IV

El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso,

de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía

el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.

Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso

anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que

no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y

pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables,

y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían

algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire

de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía

en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban

insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.

He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los

sentidos.

--Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a

Raskolnikoff, mirándole atentamente.

Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del

enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.

--¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le

hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.

--Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario

contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de

cabeza, ¿no es verdad?

--Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.

Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá

y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre

la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba

atentamente.

--¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has

tomado algo?

Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía

dársele.

--Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos

los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque

esta advertencia es ociosa.

Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:

--Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera

podido... de todos modos está bien.

--Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--,

iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.

--Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin,

mañana veremos.

--Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que

está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros,

aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó

Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.

--Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?

--¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión

de amigos.

--¿Y quiénes son tus huéspedes?

--Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué

negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada

cinco años.

--¿En qué se ocupa?

--En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una

pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él,

aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de

instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.

--¿Es también pariente tuyo?

--Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un

día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?

--¡Oh! ¡Me río de él!

--Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un

profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.

--Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un

movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.

--Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay

algo común; traemos cierto negocio entre manos.

--Me gustaría saber qué negocio es ése.

--A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en

libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;

nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.

--¿A qué pintor te refieres?

--¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que

el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre

prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.

--Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos

asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto

punto... He leído algo en los periódicos.

--También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a

Raskolnikoff.

--¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.

--Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la

patrona. Por cierto que te hizo una camisa.

Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con

gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado

el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los

miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija

en la florecilla de papel.

--¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff

interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó

silencio.

--Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente

lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como

la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco

interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver

una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente

esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de

ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de

tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba

hablando de él.

El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.

--Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le

dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.

--Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las

garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre

la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;

cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto

que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es

que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a

Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La

puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el

portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.

¡Vaya una lógica que me gastan!

--No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que

detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en

relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados

después del vencimiento?

--Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal

rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra

los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es

ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.

Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos.

«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de

interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un

sumario.

--¿Sabes tú interpretar los hechos?

--Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la

íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la

verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?

--Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has

contado el suceso.

--Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la

mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff,

a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por

ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,

campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó

a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y

con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de

las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,

parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase

dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta:

«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le

pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,

un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo

tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé

que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al

hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente;

conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una

alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la

policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a

Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que

se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del

distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.

Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después

de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su

rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No

vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado

a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros

las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de

los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre

alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas

haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba

allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,

Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos

después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver,

y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la

habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan

los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo

sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero

recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa

preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es

decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai

entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo

borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre

se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había

en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin

contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a

Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he

ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?»

«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los

pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera»,

dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa

misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que

trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él

me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más

blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de

detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo

tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la

puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,

mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece

por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es

el culpable.

--¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.

--Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a

buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo

varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado

capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***,

en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su

cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14]

de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar

las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre

haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a

su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila

de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la

mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme,

dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su

demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo

a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido

interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años,

etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron

ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta:

«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?»

«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían

asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente

sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la

dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En

la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?»

«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.»

«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De

que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la

justicia no siendo culpable de nada?»

[14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.

»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión

se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de

cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.

¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?

--Pero, en fin, ¿hay pruebas?

--No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai

y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza

humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron

a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde

encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.

«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo

estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos,

cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr,

después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los

escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en

que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón

al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también,

no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le

hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se

hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin,

un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka

y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e

impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba

puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos

golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en

broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se

escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví

solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio.

Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que

volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta

en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos

pendientes...»

--¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la

puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo

esfuerzos para incorporarse en el sofá.

--Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de

su asiento.

--No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer

de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.

Reinó un silencio de algunos minutos.

--Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la

mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

--Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?

--Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus

útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la

taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un

rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en

seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su

lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias

del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido

durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué

querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De

que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que

sacan en conclusión de todo ello?

--¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero

no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a

ese pintor decorador?

--Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del

crimen.

--Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El

mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen,

los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima,

estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso

averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez

instructor no puede por menos que aclarar.

--¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo

llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico

has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza

humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de

ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las

declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son

verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él

dice: tropezó con el estuche y lo recogió.

--¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su

primera declaración.

--Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch.

Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se

hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel

mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con

una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran

unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le

tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su

compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban

tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y

ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos),

gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle

como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen

dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes

aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos

obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende

tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos

asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad

entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo

en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez

segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía

calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en

que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde

se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,

y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen

la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que

declaran unánimemente!

--Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...

--No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes

encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen,

constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,

explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,

sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos

justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión.

Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados

son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una

pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos

materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha

encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en

que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión

capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?

--Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había

olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya

sido robado de casa de la vieja?

--Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha

reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado.

Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el

estuche le pertenecía.

--Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch

y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede

probarse la coartada?

--El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado

Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron

a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no

significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y

que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin

fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no

obreros.»

--De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y

puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo

de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el

hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el

hallazgo de los pendientes?

--¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara

como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El

mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable

dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff

empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo.

Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió

del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio

de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de

Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo

piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.

El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y

los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los

pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera

en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la

calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en

la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó

en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa?

El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la

puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en

que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en

el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el

misterio.

--¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu

imaginación.

--Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué

dices que es ingenioso mi relato?

--Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las

circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni

menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de

repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno

de los tres conocía.

V

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de

fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo

miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que

era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he

venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que

se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su

mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre

Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba

tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso

a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando

su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos

de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía

mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un

silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que

su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y

cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.

--¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido

estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.

El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,

a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a

contestar.

--Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne,

que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y

volvióse vivamente hacia Zosimoff.

--El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando

al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco

un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los

ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada

después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su

rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento.

Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación

quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,

la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero,

sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.

Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff»,

nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz

débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:

--Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?

El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con

tono digno:

--Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no

le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con

mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro

Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.

--¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó

Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada,

se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin

estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada

vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.

--Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace

ocho días o acaso quince...

--Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió

bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted.

Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es

demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor.

Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y

sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el

visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo

hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a

Razumikin.

--Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz

fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante

tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta

ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero

de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero

suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no

estuviéramos aquí.

--Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al

enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

--No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el

médico y volvió a bostezar.

--¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,

desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan

honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos

molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por

su calidad de estudiante.

--Su madre de usted...

--¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.

El crimen y el castigo · 第 14 / 41 题