--¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las
dos mujeres.
El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el
mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de
lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún
tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó
llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se
quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba
bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.
Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con
sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En
vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el
joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo
entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una
herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco
frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y
disimular sus impresiones.
--Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría
el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió
dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.
--También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De
aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes,
es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta
enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora
que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el
doctor, temeroso de irritar al enfermo.
--Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.
--Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera
convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas
causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud
se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar
sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
proyecto, y perseguirlo tenazmente.
--Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto
posible, y entonces todo marchará como una seda.
El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de
producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a
su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro
de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las
gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita
que les hizo la noche anterior.
--¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz
inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan
penoso?
--¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
nos acostamos nunca antes de esa hora!
--No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente
frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de
dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a
Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés.
No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es
ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.
--No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase
usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos,
tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen
nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.
--Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a
Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!
--¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó
Razumikin.
Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de
estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente
distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta,
observaba atentamente a su hermano.
--De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he
podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a
casa.
Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su
hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la
sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía.
Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó
con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del
altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva
del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
alegría.
Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.
--Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su
tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.
--¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles
arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su
hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más
delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz
alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no
puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para
abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos
dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te
habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
impresión que nos hizo esta noticia.
--Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró
Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no
decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.
--¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por
coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
esperado en casa a que ustedes vinieran.
--¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos
asombrada que su hija.
--Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba
Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura
formalidad o recitase una lección.
--En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que
ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
Hasta hace un momento no me he podido vestir.
--¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.
--No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser
atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el
traje.
--¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió
Razumikin.
--Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa
más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he
hecho, por qué he ido a ese sitio.
--Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los
actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
depende de diversas impresiones morbosas.
La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó
escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención
alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una
extraña sonrisa.
--Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.
--¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché
de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice
ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La
pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres
hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija...
Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer
eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese
dinero.
--No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
tú haces está bien hecho--respondió la madre.
--No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.
La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras,
silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada
cual de los presentes lo comprendía.
--¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
Alexandrovna.
--¿Qué Marfa Petrovna?
--Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi
última carta.
--¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con
el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que
haya muerto? ¿Y de qué?
--De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente
el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha
sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.
--¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó
Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.
--No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
paciencia.
--De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.
La joven frunció el entrecejo.
--Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más
detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.
--Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria
Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar,
porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por
costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho
apetito.
--¿A pesar de los golpes?
--Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar
el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el
agua, le dió un ataque de apoplejía.
--No es extraño--observó Zosimoff.
--¡Como su marido le había pegado tanto!
--¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.
--¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo
Raskolnikoff con súbita irritación.
--¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.
--Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.
--Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada
severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la
cruz; tan asustada estaba.
Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a
darle una convulsión.
--¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y
ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.
--¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le
estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.
Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de
nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que,
olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se
dirigió a la puerta.
--¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.
Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en
torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.
--¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por
qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
calladas.
--¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.
--Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
echó a reír.
--Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró
Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más
tarde una vuelta por aquí.
Saludó y salió.
--¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
--Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído,
inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de
mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre
excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
el cual acababa de levantarse.
--Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.
--Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado
Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan
bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que
yo...
--Es un regalo de Marfa Petrovna.
--Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.
--Creía que era un obsequio de Ludjin.
--Aun no ha dado nada a Dunetshka.
--¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada
del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su
hijo le hablaba.
--¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
Dunia y Razumikin.
--¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos
del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas
cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad
es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si
además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una
locura de primavera.
--No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con
convencimiento.
Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no
comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se
levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.
--¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.
--¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión
lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
me causa la misma impresión cuanto me rodea.
Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.
--Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas
de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué
preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a
morderse las uñas y se quedó como ensimismado.
--¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu
hipocondría.
--¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha
contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué
ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa
enigmática.
Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años
y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había,
sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose
pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal
momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.
--Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que
me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación
en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo.
Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te
casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.
--Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--;
¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.
--Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad
ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por
alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi
situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a
mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.
--Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--.
¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los
caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a
todos!
--En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir
lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De
qué te ríes?
Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de
cólera.
--¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.
--Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme.
¿Por qué sigues riéndote?
--Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no
puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por
interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
sabes ruborizarte.
--No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre
fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le
estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú
dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida
de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme
de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una
tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a
mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por
qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?
--¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó
Pulkeria Alexandrovna.
--No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a
desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum!
sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy
mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso
lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?
--Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.
Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa.
Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún
acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de
haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.
--No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un
hombre sin cultura.
Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.
--Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
negocios--añadió Raskolnikoff.
--Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se
enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
contrariada del tono con que le hablaba su hermano.
--Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación
frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de
carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más
que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además,
manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a
vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis,
os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo.
¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender
tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a
Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?
--No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil
para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano
mío. Yo no esperaba...
--Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse
de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay
una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por
cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica
y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe,
de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores
e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es
decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no
basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
todas veras deseo.
Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la
noche.
--Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya
inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
un hombre de negocios.
--¿Qué quiero decir?
--Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a
nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra
allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.
--Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.
--Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con
ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.
--Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que
venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito
hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.
--Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su
madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.