--No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase
de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.
Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los
esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.
En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante
en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras
encubiertas.
--No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa
Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
he pesado cada palabra.
--Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes
razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?
--Habrá cambiado de opinión desde ayer.
--No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el
contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su
juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento
oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te
colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...
--Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego
con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían
hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya
en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente;
acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en
estas cosas. Dejémoslas.
--¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa
idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento
flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que
ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras
cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado
por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que
existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor
insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque
además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él?
En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que
tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será
mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus
barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de
salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es
vergonzoso!
«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.
--¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro
interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me
rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
en el _traktir_.
--¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente,
y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la
boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy
convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la
pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú
hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías
visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a
sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?
--Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había
visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella
conversación con violento disgusto.
--¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?
--Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo
niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que
sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según
todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí;
creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía
haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
sentido favorable a mi causa.
--Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen
los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado
en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.
--Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que
obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa
circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
casa dos días antes del crimen.
--¿Pero, cómo olvidarlo?
--Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios.
Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú
supones.
--Eso quiere decir que es un pillo.
Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se
asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él,
que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y
porque no podía menos.
«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.
Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que
bien pronto llegó a ser intolerable.
Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
--Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.
--¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
--Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú
les dirás...
--Bueno, te acompaño.
--¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?
Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan
desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato
en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba
aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de
haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo
estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las
señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
largo retraso.
Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor,
y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró
en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo.
En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano
bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo
encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y
lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se
aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los
objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos
de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones
escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en
contra suya!
Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una
sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin
ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la
calle.
--Ahí lo tiene usted--gritó una voz.
El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja
estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una
especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por
un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de
cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.
--¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_.
El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una
palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.
--Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.
--Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha
dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En
esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.
El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso.
Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.
Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de
la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir
al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente
el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida
ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
suerte sin decir una palabra.
--Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir
Raskolnikoff sin levantar la voz.
El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un
nuevo silencio.
--Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere
decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las
palabras salían con trabajo de sus labios.
Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión
siniestra.
--¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.
Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se
doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda.
Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con
extraordinaria violencia.
Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.
--¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó
Raskolnikoff con voz casi ininteligible.
--Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más
precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido
rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por
una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la
mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con
expresión de odio frío y triunfante.
Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su
casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro.
Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se
hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos
permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la
sala y se aproximó con precaución al sofá.
--¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo
en voz baja Anastasia.
--Tienes razón--respondió Razumikin.
Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media
hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con
brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
--¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde
estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se
encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica
que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...?
¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y
el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa
que no podía suponerse?
Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
disgusto de sí mismo.
--¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me
he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he
atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró
desesperado.
A veces se detenía ante este pensamiento.
--No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero
_amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París,
olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a
un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne
sino de bronce.
Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.
--¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un
registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio
Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por
ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?»,
preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!
De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de
exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:
--La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos
que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto
posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco,
por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué
hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la
humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar
«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor
es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el
mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo
para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como
un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al
sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí,
en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un
mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar
por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme
satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah!
¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con
toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y
al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar
mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al
monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy
definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy
más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_
que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo
comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere!
¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta
cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente
al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es
cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!
Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
su mirada inmóvil no se apartaba del techo.
--¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que
ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo
soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida
la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la
casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la
hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!...
¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo
aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!
Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que
estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la
atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros
y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros
se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua
cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que
tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado.
Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le
hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero,
de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa,
continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y
se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció
de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el
mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a
alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volvía.
«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó
el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la
puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje
se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el
zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven.
Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la
primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto,
dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en
los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He
aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este
es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido
en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de
oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí
el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es
terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el
rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués
se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba
al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un
instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy
obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la
luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos
puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por
la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color
cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De
repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después
volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué
volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó
notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está
este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente
sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto.
Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en
esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo
Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió
dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló
bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún
más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo
arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí,
reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la
alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz
baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda
su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a
la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo,
multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies
en el suelo; quiso gritar y se despertó.
Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie
en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
conocía y que le miraba con atención.
Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió
a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió.
«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi
imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el
desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y
después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del
sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en
el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a
una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en
una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía
la barba espesa, de un color rubio casi blanco.
Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación
reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar
había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo
insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.
--Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?
--Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el
desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente:
Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...