Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado
que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal
humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con
el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan
bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el
techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas
más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en
la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de
lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y
sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual
ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá
había una mesita.
La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el
ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo
y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le
molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así
éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el
cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez
cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
joven despertó.
--Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te,
¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia,
le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
--¿Me lo envía la patrona?
--No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la
mesa dos terroncitos de azúcar morena.
--Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el
favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería
y tráete un poco de embutido barato.
--En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no
sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy
rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy
bueno.
Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo
que era, como una campesina.
--Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
El rostro del joven se alteró.
--¡A la policía! ¿Por qué?
--Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
--¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No
podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en
alta voz--. Iré a verla y le hablaré.
--Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente,
¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes
nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué
ahora no haces nada?
--Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
--¿Qué es lo que haces?
--Cierto trabajo...
--¿Qué trabajo?
--Medito--respondió seriamente después de una pausa.
Anastasia se echó a reír.
Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa
que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
--¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo
hablar.
--No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
Además, desprecio ese dinero.
--Quizás algún día te pese.
--Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos
cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien
a sí mismo que a su interlocutora.
--¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante
algunos momentos.
--Sí, una fortuna--dijo luego con energía.
--¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
--Como quieras.
--¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
--¡Una carta para mí! ¿De quién?
--No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
hecho bien, ¿no es cierto?
--¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy
agitado--. ¡Señor!
Un minuto después la carta estaba en sus manos.
No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno
de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo
que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
violentamente el corazón en aquel momento.
--Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero,
¡por amor de Dios!, vete en seguida.
La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de
Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se
marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios
y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección
reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y
escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el
sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
por ambos lados.
«Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te
escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño.
Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes
cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el
mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías
ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año!
Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí
prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a
mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara
de lo que me había prestado.
»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero;
por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis
semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la
triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia
Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía
responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a
pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado
que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué
hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que
Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta
casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar
por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la
deuda.
[6] Diminutivo cariñoso de Dunia.
»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había
pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote
que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por
Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también
para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón
que tiene.
»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse
grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos
pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente,
puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate
tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas
promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia
e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar
inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de
este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
la discordia en la familia.
»El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió
inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que
aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha.
Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff
no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y,
finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin
dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
»Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después
de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo.
Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la
carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía
a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima
e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido.
Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón
angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes
largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras,
murmuraba la gente con aire despreciativo.
[7] Carreta de aldeano.
[8] Campesino siervo.
»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando
a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y
durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco
charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló
la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de
abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose
en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
»La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la
joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita
que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de
perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
»Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra
casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en
todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka
y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose
con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta
autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella
muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
»Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber
tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto
no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no
podías juzgar con conocimiento de causa.
»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de
Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros
en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le
recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día
nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana
y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy
atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera
que no puede perder tiempo.
»Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos
un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos
estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en
buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable
fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto
es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas
apariencias pueden ser engañosas.
»Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada
ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre,
si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo
esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer
a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole
con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
rectifican difícilmente.
»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias
palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más
porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
»Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque
de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece
bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven
valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy
apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará
como un deber el corresponderle.
»Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por
ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido
su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote,
y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe
sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido
un bienhechor.
»No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el
sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación;
evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha
tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero
ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina
es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación,
Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se
levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente
plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana
que había tomado su resolución.
»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente
a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su
viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que
se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está
en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás,
bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se
realizase!
»Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor
especial de la divina Providencia.
»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación
a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin
duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal
de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no
ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección
de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más,
cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
»A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía
con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo,
su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
»Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá
no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo
seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a
que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
»Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te
advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos,
y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está
decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo
sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días.
Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones
cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A
ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más
tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría
te estrecharé entre mis brazos!
»Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte;
y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que
por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un
ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella,
demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la
pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe
cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas
de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable,
y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
»Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría
de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar
nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
esa capital sin ningún kopek.
»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy
caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y
hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son
30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima
entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia,
a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que
a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú
lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
»Tuya hasta la muerte.
Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su
rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo.
Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último,
se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un
armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de
Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el
que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun
_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
lo creían borracho.