--¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los
encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie
ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he
podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las
alhajas, que en junto eran ocho.
Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había
además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de
periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser
una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos
procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió,
dejando la puerta abierta de par en par.
Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le
faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media
hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por
consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al
canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había
decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal
Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un
barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra
parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir
sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches
sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía
que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se
ocupaba en él.
Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos
aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración
importante, estaría más lejos de su barrio.
--¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde
hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas
objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido
media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi
resolución en un momento de delirio.
Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era
preciso apresurarse.
Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
andando, se le ocurrió otra idea.
--¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No
sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al
pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder
reconocerlo más tarde.
Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una
determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió
llevarla a cabo.
Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la
entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo
que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y
después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún
otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan.
Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que
lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que
lo menos pesaría sesenta libras.
Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de
los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por
consiguiente, le convenía apresurarse.
Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y,
reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado
por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que
llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin
embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó
la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco
removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y
nada podía notarse.
Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de
policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi
imposible de soportar.
--Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría
ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda,
ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la
quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar
que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza
riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la
avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera
vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
--¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea
la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas
tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia
Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis
simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión
hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
--Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido
derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un
acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No
querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
se detuvo cerca del puente.
--¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro
día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No
importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del
golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él
mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía
cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin
estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo
estupor.
--¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza,
e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal
vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos
de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que
el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
--¿Sabes que estás enfermo de verdad?
Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
--Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
--¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando
atentamente a su amigo.
--No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.
Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a
encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con
quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado
el umbral de Razumikin.
--¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
--¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
--Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había
tomado.
--Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi
una ofensa y no te dejaré marchar.
--Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más
que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que
me dejen en paz es lo que deseo!
--¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te
pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una
lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes.
Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir
que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi
editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y
media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia
que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si
la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la
demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que
ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un
éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que
hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te
ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas
terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que
a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me
hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres
rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de
asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa
las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar
los labios.
--¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia
estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios
has venido?
--No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya
a bajar la escalera.
--Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el
rellano de su puerta.
El otro, callado, siguió bajando.
--Dime siquiera dónde vives.
Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
--¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
Raskolnikoff estaba ya en la calle.
El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó
en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó
dormido...
Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible.
¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran
gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como
nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía
por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con
extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.
La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible
comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más!
La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de
reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.
--¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da
puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro,
no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo
indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué?
El mundo está revuelto.
De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y
exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se
cerraban con estrépito.
--Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que
la locura tomaba posesión de su cerebro.
Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...
--Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
lo de ayer... ¡Oh Señor!
Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la
puerta; el terror le helaba el alma...
Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona
gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
Finalmente, se calló también y no se oyó más.
--¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero
la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos
dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha
venido aquí ese hombre?
Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo
dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como
nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia.
Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró
atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa
y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.
--Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
Dios a pesar de la fiebre...
--Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?
La criada le miró fijamente.
--¿Que han pegado a la patrona?
--Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha
maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?
Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante
largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó
turbado.
--Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente.
--Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
--¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más
pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
--Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.
El joven la miró, respirando apenas.
--Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso
con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha
venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos
a la escalera...
--Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le
miraba con ojos furiosos.
--Dame agua.
La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro
lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de
agua fría desmayándose en seguida.