Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la
puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había
llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el
frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los
últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña
y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven,
denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba.
Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión
moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería
caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el
dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el
bolsillo.
La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas
de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió
suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al
pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién
hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era
sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la
gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su
rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir
ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con
«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo
sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno.
Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy
sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de
quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de
haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en
la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más
alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos
se dirigieron a la tienda de al lado.
--¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente
Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado
oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante
desocupado.
El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
--Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de
otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al
compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de
otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente,
sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de
las nubes...
--Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la
pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra
acera.
El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo
en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor
suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
un almacén de harinas.
--¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
vender?
--Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a
Raskolnikoff.
--¿Cómo le llaman?
--Le llaman por su nombre.
--Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
--Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé
nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
--¿Hay arriba un bodegón?
--Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy
favorecido.
Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había
un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió
entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y
formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después
de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el
_pereulok_.
En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que
forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún
tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin
propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que
salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban
dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a
otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en
la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero
que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de
la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los
cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas
tenían amoratadas las orejas.
Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención
de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado
hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
_Hombrecito de mi alma_
_No me pegues sin razón._
cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa
de grandísima importancia.
«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»
--¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz
bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
--¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y
mirándola.
Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
--También tú eres muy guapo.
--¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro
que acaba de salir del hospital.
Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote
desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
--Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras!
--Entra, puesto que has venido.
--Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.
Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
--Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe
volvía ya la espalda.
[15] Señor.
--¿Qué?
--Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks
para echar un trago, amable caballero.
Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
--¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
--¿Cómo te llamas?
--Pregunte usted por Duklida.
--¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de
cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio
superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se
concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su
ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el
sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así
toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio
de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué
cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama
cobarde!»--añadió al cabo de un instante.
Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la
muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló
de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí,
leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
--¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy
espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.
Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó
reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía
distinguirlo bien.
«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
--¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.
--Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco
días, te daré buena propina.
--Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se
puso a buscar.
--Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas.
Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha
caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo...
¡Ah! Aquí está.
Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras
delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el
fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros
números.
Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los
periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era
Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la
cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
la camisa.
El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con
satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido,
tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
--¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera
usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me
dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su
casa...
Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar
con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una
sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
--Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota.
Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a
casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día.
¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía
caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración
para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
--Es más charlatán...
--¿Quién? _¿Pólvora?_
--No, Razumikin...
--Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted
entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted
el _Champagne_?
--¿Por qué me lo habían de regalar?
--A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un
golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por
él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
--Pero, ¿usted cómo sabe eso?
--Lo sé quizá mejor que usted.
--¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho
mal en salir...
--¿Me encuentra usted raro?
--Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
--Periódicos.
--Ha habido estos días muchos incendios.
--No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted,
querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
--No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es
que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
--Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
--He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.
--Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
hombre rico y muy guapo.
Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su
interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero
sí sorprendido.
--¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me
parece que sigue usted delirando.
--¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es
decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la
curiosidad?
--Sí.
--¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos?
Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar,
¿no es eso?
--Vamos, diga usted.
--Usted cree haber levantado la liebre.
--¿Qué liebre?
--Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más
bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma
nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad
de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles
relativos al asesinato de la vieja prestamista.
Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de
Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza.
Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto
se estuviesen mirando sin decir palabra.
--¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende
usted ahora?
--¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
asustado.
El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de
expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera
contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato
cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le
había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus
propias barbas.
--O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si
cruzara por su mente una idea repentina.
--O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.
--No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.
Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad,
Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.
De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber
olvidado por completo la presencia de Zametoff.
--¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.
--¿Qué?... ¿el te?... Bueno.
Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y
fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona
que tenía antes y continuó tomando el te.
--Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó
Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_
que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de
billetes del Banco.
--¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió
flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son
estafadores?
--¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?
--¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen
cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso,
tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación
esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de
ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son
novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero
que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar
de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha
producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así.
Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta
sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.
--¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy
natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene
usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que
ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
claramente.
Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.
--¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted
ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al
jefe de la Cancillería.
--No tenga usted cuidado, se le descubrirá.
--¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y
el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o
no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana;
luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
escaparía a las investigaciones de ustedes.
--El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió
Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad
y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la
taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
Usted, es claro, no iría a la taberna.
Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.
--¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con
tono malhumorado.
--Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.
--¿Tiene usted mucho empeño?
--Sí.
--Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff,
bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de
temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y
después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un
paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de
una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido,
y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría
allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.
--Usted está loco--respondió Zametoff.
Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y
se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban.
Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del
funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía,
pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa
confesión.
--¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.
Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la
servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
--Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.
Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
--Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
--No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha
asustado para sugerirme esa idea.
--¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar
el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_
me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo
levantándose y tomando la gorra.
--Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del
parroquiano.
--Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero
tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los
ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este
dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un
acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba
su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas;
pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado
en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo.
Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
sobre «cierto punto»; estaba despistado.
--Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.
Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente
a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que
chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos
llamaradas verdaderas de cólera.
--¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se
ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá!
¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea
usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad.
Confiesa...
--Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero
estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.
--¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la
cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al
_Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida.
--Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a
su amigo por el brazo, le dijo:
--¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes
lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
--Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas
que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí
enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido
feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me
martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en
una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no
martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su
amigo.
--Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido
toda vehemencia.
Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
gritó Razumikin:
--¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan
llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los
reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil
incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil,
vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones
lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres
un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá
Zosimoff... ¿vendrás?
--No.
--Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes
tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil
veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he
tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres.
Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
--No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.
--Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le
gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
--Sí.
--¿Te ha visto?
--Sí.
--¿Te ha hablado?
--Sí.
--¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.
Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle
seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero
en medio de la escalera se detuvo.
--¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez
y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre?
Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó
el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr
en busca de Raskolnikoff.
Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al
_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.
Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de
él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y
la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.
--Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la
oficina de policía.
Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía
angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que
experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».
--Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando
lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea
esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!;
quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más
vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que
esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...
Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos
del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin
rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza
y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado
por allí desde el día del crimen.
Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso
a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con
curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un
vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el
joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la
habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un
momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto
aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos
escalones y entró.
Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande
a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él;
quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran
sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la
ventana y se sentó en el poyo.
No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era
bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería
amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff,
el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en
extremo tales variaciones.
Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del
visitante, continuaron su conversación.
Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante
el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció
muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar
aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad,
Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.
El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente,
dirigiéndose a él, le dijo:
--¿Qué hace usted ahí?
En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se
puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la
vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
--¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose
con él.
Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
--Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.
--No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber
subido acompañado del _dvornik_.
--Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No
hay sangre?
--¿Cómo sangre?
--Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar
de sangre.
--¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.
--¿Yo?
--Sí.
--¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
Los dos papelistas le miraron estupefactos.
--Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
más edad a su compañero.
--Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y
saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente
la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle
donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
individuos.
Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
--¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.
--¿Has estado en la oficina de policía?
--De allí vengo.
--¿Están allí todavía?
--Sí.
--¿El ayudante del comisario también está?
--Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?
Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.
--Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.
--¿Qué cuarto?
--En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha
dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de
policía», añadió después; «allí lo diré todo».
El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.
--¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.
--Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento
número 14. Pregunta al portero; me conoce.
Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
interlocutor.
--¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?
--He venido a ver la casa.
--¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?
--¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de
repente el burgués.
Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.
--Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.
--Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor
seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en
la conciencia.
--¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.
--¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba
a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?
--¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.
--¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
--Es un granuja--dijo una campesina.
--¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un
_mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves
pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en
seguida!
Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a
todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
--¡Vaya un tipo!--observó un obrero.
--Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.
--Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera
sido conveniente llevarle a la comisaría.
--¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una
encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
un consejo de alguien.
Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que
partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
suelo brillaba una débil luz.
--¿Qué pasa ahí?
Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud.
Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y
decía para sus adentros:
--De un momento a otro acabará todo esto.