Ludjin le miró sorprendido

--No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.

Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:

--Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi

partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a

fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de

todo. Pero ahora veo con asombro que...

--Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro

expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo

sé. No hablemos más de eso.

Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó

silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se

interrumpió momentáneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco

hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes

no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el

visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el

exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba

el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a

aquel personaje.

Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch

se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo

para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su

prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la

satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también

esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente

vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un

punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba

un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el

elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con

sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose

con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores

claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón

de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón.

La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata

de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,

presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de

lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas

patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla

cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado

rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan

ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella

fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático,

era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor

Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza

en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin

había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo

extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la

conversación.

--Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido

que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted,

estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en

el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que

usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es

decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación.

Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el

joven guardaba silencio continuó diciendo:

--De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he

buscado hospedaje...

--¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.

--Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...

--Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos

pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.

--En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un

agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido

allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la

habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!

¡Las habitaciones esas cuestan baratas!

--Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que

acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De

todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y

como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro

alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando.

Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la

señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés

Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de

Bakalieff.

--Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le

hubiese recordado alguna cosa.

--Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un

ministerio. ¿Usted le conoce?

--Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.

--Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era

desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy

agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los

jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes

con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.

--¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.

--Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de

vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le

hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde

hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas

estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo

todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las

nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy

contentísimo.

--¿De qué?

--La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo

haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una

actividad más razonada.

--Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.

--¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con

una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a

Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y

en el económico.

--¡Lugares comunes!

--No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a

tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se

apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y

daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos.

Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez,

no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a

mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal.

Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente

sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política

que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros

términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente

está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente

para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último

extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y

no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,

sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;

desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para

triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me

parece a mí, mucho ingenio para comprender...

--¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió

Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta

conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con

toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza

hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado

a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la

censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le

alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han

caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio

medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea,

basta!

--¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo

también...?

--¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo

Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la

conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del

estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.

--Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--,

espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga

usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las

circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se

levantó.

--De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó

Zosimoff.

--Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,

pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.

--¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.

--Sí, ¿y qué?

--Nada.

--¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.

--Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros

muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han

presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.

--El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué

decisión, que audacia!

--No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te

engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil

ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha

cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado

nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el

contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad

solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni

ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a

dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena

con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus

trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una

cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los

billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es

principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le

han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.

Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso

pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y

la vanidad le privó de tacto.

--¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en

la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó

dirigiéndose a Zosimoff.

--Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?

--¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.

--¿Conoce usted los pormenores?

--No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter

general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase

baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no

interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en

las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo

paralela.

--Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.

Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.

--¿Cómo de nuestra teoría?

--Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según

usted, es lícito matar al prójimo.

--¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.

--No, no es eso--observó Zosimoff.

Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto

estremecimiento agitaba su labio superior.

--Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro

Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación

al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

--¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es

verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición

de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque

es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los

beneficios de que se ha colmado?

--¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero!

¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que

los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han

sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y

sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su

madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas

cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a

mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el

sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En

fin...

--¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando

lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?

--¿Qué?

Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.

Hubo algunos momentos de silencio.

--Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi

madre, le tiro de cabeza por la ventana.

--¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.

--¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!

Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque

hacía esfuerzos inauditos para contenerse.

--Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como

usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su

enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía.

Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...

¡jamás! ¡jamás!

--¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.

--¡Tanto peor!

--¡Váyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se

apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que

durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al

enfermo.

--¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

--¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me

dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a

nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!

--Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.

--Pero, ¿le vamos a dejar así?

--¡Vámonos!--insistió el médico.

Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que

ya había salido.

--Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo

Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.

--¿Qué le pasa?

--Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho

provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me

inquieta.

--El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la

conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a

casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una

carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.

--El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha

podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa

hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se

habla de ese asesinato!

--Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención,

se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le

asustaron en la oficina de policía y se desmayó.

--Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te

diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré

a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...

--Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y

haré que le cuide Anastasia.

Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y

disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.

--¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.

--Más tarde; quiero dormir. Déjame.

El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la

criada salió del aposento.

El crimen y el castigo · 第 15 / 41 题