La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero
el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su
resolución.
«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al
diablo el señor Ludjin.
»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no
lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi
opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen
que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y
qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
que sólo puede casarse a toda prisa.»
»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme,
sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya
imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida
del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de
negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá,
de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe
de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!...
¡Admirable!...
»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las
«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el
personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor
Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía
esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la
noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas
una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría
más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un
poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero
ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_.
»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no
había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh
Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la
conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra
felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre
mía!...
Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces
hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
--Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es
preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero
el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre
de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un
gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este
rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia
que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no
es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de
tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el
traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted
ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que
usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden
esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es
más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el
marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a
San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella
vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos
indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con
Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha
sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
cerrar los ojos a la evidencia.
«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios
de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales
será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá
en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que
20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe
de mi hija.» ¡Sí, fíate!
»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con
él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar
material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo
de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el
señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en
casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos;
eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría
a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de
Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal
su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor
Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese
hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es
la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con
tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía,
imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros
escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que
la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto
es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra
Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su
hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka
Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al
nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe
mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por
el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia
este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería
aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera
llamar a la puerta de su casa.
»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de
maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras
no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese
ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero,
¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por
qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
Se detuvo, quedándose como ensimismado.
--¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
_veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu
parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso
es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es
lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre
una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la
actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando
hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado
ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído
su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros
que las amenazan durante estos diez años.
Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le
atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él
no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles,
que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
--¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es,
sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
mi derecho a ser, a vivir, a amar!
Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes
por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que
significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se
le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de
este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de
volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces
bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia
de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le
cubría los ojos.
Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas
de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un
banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo
su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer
que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en
ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría
muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
advertirlo.
Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual
trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su
voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había
de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser
muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al
cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una
manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la
cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de
excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la
joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió
más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos
como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió
Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña,
que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita
casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente
quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no
tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían
suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente
a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor
insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar
muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que
evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia
el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más
claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se
apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
--¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo
sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de
altanero estupor.
--¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.
--Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
--¿Cómo te atreves, canalla...?
Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se
lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente
cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien
asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar
casualmente junto a ellos.
--¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le
pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff,
fijándose en su miserable aspecto.
Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con
sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además,
inteligente.
--De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el
brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga
usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--.
Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición
social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la
hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?...
Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta
joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas,
seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien
quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene
conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto
cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la
combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado
de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo
libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se
vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a
reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero,
pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para
examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
--¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña.
De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive
usted?
La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con
expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
--Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su
casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
--¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar
el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a
su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
--¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo
movimiento de antes.
--¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a
Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
--¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.
--Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose.
Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
--¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y
borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!...
¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles
arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
tomarse por muchachas de buena familia.
--Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito.
¡Allí sigue!
Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un
ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán
de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a
su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos,
deteniéndose de nuevo.
--No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo
el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita,
¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si
un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en
dirección opuesta a la que había llevado.
--¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo
extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
--Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo
resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah!
¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.
En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino
en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
--Escuche usted.
El interpelado se volvió.
--¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se
divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a
Raskolnikoff, que se echó a reír.
--¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.
Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha.
Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
--Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se
quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la
muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas
de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello?
Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por
qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó
como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva
vida.
--¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había
estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá
su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para
añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la
pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el
hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las
muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez
al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he
visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que
así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público
que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un
tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que
tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar;
ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía
más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por
ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al
salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a
Razumikin?»
No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de
Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las
clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de
sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le
correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones
ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como
si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en
conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró
con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus
compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban.
No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista,
llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que
recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos,
echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía
dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de
bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad.
Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura
ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se
descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en
una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin
que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero,
por supuesto, trabajando.
[9] Aproximadamente 1,88 metros.
Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba
sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente
había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
mejorar su situación pecuniaria.
Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y
Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle
dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser
visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo
molestarle, fingió que no le veía.
V
--En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a
fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de
servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta
quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek
siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con
unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una
necedad ir a casa de Razumikin.
[10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
unos cuatro centavos.
La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le
causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar
algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla
del mundo.
--¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en
Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con
estupor.
Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber
puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una
extraña idea:
--Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día
siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro
aspecto...
Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca
conmoción.
--¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo
levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será
posible?
Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento
fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel
aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo
_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se
puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter
febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la
temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos
objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le
trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su
preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno
suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar
donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de
Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a
las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada
de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de
alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación
riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres
elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se
fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas.
De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y
soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba
antes de que lo hubiese perdido de vista.
Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al
guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente,
son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de
Marmeladoff.»
Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el
dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante
de un figón: su estómago se lo recordaba.
Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y
tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso
volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que
no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y
se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su
relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que
pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los
detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación
tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o
Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
el organismo, ya quebrantado, del individuo.
Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña
ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al
anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo
era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su
memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que
despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni
un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte,
un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último
jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía
pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían
hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y
temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba
lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba
un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula
verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre
y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido.
Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte
desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al
lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión,
muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había
dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba
el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la
tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo;
pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y
dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación
que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres
de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas
de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos
cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías
y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar
aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_
acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo
atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_
completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
echados negligentemente sobre los hombros.
--¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de
rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!
Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
¡Hacer el camino con semejante penco!
--Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese
jamelgo a semejante carro?
--De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
--Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las
riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo
que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si
galopará!
Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al
pobre jaco.
--¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
burlándose, los del grupo.
--Apuesto a que hace diez años que no galopa.
--¡Buena marcha llevará!
--No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
--¡Eso, eso, se le arreará!
Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya
seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una
gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón
rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la
gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de
que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
--¡Andando!--grita este último.
El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan.
Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
galopar.
--Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores
un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
--Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.
Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al
animal.
--Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al
pobre caballejo!
--Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.
Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y
sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
poco falta para que no se caiga.
--¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que
hay que hacer. Yo os ayudaré.
--¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.
--¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un
armatoste como éste?--grita otro.
--¡Bribón!--vocifera un tercero.
--No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que
galope!
De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un
caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!
Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden
a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.
--¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba
Mikolka.
--¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.
La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.
Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los
ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas.
Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo
siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de
la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
demasías.
Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
fuerzas, intenta aún cocear.
--¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del
fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
las dos manos sobre el pobre caballo.
--¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.
--¡Lo matará!
--¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.
--¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.
De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de
caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus
perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el
garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
--¡No quiere morir!--gritan los del grupo.
--¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.
--Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.
--Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un
violento golpe al pobre caballo.
El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe
con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
instantáneamente los cuatro miembros.
--¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
--¡Ha muerto!--gritan en el grupo.
--¿Por qué no quería galopar?
--¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.
Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la
muerte le hubiese quitado su víctima.
--¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos
asistentes.
El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre
el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino
arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En
aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
al fin y le aparta de la gente.
--¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.
--¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero
le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.
--¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con
ellos!--dice el padre.
Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
respirar, grita, y se despierta.
Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos
empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.
--¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a
tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.
Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre
las manos.
--¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un
hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande
por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será
posible?
Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.
--Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda
sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué,
pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el
_ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis
fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.
»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como
la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por
qué pues, por qué ahora...?
Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí,
y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los
ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo
tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.
--¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio
maldito!
Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la
resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía
cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había
cesado de influir sobre él el horrible maleficio.
Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su
tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias,
venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía
nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre
su destino.
He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué
cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar
por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa
sin fijarse en el itinerario recorrido.
--¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro
tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito,
que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se
verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles
consecuencias?
Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
predestinación.
Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los
tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los
bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11]
de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera,
pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
_pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a
volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de
Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la
víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_.
[11] Pasaje.
De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le
conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años,
tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.
En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en
pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían
el vendedor y su mujer.
Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en
sus palabras.
Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación
extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
nada de asombroso.
--Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel
Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a
siete. También vendrán los otros.
--¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.
--¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted
es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta
ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su
hermanastra?
--No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.
--¿De modo que tengo que venir?
--Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que
esté usted presente para decidir el asunto.
--Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.
--Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a
marcharse.
Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas
y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por
no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento
había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le
acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde,
Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y
que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se
encontraría sola en su casa_.
El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como
si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en
disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía
ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente
resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una
ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber
la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal
vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.