.

--¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia.

--¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.

Tenía las facciones terriblemente alteradas.

--¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes

lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--.

Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven

se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima

encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después

inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo:

«Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le

preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza

centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.

La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor

profundo.

--¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie?

¿No es eso?--dijo sombríamente.

--Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.

--No, no iré a denunciarme, Sonia.

--¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es

posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será

de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y

a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu

familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar

fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?

--Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he

de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente?

Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de

hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré.

¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no

atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de

una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán

que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un

imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de

comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable,

Sonia.

--¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!

--Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--.

Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es

ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos

momentos se me busca y van a detenerme.

--¡Ah!--exclamó Sonia espantada.

--¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues,

te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado

mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios

positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba

terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de

dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser

explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo,

porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la

cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me

hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que

termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se

verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te

doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como

son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería

solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré

de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo

de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre...

Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?

--¡Oh, sí, sí!

Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como

los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta.

Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven,

y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto,

le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia,

pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido

a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven

le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más

desgraciado que antes.

--Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la

cárcel.

La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.

--¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de

súbita idea.

Al pronto el joven no comprendió la pregunta.

--No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo

tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió

una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y

que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por

el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.

--Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano;

pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será

mejor--añadió a manera de concesión.

--Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el

momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello,

diremos una oración y partiremos.

En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.

--¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.

Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor

Lebeziatnikoff.

V

Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.

--Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted...

Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir,

nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente

pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo

dirigiéndose de nuevo a Sonia.

La joven lanzó un grito.

--Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado

del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo

suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no

lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá

usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que

quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa.

Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de

injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que

no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo,

incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede

sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda

ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles,

y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los

transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la

casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble,

pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar.

Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de

baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar

trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una

cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna

observación... No puede usted imaginarse cómo está.

Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había

escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se

lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando.

Los dos jóvenes salieron detrás de ella.

--Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--.

Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo

estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el

cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He

tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.

--¿Le ha hablado usted de tubérculos?

--No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera

entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de

la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no

llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?

--Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff.

Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de

cabeza y subió a su cuarto.

Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.

Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía

de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba

después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había

ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh

cobardía!

«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la

cárcel.»

Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió

de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a

presidio», pensaba.

¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente

la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró

como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó

en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera.

Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer

ninguna idea.

--No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia.

Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente

límpida.

Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el

afecto.

--Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se

te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas

como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer

y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión;

me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha

producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta

de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo

a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he

dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces,

me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le

hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir

a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por

tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez.

Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha

sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por

casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en

la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.

Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.

--¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--.

Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.

Dunia se ruborizó.

--¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera.

--Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós,

hermana.

La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto

temor.

--¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son

una especie de testamento.

--No hagas caso. Adiós.

Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento;

le miró con inquietud y se retiró conmovida.

No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana.

Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de

estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo

todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.

«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he

robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió

mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas

mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia.

Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff

tomó bruscamente la gorra y salió.

Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos

terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener

consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso

merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su

agitación moral.

Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía

algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser

particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad.

Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el

espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este

pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que

produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente

a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.

Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.

--He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su

programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a

mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén,

haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las

encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva

de imbéciles. Vamos aprisa.

--¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir

a Lebeziatnikoff.

--Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha

perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse

lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es

completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que

esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del

puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en

seguida.

En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto

en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina

Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo

bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero

de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un

chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras

de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica

manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la

calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su

debilidad, estaba extraordinariamente excitada.

Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba

allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical;

les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después,

indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente.

Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo

un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a

qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi

aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al

punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que

muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella

loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al

hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer

el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos,

mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces

trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un

acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no

podía contener las lágrimas.

Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia.

Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se

visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza

una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco.

Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado

a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro

estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido

a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces

en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la

ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación

intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle

sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en

medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y

le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna

permanecía inflexible.

--¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres

lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de

esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea

reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido

lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.

A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y

hubiera sido imposible sacársela.

--¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero

tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero

explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?--gritó reparando

en el joven, y se lanzó hacia él--; haga usted comprender, se lo

suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer.

¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo

diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en

nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general

perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos

debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas

delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!»,

le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos

protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte

derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás

lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo,

imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión

Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan

nada.

Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar

incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños

desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su

casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era

conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo

así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.

--¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!--exclamó Catalina

Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos--;

no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos

ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he

tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala,

al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después

de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh,

los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo

mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la

hemos martirizado bastante--añadió dirigiéndose a Sonia--. Poletchka,

¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks?

¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos

desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre

del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se

burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te

he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de

conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien

educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las

canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí!

Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre

y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí

para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto

nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace

falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky

donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de

ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, sólo que _la Petite

Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una

cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda

de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar _El húsar

apoyado en su sable_? No; será mejor que cantemos en francés _Cinco

sueldos_; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa,

se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al

público. Podremos cantar también _Mambrú se fué a la guerra_, tanto

más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en

todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto

comenzó a cantar:

«Mambrú se fué a la guerra,

no sé cuándo vendrá»;

pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la

cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo

haremos el acompañamiento:

«Cinco sueldos, cinco sueldos

para poner nuestra casa.»

Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió

mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente

y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos

de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?

Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un

señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el

abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El

recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una

condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna,

y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor

condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.

Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía

ceremoniosa de una dama del gran mundo.

--Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de

dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,

Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a

socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos

que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que

están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general

se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo

me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón

Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su

hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado?

Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese

soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los

Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?

--Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde

más compostura.

--Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los

organilleros. Déjame en paz.

--Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.

Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive

usted?

--¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar

a mi marido; ¿no es ésta una autorización?

--Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted

conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente.

Está usted mal.

--¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--.

Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia?

También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena!

¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos!

¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?

Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy

aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de

su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre

Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución;

Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.

--Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan

ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...

Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.

--¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose

sobre su madrastra.

No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,

Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia

entre ellos.

--Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último,

tratando de restablecer la circulación.

Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba

herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado

el suelo la había echado por la boca.

--Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos

jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y

produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una

de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta

señora se está muriendo.

--Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La

segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios

mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro.

Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este

asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba

como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la

hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó

a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff,

Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después

de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían

acompañado el triste cortejo hasta la puerta.

Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y

lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.

Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como

cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto

ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa.

Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que

vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo,

Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.

Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba,

en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y

así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo

necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de

ir a buscarlo.

En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la

hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada

triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le

enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se

la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro

lado.

--¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has

traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a

correr?... ¡Oh!

La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.

--¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha

sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.

Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.

--Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí...

Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos...

yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme,

dejadme morir en paz!

La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.

--¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso,

ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y

aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.

Si no me perdona, tanto peor.

Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba,

miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la

rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio.

Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su

garganta.

--Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--;

aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.

¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.

Du hast Diamanten

Und Perlen[18]

Eu hast die schönsten Augen

Mädchen, was willst du mehr[19]

Dans une vallée du Daghestan

Que le soleil brûle de ses feux...

[18] Tienes diamantes y perlas.

[19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres,

niña?

--¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!...

Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...

¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí!

¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.

Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el

lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando

aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un

terror creciente:

Dans une vallée... du Daghestan

Que le soleil... brûle... de ses feux.

Une balle... dans la poitrine...

De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia

conmovedora, exclamó:

--Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que

recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch

Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática...

¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se

encontraba.

Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,

pareció sorprendida de verla allí.

--¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida!

¿Estás aquí?

La incorporaron de nuevo.

--¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma

con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.

Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho

tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la

boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y

expiró.

Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó

entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta.

Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y

Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por

eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se

echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado

fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos

de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de

dormir, adornado con la pluma de avestruz.

¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina

Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la

almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y

Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.

--¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch.

Svidrigailoff se aproximó a ellos.

--Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.

Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo,

Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a

quien preocupaban aquellas precauciones.

--De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me

encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le

he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a

estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde

estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos

hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en

sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se

halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede

usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.

--¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff.

--¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no

necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree

usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que

reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer

usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que

Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por

ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.

Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando

hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.

Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi

textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia.

Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con

expresión de asombro.

--¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó.

--Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora

Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia

Semenovna.

--¿Usted?

--Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le

doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado

usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el

presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted

verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.

El crimen y el castigo · 第 31 / 41 题