I
--¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando
desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede
ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar
crédito a sus oídos.
Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.
--He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y
en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no
me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los
intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me
costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida
contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.
--Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff.
--¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo
pregunte.
Raskolnikoff no contestó.
--Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted,
Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo
superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en
rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?
Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.
--Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero
adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, _el
nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión
estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy
una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a
América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos
sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón
es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.
--No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con
sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso.
No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...
Svidrigailoff soltó una carcajada.
--No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería
echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.
--¿Todavía quiere usted embromarme?
--Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose
con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar.
Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado,
sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
--Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo,
interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.
--¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy
tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de
apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una
abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha
podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he
preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa...
desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna
otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
habido ni sombra de eso.
Raskolnikoff se echó a reír.
--¿De modo que esto le divierte...?
--Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin
importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se
lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos
es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió
lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la
ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá
usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos
latigazos fueron propinados muy oportunamente.
A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una
especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.
--¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído.
--No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella
estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal,
no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra
ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera,
ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que
acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en
las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la
servidumbre. ¡Ja, ja, ja!
Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy
madurado y que todo aquello era fina astucia.
--Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el
joven.
--Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es
cierto, de hallarme de tan buen humor?
--Y hasta me parece demasiado bueno...
--¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas
de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha
preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular
expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo
así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados
para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras
respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que
tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión
Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted
algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
el ceño... No soy tan oso como usted cree...
--No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es
usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
ser, en llegando la ocasión, _comme il faut_.
--Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff
con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar
las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que
son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión
natural?--añadió riendo.
Raskolnikoff le miraba sombríamente.
--He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene
usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
--Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos
conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de
corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente,
y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición
de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer
trampas en el juego?
--¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?
--¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad
(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasábamos el
tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos.
¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía
ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó
Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi
esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como
un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete
años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio
que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de
un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido
bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no
hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
como ésta.
--Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted
plantada?
--No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí,
sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la
Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de
Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es
mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de
todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana
una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso,
ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín
Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y
consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es
verdad?
--¿Desea usted ir en globo?
--¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado
pensativo.
«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.
--No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna,
con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad
importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio
Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que
se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy
bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país.
Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer
que me fatigase mi excesiva aplicación.
--Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo
eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
salir...
--Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
Pedro Petrovitch Ludjin?
--Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
pronunciarlo en mi presencia.
--¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
ella?
--Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.
--Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta
esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de
él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o
si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No
es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima
como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he
sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese
matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
particular.
--Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir
muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff.
--Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no
soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad
psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento
ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
seriamente enamorado...
--Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...
--En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino
como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.
--¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?
--Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente
de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
a disputársela como rival al señor Ludjin.
--Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en
seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
hacer varias cosas...
--Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía,
son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende
usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un
año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de
ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le
deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla
con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese
matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana
todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con
Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que
le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que,
estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la
posibilidad de realizarla.
--¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más
sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?
--Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente
tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo
o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia
Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima
hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades
que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría
a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas.
Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así
que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia
Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto...
No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
sangre fría.
Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.
--Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de
usted es una insolencia imperdonable.
--No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer
mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
usted, ¿la rehusaría?
--Es muy probable.
--No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
demanda a Advocia Romanovna.
--No lo haré.
--En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de
encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin
inquietarla.
--Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
--No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
nada más que una vez.
--No lo espere usted.
--Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan
entre nosotros relaciones amistosas.
--¿Usted cree...?
--¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el
sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
--¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con
inquietud.
--Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
árbol.
--Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender
pronto ese viaje.
--¿Qué viaje?
--El de que me ha hablado hace un momento.
--¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted
qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá
en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio
para mí.
--¿Aquí?
--Sí.
--No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.
--¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De
aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
de ese legado.
--¿Eso es verdad?
--Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.
Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.