II

Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de

pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos

los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una

impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,

al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto

irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo

vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras

cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita

jornada precedente.

Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como

un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las

ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada

a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.

¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién

le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,

¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que

Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la

cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber

lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban

allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.

¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando

su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en

el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado

toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.

¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado

con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?

¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una

aproximación entre dos seres tan semejantes?

El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de

haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y

que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de

confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo

daño en la mano y rompió un ladrillo.

--No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;

ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es

pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente

con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y

el mal está hecho.

Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un

traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de

la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»

Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía

derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba

de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a

verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a

la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.

Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente

la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de

vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes

navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión

negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me

quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...

¡De ninguna manera!»

Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el

cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,

entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.

Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico

prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.

--¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un

cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a

ir a verlas o si vendrán ellas?

--Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le

hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de

familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más

derecho que yo.

--Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son

escuchar sus secretos; yo también me iré.

--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.

Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener

la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una

predisposición a la locura.

--Lo mismo le dijiste a las señoras.

--Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,

sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?

--¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,

me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le

encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,

aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del

pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para

sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede

quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase

de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si

hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas

de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que

hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;

las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...

La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que

Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te

diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en

decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.

--¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.

--Y a Porfirio Petrovitch.

--¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?

--Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y

la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.

--Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.

--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por

su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando

las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a

las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que

le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su

presencia.

A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las

dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril

impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,

saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado

así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió

inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que

se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en

lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado

que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal

expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión

no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que

le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de

conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.

Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado

aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad

de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en

seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo

tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para

ponerlo en la mesa.

Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal

vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero

de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos

señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de

semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió

la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de

aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le

dirigió Pulkeria Alexandrovna.

Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos

de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos

que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es

de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,

la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le

escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles

dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por

satisfechas.

--Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé

todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

--Demetrio Prokofitch.

--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera

mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo

que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus

sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra

ahora?

--¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y

ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos

tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua

fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No

gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva

a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin

embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible

hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que

se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo

taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado

sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de

causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo

demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás

se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el

mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no

anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de

ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.

--¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada

por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.

Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a

Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero

disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la

joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se

levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los

brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando

alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre

de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje

ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos

indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si

Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente

no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba

vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar

con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,

naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí

mismo.

--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano

y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le

admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna

mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.

--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...

--¿Qué?

--No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.

--Es decir, que es incapaz de amar.

--¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su

hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.

Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir

acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia

no pudo por menos que reírse.

--Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó

Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,

Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que

nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted

imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta

cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.

Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían

a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y

ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a

casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?

--¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.

--¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían

mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor

de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus

planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se

puede decir por eso que no nos quiere?

--Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva

Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por

cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante

extraño.

--¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos

mujeres.

--¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese

matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando

la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo

entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que

era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que

no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de

otro modo, ¿cómo comprender...?

--Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó

lacónicamente Advocia Romanovna.

--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.

Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto

ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias

vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar

de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y

Ludjin.

Este incidente parecía inquietarla sobre manera...

El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había

sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente

a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la

enfermedad que éste padecía.

--Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.

--Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la

consternación pintada en su semblante.

Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro

Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de

consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.

--¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro

Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta

señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es

por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...

porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia

Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos

respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,

insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora

me da vergüenza de...

Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de

Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó

a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de

su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada

momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba

sobre todas las cosas cierta circunstancia.

--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser

francas con él, Dunetchka.

--Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

--Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como

si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta

mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,

respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de

nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,

como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un

criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana

la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito

esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un

párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y

me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce

mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder

aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha

resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...

Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.

«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted

que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a

la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi

confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me

priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,

no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de

Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde

tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.

Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión

Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la

visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted

una explicación personal a propósito de un punto que acaso no

interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir

a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado

formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,

me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá

atribuir a sí misma la causa de mi determinación.

»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión

Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró

la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa

de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa

de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So

pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la

hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me

ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha

procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad

de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia

Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

»PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»

--¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria

Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle

a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese

a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...

Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a

suceder entonces?

--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente

Razumikin.

--¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no

acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más

bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche

y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la

carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal

objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué

joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona

las últimas monedas de plata que...

--Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la

joven.

--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo

Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en

un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un

muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no

comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...

--Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo

que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,

mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del

cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto

de su atavío.

--Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.

--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.

Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;

a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!

Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.

Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de

descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin

embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos

señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las

mujeres que saben llevar humildes vestidos.

--Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo

Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de

Raskolnikoff.

Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto

piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba

abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros

y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal

estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito

de espanto.

El crimen y el castigo · 第 19 / 41 题