TERCERA PARTE

I

Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una

leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia

consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló

alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en

su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de

insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.

Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre

las de su hermano.

--Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a

Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?

--Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho

retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme

de ti. Pasaré la noche a tu lado...

--¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.

--Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le

dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se

incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de

anfitrión.

--¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna,

estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la

palabra.

--No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis

más. Basta, idos; ¡no puedo!...

--Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos

de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra

presencia le atormenta.

--¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres

años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.

--Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo

de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?

--No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que

ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez

Pulkeria Alexandrovna.

--Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle

por la escalera...

--¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir

la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que

éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por

Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las

dos señoras se encontraban perplejas.

--Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo

a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se

vuelva a hablar más de él.

--¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia

Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu

estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.

--Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin

por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes

una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la

mandas, y asunto concluído.

--Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con

qué derecho...?

--Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás

viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos,

vamos; será lo mejor.

--No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba

su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será

razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese

sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de

sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.

--¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos,

mamá... Adiós, Rodia.

El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

--Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea

un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por

miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo,

o Ludjin. Marchaos.

--Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.

Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo.

Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado

de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes

que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada.

Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.

--No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me

quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.

--Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja,

Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,

alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en

la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y

a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje

usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado

ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo

de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?...

Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis

expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

--Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de

mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón.

No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación

de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en

la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco

antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la

lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y

despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de

beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia

excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las

dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de

una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,

apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges

de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba

con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar

sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él

no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía

daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,

no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se

hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que

tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,

cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel

momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las

preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con

sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le

dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites

que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel

hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr,

llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en

aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la

joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese

la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las

propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera

vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.

--Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo

absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le

valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle,

y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les

propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a

ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que

anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado

a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después

doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les

contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,

en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis

invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico

que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho

porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de

ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,

noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor,

que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra

vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en

el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de

la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos

momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que

la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,

no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.

Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de

Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia

Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil.

Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen

ustedes? Sí, o no.

--Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará

seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor

consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?

--Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con

exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a

su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no

hizo ninguna objeción.

Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte

de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero,

¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»

El joven adivinó aquel pensamiento.

--¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo

andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían

seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como

un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me

embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en

la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías,

soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a

ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo

de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...

No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo

menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de

ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un

momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes,

por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la

noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué

no conviene irritarle.

--¿Qué dice usted?--exclamó la madre.

--¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna

asustada.

--Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha

recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...

Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien

retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted

noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por

qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos!

Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas

majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío

para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de

la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse

lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de

ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo

que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

--¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

--Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas

generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de

dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.

--¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó

el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de

razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la

suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de

rodillas.

Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en

aquel momento.

--¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna

alarmada ante la actitud del estudiante.

--¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía,

no dejaba de estar inquieta.

--¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora

continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este

momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de

amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,

es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he

prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha

hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch.

¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso.

¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida?

¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted

es un canalla.

--Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.

--Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose

el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis

palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!...

sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no

me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido

todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!,

todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea!

¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número

tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué

número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su

habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince

minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver

con Zosimoff; escapo.

--¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria

Alexandrovna a su hija.

--Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el

sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una

orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi

hermano...

--¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme

a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué

acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra

llegada!

En sus ojos brillaban las lágrimas.

--No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre.

Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.

--¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha

hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente

leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque

Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había

perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo

hacer hablar a su hija.

--Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este

asunto...--replicó Advocia Romanovna.

La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió

a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin

decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó

y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando

tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,

se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre

en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y

en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus

reflexiones.

Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia

Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo,

contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se

paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían

disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo

la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia

Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien

formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí

misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se

parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad.

Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos,

negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria

bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su

rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante

pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo

mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en

su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi

altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa

que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria

cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!

Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero,

honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo

y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica

perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese

por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría

de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el

semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante

las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.

Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó

traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia

Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la

misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,

conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más

joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las

mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad

de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado

calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a

faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en

derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus

mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de

Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que

caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía

alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y

dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las

concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones

arraigadas se lo exigían.

A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta

dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.

--No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto

abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo,

y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia

está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva.

Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y

en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.

Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el

corredor.

--¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria

Alexandrovna muy alegre.

--Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a

pasearse de nuevo por la habitación.

Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y

llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con

entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho

Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no

había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar

a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las

señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le

parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos.

Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor

propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado

como un oráculo.

Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por

completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el

enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a

un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió

la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo

de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo

advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no

prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a

Pulkeria Alexandrovna.

Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo

concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado

muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente

dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido

durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de

carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias

múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones,

cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin

manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención,

Zosimoff desarrolló con gusto este tema.

Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta

si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff

le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado

el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en

el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él,

Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan

interesante de la Medicina.

--Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha

estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia

será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y

ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas

emociones--terminó diciendo con tono significativo.

Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,

salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de

reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico

no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró

encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.

--Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo

de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a

primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.

--¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento

sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.

--¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose

sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me

entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo

contra la pared--. ¿Me entiendes?

--Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de

las manos de su amigo.

Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.

El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y

la cara triste.

--Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo

eres.

--No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.

Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando

llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,

rompió el silencio:

--Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una

variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,

te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que

esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.

Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser

un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de

plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De

aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama.

Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:

voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la

patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será

una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo

que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.

--¡Pero si yo no sospecho!

--Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una

castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna...

Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy

agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.

Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.

--Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de

hacerle la corte?

--Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta

con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado

y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier

tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un

clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla

rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las

melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un

verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro

que no te pesará.

--Pero, ¿a qué viene todo eso?

--Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente

al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú

acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde?

Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás

el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,

sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la

tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo,

vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.

Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a

ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle

una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a

despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.

[16] Especie de galleta.

El crimen y el castigo · 第 18 / 41 题