En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una
joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general
sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven
la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y
en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses
y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y
llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su
confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande,
que dió un paso hacia atrás para retirarse.
--¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él
también se quedó turbado.
Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes,
contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca»,
acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto
a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba
en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más
atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada,
iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.
--No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada
a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin
duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese
aquí.
Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó
para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué
indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un
momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama,
mostró a la joven la silla de Razumikin.
--Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el
sofá.
Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras.
Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia
de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó
tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
Raskolnikoff.
--Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz
trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien
mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a
nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
Ivanovna espera que le concederá este honor.
--Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució
Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la
bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.
Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras,
bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.
--Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la
hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un
coche y del cual ya te he hablado.
Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a
pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a
examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.
--Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su
casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
policía...
--No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se
han incomodado.
--¿Por qué?
--Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora
hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla
del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba
Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.
--¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?
--Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a
las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.
--¿Da una comida?
--Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer
los gastos del funeral.
Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero
logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.
Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la
barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía
tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se
advertía otra particularidad característica en su rostro como en su
persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de
contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla.
Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.
--¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una
colación?--preguntó Raskolnikoff.
--El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de
suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina
Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en
contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
está y cómo es ella.
--Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi
cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.
--Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con
voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.
Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había
impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y
las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar.
Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.
--Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos,
Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de
descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte
fatigado.
--Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo
algo que hacer antes.
--¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando
con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.
--No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un
minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?
--No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.
--Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.
Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos
experimentaron un malestar extraño.
--Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós,
Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.
Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a
pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió
precipitadamente de la habitación.
No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este
momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de
Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó,
se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una
impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le
hubiese afectado penosamente.
--Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.
--Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose
hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.
--Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.
Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la
mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que
podamos decir por qué.
--¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
se había quedado en el cuarto.
Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.
La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su
interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes
Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que
Marmeladoff le había contado de su hija.
--Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del
brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.
--¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?
Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.
--Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos
secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.
E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.
--¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A
Porfirio Petrovitch.
--Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso
Razumikin.
--¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?
--Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
la conversación.
--Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado
alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que
no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió
mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero
que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única
cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que
debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la
policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué
te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de
comer me preguntará mi madre por el reloj.
--No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio
Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué
contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro
estoy de que le encontraremos.
--Sea; vamos.
--Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja?
¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.
--Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven
añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.
--Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta
presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a
levantar los ojos para mirar a Razumikin.
--¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía
Semenovna. Dígame sus señas.
Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación
y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin
ruborizarse. Los tres salieron juntos.
--¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la
escalera.
--Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura.
¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió
alegremente dirigiéndose a Sonia.
Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.
--¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
ha podido dar con mi habitación?
Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se
cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.
--¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!
--¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
le di mis señas?
--¿Lo había usted olvidado?
--No... me acuerdo.
--Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su
nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía
su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
un cuarto amueblado...
Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar
la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes
y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía
confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había
manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día,
quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.
--¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi
casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!
Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que
Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para
hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al
lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el
señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le
hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores
y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le
examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó
acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y
encaminarse a su casa.
«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
averigüe.»
Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se
volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él.
Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó
a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola,
andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de
ella a una distancia de cinco pasos.
Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que
representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes
nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso
sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus
cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color
más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría,
seria y fija.
El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral.
El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado.
Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la
derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y
subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del
desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó
en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos
palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el
hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el
número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.
--¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--.
Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el
departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!
Sonia le miró con atención.
--Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San
Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.
Sonia no respondió.
Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y
vergonzosa.
* * * * *
Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de
su amigo.
--Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo
que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en
casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?
--¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando
recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo
demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a
decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No
tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
influencia de ese maldito delirio.
Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».
--Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que
se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...?
La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar
de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
ahora todo me lo explico.
«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza;
tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se
considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
sospechas.»
--¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.
--Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--.
Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico;
le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo
juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su
oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el
cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!
--¿Y por qué?
--¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas
malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a
nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de
Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo
solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin
ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...
--¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas
razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.
Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo
advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
de instrucción no dejaba de inquietarle.
