SEGUNDA PARTE

I

Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su

somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se

le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer.

Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie

de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y

desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba

todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de

las tabernas.

Aquel ruido le despertó.

--¡Ah, son borrachos!--pensó--. Las dos--y sintió un brusco sobresalto,

como si le hubiesen levantado con violencia del sofá--. ¡Cómo! ¡Las dos

ya!--Se sentó en el diván y lo recordó todo.

En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que

procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el

sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes.

Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó

una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes,

al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con

el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin

desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por

el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería

borracho; pero...»

Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de

pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se

podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando,

se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso

de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió

nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del

pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo,

y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se

acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la

vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en

ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes

cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»

En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido

sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse

de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto.

En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y

allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.

--Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose;

y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba

desgarrada, bostezaba más aún.

De pronto, el terror agitó sus miembros.

--¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa?

¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?

A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su

intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad

de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.

--¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el

modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.

Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte

temblor.

Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se

encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un

sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.

Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento

fué examinar de nuevo sus vestidos.

--¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo

corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en

ello! ¡Semejante pieza de convicción!

Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió

con la ropa que tenía debajo de la almohada.

--Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar

sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la

sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en

derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.

Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón,

hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.

--¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.

Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en

medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.

--¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado.

Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo

ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se

había enterado de las manchas.

De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.

Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda

cuando la guardé.

En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en

el forro.

--La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de

reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso,

lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de

fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.

Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del

pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta

de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios

reveladores. Se descalzó.

--¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de

sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero

qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos

trapajos y del forro del bolsillo?

Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos

que le denunciaban y le comprometían.

--Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán

primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo

ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor

será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en

seguida, sin pérdida de tiempo.

Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las

manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió

en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo

presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en

cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse

y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos

dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien

llamaba.

--¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida

durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te

digo; son ya las diez dadas!

--Puede que no esté--dijo una voz de hombre.

--Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se

sentó en el sofá.

Le latía el corazón hasta hacerle daño.

--¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--.

Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve.

Abre, despiértate...

--¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha

descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!

Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La

habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin

levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral.

La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven

miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó

un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.

--Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_.

--¿De qué comisaría?

--¡De cuál ha de ser! De la de policía.

--¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?

--¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en

boca.

El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor

suyo y se dispuso a retirarse.

--Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de

Raskolnikoff.

El _dvornik_ volvió la cabeza.

--Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada.

El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.

--Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver

que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa

urgente. ¿Qué tienes en las manos?

El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y

el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde,

tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto,

en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho

quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.

--¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un

tesoro!...

Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que

le era habitual.

Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en

las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se

encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a

un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»

--¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...

--No, voy allá, voy en seguida--balbuceó.

--¿Pero podrás bajar la escalera?

--Quiero ir.

--Allá tú.

Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida

a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy

visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no

sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio

donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»

Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero

tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era

una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía

del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las

nueve y media de aquel mismo día.

--¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y

hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor,

haced que esto acabe lo más pronto posible!

En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no

de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.

--Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor,

me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al

polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.

Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y

disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner

riéndose otra vez.

--Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber

son conjeturas, suposiciones y nada más.

Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.

--¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.

Al abatimiento siga la hilaridad.

--No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan...

¡Esto es miedo!

Le dolía la cabeza a causa del calor.

--Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia

para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus

baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la

escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna

tontería.

Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera

estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.

--Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.

Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con

tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.

--¡Con tal de que se acabe pronto!

Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera,

dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto

volvió la vista.

--Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.

Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto

piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes

de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven

había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin

importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar

en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una

escalera situada a la derecha.

--Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se

encuentra la oficina.

Subió al azar; no quería preguntar a nadie.

--Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras

subía al cuarto piso.

La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua

sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la

escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual

hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con

sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos

de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La

puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.

Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos

_mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además,

el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza

que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el

departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas

y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué

atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban

varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos

tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.

--¿Qué se le ofrece?

El joven mostró la citación enviada por la comisaría.

--¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber

ojeado el papel.

--Sí, antiguo estudiante.

El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un

hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.

--De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff.

--Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente

señalando con la mano la última dependencia.

Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y

estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que

acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto,

denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía

lo que este funcionario le dictaba.

La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un

tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones

extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud

expectante.

Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó

sobre él una rápida ojeada y dijo:

--Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.

El joven respiró con más libertad.

--Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba

valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.

--La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme...

es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón

vacila...

Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara

la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar

algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda

su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía

esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven

de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad;

vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo

partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy

cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena

de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en

francés y se quedó tan satisfecho.

--Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que

permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al

lado.

--_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un

ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.

Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,

guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho;

pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar

tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada;

sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la

señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un

oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra

galoneada y se sentó en una butaca.

Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e

inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor

caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.

Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos

bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero

no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff

de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el

aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su

traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la

mirada del oficial, que éste se ofendió.

--¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante

desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.

--Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.

--Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se

apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus

papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff

señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.

--¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo

tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir

aquí?

Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...

--¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó

el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las

nueve y son más de las once.

--Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente

Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se

abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,

aquí me tienen ustedes.

--¡No grite usted!

--No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy

estudiante y no permito que se me hable de este modo.

Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer

momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar

de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su

asiento y dijo:

--¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted

insolente!

--También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no

contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta

usted a todos al respeto.

Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.

El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El

fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.

--Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a

fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide.

Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque

no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!

Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel,

impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos

veces, sin comprender nada.

--¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.

--Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene

usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué

fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa

usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted

posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es

libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las

leyes.

--¡Si no debo nada a nadie!

--Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,

protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a

la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda

Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a

usted para tomarle declaración.

--Pero desde el momento que se trata de mi patrona...

--¿Qué importa que sea la patrona de usted?

El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente

piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender

a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.

¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La

reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena

de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas?

Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo

ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la

satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel

momento todo su ser.

En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y

cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta,

inmediata, puramente instintiva.

De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría.

El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su

prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así

es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde

la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida

sonrisa.

--Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había

retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?

¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!

¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya

diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me

agota la paciencia!

El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y

miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca

consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba,

y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que

tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.

--Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero

comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería

inoportuna, se detuvo.

Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada

podía contenerlo.

En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre

su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña,

a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una

expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en

las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas

reverencias y esperaba que se la dejase hablar.

--En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor

capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se

expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no

hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres

botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,

como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la

mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que

no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer

caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el

_dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,

y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera

en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se

acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.

¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la

ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por

detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le

desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del

daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos,

señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha

armado todo el escándalo.

--¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...

--¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la

Cancillería.

El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente

la cabeza.

--Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra,

respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro

escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice

en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no

olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!

Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro;

pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo

reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro

fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien

cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa

Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho

dando saltitos.

--¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba,

el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a

su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te

has disparado. Te he oído desde la escalera.

--¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente

Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese

caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga

sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es

citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro

en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería

respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está.

¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?

--Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos

perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le

habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha

podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero

se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo

aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en

cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento

le llamábamos «el oficial pólvora...»

--¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las

delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.

Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.

--Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo,

dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy

pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he

cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por

la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de

medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi

hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi

patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy

lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La

verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de

cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.

--Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la

Cancillería.

--Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó

Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su

interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch,

aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera

absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en

casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por

qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi

promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no

estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me

abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.

--No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no

tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch;

pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo

hablar.

--Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las

cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a

ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus;

yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona

se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía

confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un

pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe

de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento,

continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que

jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese

documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo

un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!

¿Qué les parece a ustedes?

--Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con

insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración

y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus

amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver

con ellos.

--¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado

delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía

avergonzado.

--Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.

--¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.

--Lo que yo le dicte.

Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de

la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se

sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se

había apoderado en su espíritu instantáneamente.

Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un

minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios

de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el

contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese

ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado

probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se

había vaciado su corazón.

Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no

era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus

expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había

producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia

bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los

pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo

hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.

Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.

Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes

hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía

que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana,

que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento

antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no

sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes

más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.

El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la

declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi

deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que

poseo, etc.»

--No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la

Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted

enfermo?

--Sí; se me va la cabeza. Siga usted.

--Ya está todo; firme usted.

El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.

Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en

la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un

clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que

había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim

Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle

en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de

la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que

hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.

--¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale

dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta

carga.

Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim

Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación

animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.

--¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen

cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para

denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No,

eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una

vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera

en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban

tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse

le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera

hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble

asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del

platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena

Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las

habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...

--Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.

Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos

después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.

--Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en

el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el

cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la

simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó

ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de

narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme

allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!»

Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je!

--¿Y nadie vió al asesino?

--¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el

jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.

--La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.

--Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.

Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar

a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en

una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le

ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim

Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff

se levantó.

--¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario

de policía.

--Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la

pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de

su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.

--¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia

Petrovitch.

--Desde ayer--balbució el joven.

--¿Ayer salió usted de casa?

--Sí.

--¿A qué hora?

--Entre siete y ocho de la tarde.

--¿Y a dónde fué usted?

--A la calle.

Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió

nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos

ante la mirada del oficial.

--Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.

--No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.

El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos

al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en

él y guardó silencio.

--Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.

Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando

ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía

con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se

elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...

En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.

--Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida

de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los

bribones! ¡Sospechan!

Volvió a asaltarle el terror.

El crimen y el castigo · 第 11 / 41 题