II

Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos

dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus

semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres.

Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución

y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado

durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra,

tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba

encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano.

Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de

las mesas con verdadero placer.

El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y

entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas

de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un

_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa

y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador

se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los

parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos

de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba

olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan

cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella

sala cinco minutos sin emborracharse.

Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan

por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos.

Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía

el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta

primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba

los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco

de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A

los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire

impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por

debajo de él en condición social y en educación para que se dignase

dirigirles la palabra.

Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de

mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte

calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo,

amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los

gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que

más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la

inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de

locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,

y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente

con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de _nanquin_,

dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia

de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado

en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un

pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática;

pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos,

y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin

temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las

dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a

Raskolnikoff.

--¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted?

Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi

experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un

asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a

la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón.

Pertenezco al _Tchin_[4]. Permítame usted que me presente: Simón

Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si

ha pertenecido usted a la administración?

[4] Así llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una

manera u otra a la administración pública y constituyen como

una casta especial.

--No, yo soy estudiante--respondió el joven sorprendido de aquel cortés

lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía

la palabra a quema ropa.

Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel

momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando

un extraño trataba de ponerse en relaciones con él.

--¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso

vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo

olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!

Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que

tenía de su capacidad cerebral.

--Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?

Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de

estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle

arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido

suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los

labios ni para decir esta boca es mía.

--Señor--declaró con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio,

seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud.

Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En

la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la

indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos

de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y

hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es

lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó

a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto

más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta,

¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en

los barcos de heno?

--No, jamás--contestó Raskolnikoff--; ¿por qué me lo pregunta usted?

--Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.

Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje

y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las

apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni

lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto,

estaban también extremadamente sucias.

La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante

despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero

había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original.

Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente

Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según

todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar

en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance.

Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos,

principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas

poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de

orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.

--¡Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. ¿Por qué no

trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?

--¿Por qué no trabajo, señor?--siguió diciendo Marmeladoff, encarándose

exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la

pregunta--. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me

disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con

sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal

escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha

ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin

esperanza?

--Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza?

--Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a

usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre,

tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque,

dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no

ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de

las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra

época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina

reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo,

repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro

de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a...

--¿Para qué ir en ese caso?--interrumpió Raskolnikoff.

--Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida

y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana,

a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir

en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene

cartilla)--añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de

inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se

apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del

mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían--. ¡Poco me importa!

No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son

conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es

con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea!

_¡Ecce Homo!_ Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o,

mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar

que no soy un cerdo.

El joven no respondió.

El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas

por sus últimas palabras. Después añadió:

--Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso

el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una

persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un

bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos

elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de

mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar

piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza

de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender

que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés

hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos,

joven)--insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas--.

Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no;

dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido

lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero

tal es mi carácter; soy un verdadero bruto...

--Lo creo--dijo bostezando el tabernero.

Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.

--Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor,

que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto

se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias,

las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta

de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía

antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía.

Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un

catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina

Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa,

porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,

tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me

preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento.

Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo

porque quiero sufrir doblemente!

E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.

--Joven--continuó en seguida incorporándose--, me parece leer en su

semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido

advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le

cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos

ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque

busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que

mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia,

y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del

gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba

por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la

hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo

conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama

de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta

ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo

en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos

días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un

alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan

negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así

es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para

vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima,

mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su

dignidad que el dolor de los golpes recibidos.

»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había

estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con

quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido;

pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y

murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta

que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el

difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona,

comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo;

más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.

»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos

pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su

miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con

fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por

otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad

de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo

también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí

mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.

»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo,

en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en

que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y

retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.

»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras:

«No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!

»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin

probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía

delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A

poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas

determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando

me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia

Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué

vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera

aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que

yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra

la ha hecho sufrir.

»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer

irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí,

¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no

ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle

Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte

en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen

manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en

Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó

algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la _Fisiología

de Ludwig_. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy

interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se

limita toda su cultura.

»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una

joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una

habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra

tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia

hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado

Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no

sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la

puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien

la medida del cuello.

»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se

pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus

mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad.

«Holgazana--decía a mi hija--, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer

nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que

la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no

habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento

acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia

respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una

carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué

me dice usted esas cosas?»

»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala

mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en

nombre del propietario de la casa. «Vaya--dijo irónicamente Catalina

Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no

la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada,

enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más

bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al

vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les

pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí

que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto.

»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna,

y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de

plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde

(un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza

y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo

temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo

estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también

silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.

