Para que todo fuera tenebroso en torno mío en aquella fatal ocasión,
Valenzuela era uno de los pocos emigrados polacos que no debían pensar
en volver á España por entonces, puesto que entraba en las miras
políticas del nuevo Gobierno alardear de incompatible con hombres tan
mal afamados como mi suegro.
No me cabía, pues, la esperanza de que acudiera á tomar la parte que
le correspondía de la carga que yo aguantaba solo. Le escribí acerca
de esto, muy claro y muy breve. Me respondió con gemidos y con tristes
elegías, como siempre, á la amada patria, al corazón ulcerado, á las
virtudes escarnecidas... á todo; pero sin enviar un cuarto ni decirme
de dónde había de sacar los muchos que consumían la fatua de su mujer y
el estúpido de su hijo.
Yo entré en Madrid, de vuelta de mi desventurado gobierno, con un
puñado de pesetas y un cúmulo de obligaciones ineludibles por todo el
resto de mi vida; ¡y estaba en los comienzos de ella! ¡Me espantaba
asomar los ojos á este abismo de tinieblas!
Pero ¿adónde los volvía, si la misma resonancia de los hechos que me
habían alzado tan alto en la pasada situación, me cerraba todas las
puertas en la que mandaba entonces?
Fuíme á ver á Redondo, y logré que me colocara en la redacción de _El
Clarín de la Patria_, que había vuelto á ser periódico de radical
oposición. Con este amparo tenía ya para no morirme de hambre, y aun
me bastara para vivir hecho un duque si hubiera continuado soltero;
mas para sostener el peso de todas mis cargas, ¿qué valía? Entonces
fué cuando escribí á Valenzuela. Su respuesta evasiva me puso en la
necesidad de tomar una resolución heroica. La casa que habitábamos,
aunque no tan costosa como la que yo mismo ayudé á desalojar en la
calle del Príncipe, rentaba una enormidad, relativamente al estado de
mis recursos pecuniarios. Había que buscar otra muy barata, pero de
las más baratas, en cualquier rincón de Madrid: esto era de necesidad,
de imprescindible necesidad. Casi desnudo y á media ración, se podía
vivir; pero no á la intemperie; y estar abocado á ello era habitar en
casona grande sin tener con qué pagarla, como me acontecía á mí. Con
un poco de paciencia, no tardé en encontrar lo que me convenía, en una
encrucijada, á espaldas de la calle de Leganitos: cuarto tercero, largo
y angosto, portal obscuro con carbonero, taberna al lado y hojalatero
enfrente. Era lo menos malo que pareció en todo Madrid por la renta que
yo podía pagar. ¡Soberbio alcázar para alojar la vanidad de Pilita y la
indómita altivez de Clara!... Pues le tragarían por malas ó por buenas.
Eso, por de pronto; después... Dios diría.
En estas disposiciones de ánimo me volví á casa, resuelto á acometer
el asunto por derecho. Apenas recordaba ya el sonido de la voz de mis
mujeres. ¡Tanto hacía que no se cruzaba entre nosotros una palabra! ¡Y
qué hermoso tema el elegido por mí para reanudar nuestras interrumpidas
comunicaciones orales!... Pues me atreví á soltarle hallándome enfrente
de las dos. Hizo el efecto que era de esperar: el de la caída de una
bomba con espoleta, especialmente en mi suegra, que no sabía disimular
como su hija. Ésta palideció al verme tan entero y resuelto, y se fué
encrespando poco á poco, como león embravecido que se dispone á dar
el salto sobre su retador. En cuanto á Pilita, me llamó bárbaro,
salvaje, estúpido; y se mesó los postizos, y lloró y me amenazó con
contárselo al capitán general, y al comisario de policía, y á la Reina
si era necesario. Y ya, preso por mil, eché el resto declarando que los
muebles que no cupieran en la nueva casa, se venderían para invertir
su producto en algo más útil y de más imperiosa necesidad. La fiera
actitud de Clara se resolvió entonces en un ademán despreciativo, que
me hirió como la frase más punzante.
Por acudir al golpe, y no por responder á las sandeces de la madre,
dije á ésta:
--¿Conoce usted el modo de adquirir lo que nos falta para seguir
viviendo como hasta aquí? ¿Espera usted que se nos dé de balde todo lo
que necesitamos? Supongo que no. Y en tal caso, ¿qué recurso nos queda
sino el de elegir entre... robarlo, ó vivir como los pobres? Y en esta
elección, ¿quién es capaz de dudar un instante?
