VII

Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular,

tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie

y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos

por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida

por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña

en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el

arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía

consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

--¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!

Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los

curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se

reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del

conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los

caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un

hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles

heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de

un incidente sin importancia.

--¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.

Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto

y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba

despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es

que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una

vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno

los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía

adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre

gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.

--Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la

escena.

--En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.

--Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.

Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias

de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un

personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última

circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de

policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie

sabía su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De

pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo

reconoció.

--Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y

colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,

el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel...

¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!

Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba

extraordinaria agitación.

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado.

Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para

que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del

accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor

solicitud.

--Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán

rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un

borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de

llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá

por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una

cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar

al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un

agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era

perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y

algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de

Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el

accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza

del herido, y enseñando el camino.

--¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza

baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un

minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de

la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el

pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez

de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años

de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta

de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre

sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta

le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables

para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo

el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la

camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba

sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho

los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida

(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,

cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,

a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación

contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica.

Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras

manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

--No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--,

qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán

desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el

servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi

gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto;

así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan

Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

--¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

--¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió,

dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las

medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho

sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para

no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a

toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo

se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de

fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

--¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en

derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff

ensangrentado y exánime.

--En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó

Raskolnikoff.

--Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde

la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La

pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa

la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá,

Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

--Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo

el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;

no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que

le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se

acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

--No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina

Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa

a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza

del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se

puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle

inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo;

se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en

su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la

vecindad.

--He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se

preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla,

una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la

gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase

usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla

había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la

ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este

lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando

no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo

de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada

miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y

como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre

tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches

lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y

repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero

faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar

una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado

de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con

dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

--Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

--¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;

pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga

en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff

para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,

ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía

ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se

quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras

que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en

la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero

se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación.

Catalina Ivanovna se puso furiosa.

--Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.

Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y

entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a

la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición

produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,

llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción

que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la

desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del

otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el

herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad

de la casa.

--Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya

se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la

puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el

orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

--¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que

estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle

al hospital, yo soy la propietaria.

--Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a

decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la

patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;

y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia

Ludvigovna.

--Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se

me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

--Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no

pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor

Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se

agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),

yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo

comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de

ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que

cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que

muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré

parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud

y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez

ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos

amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó

de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero

ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este

magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo

desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia

Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la

tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,

Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó

solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a

Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa,

tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en

sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.

Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa.

Después la pobre mujer rompió a llorar.

--¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía

acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes,

Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

--¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el

marco gritó con desesperación:

--¡Oh vida, mil veces maldita!

--¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.

--¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y

ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff

se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón

a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar

una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño

asombrado.

--¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

--¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.

--¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los

pies desnudos de la niña.

--¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado

sabes que no tiene calzado...

--¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con

desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el

pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina

Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho

al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha

rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha

negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El

doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle

que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una

extensión de treinta pasos.

--Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor

dirigiéndose a Raskolnikoff.

--¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.

--Caso perdido.

--¿No hay esperanza?

--Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy

peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá

de seguro dentro de cinco a seis minutos.

--Sángrele usted, sin embargo.

--Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se

agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos

blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió

el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada.

Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El

médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff

no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos

entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse

en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen

delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar.

El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que

hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo

que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y

contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del

pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió

sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros

desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido

abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había

también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos

los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de

la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana,

atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo

apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse

el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

--Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió

paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella

habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y

de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque

muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que

distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada

del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una

mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se

cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y

cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar

lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la

puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano,

aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de

paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita

enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de

terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y

delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros.

Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,

estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas

palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos.

Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se

quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se

acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir

algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

--¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando

sus hijos.

--Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del

Altísimo--replicó el eclesiástico.

--¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

--Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la

cabeza.

--¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna

mostrando al moribundo.

--Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán

quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

--Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--.

¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como

estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si

ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si

nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!

¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para

nosotras!

--Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,

señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de

ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre

de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del

eclesiástico la pusieron hecha una furia.

--¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no

le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de

costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta,

hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa

de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo

a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de

perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un

pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con

la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba

ensangrentado.

El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que

de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo,

trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía

otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,

comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono

imperioso:

--Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...

El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a

la puerta y vió a Sonia...

Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven

se encontraba.

--¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y

ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran

terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trató de incorporarse.

--¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá.

Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no

reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje.

Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la

infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso

a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un

sufrimiento inmenso.

--¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó

pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en

el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,

lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado

expiró en los brazos de su hija.

--¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su

marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de

comer mañana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproximó a la viuda.

--Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido

toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que

me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al

ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de

su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...

Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el

difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle

de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!

Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo

encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había

tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su

cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena

ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a

Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.

--¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.

--Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un

sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está

tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé

que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a

frente al comisario.

--Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de

ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

--Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven

con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un

movimiento de cabeza y se alejó.

Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba

todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en

él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que

recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se

hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio.

Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff

bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí.

Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él

gritándole:

--¡Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último

tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él.

Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro

demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía

resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que,

evidentemente, le agradaba mucho.

--Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive

usted?--preguntó precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una

especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la

niña? Ni él mismo lo sabía.

--¿Quién te manda?

--Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.

--Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.

--Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo,

Polenka.»

--¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?

--La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía

Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.

--¿Y a mí me querrás?

En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y

presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus

bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,

e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en

silencio.

--¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza

y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que

desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que

afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

--¿Te quería tu papá?

--Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa

había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más

pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba

a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con

dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba

gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque

ya es tiempo de comenzar mi educación.

--¿Sabes rezar?

--¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,

rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con

mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra

oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana

Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro

otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace

tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el

primero.

--Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en

tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.

--Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y

echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió

volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran

las diez dadas cuando salía de la casa.

No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de

Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en

seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la

escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y

animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.

La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía

de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás

del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes

cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio

de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se

presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había

bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible

emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido

contenerse.

--Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto

de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo

que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas

si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana

pásate por mi casa.

--¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión,

estás débil.

--¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de

entreabrir la puerta?

--¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor

cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un

hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él.

Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora

con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito,

amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen

tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen

algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso

nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no

siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a

traer a Zosimoff.

El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a

Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su

rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.

--Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y

tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted

esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?

--Ciertamente--respondió Raskolnikoff.

--Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--;

veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco

tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.

--¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó

a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en

la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te

hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le

ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto

de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más

inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes

burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya

especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún

tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú

hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu

persona.

--¿Zametoff te lo ha contado todo?

--Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia

y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho

es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no

importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel

pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno

de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa

demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de

brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan

imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;

te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.

Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está

esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en

tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza

luego de semejante suposición; yo sé...

Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,

Razumikin hablaba sin tino.

--Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y

porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.

--El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura:

la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff

para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese

tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de

ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos

sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio

de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer

que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa

monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de

él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está

aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta

lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en

casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.

--¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?

--Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un

poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más

que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te

interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie

de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con

tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte

es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus

enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.

Durante medio minuto ambos guardaron silencio.

--Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con

franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...

He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido

besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...

en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma

color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la

escalera.

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.

--La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que

estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...

--¿Qué he de mirar?

--¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?

Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de

la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la

habitación de Raskolnikoff había luz.

--Es extraño.

--Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.

--No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy

temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.

--¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.

--Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte

adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.

--¿Qué te pasa, Rodia?

--Nada. Subamos y tú serás testigo...

Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff

tenía quizás razón.

--Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.

Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.

--¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.

Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en

el umbral como petrificado.

Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media

hora.

La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su

madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y

casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento

súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.

Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,

llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se

tambaleó y cayó desvanecido al suelo.

Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en

el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos

brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.

--No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un

desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento

que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua!

Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.

Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia

obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto,

su hermano volvía en sí.

El crimen y el castigo · 第 17 / 41 题