«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene
conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré
sincero.»
--¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con
maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado.
¿No es verdad?
--No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.
--No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una
silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos;
te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
color de la grana.
--¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?
--¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez
colorado?
--¡Eres insoportable!
--Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo
hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra
persona!
--Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin
helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!
--Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien
te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos,
veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te
has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada!
¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!
--¡¡¡Indecente!!!
Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa
de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas
del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería
Raskolnikoff.
--¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso,
agarrando por un brazo a su amigo.
V
Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la
fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo
lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más
rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la
vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran
bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio
Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada
a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa,
cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento
esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre
y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas
palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron
por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más
comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo,
porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de
dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.
--¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un
veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.
--Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio
Petrovitch.
Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se
olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera
sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el
momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
representaba.
Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a
causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber
contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se
dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso
a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por
cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón,
sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía
engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte,
y su presencia le causó una desagradable sorpresa.
«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.
--Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
Raskolnikoff.
--¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio
Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.
--No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
más.
--¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.
--Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla
insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.
--Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al
diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente
su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías,
y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás
aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?
«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.
La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo,
se repuso en seguida.
--Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.
--¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había
manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no
habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?
El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en
chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años,
más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de
la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado,
no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color
amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido
por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar
siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía.
A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta
semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por
mucho tiempo al observador inteligente.
En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio,
Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando
él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su
disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.
Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus
miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa,
cosa que pasaba los linderos de lo natural.
«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.
--Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con
indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de
tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos
le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya
se le escribirá a usted.
--Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas...
¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos,
y que, en cuanto tenga dinero...
--Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente
esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere,
escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...
--¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió
Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
aspecto pecuniario de la cuestión.
--¡Oh! en cualquier papel.
Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente
burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que
encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba,
porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.
«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.
--Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante
desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
supe...
--Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff,
que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.
Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel
inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas,
comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató
de repararla.
--Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire
ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy
insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como
un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí.
Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras,
pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el
juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin
poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las
mujeres!
--¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.
--¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba
ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?
--¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.
--Sí.
--¿Cuándo ha llegado?
--Ayer noche.
El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.
--Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba
yo la visita de usted.
Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía
implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció;
pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba
en preservar el tapete.
--¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado
algunas cosas?
Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.
--Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la
indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.
--¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió
bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí,
mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
olvida usted ni a uno... y... y...
«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»
--Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había
presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de
burla.
--No me encontraba muy bien.
--Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
Todavía está usted pálido.
--No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió
Raskolnikoff con tono brutal y violento.
Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.
«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por
qué me exasperan?»
--Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--.
La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo
creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se
vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa
semejante? Es un caso de los más notables.
--¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el
movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.
--Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de
decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó
escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio
Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.
--¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado
delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida?
¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has
de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales.
Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.
--Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose
al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y
queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no
pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad.
El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor
Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
el árbitro de nuestra disputa.
En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.
--Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente
Zametoff.
--Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había
encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...
--Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te
has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste
de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si
quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo
diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.
--Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que
he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado
durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los
labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
¿no es eso?
--¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me
interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy
encantado de haber recibido su visita.
--¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.
--¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido,
¿eh?
--¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?
Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.
En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba
por extremo excitado.
--Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en
la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente
contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es
una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré
y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.
Respiró con ansia y continuó pensando:
--¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese
un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por
un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen.
Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha
observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado
con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo
esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás
de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un
poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que
absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis
nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría
o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí
como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda.
Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado.
¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo...
Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me
podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece
darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado
con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no
me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas
conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía.
La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_...
¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben
o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto
sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale
quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
¿Por qué he venido?»
Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago.
Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen
humor.
--Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de
cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no
había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la
velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién
quedó la victoria?
--Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro
de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo
siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no
los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!
--¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni
siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente
Raskolnikoff.
--La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.
--Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con
su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer
me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido
tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es
en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al
crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.
--A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me
acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La
Palabra Periódica_.
--¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff,
sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la
Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé
a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_.
--Pues fué publicado en esta última.
--Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no
pudo salir.
--Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos
meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía
usted?
--No.
--Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni
siquiera se entera de lo que directamente le interesa.
--¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy
mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses
que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué
callado se lo tenía!
--¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.
--Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó
sobremanera.
--Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico
del delincuente en el momento de cometer el crimen.
--Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la
parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en
un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda
recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la
tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales;
hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.
Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se
sonrió.
--¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.
--No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se
clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de
saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.
--¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin
estupefacto.
Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se
trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de
su artículo no vaciló en explicarlo.
--No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud
(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que
yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría
dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí
sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a
su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en
que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces
útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es
claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer
que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de
Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a
esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría
tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin
de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho
de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando
por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta
llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes,
porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el
derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de
notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido
terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes
hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y
que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la
rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto
ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de
personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy
poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es
justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres
ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a
sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las
subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan
rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados
a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar;
sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo
que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés
de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el
derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha
sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión
conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige
estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El
uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente
el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la
nueva Jerusalén, por supuesto...
--De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.
--Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su
largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
punto del tapete.
--¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.
--Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.
--¿Y en la resurrección de Lázaro?
--Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?
--¿Y cree usted al pie de la letra?
--Al pie de la letra.
--Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta
siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
que...
--¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...
--Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.
--Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En
general, la observación es muy exacta.
--Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los
hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna
señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una
limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud
natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían
llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese
usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría
se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted,
«a suprimir todos los obstáculos...»
--Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que
la primera.
--Muchas gracias.
--No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es
posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado
quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia
innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores»,
y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión
es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un
verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y
volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
por ellos.
--¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay
muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
confiese usted que la cosa será bastante desagradable.
--Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono
Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con
una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías
y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse
algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para
dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que
va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un
hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan
millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.
--Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--.
Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro!
¿Hablas con formalidad, Rodia?
Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en
el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la
fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el
tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego
dijo:
--Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al
decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído
mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He
aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa
autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo
sería la autorización legal, oficial...
--Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.
--No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que
has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir
uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo
lo leeré.
--No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa
cuestión--dijo Raskolnikoff.
--Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la
manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos
le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga
campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se
procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...
Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su
rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.
--Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto,
existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se
dejan cazar con él.
--¿Lo está usted viendo?
--¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace
un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el
asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no
está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué
inquietarse? ¡Buscad al ladrón!
--¿Y si le encontramos?
--Peor para él.
--Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?
--¿Y a usted qué le importa eso?
--Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.
--El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su
castigo, independientemente del presidio.
--¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?
--¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni
se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento
acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los
hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar
honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita
melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.
Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire
soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de
ello.
Todos se levantaron.
Porfirio Petrovitch volvió a la carga.
--Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta.
Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto
que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
idea que se me ha ocurrido...
--¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido
y serio, frente al juez de instrucción.
--Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy
extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable...
que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de
quienes hablaba hace poco... ¿No es así?
--Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.
Razumikin hizo un movimiento.
--Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de
dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
a matar y a robar?
Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como
antes.
--Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó
Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
--Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria;
la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo
de usted.
«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó
Raskolnikoff con algo de desprecio.
--Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo
ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género:
por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si
estuviese en lugar de ellos.
--¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con
brusca familiaridad el juez instructor.
Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
--¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta
semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada
fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada
irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se
dispuso a salir.
--¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la
mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en
el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de
estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once.
Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono
de campesino el juez de instrucción.
--¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente
Raskolnikoff.
--De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la
víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita
alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a
propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer?
Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería
preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted
que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?
--Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no
tenía necesidad de dar.
--Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el
segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda
usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos
obreros.
--¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como
si tratase de recordar.
Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su
espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta
hecha por el juez de instrucción.
--No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el
cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente
de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de
arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...
--¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta
entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del
asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?
--¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio
dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me
hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a
Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído
obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.
--Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.
Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó
amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
atravesar por una prueba penosa.