Pilita, que me oía con la jeta fruncida, torció el acorazado busto y
respondió, mirándome de medio perfil:
--Un hombre que se atreve á decir eso en una situación como la nuestra,
no debiera haber soñado jamás en ser marido de una dama como tu mujer.
--Es la única verdad que ha salido de sus labios de usted desde que
la conozco, señora--repliquéla al punto;--y aun esa la ha dicho usted
por equivocación... De todas maneras, hace usted muy mal en tomar ese
camino, donde me es muy fácil cortarle la retirada.
Aquí echó Clara el montante de su fiera altivez. Enderezóme dos frases
aceradas que produjeron otras mías no más suaves; sobrevino Pilita con
nuevos dicterios; respondíla al caso; y el lance iba tomando visos de
gresca de vecindad, cuando el fámulo acudió presuroso para anunciarnos
la llegada de Barrientos. Me alegré infinito. Salí por la puerta
excusada, por no topar con él, y después á la calle en busca de aire
y de luz y de ruidos que no se parecieran á los ruidos, á la luz y al
aire de mi casa.
¡Inexplicables aberraciones del moral organismo humano! Yo, que salía
tan repleto de desventuras que llorar, comencé á preocuparme de
repente con la noticia que me trajo tres días antes una carta de mi
padre, de haberle dado los Garcías no sé qué cencerrada en celebración
de mi caída; y pasé largas horas saboreando el imaginado deleite de
andar otra vez á tiros en las barricadas para reconquistar el perdido
imperio; no por la mina que necesitaba, sino por verme en situación
de castigar el descomedimiento de los Garcías, castigo que mi padre
aguardaba, de un momento á otro, de su «querido consuegro, el excelso
don Augusto», á quien ya veía en el poder.
La historia de todos los grandes berrinches y desconsuelos humanos está
llena de estas puerilidades; es decir, como la mía... y como la de mi
padre también.
Cuando mis distraídos pensamientos volvieron á hundirse en la negra
realidad de mi situación, las carnes me temblaban acordándome de la
pasada refriega doméstica, porque iba, camino de mi casa, decidido á
tocar otra vez, para dejarle resuelto, el prosaico tema que la había
producido. ¡Gran sorpresa fué la mía cuando, no bien me dejé caer,
desfallecido de cuerpo y con la más negra melancolía en el alma, en un
sillón de mi apartado dormitorio, llegóseme Pilita, blanda como una
seda, tímida, humilde y respetuosa! Sentóse á mi lado, y me habló así,
después de unas cuantas salvedades y excusas, no muy bien concertadas
ni del todo pertinentes, señal de lo aturdida y recelosa que andaba:
--Me parece á mí que deberíamos olvidar eso de esta mañana. ¿No te
parece á ti lo mismo? Hijo, yo tengo un corazón que no sirve para
guardar rencores... Soy así, ¡qué quieres!... Y no me pesa de ello...
Yo reconozco que estuve atroz, ¡vamos, atroz de todo! y que te dije
cosas algo duras, bastante duras, ¡muy duras!... Pero también es
verdad, hijo, que tenías tú un aire... ¡y una cara!... Luego, ¡dices
las cosas de un modo!... y con lo nerviosa que yo soy, y lo... en fin,
que me pongo atroz en seguida, y ya no reparo... y ¡puf! allá va. Por
otra parte, el punto que tocabas nos sorprendió tanto, nos admiró
tanto, ¡nos asombró tanto!... Eso no quita que, á tu manera, estés
cargado de razón; porque donde no lo hay, ¿qué le vamos á hacer?...
Pero ¡esto de meterse una en un covacho, en un tabuco, en un dedal
roñoso, de la noche á la mañana, con tantas relaciones como tiene una
en la buena sociedad!... Y no lo digo por mí tanto como por tu mujer,
hecha, desde que nació, á vivir como una princesa en su palacio...
¡Cómo había de esperar ella caer desde tan alto sin más ni más?... Y no
vayas á creerte por eso que somos tan fatuas que no pensáramos nunca
en que la suerte cambia á lo mejor. ¡Vaya si lo pensamos, hijo!...
