Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de
pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos
los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una
impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,
al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto
irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo
vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras
cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita
jornada precedente.
Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como
un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las
ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada
a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.
¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién
le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,
¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la
cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber
lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban
allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando
su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en
el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado
toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.
¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado
con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?
¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una
aproximación entre dos seres tan semejantes?
El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de
haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de
confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo
daño en la mano y rompió un ladrillo.
--No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;
ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es
pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente
con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y
el mal está hecho.
Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un
traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de
la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»
Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía
derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a
verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a
la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.
Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente
la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de
vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión
negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me
quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...
¡De ninguna manera!»
Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.
Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico
prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.
--¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un
cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a
ir a verlas o si vendrán ellas?
--Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le
hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de
familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más
derecho que yo.
--Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son
escuchar sus secretos; yo también me iré.
--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener
la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una
predisposición a la locura.
--Lo mismo le dijiste a las señoras.
--Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,
sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?
--¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,
me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le
encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del
pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para
sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si
hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas
de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;
las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...
La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te
diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.
--¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.
--Y a Porfirio Petrovitch.
--¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?
--Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y
la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.
--Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.
--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando
las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a
las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
presencia.
A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril
impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,
saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió
inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que
se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en
lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado
que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal
expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión
no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de
conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.
Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado
aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad
de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo
tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para
ponerlo en la mesa.
Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal
vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero
de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de
semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió
la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de
aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
dirigió Pulkeria Alexandrovna.
Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos
que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es
de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,
la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le
escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles
dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por
satisfechas.
--Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé
todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
--Demetrio Prokofitch.
--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera
mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo
que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus
sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra
ahora?
--¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos
tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua
fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No
gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible
hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que
se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de
causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo
demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás
se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no
anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de
ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.
--¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.
Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a
Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero
disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los
brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre
de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje
ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si
Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba
vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar
con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí
mismo.
--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le
admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.
--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...
--¿Qué?
--No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.
--Es decir, que es incapaz de amar.
--¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.
Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir
acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
no pudo por menos que reírse.
--Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó
Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.
Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían
a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y
ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a
casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?
--¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.
--¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían
mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus
planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se
puede decir por eso que no nos quiere?
--Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva
Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por
cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
extraño.
--¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
mujeres.
--¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese
matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo
entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que
era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de
otro modo, ¿cómo comprender...?
--Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó
lacónicamente Advocia Romanovna.
--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.
Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto
ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias
vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y
Ludjin.
Este incidente parecía inquietarla sobre manera...
El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había
sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente
a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la
enfermedad que éste padecía.
--Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.
--Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la
consternación pintada en su semblante.
Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de
consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.
--¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro
Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.
--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,
insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
me da vergüenza de...
Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de
Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó
a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de
su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.
Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
sobre todas las cosas cierta circunstancia.
--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser
francas con él, Dunetchka.
--Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.
--Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como
si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta
mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de
nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,
como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana
la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito
esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un
párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y
me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder
aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...
Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.
«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me
priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,
no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.
Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión
Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la
visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
una explicación personal a propósito de un punto que acaso no
interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,
me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá
atribuir a sí misma la causa de mi determinación.
»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión
Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró
la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa
de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la
hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me
ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha
procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia
Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.
»PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»
--¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria
Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle
a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese
a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...
Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a
suceder entonces?
--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente
Razumikin.
--¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más
bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la
carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal
objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué
joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona
las últimas monedas de plata que...
--Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la
joven.
--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en
un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un
muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no
comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...
--Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo
que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,
mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
de su atavío.
--Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.
--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!
Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.
Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de
descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin
embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
mujeres que saben llevar humildes vestidos.
--Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo
Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
Raskolnikoff.
Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal
estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
de espanto.