»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y

rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los

brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba

lo mismo, sumido en la embriaguez.

Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la

copa, la vació y siguió, después de un corto silencio:

--Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia

desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas

(Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería

vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija

Sonia[5] Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió

obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en

este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había

favorecido las intrigas de Daría Frantzovna.

[5] Sonia es la fórmula familiar de Sofía, y Sonetchka

diminuto cariñoso del mismo nombre.

»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia

fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio

estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido

en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón--dijo--ha de habitar

en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó

partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad

mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con

lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo

y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta

su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen

en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada

de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas

muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse

mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia

Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a

un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del

altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el

fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch--me dijo--,

has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo

mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo:

«Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé

el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia

no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy

penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes.

¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un

destino!

De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento

invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la

puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un

chiquillo cantaba la _Petite Ferme_.

La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos

se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este

incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez

más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de

su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante.

Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras.

--Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna

y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me

encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que

abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde

aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños,

diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la

oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh?

No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin

de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a

cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy

buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué

íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en

la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente,

esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador...

Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó

su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff

no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía

cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,

sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con

la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar.

Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.

--¡Señor, señor!--dijo el funcionario disculpándose--, quizá halle

usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy

fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi

existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos,

porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día

maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar

nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer,

de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba!

Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó

la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco

hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como

un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que

quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo.

Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en

ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una

taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...

Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y

cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento

cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con

afectado cinismo y dijo riéndose:

--¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber!

¡Je, je, je!

--¡Y te lo ha dado!--gritó, riéndose, uno de los parroquianos que

formaba parte del grupo recién llegado a la taberna.

--Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff

dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fué a buscar

treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con

mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio,

una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener

los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los

condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks,

sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor?

Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites,

indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay

que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito

el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende

usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo,

su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks

para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha

de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted

compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no?

¡Je, je, je!

Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba

vacía.

--¿Por qué se ha de tener lástima de ti?--gritó el tabernero.

Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las

palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al

ver su catadura.

Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación

del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó

vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con

exaltación:

--¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es

verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en

la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo,

ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed

de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu

media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza

y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado.

Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo

comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá

el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado

por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos?

¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con

horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:

«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez...

ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...»

Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en

mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El

y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a

los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez

a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los

borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos

aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos!

¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!»

Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a

éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de

ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y

nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas...

y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el

mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu

reino.

Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si

desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de

las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas

de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un

momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las

risas, mezcladas con invectivas:

--¡Muy bien hablado!

--¡Gruñón!

--¡Charlatán!

--¡Burócrata!

--Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza

y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa

Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.

Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer

el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun

menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su

compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o

trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio,

parecía más inquieto y preocupado.

--No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora

miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los

cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No,

no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus

ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo

además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa

enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las

lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de

comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes

no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir,

esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí,

es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale

así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán,

hombre rico... ¡Acompáñeme!...

Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto

piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había

aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura

encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.

La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo

de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta

pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor

desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada,

extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el

más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había,

probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y

un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de

pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero

de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.

Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los

otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y

se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y

tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,

sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.

Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer

flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.

Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho

Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios

secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a

otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual;

los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.

Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica

producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina

Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho

más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres;

parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.

Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera

emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había

ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,

solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que

hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.

La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza

apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,

temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La

mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una

camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_

señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente

no le llegaba más que hasta las rodillas.

En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo,

largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le

hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,

obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella

carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se

arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer,

al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de

explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se

preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a

casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era

un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se

preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un

grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.

--¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--.

¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué

traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!

Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff

apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No

llevaba encima ni un solo kopek.

--¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es

posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el

cofre!...

Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y

lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de

Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de

rodillas tras de ella.

--¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose

a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza

la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el

suelo.

La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho,

de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar

este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia

su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor

temblaba como la hoja en el árbol.

--¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina

Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el

traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose

las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita!

¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la

taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has

estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con

él?... ¡Vete, vete!...

El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir

una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en

par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada

y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros

cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan

ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado

los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff,

arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.

Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente

se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,

abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a

su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que

dejar el cuarto al día siguiente.

Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes.

Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la

taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin

ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de

bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para

que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.

--¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,

pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía

recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta

reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó

diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia

cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.

La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre

el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo

pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han

encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto

no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio

lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y

se hace a todo!

Raskolnikoff se quedó pensativo.

--¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es

necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos

los prejuicios que le detienen!

El crimen y el castigo · 第 6 / 41 题