Como que lo estamos viendo todos los días; y bien á menudo ha pasado
por nosotras... Sólo que nadie nos lo ha conocido... y si te dijera
que ni nosotras mismas, puede que no te engañara. Cómo se hace esto,
hijo, por demás veo que no se le alcanza á un sencillote mozo recién
llegado de su aldea, como tú... ni á mí tampoco; pero se hace, y aquí
lo hace todo el mundo que se halla en nuestro caso; salvo el coche y,
á lo más, algún _gastillo_ que otro por el estilo, la misma vida con
empleo que sin él, ¡la misma, hijo, la misma! Pregunta á tu mujer si
en nuestra casa se han conocido nunca las cesantías de su padre por
haber suprimido ni un garbanzo en el puchero... y pregunta en las
casas de todos los altos empleados, y te responderán lo mismo... Y en
lo que toca á la nuestra, no será eso por los caudales que tenga en
conserva mi marido. ¡Ay, si los tuviera, otro gallo nos cantara hoy
á todos!... Cierto que tú puedes preguntarme: «y ¿por qué ese hombre
no hace ahora los milagros que hacía otras veces? ¿Por qué en otras
cesantías levantaba tantas cargas á un tiempo, y ahora ni siquiera echa
una mano á ésta que me está quebrantando á mí?...». Bien preguntado se
lo tengo yo á él también, hijo; bien preguntado... ¡muy preguntado! Y
¿sabes lo que me responde? Que, fuera de Madrid, fuera de España, es
hombre perdido, hombre nulo, hombre incapaz; y que esta caída no se
parece á otras. En las otras, puede decirse que nunca caía por entero;
siempre quedaba agarrado con algo á lo que venía tras él: siquiera
con la esperanza de volver á levantarse... y, sobre todo, quedaba en
su casa, en su terreno, en su filón; y á tientas, á ojos cerrados,
ponía él la mano sobre la tajada. Pero esto no ha sido caída; esto
ha sido desnucarse, hijo, desnucarse... Ya ves: expatriado casi á
puntapiés; tan lejos de su finquita (que así llamaba el ángel de Dios
á Madrid) y difamado además, ¿qué ha de hacer, el pobre, por mucha que
sea su habilidad?... Y bien la barruntaba, y bien me lo pronosticó...
Cuando echó la barredera á lo poco que había á sus alcances, por lo
que pudiera tronar, y tronó bien pronto, mandó la mitad al extranjero
y nos dió la otra mitad á nosotras... Pues con esto vivimos, hijo
del alma, desde que él se marchó hasta que tú viniste; y con algo
de ello te ayudamos después, sin que tú lo supieras; pero se acabó,
porque no era mucho, y en Madrid se va el dinero por los aires... Y
este temor era el mayor clavo que llevaba consigo el infeliz. ¿Qué
sería de nosotros sin su amparo? ¡Así él se apuraba; así él gemía al
despedirse! ¡Ay, si le hubieras oído entonces; sobre todo, mientras
abrazaba á la que hoy es tu mujer!... «No contéis, en los apuros, con
los amigos»--decía,--«porque en seguida se cansan de dar dinero; y
como vosotras no servís para pobres, lo mejor será, hija mía, que
te humanices un poco con los hombres... hasta que des con uno que
cargue con el peso que desde hoy no podré yo llevar sobre mí, por
alejarme de vosotros quizá para siempre... Y no te descuides ni pidas
gollerías, que la necesidad es grande y el tiempo corto...». ¡Y mira
qué casualidad!... aquel mismo día, como quien dice, pareciste tú
por casa... ¡Ah, tu suegro!... ¡qué hombre, hijo, qué hombre! ¡qué
hormiguita! ¡qué fábrica de monedas si le hubieran dejado á la vera del
filón!...
Dígote todo esto, hijo mío, no para que te ingenies y hagas otro tanto,
que, por lo de hoy y lo de más atrás, bien veo lo sencillote que eres
y la poca agua en que te ahogas; sino para que te pongas en la razón
y no creas que lo de esta mañana fué sólo por el gusto de llevarte la
contraria... Tú crees que no tiene una los sentidos puestos en todo,
y que vive á tontas y á locas... Hijo, ¡qué chasco te llevas si tal
crees!... Se calcula todo, se piensa en todo y se apura una por todo;
y si no fuera así, no tomara una ciertas cosas tan á pechos cuando
los cálculos fallan, por lo mismo que estaban á mazo y martillo y no
podían fallar, como el que hicimos Clara y yo cuando tú te casaste.
