Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo
privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril
semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas:
ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo
disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación;
todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando
la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían
y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de
la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre
que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía
dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto
de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía
un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su
enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero _aquello_, _aquello_
lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía
furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis
le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por
completo el uso de sus sentidos.
Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba
en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia
se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a
quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un
_artelchtchit_[13].
[13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.
Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó
un poco.
--¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven.
--¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada.
--¡Ha vuelto en sí!--repitió el _artelchtchit_.
Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A
causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
además, excesivamente pudorosa.
--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al
_artelchtchit_.
En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que
penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta
estatura.
--¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la
cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo
mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!
--Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente,
sonriéndose.
--¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo
mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!
--Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para
cierto asunto...
--Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra
al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días
hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a
Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste
gravedad ninguna.
--¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero
abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al
empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el
señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?
--El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la
casa.
--Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?
--Sí. Es un hombre de más capacidad.
--¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
--Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía
a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta
y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
envío de esa cantidad.
--Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
memoria.
--¿Quiere usted firmarme el recibo?
--Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin.
--Sí, aquí está.
--Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el
dinero es la miel de la humanidad.
--Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
pluma.
--¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?
--No firmo.
--¡Pero si tienes que dar un recibo!
--No tengo necesidad de dinero.
--¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío,
faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto
es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto...
Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará.
Vamos, ayúdeme usted.
--No; puedo volver otra vez.
--De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre
razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este
señor... ya ves que te espera.
Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.
--Deja; lo haré yo solo--dijo éste.
Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y
se marchó.
--¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?
--Sí--respondió Raskolnikoff.
--¿Hay sopa?
--Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la
habitación durante toda esta escena.
--¿Sopa de arroz con patatas?
--Sí.
--Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.
--Bueno.
Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido.
Resolvió callarse y esperar.
--Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.
Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que
serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el
servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía
largo tiempo; hasta el mantel era limpio.
--Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en
enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni
gota.
--De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo.
El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención.
Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso
sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces
para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando
que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.
En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.
--¿Quieres te?
--Sí.
--Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está
la cerveza.
Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se
puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.
--Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la
boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para
qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
Anastasia, ¿quieres cerveza?
--¿Te burlas de mí?
--¿Pero un poco de te sí tomarás?
--Eso sí.
--Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó
su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que
cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas
para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin
decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en
el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi
instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular
cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en
acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después
de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con
un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer
sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff
tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de
preocuparle.
--Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para
preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
--¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo
el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través
del azúcar».
--Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha
pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví
encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día
me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían
olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había
sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de
que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé
sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los
nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de
Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación
de tu domicilio. Estás inscrito allí.
--¿Que estoy inscrito?
--¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general
Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de
todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo
dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con
Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin,
con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a
Anastasia.
--Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa
maliciosa.
--Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te
entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con
Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día
de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres?
¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el
proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy
al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece
que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?
--Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.
No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.
--¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy
inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que
treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes
imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones
ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para
que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con
ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y,
naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en
eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que
tu madre pagaría...
--He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la
miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.
--Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de
Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada
contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre
de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El
firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su
madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco
rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante
apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por
su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por
qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías
inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver
en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado
y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese
Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de
negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.
--¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff,
después de una pausa.
--Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
todo cuando he venido con Zametoff.
--¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...
Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó
los ojos en Razumikin.
--¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera
sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío;
maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos
todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él
a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...
--¿He disparatado mucho durante mi delirio?
--Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.
--¿Qué es lo que decía?
--¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está
en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para
ocuparnos en nuestros asuntos.
Y así diciendo se levantó tomando su gorra.
--¿Qué es lo que decía?
--¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto?
tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
cuestión, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de
cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... ¡qué sé
yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir
en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos
los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en
tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro
horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la
colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas!
Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no
entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso
entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once
dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le
falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.
--¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la
sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el
cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la
puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió
muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la
patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el
estudiante.
Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia
febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en
aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una
cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados,
pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté
restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían
todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer
ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
un minuto.»
Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad.
Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De
repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la
tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió
la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó
antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó
entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota
estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido
tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
no había podido notar nada.
--¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se
me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy
confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces
también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué
ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba
Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy
delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora
recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio
que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas.
Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi
gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias
a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir.
Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de
Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar
conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré
de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más
necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más
que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...?
También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso
y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el
estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las
sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina
dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los
párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien
con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se
quedó profundamente dormido.
Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de
abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y
permanecía de pie en el umbral.
Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de
un hombre que trata de recordar algo.
--Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el
paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
mis cuentas.
--¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
mirada inquieta.
--¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando
te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
--¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
--¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio
urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme
en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un
tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el
paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
--Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás
aquí, Razumikin?
--Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
despertases.
--No hablo de ahora sino de antes.
--¿Cómo de antes?
--¿Desde cuándo vienes a esta casa?
--Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en
vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
--¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la
otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien.
Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido
amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me
interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por
arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?
--No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo
con un gesto de impaciencia.
--Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después
sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la
noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de
haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la
medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
--¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.
--¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas
no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque
está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy
orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza
de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía
muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que
el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son
mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más
flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no
comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás
éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido
tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero
desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las
vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin
duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
balde.
--Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.
--¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó
Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de
moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según
mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva
mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos
quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
porque tu enfermedad está en tu camisa...
--Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro
había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
--Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles?
Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la
resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
dos minutos.
--¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha
comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.
--¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
--Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado
pensativo y sombrío.
Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la
puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera
de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
--¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.