Hablándote en verdad, no eras el mejor de los acomodos para una mujer
del rumbo de mi hija, porque, por muy alto que subieras entre la chusma
de tu partido, á lo mejor ¡cataplum!... porque hay cosas tan malas,
tan atroces de por sí, que no pueden durar de pie mucho tiempo; pero á
esto que á mí se me ocurría, y también á Clara, decíame ésta: «Cuando
caiga mi marido, subirá mi padre; y, de este modo, siempre estaremos
en candelero...». Y por eso te... es decir, por eso sólo no, porque
algo habría de cariño, supongo yo... Pero á lo que voy. ¿Quién había de
pensar que este indecente Gobierno había de tener á menos traer á su
lado á un hombre como Valenzuela?... ¡Grandísimos tunantes!... Hijo,
creo que me pongo nerviosa otra vez...
Aquí hizo un alto mi suegra, porque le faltó el resuello y se le
saltaron las lágrimas de coraje; y yo no quise interrumpirla hasta
saber adónde iba á parar con aquella sarta de bachillerías, entre
las cuales no dejaba de haber algo que excitara mi curiosidad.
En determinados casos, de las sinceridades de los niños y de los
mentecatos se saca mucho partido.
Después de cobrar alientos, de secarse los ojos y de darse aire con el
abanico, prosiguió mi suegra de este modo:
--Dirás tú que á qué cuento vienen todas estas cosas... Pues, hijo, á
que las consideres bien, si quieres hacernos ese favor; y después, á
que, por la Virgen María y por todos los santos del cielo, nos des un
respiro antes de matarnos de melancolía y de vergüenza en esa cárcel
en que nos quieres encerrar... Mira, yo tengo un plan: á ver qué te
parece... Tu suegro tiene para pasarlo regularmente, nada más que
regularmente, donde está; pero puede dar un pellizco á sus recursos
sin llegar á verse en los apuros que nosotros; y le dará, porque es
su obligación, y sé yo que le dará en cuanto reciba la carta que
le escribí después que tú te marchaste esta mañana. Nosotras dos,
aunque la estación nos coge desnudas, enteramente desnudas, porque
desde que llegamos á Madrid no nos hemos hecho una triste hilacha,
nos arreglaremos con lo del invierno pasado... Ya ves que esto es
una economía. Chuncha es mujer que tiene hoy buenos asideros entre
las gentes del Gobierno: yo sé que si pide algo á ciertos hombres,
no han de negárselo; y pienso hablarla para que saque un destinillo
á Manolo... ¡Pobre hijo mío! ¡verse precisado á trabajar como un
cualquiera!... ¡él, tan distinguido, tan mimado y tan tiernecito!...
Pues ya tienes aquí otro recurso de qué echar mano; porque yo te
prometo que lo que gane Manolo y lo que dé su padre, ha de ser para
cubrir los gastos de primera necesidad que tanto te apuran... Ya sé
que vas á decirme: y si Manolo no halla destino y su padre no nos da
un cuarto, ¿de qué sirven esos planes?... De nada, hijo, de nada... de
maldita de Dios la cosa... Pero mientras se ve si sirven ó no, danos
un respiro... no te pido mucho, dos meses... ¡un mes siquiera! vamos,
me parece que no es mucho un mes... ¡un mes para ir haciendo fuerza
de voluntad!... Mira, te lo pido por Dios... ya que no lo hagas por
nosotros; y de rodillas, si crees que no me humillo bastante...
Y trataba de hacerlo como lo decía, la desdichada mujer; y lloraba
con toda su alma, y me cogía las manos entre las suyas; y me daba
compasión, no su desdicha, sino su poco fuste, que era la principal
causa de ella y del exagerado desconcierto en que la veía. Costóme
algún trabajo conseguir que se tranquilizara. Después la pregunté:
--¿Y qué piensa Clara de todo esto que usted acaba de decirme?
--Pues, hijo, lo mismo que yo.
--¿Y por qué me lo calla?
--Como estáis de morros... Pero la llamaré, si te parece.
--¡No haga usted tal cosa!...
--Hijo... como quieras... Y á todo esto, ¿en qué quedamos de?...
Después de dudar unos instantes, respondí:
--En que concedo dos meses para que desenvuelva usted sus planes...
No me dejó concluir; pues en oyendo esto, salió de mi cuarto dando
brincos, como una chiquilla resabiada.
Con aquella concesión que yo hacía en bien de la paz doméstica (y
entiendo aquí por paz la cesación de la guerra encarnizada, no el
sosiego ni el bienestar de toda casa bien regida), quedéme en un
relativo descanso de espíritu, como fatigado viandante que arroja la
carga mientras refresca los labios y repara sus fuerzas, tendido á la
sombra junto á la fuente... ¡Pero la carga está allí, á su lado, y el
camino también; y hay que volver á echar la una sobre las espaldas, y
emprender el otro!...
[Ilustración]
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